XI

El Alzamiento En La Fragata Creole

 

Río grande. Llanto grande.

El más grande de todos nuestros llantos isleños,

si no fuera más grande el que de mí se sale

por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.

 

Río Grande de Loíza

Julia de Burgos

 

 

COMENZÓ OMITIENDO los detalles conocidos por Kneehigh alusivos al período previo a su embarque en la fragata, pues él mismo la entregó como mercancía de embarque con destino a Nueva Orleans. Una vez hechos los arreglos con el capitán Ensor, Margaret fue inscrita en la bitácora de carga con el número de recibo 16-4-1861-N.O. Los eslabones de su cadena resultaron ser los más pesados con los que la habían atado hasta ese día. A la espera del embarque, se sentó sobre un fardo de tabaco al que se le había asignado por la empresa transportista, el número de embarque 20-8-1866-N.O. Recordó la cantidad exacta del producto exportado pues su memoria el olor del tabaco, su imagen y la suma total la había grabado bajo el color verde. Durante toda la tarde la marea baja exhalaba un salado y maloliente olor a marisma por el excremento carcomido de cadenas fétidas. La miasma impregnó la bodega en la que fue colocada, Desde allí pudo escuchar el golpeteo del agua con el casco de las embarcaciones ancladas. El mar y la fragata orquestaban un sonido rítmico y constante, interrumpidos por el pregón del marinero llamando la carga al abordaje y corroborando su entrada y contenido con igual intensidad una vez verificaba su entrada a la fragata. A su oído entrenado en la relación de los compases, le pareció que todos concordaban entre sí y, antes de que amarraran el último fardo de tabaco, compuso en su memoria una melodía al barco negrero y de sal.

En la noche del lunes 25 de octubre, cuando la marea llegó a su máximo nivel, los esclavos fueron ordenados a bordo en Richmond. Durante la tarde habían acomodado en la fragata los abarrotes con el resto de la mercancía.

—La carga humana no se llevará a bordo sino hasta que suba la marea y podamos partir sin encallar —había ordenado Ensor a sus marinos.

Uno tras otro, quedaron acomodados en la zona de carga bajo cubierta. Entre éstos, fueron incluidos los quince cimarrones. Una vez asegurada la mercancía, pasaron a bordo ocho sirvientes, y cuatro pasajeros. Los diez tripulantes maniobraban las operaciones de carga y acomodo e iniciaron los preparativos de salida. Los gritos de Ensor contenían múltiples instrucciones, desde arriar el velamen, recoger sogas, girar el timón a estribor para evitar una colisión con un bergantín que hacía su entrada al puerto, y requerir de su asistente subir al obenque del mástil de popa para soltar amarres. El olor a tabaco virgen resultaba asfixiante. Al tercer día Ensor ordenó anclar en un lugar llamado Hog Island. La zona era ampliamente conocida por los navegantes por la multitud de ojos de agua. Ese mismo día, miércoles veintisiete, en horas de la tarde, se dispuso remover los esclavos a cubierta de manera que los toneles de agua distribuidos entre la carga, pudieran ser llenados sin riesgos para los marinos. Tan pronto llenaron todos los envases, ordenaron a todos y cada uno de los encadenados colocarse en la misma posición y lugar que estaban en relación al resto de la carga. Margaret volvió a ocupar su propio fardo de tabaco cuya esencia ya había impregnado su ropa, su pelo, su piel y sus pupilas según lo sintió por el ardor en sus ojos. Entrada la noche, al llegar a un lugar conocido como Days Point, hicieron contacto con un traficante quien entregó al capitán Ensor tres negros. Cuando colocaron al último de ellos encadenado bajo cubierta, Margaret lo pudo divisar de espaldas entre las penumbras de las lumbreras. Escuchó que le llamaron Yaoul Vidéh. Fue suficiente. Repitió su nombre sin darse cuenta, y el negro Vidéh miró hacia ella y saludó. Confirmó que podría morir en ese momento al sentir su olor penetrante y el sabor gomoso de la buena fortuna, el bienestar y la satisfacción. Cuando la miró, sus ojos la hicieron sentir feliz, muy feliz. Era un hombre carbónico, alto, músculos sansónicos, con una voz ronca y tan penetrante como el olor de todo su cuerpo. Sus manos eran grandes como pencas de palma y sus ojos, color caramelo, como cocos, eran capaces de atravesar todos los obstáculos. El negro tenía un cuerpo capaz de derrumbar columnas. Lo amarraron, por el estrinque, a la popa con el resto de los hombres, muy cerca de los sacos de sal. La serenidad se apoderó de Margaret Reilly y esa noche, contrario a muchas noches, la mujer menuda y de nervios inalterables, durmió serena.

Al siguiente día, adelantada la tarde, la Creole ancló en Newport News. El capitán Ensor recibió a bordo treinta y tres negros. Por segunda ocasión todos los esclavos fueron ordenados a cubierta. Las mujeres en proa a estribor y los hombres en popa y a babor. Todos subían esposados de manos y pies. Las piezas de metal tenían una argolla a través de la cual un marino introdujo una cadena asegurándolos a la madera por ambas muñecas. Uno de los esclavos subido a bordo ya era conocido del capitán y del pasajero John Hewell.

—Pues miren que buena pieza tenemos aquí. Nada menos que a Madison Washington —dijo Hewell.

—¿A quién? —preguntó Ensor quién anotaba en el registro los números de cada uno y el nombre asignado. Levantó la vista, lo miró y lo reconoció.

—Buenas tardes capitán. Saludos señor Hewell.

—Bienvenido a bordo Madison Washington —contestó Ensor mientras Hewelll ordenó se le anotase en el registro como natural de Virginia, carnicero y cocinero.

John Hewell, era el encargado general de toda la carga, incluyendo los negros. El propio Hewell le indicó que, a partir de ese momento, estaría a cargo de la cocina como jefe y el negro Ulises, responsable hasta ese momento, quedó como su asistente. Hewell era un traficante experimentado y conocedor de estas rutas. Por años, viajaba gratis y pagaba su pasaje asumiendo como faena la tarea de velar a todos los negros, con independencia de su propietario o destinatario. A su vez, recibía una comisión de la venta neta del transporte y era el único autorizado por la empresa a portar el látigo a bordo de la fragata.

El viernes 29, en Sewel Point, la fragata recogió abastos, alimentos y, siguiendo la misma rutina, separando hombres y mujeres en los extremos opuestos de la nave, otros tantos negros. Tarde en la noche del sábado 30 de octubre, en Linhaven Bay, se detuvieron menos de lo previsto. Dos negros se negaron a subir a bordo después de bajar al muelle a recoger la carga. Los dos, vomitaron la bilis con el vaivén de la fragata en las aguas costeras. Bastó un solo rechazo de su primera llamada a bordo para que Hewell les convenciera a puro látigo. Vidéh, desde la proa de la Creole y Madison Washington desde la cocina, habían observado el incidente cuando los dos esclavos fueron amarrados y latigados por Hewell. La inquietud generada por el uso del flagelo para la disciplina, provocó que Ensor, disgustado, levara anclas sin esperar por todas las provisiones. El resto de la carga vio las consecuencias de la fusta en las espaldas de ambos castigados.

Reconociendo que los ánimos pudieron quedar exaltados, el capitán decidió tomar medidas paliativas. Al siguiente día, domingo treinta y uno, dirigió dos servicios religiosos. El primero de ellos, para su familia, los pasajeros y la tripulación. Hewell no participó. El segundo a todos los negros. Los subió a todos a cubierta encadenados.

—Tan pronto concluya el servicio, podrán permanecer el resto del día en cubierta, con una sola condición, escucharán con respeto la palabra del Buen Señor.

Margaret, miró al negro Vidéh, cerró ambos puños de sus manos y los apretó con fuerzas para enfatizar su alegría. A partir de ese domingo, Ensor autorizó que los negros se sentaran diariamente en cubierta, sin cadenas aunque esposados. Así fue que Margaret pudo conocer el mundo interior de Yaoul Vidéh, tan dulce de hablar que era miel a su boca y canto de pájaros a sus oídos. Una mañana cuando apenas salía el sol, le dijo:

—Margaret, usted mire hacia donde sale el sol, pues por allá esta África nuestro origen, el principio de nuestra humanidad, desde donde siempre sale el astro.

El negro Vidéh hablaba poco inglés, pero era fluido en una lengua rítmica, con cadencia que la hacía temblar de placer. En ese idioma Margaret desconocía el significado de sus palabras, pero para ella era el origen de todo.

—En mi tierra, se habla bailando a los dioses verdaderos y se honra contando las hazañas de los padres, de los padres de nuestros padres trenzando sus vidas con las nuestras.

Margaret sintió que lo entendía perfectamente porque así como las cuerdas del violín no son más que hilos trenzados con fuerza, creyó que su patria era ese país que le contaban Brown y la señora Tubman. Un mundo creado por los blancos para los negros que le llamaban Liberia. Pero no era ése. Vidéh hablaba de otro mundo muy distinto. Descubrió que otros negros describían una geografía distinta, un sol variante y diferente, unas tierras con colores distintos a los de las tierras de cada quien. Narrando distintas historias de su origen y creación, diferentes bocas transmitían distintas lenguas muy diferentes.

En la noche, mientras las maderas de proa en la Creole aullaban de pena, a babor en la popa, los negros murmuraban, todos a una, con sonidos muy rítmicos que a su vez eran replicados en tonos más agudos por los que respondían en la popa a estribor. Las tonalidades y el vaivén de las voces danzaban con las aguas.

Al cabo de seis días navegando, en sus encuentros con Vidéh y la música de fondo, Margaret tuvo una revelación muy interna, muy intensa en su piel y le habló como nunca se había dirigido a un hombre.

—Soy una mujer que le desea Vidéh, quiero ser suya, mi vida no tiene sentido sin algo suyo.

—Hablemos de esto después —le dijo—. Una vez baje a dormir, permanezca en proa y me espera justo en el área de las cajas embaladas tras la claraboya que da acceso a cubierta.

Esa noche, el negro Madison Washington, quien por la confianza de cocinar los alimentos de la tripulación deambulaba libremente por la fragata de día y de noche, le abrió la escotilla a Vidéh y se quedó vigilante sobre cubierta. Ambos se buscaron en la oscuridad llamándose con palabras inaudibles que apenas se percibían como suspiros. En la negrura de las tinieblas se encontraron cuerpo a cuerpo. Se lanzaron sobre los fardos de tabaco, enlazaron su piel para estrechar sus vidas y flotaban sin saber nadar entre ósculos apasionados a babor y estribor, con besos desenfrenados en proa y popa. Donde el uno comenzaba, la otra terminaba en un sinfín de fuerzas que iban y venían encontradas. Margaret, apenas sin poder ver nada, creyó mirar a sus ojos, le rozó su piel, apretó sus manos, se abrazó a sus caderas como la corriente del agua contra la arena en marea baja. Con sus brazos, le agitaba su cintura dejándose ir con el vaivén de las olas sedientas de placer. Golpeaba Vidéh como la espuma blanca contra la roca en marea alta. Margaret descubrió que el color de la pasión era el negro. Todo era negrura de la pura, que sale de su sexo, que viene de allá abajo. El calor de sus poros traspasó sus ropas y las hojas de tabaco se enrolaban a su voluntad. La quemazón de sus cuerpos sobre los fardos parecía encenderlos como cigarros. La melaza de nicotina se chorreaba entre las piernas atabacadas. Rodaron por el suelo cuando las marejadas se abalanzaron sobre la fragata que se consumía en movimientos agitados de pasión. Margaret se acuclilló sobre los sacos de sal, pero las piedras la derretían con la misma intensidad que al contacto con la nieve. En su delirio arrebatado, Vidéh llovía torrentes de sudor, ahora más salados, que discurrían como lluvia bajo cubierta confundiéndose en el mar. Mientras los poros desenfrenados de Margaret expelían a borbotones granizos que cayeron sobre la madera marina, aquello se parecía tanto a la felicidad que ansiosamente esperaba llegar y que nunca terminara. Varona y varón fueron uno, cuando de la costilla de la mujer se vio llegar un hombre hasta las costas del placer en las que ella, en su frenesí, ya había anclado primero.

En cubierta, el señor Hewell caminaba de un lado a otro hasta que hizo un alto a su vigilancia y se sentó, para su desgracia, al lado de la trompa ventiladora en el instante preciso en el que Vidéh y Margaret cayeron, victimados por el sexo, la una sobre el otro. Prestó oídos a todos los gemidos, gruñidos hasta que la trompa le explayó en su cara el tufo hediondo del vaho de sexualidad. Hewell se puso de pie, lanzó por la borda el tabaco que fumaba, encendió un mechero, bajó por las escaleras lumbrera en mano, y preguntó:

—¿Quién anda ahí?

Permanecieron muy quietos. Ambos sabían, por las advertencias dadas la noche de partida, que la transgresión de que un negro pase a proa al lado de las mujeres se cobra con quince latigazos. Vidéh, decidió salir por detrás de la escalera haciéndose visible a Hewell.

—¿Usted?, yo no esperaba que violara las normas del transporte. ¡Sabe lo que le espera! —recriminó Hewell quien había soltado el látigo de su cinto y agitándolo en el aire empujó a Vidéh, golpeando a Margaret en el brazo derecho cuando levantó el brazo para protegerse.

Vidéh gritó a viva voz:

—¡No me puedo quedar aquí, no aguanto esto!

Un marinero intentó cerrar la salida, mientras Hewell, echó a Margaret a un lado y girándose hacia la escalera, agarró a Vidéh por una pierna y con la otra desenvainó una daga. Pero Vidéh el hombre, tenía la fuerza de tres elefantes. Logró abrir la puerta de salida cargando a Hewell en su ascenso. Gritó por ayuda a Madison Washington para zafarse del cuidador, pero antes de que pudiera hacerlo, ambos cayeron rodando escaleras abajo. Hewell lanzaba cuchillazos a Vidéh quien pudo evadir algunos como un zumbador al fuego. Una patada de Hewell al estómago de Vidéh lo lanzó sobre los sacos que contenían las piedras de sal, quedando casi sin respiración. Otros negros corrieron desde la escalera para defenderlo, pero no fue necesario. Vidéh saltó como gacela sobre Hewell, agarró su cabeza y la golpeó contra la madera de la Creole. Vidéh sangraba profusamente por la nariz y las cortaduras que algunos navajazos certeros le propinaron antes de que el arma se extraviara en la oscuridad y la refriega. Resbaló en la sementera pasional que había caído como un río viviente sobre las maderas y los fardos de tabaco. Para tragedia de Hewell, en lugar de dejar a Vidéh herido en el fardo y correr a cubierta, se abalanzó sobre él sin percatarse que su propia cuchilla le esperaba en las manos de Vidéh para atravesar su pecho. Luego de la primera puñalada, le siguieron otras tantas evitando así que intentara huir. A pesar de su estado, Hewell corrió hacia las escaleras con intención de llegar a cubierta. Vidéh fue tras él. Washington bajaba en ese momento por la escalerilla, Hewell viéndose acorralado, se dirigió a cubierta donde Vidéh se encargó de dar las estocadas finales.

—Lo que el muerto ve acostado, el vivo no lo ve de pie. Muere demonio —gritó en repetidas ocasiones Vidéh, así, lo envió al otro mundo para que sufriera y mirase lo que ningún vivo ha visto.

—¡Espero que lo haga por el tiempo sin fin! —exclamó lanzando la cuchilla al mar abierto.

Después de la muerte de Hewell, se desconocía cuántos negros se unieron a la refriega. Evitando una reacción contraria, Washington gritó haciendo una convocatoria general.

—¡Los negros, a tomar las armas ahora! —provocando que varios de ellos salieran a cubierta.

En ese momento todavía no sabían si tenían la mayoría de los alzados, pero los negros que la red colocó en la fragata se hicieron cargo de la sublevación, poniendo orden al desorden. Se repartieron los fijadores portátiles de las velas como armamento para su defensa y tomaron por armas las cornamuzas. Las usaron como macanas. Los negros esposados se abalanzaron sobre los marinos, mientras que los que estaban armados con las macanas la usaban para golpear a la tripulación que se les enfrentó. Varios tripulantes agredían con remos a los negros que permanecían alejados de la refriega. Cuando otros sublevados lograron quitarle los maderos a golpes y entre gritos de histeria, le quitaron las cadenas a los negros, se las pusieron a los blancos y los amarraron a los mástiles.

—Tomen su recompensa miserables —gritaban—, es un regalo de Hewell desde el más allá. —Le rasgaron las vestiduras y ya desnudos les propinaron una zurra de latigazos. Después de la tunda de palos, los marinos parecían meros galeotes acabados de cruzar el Mediterráneo.

Vidéh entregó a varios negros armas blancas para controlar a la tripulación. Algunos de los marineros huyeron por las escalerillas de las sogas fijas, buscando sobrevivir, subiendo a las velas y protegerse. Muy pocos lo lograron, pero al menos dos de ellos ascendieron hasta el obenque del mástil de proa y se escondieron allí aprovechando la oscuridad de la noche. Otros tripulantes no tuvieron esa suerte y fueron amarrados con las sogas todavía húmedas que colgaban del lazarete. Los restantes y los pasajeros, se escabulleron hasta la cabina del capitán Ensor.

Fue la ocasión que aprovecharon Vidéh y otro esclavo, para cargar el cuerpo de John Hewell y lanzarlo al mar.

—Aquí va su comida tiburones, muy merecida se la tienen —gritó Vidéh en el preciso instante en el que el cadáver azotó con un golpe seco el mar. Fue la única víctima.

Después que echaron su cuerpo por la borda, Madison Washington prometió igual suerte al negro que se atreviera matar un blanco. Como muestra de su autoridad, al salir el sol, hizo devolver tres sortijas, cuatro collares y varias piezas de oro que les habían quitado a los pasajeros blancos. Personalmente entregó un reloj, que un sublevado había quitado en la refriega. Todavía marcaba la hora exacta en la que se lo quitaron.

—Póngale la hora en la que se lo devolvimos para que no se olvide —le ordenó Vidéh, y el blanco lo hizo.

Cuando los negros controlaron el motín y la fragata, se fueron a reunir con el capitán. Rachel Glover, la negra Mary Pain y Margaret Reilly, bajaron a la zona de carga y se sentaron sobre los fardos cargados de tabaco. Hablaban discretamente de sus planes que no eran exactamente abandonar la Creole. La esclava Mary Pain lanzó un grito de terror cuando sintió que una mano la tocó en la espalda. Resultó que había un blanco escondido. Fue tremendo susto, pero su sorpresa fue mayor. Algunos amotinados que se apresuraron a llegar ante el grito de la mujer, lo agarraron y quisieron tirar por la borda.

La mujer todavía asustada, corrió hasta Washington para abogar por la vida de William Henry Merritt, que así se llamaba el que estaba escondido bajo la carga. Entonces Vidéh repitió el llamado de Madison Washington a los negros que lo habían capturado.

—Cualquier negro que tan solo intente hacer daño a un blanco, lo pagará con su vida.

Tal vez fue el destino de Meritt o la buena estrella de los sublevados, pero fue lo mejor que les pudo ocurrir. Merritt, en reunión posterior con los amotinados, explicó que tenía conocimientos de navegación y comprometió su vida, con la llegada a las Bahamas. En todo caso, parecía que la proporción del balance entre la vida y la muerte se había perdido. En ese momento estaba todo en desbalance tal, que ninguno de los dos bandos creyó que sobreviviría. Los blancos hacían lo que fuera para vivir y los negros por su parte gestaban todo lo necesario para morir.

Convenció a todos los sublevados dominantes, que era un error pretender llevar la embarcación a Liberia.

—No tenemos alimentos ni agua suficiente para ello —dijo—, pero les puedo llevar el Creole hasta las Islas Británicas.

Madison Washington se negó y ordenó insistentemente navegar en dirección a Liberia. En ese momento el debate y la discusión se mantuvo dominada por los hombres.

—Es nuestra vida la que está en juego. Esto no se puede hacer a lo sucusumucu —dijo Vidéh.

—¿A lo qué? —preguntó Ensor.

—De la tierra de dónde vengo quiere decir a lo loco —replicó.

Cuando todo parecía decidido, Margaret se hizo de la palabra, sin que ninguno de los hombres osara callarla.

—Señores, las Islas Británicas, para todos los que quieren escapar es la mejor opción que llegar a Liberia o a cualquier otra parte. En una conversación entre los blancos de la red underground, les escuché contar que hace menos de un año, una embarcación norteamericana, en un viaje como el de la Creole, quedó varada en las arenas de los islotes de Ábaco en las Bahamas inglesas. Una vez el capitán pidió ayuda al gobierno británico, todos los negros fueron liberados. La fragata La Hermosa fue luego desencallada, pero tuvo que partir sin un solo negro a bordo. Esto produjo una gran alegría y felicidad a la población de la isla que acusaba de piratas y malandrines a los blancos y su tripulación —dijo mientras permanecieron todos atentos.

Vidéh se mantuvo cabizbajo repitiendo en voz baja el nombre de La Hermosa, como si hubiera encontrado en el nombre, el recuerdo del amor que más quería. Terminada la intervención, aumentó la crisis, pero esta vez, en otra área de la fragata.

Haber tomado como armas las cornamusas utilizadas para amarrar las sogas que fijan las velas, provocó que las velas se recogieran a voluntad y sin control, y detuvo el desplazamiento de la nave. Madison Washington abandonó la reunión a verificar qué ocurría. Cuando miró a lo alto del mástil, vio a un blanco de rodillas en el obenque.

—O baja usted por su propia voluntad, o lo bajo de un tiro —gritó Washington al marino.

Aceptó la primera oferta y bajó por su cuenta, siendo recibido en cubierta por el propio Madison Washington. Era el marinero Stevens. Madison lo tomó por el brazo y lo llevó a la cabina donde todos permanecían en discusión acalorada, lo sentó en su silla y lo amarró. Stevens, quien ya daba su vida por perdida, al percatarse de la controversia, pidió permiso a su captor para dirigirse al grupo.

—Señor Washington, señores todos, con mi experiencia de navegación por estas aguas les aseguro que nuestros abastos jamás nos permitirán llegar con vida a Liberia. Ahora bien, en tres días les garantizo que atraco la Creole en Bermudas.

El negro Vidéh lo miró con cierto desprecio y replicó:

—Pues se acaba de terminar el debate —dijo dirigiéndose a todos. Volviéndose a Stevens, lo miró fijamente y colocando el dedo índice en su rostro le dijo—: Usted tiene tres días para llevarnos a Las Bermudas, de lo contrario, lo tiraremos por la borda a ver si resucita.

El argumento religioso resultó muy convincente. En la mañana del día lunes 8 de noviembre, desde la Creole, avistaron las costas de Las Bermudas.

Las corrientes estaban tan ansiosas por llegar como los navegantes. Los que no podían permanecer en pie por la agitación de las aguas, como pudieron, se arrodillaron.

Desde la proa, Margaret Reilly miró fijamente las tierras que se avistaban en el horizonte y parecían moverse con el mismo vaivén que la fragata. Las islas asemejaban, una la letra alpha, y otra la letra omega. Justo a su lado estaba el negro Ulises, a quien apodaban El Greco, sentado en cubierta sobre una manta de cuero de cabra. Madison Washington ordenó:

—Que todos los negros libres canten.

La respuesta no se hizo esperar, agitaron sus lenguas, como inspirados por el Viento de Dios, coreando la canción que Margaret había escrito al Creole.

“Barco negrero, barco de sal, palos de pinos, hojas de mar, si quieres, me tragas, si quieres, te vas, si flotas con sangre, vida darás, barco negrero, barco de sal, principio de todo, abrazo del mar.”

En esa euforia Margaret reconoció su sueño la noche en que el padre McCutchen le dio la carta. No era una pesadilla la que tuvo, sino una revelación. Las islas abecedarios eran el principio y el fin, el coro trágico los libertos en la Creole, el negro Ulises y el cuero de cabra completaban la odisea. En ese momento recordó el contenido de la carta dirigida al underground. Miró las aguas verdes del mar, que en los brazos de Morfeo confundió con el cielo, y, en el bajo fondo, vio erizos y estrellas de mar anaranjadas. Fue entonces que, uniendo los sueños con la realidad, Margaret Reilly confirmó la decisión de regresarse en unión a Mary Pain y la esclava Rachel Glover. Madison Washington había ordenado recoger todas las armas, incluyendo cuchillos y machetes tan pronto avistó la costa. Vidéh opinó que el control sobre la embarcación se haría más complicado, pero no fue así. Los hombres sublevados mantuvieron todo el orden de los sometidos. Washington se encargó personalmente de lanzar todas las recogidas al mar.

Con la Creole, ya a unos doscientos metros de la costa, tres pequeñas barcazas con funcionarios británicos, la mayoría negros, se le acercaron. Tan pronto los vio lo suficientemente cerca, el marino Gifford se agarró a la soga atada a la borda para subir y bajar por la escalerilla fija y se tiró al agua. Desesperado pareció que nadaba por su vida en dirección del bergantín que se acercaba. La embarcación que lo acogió lo llevó a la orilla. Así fue que escapó e informó personalmente su versión de lo ocurrido en la Creole al gobierno británico. Tampoco perdió tiempo para advertir al cónsul norteamericano John Bacon con quien conspiró para revertir el suceso.

En común acuerdo con el cónsul, Gifford reclutó los marinos de dos embarcaciones de bandera norteamericana, la Louisa y la Congress que arribaron a puerto tres días después que la Creole. El cónsul, a su vez, se encargó de convencer a sus capitanes con alguna recompensa a fin de retomar por la fuerza la Creole.

Una tarde Vidéh observó las maniobras y alertó a las autoridades militares del puerto que los marinos esclavistas preparaban una intentona para asumir el control de la Creole. Querían tomar por asalto a la embarcación y zarpar con todos los esclavos todavía a bordo. No contaban con que los británicos ordenaron militarizar la fragata. Desde la cubierta de la Creole, una orden en perfecto inglés, dada por el militar a cargo de la vigilancia de la fragata a los marinos americanos que se acercaban, acompañada de todas las armas asequibles a los soldados británicos, fue suficiente para que se retiraran a sus barcos. El gobernador de la isla tomó cartas en el asunto.

—Las dos embarcaciones, la Louisa y el Congress tienen que de inmediato levantar anclas abandonando el puerto, bajo pena de confiscación. El Secretario de Justicia y los magistrados locales, deben abordar hoy la Creole y decretarán aplicables las leyes británicas —dispuso mediante órdenes ejecutivas el máximo funcionario real.

Una vez allí, reunieron a todos en la cubierta explicando las investigaciones que realizaron. Expusieron las leyes de su país.

—A cada uno de ustedes le cobija el derecho que posee toda persona, de no ser obligado a esclavitud —dijo el magistrado, añadiendo con toda claridad:

—Mi nombre es George Anderson y todos aquellos de ustedes que deseen desembarcar son libres para así hacerlo. Solo Madison Washington y Yaoul Vidéh permanecerán bajo custodia judicial en lo que concluyen las investigaciones requeridas por las autoridades y determinar si se ha cometido algún acto punible bajo las leyes del Reino Unido.

Washington y Vidéh abandonaron voluntariamente la nave y fueron llevados bajo custodia a un lugar desconocido. Los libertos abandonaron la fragata, y recibieron un número de identidad. A las que optaron por permanecer y regresar, Rachel, Mary Pain y Margaret Reilly, se les entregó un número de autorización de salida. Al siguiente día, ciento cuarenta y cinco libertos partieron en otra fragata hacia la isla de Jamaica como seres libres. La propia Margaret los vio partir, todos en cubierta, excepto Washington y Vidéh, y ninguno con cadenas. Cuando el gobierno británico llegó a un acuerdo escrito con el gobierno norteamericano sobre el destino de la Creole, le entregaron un duplicado al capitán de la fragata. Ensor lo recibió en sus manos, lo leyó y zarpó de Nassau en dirección a Nueva Orleans.

El día primero de diciembre, un día antes de arribar al puerto de Nueva Orleans, la semilla sembrada en su cuerpo por el primer hombre que además de rozar su piel trastornó su espíritu, se negó a nacer.

In nomine Patris et Filii et il Spiritus Sancti —la bendijo, la depositó al mar y lloró amargamente. Margaret se quedó fosilizada en cubierta. Recordó que fue un viaje demasiado largo para ella.

La mujer al concluir el relato, permaneció en silencio con su rostro entre sus manos. Poco a poco puso al descubierto su cara y, mirando, a lo lejos, vio las arenas acumuladas como sedimentos depositadas por las aguas en los bancos de las riberas del gran Misisipi. Sintió que el relato que acaba de narrar al abogado, arrastraba siglos de dolor convertido en sedimento. Kneehigh colocó su lápiz sobre el papel de anotaciones. Se puso de pie y entró al salón de oración. Tomó por el diapasón el violín que descansaba en su estuche abierto. Regresó al balcón colocándose al lado de Margaret Reilly. Colocó el instrumento sobre su hombro izquierdo. Apretó alguna que otra clavija mientras rozaba con los dedos de su mano izquierda la madera en el área de la tapa. Sintió el grosor de la cuerda, su longitud y su tensión. Tomó el arco por la nuez golpeando suavemente su pierna con la vara. Movió su cabeza de un lado a otro, puso la quijada sobre la mentonera y tocó la única pieza de Paganini de que era capaz y había aprendido de memoria durante su estancia en Boston: Duo Merveille, Sonata para Violín en C Mayor. De esta manera sus manos expresaron los sentimientos de su corazón uniéndose al dolor de tantos. Margaret Reilly se puso de pie, escuchando el fondo musical, dirigió su mirada a la zona portuaria y observó con amargura los cargueros esclavistas que surcaban las aguas teñidas del más largo de los llantos de América del Norte. Poco a poco, por sus ojos, cayeron ríos de dolor.