Once
Moscú, 1937-38
Puede que tuviera una carta de recomendación de Stalin para la Escuela de Vuelo sin Motor de Moscú, pero Serguéi Konstantinovich, el jefe de instrucción, no iba a ponerme las cosas fáciles.
—¿Qué edad tienes? —preguntó, mirándome por encima de los montones de papeles esparcidos sobre la mesa. Su despacho estaba en una escuela de primaria de Yuzhonie Butovo.
—Casi quince.
Serguéi se mesó el bigote y sacudió la cabeza.
—Vaya, vaya, vaya, aún más joven de lo que yo creía.
—Soy madura para mi edad —le aseguré.
Su ceño fruncido me indicó que no estaba de acuerdo.
—Empezarás con teoría aeronáutica —dijo, y se levantó de la silla para acompañarme hasta la puerta—. Si la dominas, ya hablaremos de pilotar.
—Pero yo quiero volar —protesté mientras me empujaba hacia el pasillo—. El camarada Stalin dijo que podía.
—No quiero que te partas el cuello. Empezarás con estudios de aeronáutica y luego ya veremos.
Cuando me cerró la puerta en la cara, me di cuenta de que era su última palabra. Durante el invierno, las tardes que no tenía reuniones de «jóvenes pioneros», me desplazaba a Yuzhonie Butovo con los demás alumnos de la Escuela de Vuelo sin Motor de Moscú para estudiar ángulos, dirección del movimiento y cómo afectaba la densidad del aire al vuelo.
—Imaginad que elevarse es Stalin y arrastrarse es el viejo zar —nos dijo Serguéi—. Es Stalin quien os hace remontar.
La condición que habían puesto mis padres era que sólo podía aprender a pilotar si seguía con mis estudios y las clases de piano. Aunque tenía que levantarme temprano en aquellas mañanas gélidas para estudiar, mi entusiasmo por lo que estaba aprendiendo me infundía energías para seguir adelante. Los sábados por la tarde me dejaban ir con Svetlana al cine situado cerca de la plaza Smolenskaya. Nuestras películas favoritas eran las de aviadores: La llamada de la madre patria e Historias de héroes de la aviación. Después paseábamos por la calle Arbat y visitábamos los estudios en los que los artistas pintaban retratos. Si no había entendido algo en las clases de teoría de vuelo, podía pedir a Svetlana que me lo explicara.
—Tendrás que recordar que pilotar un avión sin motor no será como llevar un trineo —me dijo una vez—. No utilizarás la palanca para virar, sino que alinearás el fuselaje para reducir la resistencia.
Pese a mi entusiasmo, no podía mantener para siempre un buen nivel en todas mis actividades. Tendría que decidir en qué me concentraba. Llegada la primavera tuve claro lo que realmente quería hacer en la vida.
—De acuerdo —anunció Serguéi en el aula—. Ya basta de teoría. Es el momento de pilotar.
Todo el mundo se levantó de la silla y jaleó.
—¿Yo también? —pregunté.
Serguéi me miró entrecerrando los ojos.
—No has crecido. Sigues siendo la muñequita que eras cuando llegaste.
En realidad, no había dicho que no, así que me uní a los demás cuando se reunieron a primera hora de la mañana para lanzar los aviones desde una ladera en el río Moscova. Para hacerlo, un estudiante tenía que sentarse en la cabina mientras el resto, ocho a cada lado, tirábamos con todas nuestras fuerzas de una cuerda de caucho. Una vez que la cuerda estaba tensa, el avión salía catapultado como una piedra en un tirachinas y el piloto surcaba el aire durante uno o dos minutos antes de aterrizar.
Debido a mi estatura, Serguéi Konstantinovich dio por sentado que no podría ayudarlos en el ejercicio de lanzamiento. Pero la gimnasia me había proporcionado reservas de músculo y aprovechaba bien mi tamaño compacto. Cuando acabó cediendo y me permitió ayudar a lanzar el avión sin motor, se quedó boquiabierto al comprobar que era la que tiraba con más fuerza.
—¿Ahora puedo volar? —le pregunté.
—No. Primero debes observar a los estudiantes mayores, y luego ya veremos.
—¿Cuánto tiempo tendré que observar?
—Al menos cien vuelos.
No siempre podía ejecutarse el lanzamiento. Por cada dos o tres que salían bien, había uno en que el avión se elevaba sólo unos metros y volvía a impactar en el suelo, lo cual iba acompañado de gruñidos de decepción por parte de quienes habían tirado de la cuerda y de quejas del magullado piloto. Pero observé y aprendí, hasta que un día, cuando ya casi había perdido la esperanza de que me permitieran pilotar, Serguéi me señaló a mí y luego la cabina.
Puse los pies en los pedales y las manos en la palanca de mando como si estuviera a punto de montar a caballo por primera vez. Me concentré en todo lo que había aprendido en las clases, con Svetlana, observando. No quería que en mi primer intento el morro del avión acabara hundido en la hierba. Los otros estudiantes tiraron de mí.
—Qué ligera es —dijo un chico—. ¡Parece que no haya piloto!
Cuando el avión despegó, solté un grito de alegría. ¡Estaba volando! Por un momento, el mundo entero parecía tranquilo e inmóvil. El aire olía puro y limpio. Tomé tierra como un pájaro. Aunque el aterrizaje no fue fluido, conseguí evitar que las alas tocaran el suelo. Levanté la mirada y vi a los demás estudiantes saludándome desde lo alto de la ladera. Estaban lanzando vítores. Incluso Serguéi sonreía. En ese momento supe que mi destino era ser piloto.
Aunque disfrutaba aprendiendo a pilotar, el ambiente en Moscú era cada vez más sombrío e inquietante. A cualquier hora de la noche aparecían furgonetas negras delante de los edificios. Corrían rumores sobre una fosa común en la que habían enterrado a enemigos del pueblo en Yuzhonie Butovo, cerca de la escuela de vuelo sin motor. Pero era imposible saber qué era cierto y qué era fruto de unas mentes demasiado activas.
Un día, nuestra profesora de matemáticas, Olga Andreyevna, llegó a la escuela llorando. La oí susurrar a la maestra de música, Bronislava Ivanovna, que habían detenido a su marido. A la semana siguiente, Olga Andreyevna también había desaparecido.
—¿Quién iba a pensar que la bondadosa Olga Andreyevna era una enemiga del pueblo? —le dije a Svetlana una tarde mientras hacíamos los deberes juntas—. Lo que me extraña es que esos criminales no intenten huir. Tienen que saber que van a detenerlos.
Svetlana apartó la vista del libro de texto.
—A lo mejor creen que son inocentes. O quizá alguien denunció a Olga Andreyevna y a su marido por rencor. Mamá dice que debemos tener cuidado con lo que decimos en el tranvía y cuando hacemos cola en la tienda por si alguien malinterpreta nuestras palabras y nos toman por delincuentes.
Me levanté a servir té del samovar para las dos y volví a la mesa.
—Mamá dice lo mismo. Y, cuando Sasha vino durante su último permiso, le oí decirle que no se quejara de nadie ni discutiera con los alumnos que no pagan a tiempo, porque la gente disgustada cuenta todo tipo de mentiras a las autoridades. Pero yo creo que es una tontería que esté preocupado.
Svetlana cogió a Ponchik y apoyó la barbilla en su cabeza.
—¿Por qué?
—Porque el camarada Stalin sabe quién es inocente y quién culpable. Si alguien es detenido por algo que no ha hecho, no tardan en ponerlo en libertad.
Mamá y Lidia entraron en la cocina. Mamá le sirvió un poco de té y Lidia se sentó a mi lado y se descalzó. Me di cuenta de que llevaba los zapatos de baile que me había regalado Stalin.
—Espero que no te importe que los hayamos tomado prestados —dijo mamá, que me dio un beso en la frente—. A Lidia se le han roto los suyos y está teniendo problemas para encontrar otro par.
—No, no me importa —respondí—. Me alegro de compartir el regalo que me hizo el camarada Stalin.
Lidia arqueó las cejas.
—¿El camarada Stalin? ¿Me estás diciendo que gracias al camarada Stalin podemos disfrutar todos de tanta abundancia?
—No —dije con una sonrisa—. Me las regaló el propio camarada Stalin. Me las mandó después de que papá y yo asistiéramos a la recepción que le organizaron en el Kremlin a Valery Chkalov.
Lidia miró a su hija de soslayo.
—No me lo habías contado.
Svetlana apartó la mirada y me pregunté por qué no le contaba a su madre las cosas buenas que me sucedían. Yo siempre alardeaba de los logros de Svetlana delante de mamá. Lidia examinó los zapatos y me los devolvió.
—Svetochka, mañana tienes examen de ciencias y espero que, como siempre, seas la primera de la clase —le dijo a su hija.
Pobre Svetlana. De repente, entendí por qué no le contaba a su madre lo que yo hacía. Si yo conseguía algo, la presionarían para que ella lograra algo más impresionante. Pero Lidia no tenía por qué ser tan competitiva. Todos esperábamos lo máximo de Svetlana: estaba destinada a estudiar en el Instituto de Aviación de Moscú y a hacerse un nombre. Era la chica más lista de la escuela. Los exámenes no me iban tan bien como antes, pero me daba igual. Al fin y al cabo, estaba perdiendo interés en el colegio. Ahora lo único que deseaba era volar.
Sonó el teléfono. Zoya entró en la cocina y dijo que era Piotr Borisovich, el padre de Svetlana. Lo había visto varias veces. Era un hombre tranquilo y serio; jamás le había visto sonreír. Svetlana decía que era porque tenía un trabajo importante en una fábrica de construcción y que se preocupaba mucho, pero también porque su madre era autoritaria y él se había acostumbrado a escuchar.
Mi madre cogió el auricular en el pasillo antes de que llegara Lidia.
—Piotr Borisovich —dijo con un tono coqueto—, ¿por qué no viene nunca a clases de baile con su mujer?
Una vez le pregunté eso mismo a Svetlana.
—A papá no le importa que mamá baile con otros cargos del Partido cuando van a funciones —me explicó—. Se contenta con ser un director de fábrica y miembro normal y corriente del Partido. Es mi madre la que sueña con que triunfemos en la vida.
A medida que iban produciéndose detenciones, incluso mi padre, que era una persona alegre, empezó a preocuparse. Lo oía caminar por casa durante una hora antes de dormir; yo culpaba a mi madre de su agitación. Papá era animoso, pero ella siempre estaba inquieta por algo. Cada vez que un coche se detenía por la noche delante de nuestro edificio, se ponía rígida, esperando lo peor. Era su inquietud lo que ponía de los nervios a papá… y a mí.
Una noche la encontré preparando una bolsa con prendas de invierno, ropa interior, dinero, cepillo de dientes y pasta dentífrica. Me di cuenta al instante de lo que estaba haciendo. Estaba preparando artículos de primera necesidad para mi padre por si lo arrestaban.
—¡Haciendo eso atraes la mala suerte! —dije en tono de reprimenda—. El camarada Stalin sólo tiene elogios para papá. En la recepción de Valery Chkalov incluso propuso un brindis por él. —Le cogí la ropa y volví a guardarla en el armario—. ¡Y papá no es un enemigo del pueblo! Dedica su vida a dar placer al pueblo soviético, que es exactamente lo que el camarada Stalin quiere que haga.
Mamá frunció los labios y dijo:
—A mí me parece que no importa lo que le des a la Unión Soviética si tu familia sirvió en su día a las clases aristocráticas.
Un día vi a mi padre solo en el salón.
—Papá, ¿te van a detener? —le pregunté.
Él dejó en la mesita las frutas edulcoradas que había estado examinando.
—¡Natashka, cariño! —exclamó—. ¿Te preocupa eso? ¡No tenía ni idea! Creía que estabas pasándolo en grande con tus clases de vuelo, y que nada te preocupaba. —Me cogió de la mano y me hizo sentarme a su lado en el sofá—. Por favor, no sufras por mí —añadió, pasándome el brazo por encima de los hombros—. Puede que haya estado un poco tenso últimamente por Pavel Maximóvich.
—¿Qué le pasa?
Papá me ofreció una fruta edulcorada. La rechacé. Él cogió una y se la metió en la boca. El aroma a fruta y melón me recordó a los despreocupados días de verano, totalmente opuestos a la aprensión que me invadía en aquel momento.
—A pesar del elevado estatus de la fábrica, Pavel Maximóvich no consigue los suministros de semillas de coco y aceite de palma necesarios para mantener la producción —me contó—. La fábrica no ha logrado sus objetivos para Año Nuevo. Por primera vez ha habido escasez de chocolate Octubre Rojo.
—Pero eso no es culpa suya —dije.
—Claro que no —coincidió papá. Sacó el pañuelo y se limpió los dedos—. Pero algunos trabajadores no lo ven así. Si Pavel Maximóvich les ordena que hagan algo, últimamente ponen trabas. El ambiente de cooperación de la fábrica ha desaparecido.
Tranquilizada por la explicación de mi padre, que me aseguró que estaba preocupado por el director general de la fábrica y no por sí mismo, volví a concentrarme en mis estudios y en la escuela de vuelo.
Una mañana, mientras desayunaba con mi madre en la cocina, papá llegó temprano de la fábrica. Solté un grito al verlo. Iba desaliñado y llevaba sangre en la manga. Mamá se levantó horrorizada.
—¡Stepan!
Sin mirarme, mi padre indicó a mamá que lo siguiera al salón y cerró la puerta. Yo me senté en la cocina con Ponchik, demasiado aturdida para saber qué hacer.
—¡No puede ser! —gritó mamá, en respuesta a algo que había farfullado mi padre—. ¿Pavel Maximóvich se ha cortado el cuello él mismo? ¿Tan seguro estaba de que lo acusarían de saboteador?
—Hay alborotadores en la fábrica que amenazaban con señalarlo si no conseguían lo que querían —repuso papá.
Mis padres estaban tan agitados que habían olvidado hablar en voz baja. Oí hasta la última palabra de lo que dijeron.
—¿Y lo encontraste tú? —preguntó mi madre—. ¿Sólo tú?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
Papá tardó unos instantes en responder.
—Llamé a la policía y vino el NKVD. Me interrogaron y me dijeron que no se lo contara a nadie, ni siquiera a ti, Sofía. Jamás cuentes lo que acabo de decirte. Mañana, el Pravda atribuirá la muerte de Pavel Maximóvich a un infarto e incluirá un aviso a todos los ciudadanos soviéticos para que mantengan su régimen de ejercicio físico.
Mi madre jadeó.
—¡Están encubriéndolo! ¡Tienes que hablar con el camarada Stalin! ¡Él es el único que puede protegerte!
Tras la muerte de Pavel Maximóvich, mi padre se comportaba como si estuviera en trance. La tensión se acrecentó cuando llegó un nuevo director general.
—No vuelvas por la fábrica, Natasha —me dijo papá—. El nuevo director me vigila constantemente. Me resulta imposible trabajar.
No podía creerme que pudiera pasarle algo malo a mi padre, pero intentar razonar con mi madre y conservar la calma era una tarea imposible. Pasaba más tiempo en las clases de pilotaje o iba al aeródromo a observar los aviones para evitar la atmósfera de tensión que se respiraba en casa. Ahora estaba asistiendo a clases avanzadas de pilotaje, pero mi verdadera ambición era surcar los cielos de los rincones más lejanos de la Unión Soviética y convertirme en una de las águilas de Stalin.
Una tarde, papá volvió de la fábrica con una sonrisa en la cara. Parecía el mismo otra vez. Lidia estaba en clase de elocución con Svetlana cuando mi padre entró en casa. Llevaba dos paquetes debajo del brazo.
—Venid todos —anunció. Luego llevó a mamá a la cocina y pidió a Lidia que nos acompañara—. ¡Traigo buenas noticias!
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Hoy me ha llamado el camarada Stalin y me ha dicho que va a encargar personalmente algunos suministros para la fábrica, para que pueda seguir trabajando sin trabas. También ha insistido en que este verano utilicemos la nueva dacha estatal que hay en Nikolina Gora, al lado del río. Ya sabéis, la casa con embarcadero y un porche grande. —Papá se volvió hacia Lidia—. Sería un honor contar con la familia Novikov como invitados.
A Lidia se le iluminaron los ojos. Debía de saber que era la dacha que utilizaban los altos cargos del Partido.
Mi padre se volvió hacia nosotras.
—Luego, el camarada Stalin ha enviado a uno de sus guardaespaldas con estos paquetes para la familia Azarov.
Los depositó sobre la mesa y abrió uno: caviar, pescado ahumado, queso, melocotones secos y una botella de champán de Abrau-Diurso, la mejor región vinícola de la Unión Soviética.
—Hoy tenemos algo que celebrar. —Papá apretó el brazo a Lidia—. Tienes que llamar a tu marido y pedirle que nos acompañe.
Lidia parecía confusa al ver la comida extendida encima de la mesa. Tal vez creía que me había inventado la historia de los zapatos de baile que me había regalado Stalin. Ahora tendría que confiar en su generosidad.
Zoya acompañó a Lidia al teléfono y marcó el número de su marido. Nosotros nos concentramos en el otro paquete.
—Éste —dijo papá— venía con la instrucción de que lo abrieran mi mujer y mi hija.
—Hazlo tú —indicó mamá, que empujó el paquete hacia mí.
Rompí el envoltorio marrón y descubrí algo grande y blando en papel de seda. En él aparecía escrito el nombre de mi madre y se lo entregué. Ella desató el cordón, quitó el papel de seda y vimos un hermoso chal de lana. Lo levantó. Svetlana y yo nos quedamos boquiabiertas ante su belleza: tenía unas rosas de las cien hojas impresas sobre un fondo azul cielo y el borde era dorado. El chal era elegante y sería perfecto para las noches de verano en Nikolina Gora.
El otro artículo que contenía el paquete era una caja de terciopelo negro con una tarjeta en la que aparecía escrito mi nombre.
—A lo mejor es una brújula —dijo Svetlana—. O algo para animarte a pilotar.
—¡Ábrelo! —exhortó Zoya.
La caja olía a viejo y polvoriento. Quité la tapa. Sobre el recubrimiento de seda de color crema había un broche de zafiro rodeado de pequeños diamantes.
—¡Dios mío! —dijo mamá—. Stepan, ¿podemos aceptar un regalo tan valioso?
Papá se mostró sorprendido al ver el broche. Desde luego, era algo inusual.
—Si viene del camarada Stalin, tenemos que aceptarlo… con gratitud —repuso.
—El camarada Stalin debe de estar contento contigo, Stepan —dijo mamá—. Está siendo muy generoso con nosotros.
Ahora ya no fruncía el ceño y parecía que hubiera perdido diez años.
Sostuve el broche en la mano y lo contemplé maravillada. Los zapatos de baile habían sido lo más bonito que había tenido nunca. ¡Hasta ahora!
Lidia volvió aturullada.
—Piotr dice que Svetlana y yo debemos irnos. Su madre tiene una tos fuerte.
—Lamento oír eso —dijo papá, que cogió los melocotones secos y el queso, y los envolvió con papel de seda—. Por favor, llevadle esto. Espero que se mejore pronto.
Lidia miró a mi padre con extrañeza y acompañó a Svetlana a la puerta. Antes de marcharse, se dio la vuelta y nos miró de nuevo como si estuviera a punto de anunciar algo, pero empezaron a temblarle los labios y titubeó.
—Conozco esa dacha de Nikolina Gora —dijo al final—. La he visto en fotos. Es muy bonita.
—Y la disfrutaremos todos juntos —respondió papá animadamente—. Espero que tu marido pueda venir a relajarse y dejar atrás las preocupaciones laborales por unos días.
Lidia asintió y rodeó a Svetlana con el brazo mientras se dirigían a la puerta.
Mamá abrió la botella de champán que Stalin nos había enviado y sirvió un poco para mi padre y para ella. Incluso a mí me permitieron tomar media copa. Luego mamá puso un disco en el gramófono, y ella y papá bailaron un tango al son de El vino del amor. Dejé el broche sobre la mesa de mi habitación para poder admirarlo más tarde.
Zoya nos llamó a cenar y nos sentamos.
—Lidia no era ella esta noche —observó mi padre.
—Estaba conmovida por nuestra generosidad —respondió mamá—. Se crio en la pobreza. Sus padres murieron cuando ella era joven y tuvo que cuidar de sí misma y de sus hermanos. Teniendo en cuenta de dónde viene, le ha ido bien. Svetlana es una joven encantadora.
—¡No podría estar más de acuerdo! —dije al tiempo que me servía un poco de remolacha en el plato.
—Bueno —dijo papá, consultando el reloj—, es hora de volver al trabajo. Si el camarada Stalin me manda suministros, será mejor que empiece con nuevas ideas para el Primero de Mayo.
Papá estaba poniéndose la chaqueta cuando alguien llamó a la puerta.
—¡NKVD! ¡Abran!
Todos nos miramos.
—¿A quién buscan? —dijo mamá, avanzando hacia la puerta—. Éste es el piso de los Azarov. Deben de confundirse.
Antes de que mi madre pudiera abrir, se oyó un golpe y madera quebrándose. La puerta cayó hacia dentro e irrumpieron en el piso tres agentes del NKVD. El más alto, un hombre pelirrojo con bigote, agarró a mi padre y lo estampó contra la pared. Mamá y yo nos pusimos a gritar. Zoya salió corriendo de la cocina con una sartén para defender a papá, pero uno de los agentes del NKVD la apartó de un empujón.
—Tiene que haber un error —dijo mi padre retorciéndose de dolor—. Soy Stepan Vladimirovich Azarov, chocolatero jefe de la fábrica Octubre Rojo. Ahora me dirigía allí para recibir suministros encargados por el camarada Stalin.
El hombre pelirrojo se llevó la mano al bolsillo y sacó un documento, que plantó delante de la cara de mi padre.
—No hay ningún error. Ésta es la orden de arresto. Está acusado de ser enemigo del pueblo. Pero primero registraremos el piso.
El hombre arrastró a papá hasta el salón y lo tiró encima del sofá. Los otros empujaron a mamá, a Zoya y a mí en dirección al comedor. Mamá se aferró a papá y rompió a llorar. Fue entonces cuando vi a nuestro vecino, Alekséi Nikolayévich, balanceándose nerviosamente en el umbral. El NKVD debió de obligarlo a actuar de testigo en el registro y la detención.
Durante seis horas permanecimos allí apiñados mientras los agentes del NKVD arrasaban nuestro piso como un huracán, tirando libros de las estanterías y volteando cajones. Se llevaron las pruebas más extrañas: las partituras de mamá, libros de recetas, una cámara e incluso el disco que había puesto en el gramófono. Observé al agente pelirrojo mientras lo anotaba todo en un cuaderno. Tenía unas manos largas y elegantes, pero con callos. Puede que nunca llegara a saber su nombre, pero jamás olvidaría su rostro duro y ampuloso, aquellos ojos fríos.
Oí a los agentes registrar la habitación que compartía con Alexánder. ¿Se llevarían también el broche de zafiro y los zapatos de baile? Ponchik debía de estar escondido debajo de mi cama y aulló cuando uno de los hombres le propinó una patada. Me levanté, pero mamá tiró de mí. Por suerte, Ponchik vino corriendo hacia nosotros y se acurrucó a mi lado. ¿Qué sería de nosotros? Hacía un momento estábamos disfrutando de los lujosos regalos que nos había enviado el camarada Stalin… ¿Y ahora esto? Tenía que tratarse de un error. Cuando el camarada Stalin se enterara, aquellos hombres pagarían caro el habernos tratado como a delincuentes. Esa idea me consoló.
El agente pelirrojo volvió al salón y empezó a registrarlo. Nos ordenó que nos pusiéramos de pie y rompió los cojines del sofá. Mamá contuvo un grito cuando el hombre levantó la tapa del piano y la cerró de golpe. Entonces abrió el armario y vio el icono de Santa Sofía. Se me heló la sangre. Papá no había cometido ningún delito, pero adorar iconos iba contra la ley. «Perdónanos, camarada Stalin», recé en silencio. Pese a todo lo que me habían enseñado en Jóvenes Pioneros, la paradoja de mi fe no se había manifestado tan claramente como entonces. El agente miró el icono y lo cogió con ambas manos. Creía que iba a romperlo contra el suelo, pero hizo una mueca, como si le hubieran dado una puñalada en el corazón. El sonido de los otros agentes regresando al comedor lo alarmó. Guardó el icono debajo del armario y no lo mencionó. Tampoco lo registró en su cuaderno.
Los agentes terminaron su trabajo y obligaron a mi padre a ponerse en pie. ¿Adónde lo llevaban? No a Lubianka, desde luego. ¡Mi padre no era un criminal! Mi madre tendría que ponerse en contacto con el camarada Stalin y con Anastas Mikoyán, el comisario del sector alimentario, e informarlos de lo ocurrido. Liberarían a mi padre rápidamente.
Entonces vi horrorizada cómo mamá sacaba una bolsa de la estantería inferior del armario. Era la bolsa que había preparado cuando empezó a temer que pudieran detener a papá. Debió de hacerla otra vez. ¿Por qué? ¡Ahora parecería culpable! Pero estaba demasiado distraída con los agentes que hacían salir a mi padre de casa como para enfadarme con ella.
Seguí a los hombres escaleras abajo. Noté un escalofrío cuando vi la furgoneta negra aparcada en la calle.
—¡Papá! —grité, agarrándolo del brazo—. ¡Papá, no pueden llevarte con ellos!
Mi padre se volvió hacia mí: nunca olvidaré su mirada. Siempre divertido, animado e infantil, ahora parecía un fantasma. Tenía la piel pálida y los ojos hundidos, como si su alma lo hubiera abandonado.
El hombre pelirrojo me apartó de un empujón.
—Vuelve con tu madre —me dijo.
La puerta de la furgoneta negra se cerró. Los agentes subieron a la parte delantera y el vehículo se alejó a gran velocidad.
—Todo se arreglará y tu padre volverá a casa esta misma noche —dijo una voz detrás de mí.
Me di la vuelta y vi la figura temblorosa de Alekséi Nikolayévich. Pero, aunque intentaba consolarme con las palabras de mi vecino, supe que mi mundo de familia, comodidades y privilegios había tocado a su fin.
Mamá escribió al camarada Stalin y habló con la secretaria de Anastas Mikoyán sobre la detención de papá. El camarada Stalin estaba fuera de Moscú, según descubrimos, pero la secretaria de Mikoyán nos aseguró que si mi padre podía demostrar su inocencia, lo pondrían en libertad.
Mamá y yo íbamos cada día a la prisión de Lubianka para obtener noticias. Pero los funcionarios no revelaban nada ni tampoco aceptaban el paquete de comida que le habíamos preparado.
Antes solía despreciar a la gente que esperaba delante de Lubianka y otras oficinas del Gobierno. Los veía como colaboradores y enemigos del pueblo. Ahora yo era una de ellos. Aquellas almas destrozadas, con su cara de desesperación y las ojeras de agotamiento, eran la única fuente de información y empatía con la que contábamos en aquel trance.
—Vaya a la prisión de Butirka —nos aconsejó un día una mujer después de que nos rechazaran de nuevo—. Puede que ya hayan interrogado a su marido y lo hayan enviado allí a la espera del juicio.
Dimos las gracias a la mujer por el consejo. Para nuestro alivio, la prisión de Butirka aceptó el paquete, si bien los guardias no confirmaron si papá estaba allí o no.
—Es buena señal —nos aseguró una mujer que hacía cola—. Si aceptan el paquete, está aquí.
Mamá y yo contemplamos los imponentes muros de la prisión.
—Sabrá que estamos pensando en él —dijo mamá con lágrimas en los ojos—. Sabrá que no nos hemos olvidado de él.
Mi madre estaba convencida de que a ella también la detendrían en cualquier momento. Tenía sus razones. Yo sabía que si se llevaban al marido, era casi seguro que su mujer sería arrestada poco después. Si no había denunciado a su esposo, había incumplido sus deberes con el Estado.
—No, mamá —le dije cuando la vi preparando una bolsa para ella—. Esta vez haremos las cosas de otra manera. No te provoques tú misma la mala suerte. En lugar de prepararte para tu detención, nos prepararemos para cuando papá vuelva a casa.
Algunos muebles habían sufrido desperfectos durante el registro, pero no habían robado objetos de valor. Los agentes no se habían llevado el broche de zafiro ni los zapatos de baile, como me temía. Mi madre y yo arreglamos el piso lo mejor que pudimos: zurcimos las cortinas rasgadas, pulimos las rayaduras en los muebles y reparamos los libros favoritos de papá. Al mantenernos ocupadas fingíamos que todo volvería a la normalidad y papá vendría a casa. Zoya siguió reservándole un sitio a la mesa y mamá le preparaba la ropa cada día. Éramos como niñas fantaseando.
En el caso de mamá, la magia debió de funcionar —los agentes del NKVD no volvieron a detenerla—, pero a Alexánder lo expulsaron de las Fuerzas Aéreas.
—Es imposible que ya hayan juzgado a papá —protesté cuando Alexánder volvió a vivir con nosotros.
—A mis oficiales no les importaba —respondió Alexánder con amargura—. La mera idea de que papá pudiera ser un enemigo del pueblo fue razón suficiente para deshacerse de mí.
Mi hermano no fue el único que sufrió el rechazo tras la detención de papá. Cuando me personé en la escuela de vuelo sin motor para rendir el examen avanzado, me encontré con Serguéi Konstantinovich bloqueando la entrada.
—Ya no puedes entrar aquí —dijo—. Has puesto en peligro a todos los que se asocien contigo. ¿Es que no lo entiendes?
En el colegio era una apestada. Los profesores y alumnos se alejaban de mí, desaparecían por los pasillos o entraban en las aulas al verme llegar. Algunas de las chicas más osadas se metían conmigo, escribían notas desagradables en mis libros de texto y se llevaban cosas de mi escritorio. Sabían que a los profesores les daba miedo defenderme. Habría deseado que Svetlana estuviera a mi lado, pero había contraído escarlatina la noche que detuvieron a mi padre y le daban clases en casa. Sólo la profesora de música, Bronislava Ivanovna, me trataba como antes, y todo el mundo sabía que estaba demostrando coraje —y estupidez— al hacerlo.
—Sé fuerte, Natasha. No te rindas —me susurraba siempre que me la cruzaba por el pasillo—. Tienes demasiado talento como para permitir que te destruyan.
No hubo más paquetes especiales de comida y los estudiantes de mamá ya no venían. Lidia tenía que cuidar de Svetlana, con lo cual era comprensible que no lo hiciera. Sin la paga de papá, nos faltaba dinero. Vivíamos a base de kasha y sopa. Alexánder iba de fábrica en fábrica pidiendo trabajo, pero todas lo rechazaban. Lo único que pudo conseguir fue para limpiar lavabos en la estación de metro. Mamá vendió su gramófono y las joyas para mantenernos.
—Estamos malditos —le dijo a Zoya—. Tienes que irte y buscar otra familia. De lo contrario, caerás con nosotros.
Pero Zoya se negó.
—Nunca me han tratado como a una criada, Sofía, así que no actuaré como tal. Ahora somos familia.
A la postre, Zoya se convirtió en nuestra salvadora. Como ya no recibíamos paquetes especiales, necesitábamos a alguien que pudiera hacer cola todo el día para conseguir comida y otros artículos de primera necesidad. En otras familias eran las babushkas las que realizaban tal tarea, pero mis abuelas habían muerto jóvenes. Zoya hacía cuanto estaba en su mano, pero a veces volvía sólo con sardinas y patatas. Aun así, era mejor que nada.
Ni siquiera me planteé asistir a las reuniones de Jóvenes Pioneros después de que Alexánder me contara lo que le había sucedido a otro chico a cuyos padres habían detenido. Cuando el muchacho se negó a renunciar a sus padres y a escupir en su retrato, le arrancaron el uniforme y lo obligaron a irse a casa en ropa interior. Los otros niños se metían con él y le tiraban palos. Aquel mismo día, el chico se ahorcó.
Nos permitían entregar un paquete al mes en la cárcel de Butirka. Cuando el siguiente paquete que llevamos mamá y yo fue aceptado, nos animamos mucho.
—Puede que papá regrese pronto a casa —dije a mamá.
Al volver, descubrimos que el NKVD había aparecido de nuevo y nos había echado de casa. Nuestras pertenencias estaban amontonadas en la acera y la puerta del piso cerrada a cal y canto. Al no encontrar a Ponchik me entró el pánico. Pensé que se había quedado atrapado dentro, pero romper un precinto del NKVD era delito. Sin embargo, mamá lo encontró escondido debajo de una manta.
Lo cogí y lo abracé con fuerza.
—Me moriría si te pasara algo —le dije.
Mamá suspiró.
—Natasha, a lo mejor a Svetlana le gustaría quedarse con Ponchik. No sé qué va a ser de nosotras. No sé si podemos quedárnoslo.
La idea de separarme de Ponchik me parecía algo inconcebible. Era un regalo de papá. Además, Lidia era alérgica a los animales; lo abandonaría en la calle. Mamá debió de percibir la desesperación en mis ojos y no volvió a mencionar el tema.
Nos adjudicaron una habitación en un piso comunal, donde los suelos de madera estaban pintados de rojo para que parecieran una alfombra y el papel de pared tenía manchas. Mamá, Alexánder, Zoya y yo compartíamos cocina, cuarto de baño e inodoro con otras tres familias y una pareja de divorciados que seguían viviendo juntos porque no querían renunciar a su espaciosa habitación. El ambiente era venenoso. Los divorciados se peleaban constantemente y, aunque todo el mundo tenía hornillo de gas, estantería y mesa de cocina propios, los residentes siempre se acusaban unos a otros de robar comida.
Al principio decidimos que sería mejor comer en nuestra habitación. Pero la manera que tenían los otros residentes de observarnos resultaba inquietante. Mamá estaba convencida de que nos escrutaban buscando acciones por las cuales pudieran denunciarnos y así conseguir más espacio en el piso. Para evitar ofenderlos, optamos por mantener el «espíritu comunal» y comíamos en la cocina, pese a la indigestión que nos causaba tanta tirantez.
Los muros de partición eran tan delgados que, si queríamos hablar en privado, debíamos echarnos una manta por encima de la cabeza. Teníamos una foto de papá escondida debajo del colchón que compartíamos mamá y yo; cada noche, la sacábamos y colocábamos un plato con chocolate duro al lado. Por la mañana volvíamos a esconderla. Las familias de los acusados de ser enemigos del pueblo estaban obligadas a borrar cualquier recuerdo de la persona y a no volver a mencionarla jamás. Pero ¿cómo íbamos a olvidar a papá?
Un día, mientras mamá buscaba entre nuestra ropa, encontró una bufanda que le había pedido a un vecino de la antigua finca antes de que detuvieran a papá.
—¿Puedes ir a devolverla cuando salgas de clase? —me preguntó mamá—. Deslízala por debajo de la puerta y procura que no te vea nadie.
Aquel día, de camino a casa, hice lo que mamá me había pedido. El precinto de la puerta había desaparecido y había un colchón nuevo delante. En el pasillo, el aire olía a pintura fresca y a pulimento de suelos. Ahora vivía otra familia en nuestra casa. En la calle me sorprendió ver a Svetlana saliendo de una cafetería. No había tenido noticias suyas desde que cayó enferma. Cruzamos miradas.
—¡Sveta! —dije, corriendo hacia ella—. ¿Estás bien?
Se quedó inmóvil un momento y luego extendió los brazos.
—¿Cuándo volverás al colegio? —le pregunté—. ¡Te he echado de menos!
Lidia salió de la cafetería y nos vio. Entrecerró los ojos como si yo fuera un peligroso león que estaba a punto de atacar a su hija y apartó a Svetlana.
—¡No hables nunca más con esa chica! —le susurró—. ¿Me entiendes? ¿Quieres que nos pase lo mismo que a su familia? ¡Su padre es un saboteador!
Lidia me lanzó una mirada feroz. Svetlana intentó zafarse de su madre.
—¡Es Natasha! —dijo—. ¡Natasha!
Lidia le dio una bofetada en la cara. Antes de que su hija tuviera oportunidad de recuperarse, la agarró de los hombros y se la llevó como si de una prisionera se tratara. Svetlana se volvió para mirarme. La expresión de tristeza en sus ojos me partió el corazón. También había perdido a Svetlana. Intenté comprender qué estaba ocurriendo. Parecía que todos los demás estuvieran vivos y yo no; los miraba a través de un velo. «Sé fuerte, Natasha. No te rindas», me había dicho Bronislava Ivanovna. Pero ¿cómo podía luchar? Seguía viva físicamente, pero me sentía muerta por dentro. Ya no existía como miembro de la sociedad.
—Tienes que disculpar la reacción de Lidia —me dijo mamá aquella noche—. Intentaba proteger a Svetlana. La vida es horrible, una locura. Todos nos hemos convertido en chivatos. Ya no podemos confiar ni siquiera en nuestros amigos.
Escruté el rostro de mi madre.
—¿Por qué el camarada Stalin no nos ha respondido ni ha puesto en libertad a papá? Antes confiaba en él. Seguro que sabe que es inocente.
Mamá frunció los labios y se dio la vuelta.
—Los asesores del camarada Stalin no le cuentan nada, Natasha. Le dijo a papá que no confiaba en quienes lo rodeaban. Todo esto está sucediendo sin su conocimiento. Volveré a escribirle.
Por insistencia de mamá, y gracias a que Bronislava Ivanovna costeaba las cuotas, seguí yendo a la escuela. Svetlana no volvió y me acostumbré a cruzarme por el pasillo con chicas que habían sido amigas mías y no decirles nada. En casa ya no teníamos piano con el que practicar, pero Bronislava Ivanovna estaba convencida de que podría solicitar plaza en el conservatorio cuando terminara la escuela.
—Cantas muy bien, Natasha. Trabajemos eso.
Ahora que mi sueño de convertirme en piloto se había desvanecido y que no tenía amigos, empecé a cantar para distraerme. Además de canciones clásicas rusas, aprendí piezas de los artistas de jazz Leonid Utesov y Alexánder Tsfasman, que, según se decía, eran los favoritos de Stalin. Quería demostrar que era una buena ciudadana soviética. Puesto que todos sus alumnos la habían abandonado, enseñarme también daba a mi madre algo en que ocupar su tiempo. En el piso, la tensión remitía cuando mamá y yo ensayábamos juntas. Incluso la pareja de divorciados se calmó y un día anunciaron que esperaban un bebé.
Al mes siguiente, la prisión de Butirka se negó a aceptar el paquete. Mamá se desmayó al conocer la noticia. Intenté sostenerla, pero yo también estaba a punto de perder el conocimiento. Aquello era lo que habíamos estado temiéndonos desde hacía tiempo.
—No se teman lo peor —nos dijo una madre joven que estaba amamantando a un niño—. Puede que lo sometan a privaciones para que confiese o que ya lo hayan juzgado. Vayan a la estación. Hoy parte un tren hacia Kolimá.
Con las piernas temblando, mamá y yo fuimos corriendo hasta la estación. Allí esperaba un tren destinado al este, pero los prisioneros condenados a los campos de trabajo de Kolimá ya habían subido. Las ventanas estaban cerradas, con una pequeña abertura para que pudieran respirar. Debía de resultar asfixiante. Gente con paquetes en la mano iba de vagón en vagón gritando el nombre de su ser querido. Si recibían respuesta, el guardia cogía el paquete para dárselo al prisionero. Una mujer recibió una nota de su marido y se la llevó al corazón. Mamá y yo gritamos el nombre de papá varias veces, pero no hubo respuesta.
Cuando volvimos a casa aquella noche, encontramos al agente pelirrojo del NKVD esperándonos en la esquina. Llevaba una caja en la mano. Mamá y yo nos quedamos paralizadas, como un ciervo en la mira telescópica de la escopeta del cazador.
El agente del NKVD pasó junto a nosotros y entregó la caja a mamá sin mediar palabra. Lo observamos boquiabiertas mientras se alejaba a toda prisa por la calle. No había venido a detenernos.
Esperamos hasta que estuvimos en nuestro cuarto para ver el contenido. Dentro encontramos artículos de nuestro piso que no figuraban en el montón: la colcha que tejió a mano mamá, un valioso reloj, el broche de zafiro y los zapatos de baile que recibí de Stalin y algo envuelto en tela. Lo abrimos y encontramos el icono de Santa Sofía. En la parte posterior habían garabateado en lápiz: «¡Perdóneme!».
Mamá y yo nos miramos.
—¿Quién será? —susurró mamá—. ¿Y por qué se convirtió en agente del NKVD?
Días después, estaba cepillando a Ponchik en el patio cuando vi a una de las residentes del piso, Ekaterina Mijailovna, con el cartero. Buscó entre las cartas y encontró una que parecía interesarle.
—¡Sofía, hay algo para ti! —la oí decirle a mi madre.
Me preguntaba quién nos habría enviado una carta. Desde luego no era un amigo; nos habían abandonado todos. ¡Tal vez el camarada Stalin había respondido al fin!
Cogí a Ponchik y fui corriendo a casa. Ekaterina Mijailovna estaba merodeando delante de la habitación, pero la puerta estaba cerrada. Al verme, desapareció rápidamente. Abrí la puerta y encontré a mamá de rodillas. Al principio pensé que estaba rezando, pero entonces me di cuenta de que lloraba. Dejé a Ponchik en el suelo y me arrodillé a su lado. Mamá tenía la carta en las manos. Estaba mecanografiada y parecía oficial.
Me derrumbé. Probablemente, habían declarado culpable a papá. La gente que había delante de la prisión de Butirka nos había contado que era habitual que antiguos amigos y compañeros testificaran contra el acusado si creían que podía reportarles algún beneficio. ¿Qué sucedería ahora? ¿Enviarían a papá a un campo de trabajo como los prisioneros del tren?
—Mamá —dije, poniéndole la mano en su hombro tembloroso—. Si papá ha sido declarado culpable, debemos ver al camarada Stalin en persona. Sabemos que papá no es un saboteador. Le encantaba su trabajo.
Mamá se volvió hacia mí con una mirada atormentada.
—Demasiado tarde —dijo.
—No es demasiado tarde —insistí—. Podemos presentar una apelación. Si el camarada Stalin no está en Moscú, debemos averiguar su paradero e ir allí.
La carta se le deslizó entre los dedos y cayó al suelo. Sentí un nudo de miedo en el estómago.
—¿Mamá?
Me puso la mano en la muñeca. Estaba helada. Entonces supe, incluso antes de que mamá me lo dijera, que había ocurrido lo inconcebible.
—Natasha —anunció—, lo juzgaron y lo declararon culpable. Lo ejecutaron el mismo día. Cariño, tu padre está muerto.