XVIII
¡Amaneceres en mi alma!
¡Amaneceres en mi mente!
Cuando se abre la puerta íntima
para entrar a una misma,
¡Qué de amaneceres!
Amaneceres
Julia de Burgos
EN EL NÚMERO 27 de la calle New Broad, Eastern Central, en Londres, William Garrison y Edgard M. Kneehigh daban los toques finales a la ponencia que dirigirían a los delegados reunidos en la feria de industriales ingleses y otros provenientes de España. Los organizadores de los grupos reunidos por la Causa no escatimaron esfuerzos en lograr que Su Excelencia Real Augustus Frederick, duque de Sussex, un benefactor de la abolición, ejerciera sus buenos oficios para que la Asociación Británica de Industriales concediera a los delegados poder dirigirse y distribuir entre ellos información y datos, apoyados en fuentes confiables, en torno a la institución en las Antillas. El duque de Sussex, había residido muchos años de su vida al norte de Italia. En esas tierras se casó sin autorización de su Majestad el Rey, con su primera esposa, una mujer que no entendía inglés, le doblaba la edad, y, aunque aristocrática, rechazaba la intervención divina o sanguínea en la determinación de quien debe gobernar un trono. Por esa y muchas otras minucias, se solía expresar que ni su padre el Rey, ni el Parlamento reconocieron como hijos legítimos los habidos en su relación con la aristócrata florentina de ascendencia británica.
A pesar de ello, o tal vez, por ello, Su Alteza Real, duque de Sussex, contrario a sus homónimos de prácticamente toda Europa, era un convencido abolicionista y tenía muy presente que un importante grupo de sus ancestros se había lucrado directamente de este negocio inhumano. El Duque vio con muy buenos ojos la propuesta de los delegados norteamericanos para dirigirse a los industriales y comerciantes ibéricos reunidos en Londres.
La importancia de dirigir esfuerzos contra España, no era ajena a la tarea abolicionista americana. Si bien los Estados Unidos habían aprobado legislación ilegalizando el tráfico internacional de esclavos, la misma era letra muerta ante el hecho de que los estados del sur no solo comercializaban libre y legalmente entre sí, sino que se hacían de la vista larga ante el tráfico ilegal desde el Caribe. La lista de embarcaciones que partieron desde territorio español cargados de productos de seda y algodón para intercambiarlos por hombres, mujeres y niños secuestrados en las costas occidentales de África, ocupaba cerca de catorce páginas del borrador del informe redactado por Kneehigh y presentado por Garrison a las manos de Su Alteza Real. Incluyeron en el documento, la experiencia vivida por los abolicionistas Jonathan Crawford y Charles Torrey. Durante el encuentro, un poema autobiográfico de Crawford, publicado por el diario The Liberator, fue recitado por Margaret Reilly. Al terminar, solo se escuchaba el tintineo de una cuchara que giraba dentro de una taza de té.
—Su Alteza —indicó Margaret Reilly interrumpiendo el contacto del metal con la porcelana— me han dicho que George Clark ha hecho una versión musical para este poema, pero si yo la canto sufriríamos todos.
El duque de Sussex la miró sonriendo, se puso en pie y besó su mano. Para concluir la reunión, Kneehigh informó que a la feria industrial dedicada a España asistirían representantes de los productores de algodón y tabaco del Estado de Virginia.
—Queremos compartir con los abolicionistas ingleses la tarea de dirigirnos oficialmente a los presentes —sostuvo.
Luego del protocolo oficial de partida, el Duque de Sussex se despidió de la reunión. A la semana siguiente, la misma mañana en que daba comienzo el Foro Industrial, los señores Birney y Garrison acompañaron al Duque de Sussex en la mesa presidencial de presentaciones. Los temas incluirían la denuncia de la trata de esclavos, las grandes importaciones comerciales de productos elaborados por manos sujetas a servidumbre involuntaria, y la cuestionable moralidad del envío involuntario de enfermos, ancianos y ‘convictos’ por la justicia americana de escapar de la institución a la colonización de Liberia y Sierra Leona. Kneehigh, por su parte, comparecería a la feria industrial con un carnet de algodonero. Su acento sureño le sirvió como su carta de presentación. La mañana en la que entró al salón de la feria industrial vio que estaba atestada de público. Nunca había visto nada similar. Los acentos y las vestiduras develaban presencia de comerciantes americanos, irlandeses, escoceses, británicos y, por supuesto, hombres de capital peninsular español. Entre los presentes, se encontraban Don Jesús María Recoleto, un mogul de los textiles, y Don Orlando Torrealba, geólogo transformado en distribuidor de armamentos después de prometerse en matrimonio con la única heredera del emporio de la pólvora. Por los comentarios, supo que los participantes anglosajones llegaron al local al menos treinta minutos antes de la hora publicada para comenzar el evento, puntualidad que aprovecharon los artistas fotogénicos de Henry Talbot para retratar a todos los asistentes. Por esta razón, a excepción de los registros de asistencia, de la presencia de los visitantes ibéricos arribados treinta minutos después, no quedó constancia gráfica. Cerca de la hora nona, el gran salón parecía una fiesta de máscaras. Había presencia de hombres de gobierno, parlamentarios lores y comunes, embajadores y pro-cónsules, comerciantes de tierra y mar, e industriales de todos los productos mercadeables en el comercio inglés. Observó a militares navales y oficiales de tierra que con sus grandes barbas e intensos bigotes se paseaban por los escaparates y mostradores de los productores de té, seda, algodón, metales preciosos, cristales, textiles y opio del oriente, propiedad de la East India Company. En este último estaba, cuando el presentador le expuso los costos de los bienes y las rutas de transporte.
—Creo que este producto no es mercadeable en su país pues la producción apenas alcanza para el consumo interno pero... —sostuvo cuando interrumpió su descripción al mirar una figura masculina que se acercaba por el pasillo principal.
—Mire, ahí se acerca Lord Louis Sasseville. ¡Que en Paz Descanse!, será él quien podrá proponer para usted algunas rutas alternas de tráfico para concertar negocios con ustedes en América —afirmó el presentador a cargo del escaparate.
Kneehigh giró su cabeza en la dirección a la cual apuntaba el hombre con su brazo levantado y el índice descubriendo la identidad del comerciante.
—¿Y por qué lo bendice usted como si hubiera muerto?
—Es un decir muy cerca de la realidad. El opio prácticamente lo ha convertido en un muerto en vida, aunque su cabeza comercial sigue muy clara. ¡Por favor no diga nada! Es apenas una broma de mal gusto entre nosotros sus dependientes —respondió quitándose el sombrero y sujetándolo entre sus manos quizás evitando que cayera al suelo por el nerviosismo que desplegaba después de semejante indiscreción.
Kneehigh no tuvo que decir absolutamente nada ya que en el intervalo Lord Sasseville, con sus ojos de santo de iglesia y manos de estatua medieval, estaba frente a él estrechando las suyas. Mientras le indicaba su nombre, colocó una tarjeta de presentación en el bolsillo izquierdo de la chaqueta a la que había anotado la hora.
—En ese momento es que le puedo recibir. Para nosotros no hay impedimento alguno a la hora de la entrega del producto. Tenemos distribuidores para todo tipo de mercancía, incluso de institucionales —le dijo.
—¿Institucionales? —preguntó Kneehigh.
—Es un decir. Los abolicionistas le llaman la ‘institución’ y nosotros designamos a esos bienes como los ‘institucionales’. Podemos hacer buen dinero perfectamente limpio. Con muchos de los funcionarios del gobierno español en las Antillas que se encuentran aquí, hemos coordinado en el pasado el intercambio y la entrega a Cuba y desde allí al Misisipi, mucho más barato que los propios institucionales americanos. Aunque en realidad lo que queremos es operar el tráfico a la inversa que será el negocio del futuro. Ya hablaremos.
Kneehigh extrajo la tarjeta de su chaqueta. La miró.
—Aquí estaré —le dijo confirmando su presencia inclinando ligeramente su cabeza, mientras sostenía el sombrero de copa con su mano.
Prosiguió su camino girando en torno a los ciento veintiocho kioscos de comerciantes e industriales divididos en cuatro estaciones temáticas en la feria hasta que el reloj se acercó a las seis de la tarde. Era la hora a la que fue convocado por Lord Louis Sasseville. El mercader había convocado una multiforme variedad de personajes a la discusión de un tema muy específico: sustitución de los mercados de importación. La notificación advertía: “Tardará todo lo que sea necesario”. Así fue. Las discusiones se extendieron los tres días que duró la Feria Industrial. Conforme fueron arribando, suscribieron el registro de asistencia, indicando su nombre y entidad a la cual representaban. El primero en anotarse con un seudónimo, fue Edgard M. Kneehigh. Al lado de su firma como William Pepperell, se identificó como representante de la Creole Company, arrendataria de transportes marítimos; Patrick Kelly, representante de la Framingham Company, empresa minera propietaria de concesiones otorgadas por el gobierno británico, Clarence Warren, secretario de la Framingham Company, explotadora de la producción algodonera, Sir William Chute, representante legal de la Fitchburg Company administrador de la licencia jurídica concedida a la empresa para el trasiego de institucionales en los territorios controlados por la East India y del comercio con Madagascar, Myris H. Warren, gerente de ventas de la Wakefield Company empresa de capital irlandés la cual, sin competencia de clase alguna, exportaba cristales británicos al cuerno de África, el Coronel Arthur L. Wilkinson, militar retirado que tuvo a su cargo varias de las campañas de represiones contra alzamientos históricos en los territorios del imperio, asesor y director de la Milford Company, la tercera empresa en exportaciones de armas a los estados del sur de los Estados Unidos, los señores Martin Welch, George H. Sayles, y Lord Charles McGregor constituían el trío directivo del Royal Bank of Scotland, principal fuente de financiamiento de todas las empresas representadas y el médico anglicano Leon Warren, natural de Stoneham, sede de la Fundación de Medicina Tropical y encargado de la División para la Investigación de Enfermedades Transmisibles con sede en la misma ciudad.
—¿Cómo es que una institución médica se involucra en estos negocios? —preguntó Kneehigh al Dr. Warrren cuando se sentó a su lado mientras se presentaba.
—Nada difícil. Las pérdidas que cada viaje de institucionales representaba muchas pérdidas para la Lloyd de Londres. Esto requirió contactarnos de manera que en cada embarque un médico estuviera presente para certificar las razones de cada muerte. Con el tiempo las anotaciones, dibujos y observaciones se convirtieron en una fuente inagotable para la ciencia. Gracias a ello tenemos hoy día cura para muchas enfermedades que antes eran simplemente mortales.
—¿Su empresa nunca contrató estos servicios? —preguntó a Kneehigh, pero antes de recibir respuesta, se hizo el llamado al orden de la reunión.
—Señores, pido su atención y, en primer lugar, agradezco su presencia y su tiempo. Sabemos que durante toda la mañana y la tarde de hoy su alteza real, el duque de Sussex, estuvo presidiendo una ronda de exposiciones muy importante para nosotros. Los datos provistos nos permiten discernir que la política exterior comercial del Reino Unido alterará las formas de comercio, mercados de importación y exportación y, por ende, nuestras empresas. Sabemos que la dignidad de los seres humanos es inviolable y que la esclavitud ha sido erradicada en Gran Bretaña y muy pronto en todo su imperio, con la posible y exclusiva excepción de la India. Hemos sido informados a su vez que la Corona, fiel a la política del Parlamento, ha entregado cuarenta millones de libras de esterlinas al Gobierno de Su Majestad en España para tomar todas las medidas encaminadas a la total abolición del comercio de institucionales y proveer para la compensación por la pérdida que ello ocasionará a los propietarios —expuso el ponente.
Era público para el Reino Unido que era ésta la segunda ocasión en que las arcas públicas británicas se entregaban para tan noble propósito a tan pésimos administradores. Todo parecía indicar que estos fondos, así como en el pasado, serían destinados a otros fines y que la paciencia del Gobierno de Su Majestad se acercaba al límite. Ante la advertencia de que el gobierno ha dispuesto la presencia de galeones de la Marina Real de Su Majestad en los mares del Golfo de Biafra y en las Antillas no fue disuasivo para evitar y penalizar el tráfico. Si bien no habían estado directamente involucrados, en los pasados dos años solamente, comenzando con la ‘Belencita’, capitaneada por Santiago Alonso, partiendo del Golfo de Biafra, y tan próximo como hace dos meses la ‘Perfidia’, capitaneada por J. B. Duarte, habían hecho surcar por esos mares noventa y tres embarcaciones con bienes de un valor de intercambio en exceso de £200,000,000.
—Todo este intercambio puede verse seriamente afectado pues hemos conocido, por los datos revelados en el informe dictado por el Duque de Sussex, que nuestra armada, o más bien, nuestros marinos y sus oficiales, recibirán una proporción minúscula, pero significativa, del valor de la propiedad confiscada a las fragatas detenidas con cualquier tipo de evidencia que las relacione o vincule directa o indirectamente con el tráfico de institucionales —sostuvo el ponente.
Alguien le interrumpió preguntando por el efecto de este cambio a su empresa.
—Esto significa que los que han diversificado transportes de seres humanos por el sustento de la política de colonización de África en Liberia, muy pronto, no sabemos cuándo, serán igualmente tratados, bajo la ley, como traficantes legales —respondió, escuchándose murmullos de desaprobación entre los presentes.
—Señores, quiero pedir calma, tranquilos señores. Esto no ha ocurrido y habrá tiempo suficiente antes de que ocurra esta modificación —dijo Lord Sasseville dando un malletazo en la mesa presidencial captando nuevamente total atención.
—Escuché o leí alguna vez, con una vigencia vital para lo que nos ocupa: “Hay que cambiarlo todo, para que todo siga igual”. Los señores españoles, a quienes saludo una vez más, tienen que reconocer que su país, a pesar de haber recibido las aportaciones millonarias de nuestro gobierno, ha usado el dinero para todo menos para la conclusión de la dependencia de mano de obra institucional. Saben además que en sus dependencias antillanas de Cuba y Puerto Rico, sus funcionarios, de todos los niveles, han amasado grandes fortunas haciéndose de la vista larga en todo lo relacionado con el tráfico de institucionales muchos de los cuales terminan introducidos en la Luisiana.
Los señores españoles expresaron gestos de incómodo asentimiento a la afirmación de Sasseville, quien prosiguió sin inmutarse.
—Cuando intercambiábamos cristales, armas y textiles por institucionales, nuestro comercio floreció a pináculos nunca antes igualados. Pero el costo humano, a esclavistas y esclavos, nos ha dejado una huella muy dolorosa. El espacio que nos ofrece la transición anunciada por la Corona, de transportar hombres y mujeres en su retorno al África, de manera legal, tiene que ser aprovechado para el bien común.
Entre los presentes, se escuchan murmullos y afirmaciones de aprobación.
—Les propongo que sustituyamos la totalidad de nuestras importaciones de algodón crudo de América, por la que nos ofrece la East India, proveamos de textiles al África y las Antillas, a cambio de aceite de palma de la primera y azúcar de las segundas, y, simultáneamente, venderemos armas a los estados del sur para proteger su comercio marítimo interestatal y sus costas —sostuvo al tiempo de que los presentes vociferaron vivas de aprobación.
Edgard Kneehhigh sintió empañado el rostro ante la densa atmósfera cargada de verbos y adjetivos comerciales entre los presentes. ¿Podrían vender? ¿Querrían ellos comprar? ¿Será posible arrendar? ¿Tienen idea del costo? ¿Cuánto pide? ¿Cuánto vale? ¿Cuántos son? ¿Cuántos quedan? Al siguiente día, cuando culminó la sesión de informes, propuestas, ofertas y debates, cada representante suscribió un texto preliminar expresando su conformidad. Toda empresa que aceptara firmar el Memorando de Entendimiento final, recibiría los derechos de exclusividad y monopolio en el renglón de su especialidad industrial y comercial, y el respaldo de financiamiento para sus operaciones por parte del Royal Bank of Scotland. El beneficio incluiría el cien porciento de exenciones tributarias aduaneras de exportación e importación de todos y cada uno de los productos sustituidos y desembarcados en los puertos de Irlanda, Bristol, Londres y Escocia por los próximos veinte años. Se redactaron igual número de copias que suscribientes presentes, de forma tal que cada empresa tuviera garantía signada en original del entendido preliminar. El gobierno de Su Majestad quedaba comprometido con la firma de Lord Sasseville. Kneehigh partió de la Feria de Industriales con la más incriminante de las admisiones hechas por los traficantes y, a su vez, con copia de un acuerdo que bloquearía el mercado inglés para el algodón esclavista suscrito por los presentes aliados de la institución.
Se acercó la fecha del retorno pues habían transcurridos tres meses desde que los delegados americanos llegaron a la Gran Bretaña. Durante su estadía, se reunieron con la aristocracia, comerciantes e industriales en su recorrido por el país y las ciudades más importantes. Sin embargo, para Garrison, el trabajo no había terminado.
—Todavía hay mucha confusión sobre el asunto del envío de personas de regreso al África y no hemos logrado mover un ápice a las iglesias de este país para que cesen sus aportaciones a las que cometen adulterio en América al favorecer la institución.
Los delegados, reunidos la noche antes de su regreso, valoraron el esfuerzo de su presencia en Gran Bretaña. Lograron el cese de los seguros y reaseguros de transporte y mercancía relacionada con el tráfico, así como los acuerdos suscritos por industriales en torno al algodón sudista. Aunque no pensaban lo mismo sobre el trasiego de armas sustituyendo a las fibras del algodón, las minutas de la reunión remitidas desde Londres a la American Abolition Society, certificaron el saldo positivo, pues “De nada servirán las armas al sur, si no existe un mercado real para disponer de sus productos”. Se incluía también como asunto nuevo, el que Margaret Reilly dio “alumbramiento”, como lo hizo María ante el anuncio del Ángel Gabriel, a Yomás Locquería y la niña Ashley Down.
—Como hijos de la Luz para combatir al Faraón del Sur —subrayó Margaret Reilly.
Todos menos William Lloyd Garrison regresaron. La mañana antes de abordar, les dio su mensaje de despedida.
—Todavía nos falta cambiar el tráfico a la inversa que es la política de colonización forzada de Liberia. Creo que amerita y requiere más oposición de nuestra parte. Vayan y proclamen esta buena noticia a nuestros hermanos del norte: el pueblo de la Gran Bretaña es solidario con nuestras demandas abolicionistas y el gobierno de Su Majestad ha estado dispuesto a escuchar y respaldar nuestros reclamos, y, que todavía queda mucho por hacer. Sugiero que usted Margaret, en unión al señor Birney, transmitan a la prensa del país estos resultados —concluyó.
Esto último no fue necesario. Toda la prensa de los estados libres dio amplia cubierta a una serie de artículos publicados en la prensa británica. Las notas resaltaron los datos y resultados de las jornadas y del encuentro de la fundación de la Asociación Internacional Abolicionista. A su vez, daba publicidad a la causa por la liberación de Jonathan Crawford como preso político, concluyendo con detalles de la jornada de vida de Margaret Reilly “culminando con la adopción de dos hermosas creaturas que la esclavitud había privado de tener el amor de una madre”. Para la prensa sudista, la mayoría de estas noticias no ameritaron siquiera una mención.
Un boceto de la joven mujer en la cubierta de la embarcación Venilia, a punto de partir de Londres el 25 de febrero de 1837, acompañada de su hijo Yomás Locquería, su niña Ashley Downs y el comandante de la nave, el señor Thomas Green, adornaban el artículo. El periodista escribió:
“La valiente mujer, conocida bajo el apodo de Moisés entre sus colaboradores, por su decidido e iluminado combate contra el esclavista Faraón del Sur, reconoció que tiene sus prioridades cuando pise tierras americanas. Lo primero que buscará, en lo personal, será que sus hijos conozcan el sabor de la comida de su nuevo país, especialmente los cocidos de sopas, maíz, legumbres y viandas, así como el sabor de la remolacha y la carne de pavo salvaje, afirmaba la feliz mujer mientras abrazaba y miraba a sus hijos. ‘Estos son los ojos que me han hecho tan feliz’, repitió la orgullosa madre”.
La nota periodística resaltaba además detalles de sus logros como cabilderos y exponentes de la necesidad de bloquear el comercio de productos en cuya producción intervengan manos esclavas. “La asamblea general de la Asociación Abolicionista Americana la llevaremos a cabo en el Condado de York, Estado de Pensilvania, comenzando el día dos de abril y esperamos un mayor compromiso y nuevos endosos a los reclamos de la Causa, como designó sus proyectos la abolicionista Margaret Reilly”, concluía el artículo.
Contrario a las noticas anteriores, la mayoría de las publicaciones de sudistas dieron amplio despliegue a las noticias de los diarios británicos, solo que denunciando las actividades de los delegados y editorializando sobre ellas como acciones en contra de la unidad nacional, un atentado contra los Padres de la Patria reunidos en Filadelfia, antidemocráticas y absolutamente antiamericanas.
En su despacho, el recién electo Gobernador de Maryland, William Cranson, recibió copia de todas y cada una de las publicaciones, como anejos de una carta en la que la Maryland Colonization Society (MCS) solicitó audiencia para atender sus reclamos contra la campaña de difamación de que habían sido objeto en la Gran Bretaña. Resaltaron el impacto que esta campaña de difamación tendría en las aportaciones económicas a sus actividades, requeriría atajar los peligros que anarquistas libertarios abolicionistas y la cimarrona Margaret Reilly representaban para la ley, el orden del Estado y la Federación. De su puño y letra el gobernador Cranson hizo una nota sobre la carta: “Favor de citar al señor Robert Ratcliff y su señora a cenar en mi residencia. Citar a la Maryland Colonization Society dos semanas después a entrevistarse con el señor (tachadura) presidente del senado estatal”.
La carta a los Ratcliff la examinó personalmente, la firmó y requirió a su secretario:
—Es para entrega personal inmediata.