Treinta y tres

Moscú, 2000

La tarde empezaba a oscurecer y a enfriarse cuando Lily llegó al cementerio Novodévichi. Oksana la estaba esperando junto a la puerta, sujetando un bolso enorme. A aquella hora hacía demasiado frío y el cementerio resultaba demasiado sobrecogedor para los turistas, tal como habían planeado. Cuanta menos gente hubiera, mejor.

—Le he echado un ojo a la tumba —le dijo Oksana a Lily—, y tiene un hueco en la base de la estatua que da a la propia fosa. Podemos meter la caja por ahí. Es un plan mucho mejor que el de esparcir las cenizas alrededor y estoy segura de que a Natasha le parecería bien.

Lily se conmovió al llegar a la tumba de Natalia Azarova y ver que el número de ramos de flores de vivos colores no había menguado con la llegada del frío.

Oksana abrió el bolso y sacó la caja de madera que contenía las cenizas de Natasha. Lily y ella la sujetaron entre las dos y rezaron un padrenuestro. Luego besaron la caja con reverencia. Oksana mostró a Lily el hueco que había encontrado.

—Declaro que la teniente Azarova ya no está desaparecida —declaró Lily mientras Oksana y ella deslizaban la caja, que aterrizó en la tumba con un ruido sordo.

—Ya está —dijo Oksana—. Svetlana y Natasha se han reunido otra vez. Ahora, cuando la gente visite esta tumba, las estará honrando a las dos.

Poco después, las dos mujeres se cogieron del brazo y regresaron al coche de Oksana encantadas y algo sorprendidas de haber podido cumplir su sagrada tarea sin que los cuidadores del cementerio las hubieran visto o alguien se lo hubiera impedido.

—Seguro que Natasha estaba vigilando —dijo Oksana.

Valentín Orlov había visitado el cementerio Novodévichi todos los días desde el funeral. Le gustaba llegar por la mañana temprano o a última hora de la tarde, para evitar a los estudiantes, los turistas y otros visitantes. Aquella tarde, al bajar del taxi, sintió que hacía mucho frío. Se cruzó con dos mujeres que caminaban absortas en su conversación. Reconoció en la más joven de las dos a la chica que había perdido las llaves cerca de la tumba de Natasha. Se preguntó a qué se debería su interés por el gran amor de su vida. Se sintió tentado de seguirla y preguntárselo, pero faltaba poco para que se cerrasen las puertas del cementerio.

Colocó la rosa que siempre traía entre los ramos que los muchos admiradores de Natasha habían dejado. Había albergado la esperanza de que, una vez recuperados el avión y el cuerpo de Natasha, y alcanzado al fin el reconocimiento oficial que merecía como heroína de la Gran Guerra Patria, sentiría que había alcanzado un fin. Sin embargo, no había sido así. Aunque se dice que el tiempo cura todas las heridas, él seguía llevando dentro un agujero negro. Allí descansaba el esqueleto que Ilia y él habían descubierto en Orël Oblast, pero, no obstante, la esencia de Natasha no estaba presente. «La encontré, pero en realidad no», pensó.

Sin embargo, la escultura había logrado captar la feminidad y la fuerza de Natasha. Era algo tangible que podía tocar, como la fotografía de los dos junto a su Yak que guardaba en casa. Por eso visitaba el cementerio a diario: buscaba su contacto. Esperaba que su vida continuase con la misma rutina de melancolía hasta que fuera demasiado viejo y débil para seguir visitándola. Entonces ocurrió una cosa que lo cambió todo.

Estaba junto a su tumba, contemplando las flores, cuando vio un destello de luz. Los ramos de flores centelleaban con vivos colores, lo envolvió una sensación cálida y sintió una presión suave a su lado. ¡Era ella, Natasha! ¡Lo sabía!

No la veía, pero la oía. Le decía algo, aunque no utilizaba palabras conocidas por ninguna lengua humana. Luego se echó a reír. Orlov se encontró riendo con ella. Todo su ser pareció elevarse sobre la tierra y expandirse de gozo.

Recordó que cuando se había unido al regimiento en Stalingrado había ocurrido exactamente lo mismo: ella había entrado en su vida y lo había liberado. «¿En ningún momento se ha planteado la posibilidad de que pueda sorprenderlo?», le había preguntado ella. Y lo había conseguido. Después de todos aquellos años de separación, había regresado a él.

Orlov se palpó el costado.

—¿Natasha?

Entonces ella le habló con claridad, directamente al corazón.

—Te amo, mi querido Valentín. Volveremos a encontrarnos en el Cielo.

—Yo también te amo —dijo en voz alta—. Nunca dejé de esperarte.

—Lo sé.

Y desapareció.

Orlov se sentó en un banco junto a la tumba, intentando asimilar lo que había ocurrido. El peso que le oprimía el pecho desde hacía tanto tiempo se había evaporado. Los remordimientos se habían desvanecido. El mundo parecía ajustarse a un nuevo patrón y se sintió lleno de optimismo. Si no se hubiera sentido tan en paz, habría dudado de su cordura.

«Tengo ochenta y tres años. Quizá me quede un año, quizá diez. ¿Por qué desperdiciarlos?», se preguntó.

Su mente voló hacia Leonid e Irina, y a sus hijos, Nina y Antón. Eran unos seres maravillosos que le habían dicho que querían conocerlo mejor. «Tal vez sea posible —pensó—. La verdad es que he llevado una vida muy interesante».

Se puso en pie y acarició la lápida una vez más. Sabía que no volvería al cementerio. Natasha no estaba allí: estaba en su corazón, donde siempre había estado y donde siempre estaría.

—Te amo, Natasha —dijo—. Volveremos a encontrarnos en el Cielo.

Dio media vuelta y echó a andar hacia las puertas del cementerio.