Seis
Moscú, 2000
Cuando Adam estaba vivo, Lily siempre esperaba con impaciencia los fines de semana. Ahora los detestaba. El sábado se distraía visitando estaciones del metro de Moscú. Había leído que transportaba a más de siete millones de personas al día, lo cual lo convertía en uno de los medios urbanos más utilizados del mundo. Era también uno de los más bellos. Stalin había ordenado que reflejara la gloria de la Unión Soviética. A Lily la maravillaba cuántas estaciones parecían grandes salas de baile con sus muros de mármol, sus altos techos abovedados y sus ostentosas lámparas de araña. Sus favoritas hasta el momento eran la de Novoslobodskaya (con sus vidrieras de temática floral, iluminadas por detrás y con grabados de cobre) y la de Ploschard Revoliutsii, donde las arcadas están flanqueadas por estatuas de soldados, obreros y agricultores colectivos. Fotografió una estatua de un partisano con su perro para enviársela a sus padres. A todo el mundo debía de gustarle, pensó; habían frotado tanto la nariz del perro que relucía.
La estatua le hizo pensar de nuevo en la anciana y en Laika. ¿Dónde vivía? Se dio cuenta de que había preguntado cómo se llamaba la perra, pero no cuál era el nombre de su dueña. No se trataba de algo inusual en Rusia: a la gente no le gustaba que les hicieran preguntas. Los rusos podían parecer reservados, pero era consecuencia de muchos años ocultando sus verdaderos sentimientos. Si uno era capaz de atravesar aquella capa exterior, según había descubierto Lily, normalmente eran sinceros y afectuosos.
Cuando volvió a su piso, la luz del contestador parpadeaba. Un mensaje de su padre: «No es nada urgente —decía—. Mamá y yo llamábamos para ver qué tal estás». Lily consultó el reloj. Era demasiado tarde para devolver la llamada a Sídney. Se tumbó en el sofá y la asaltó un sentimiento de culpabilidad. Sus padres le habían pedido fotos del piso, pero ella les había mandado panorámicas exteriores del atractivo edificio de estuco rosa y el parque que había enfrente. El interior era demasiado sombrío y desentonaba en exceso con sus gustos minimalistas como para que sus padres no se preocuparan. Aunque Oksana se había ofrecido a pagar cualquier reforma que quisiera hacer, Lily no lograba reunir las fuerzas necesarias para redecorar la vivienda.
Recordó el correo electrónico de Betty y fue a buscarlo al bolso. Después de sus teorías sobre los gatos y la rabia, le contaba cómo estaba todo el mundo en Australia: «Te echamos muchísimo de menos, por supuesto. Le he dicho a mamá que el año que viene iría a visitarte y se ha vuelto loca. Estoy intentando entender la relación que tienen nuestros padres con Rusia. Parecen reverenciarla como si fuera una tierra mágica, pero también la temen».
Lily sabía exactamente a qué se refería. Cuando anunció a sus padres que se iba dos años a trabajar a Rusia, su padre la apoyó, pero su madre se puso histérica. La aterrorizaba que pudiera detenerla la policía secreta: «Lo que hicimos tu padre y yo fue muy peligroso e ilegal. ¡Sacamos a un ciudadano soviético del país! No olvides que tu nombre también aparecía en mi pasaporte y que nunca cogimos el vuelo de regreso».
Lily quería a su madre y jamás le habría hecho daño a propósito, pero se mantuvo firme respecto del viaje a Rusia. Era una nueva época en la historia del país y estaba convencida de que nadie la arrestaría. Después de la muerte de Adam, ya no sabía quién era. Necesitaba huir a alguna parte; no podía quedarse en Sídney y ver a sus amigas casarse. Por alguna razón que no acertaba a explicar, Rusia la atrajo. Tal vez llevaba el país en los genes. Al fin y al cabo, se había criado hablando ruso en casa y entre la comunidad rusa de Sídney.
Betty terminaba su correo electrónico con preguntas sobre Moscú. ¿Qué tal se había adaptado Lily? ¿Eran simpáticos sus compañeros de trabajo? ¿Estaba haciendo nuevas amistades? «Por favor, escríbenos más de una línea. Quiero saber cómo estás de verdad».
Un golpe en la puerta la sobresaltó.
—Soy yo, Oksana —dijo su casera.
Lily abrió la puerta y la invitó a entrar. Antes de conocerla, imaginaba que alguien que vivía con treinta gatos debía de ser como la anciana loca de Los Simpson, una solterona cuyas decepciones vitales la habían llevado a rehuir a la gente y hacer acopio de gatos. Esa descripción no podía ser más errónea en el caso de Oksana. Escultural, con el cabello de color caoba y las uñas largas pintadas de rojo, había ido a la universidad y era una mujer culta. Tenía casi sesenta años, pero en su pálida piel no se apreciaban arrugas y su estilo era elegantemente moderno. Aquella tarde llevaba una blusa de flores arrugada, mallas negras y zapatos planos de color rojo. Olía a Allure, de Chanel.
—Cariño, espero que hayas salido hoy —dijo—. Hace un día precioso. Ya sabes que el invierno no tardará en llegar y volveremos a encerrarnos en casa.
Lily puso en marcha la tetera. Oksana la siguió a la cocina.
—Tengo que pedirte un favor —dijo—. Hay que llevar a Afrodita y Artemisa a esterilizar el miércoles por la mañana, pero tengo una reunión del comité de Animales de Moscú por la tarde y no puedo recogerlas. ¿Podrías ir tú después del trabajo? Puedes llevarte mi todoterreno. Yo iré a la reunión en metro. El miércoles es el único día que puede atenderlas el doctor Yelchin.
—Claro —respondió Lily.
El doctor Yelchin tenía una consulta cerca del parque Filevski y Lily sabía que esterilizaba los gatos rescatados de Oksana por un precio simbólico.
—Gracias —dijo Oksana—. También he venido a preguntarte si quieres venir al teatro Bolshói esta noche: El lago de los cisnes.
Lily no tenía otros planes; quedarse en casa dándole vueltas a la cabeza no le iba a hacer ningún bien.
—Me encantaría —dijo—. Pero ¿cómo has conseguido las entradas tan tarde?
Oksana le guiñó un ojo.
—Tengo mis contactos.
A Lily no le cabía la menor duda. Su casera vivía bien. Alojaba a treinta gatos en un piso que siempre estaba escrupulosamente limpio. Aunque no parecía rica, sí transmitía la sensación de llevar una vida acomodada: vestía ropa moderna, conducía un buen coche y una vez al año se iba de vacaciones al extranjero. Por lo que Lily había podido deducir, cuando en Rusia legalizaron la propiedad privada, su hermano, que era ministro del Gobierno, le compró cuatro pisos en el edificio, lo cual debía de procurarle unos ingresos razonables.
Oksana se terminó el té y consultó el reloj.
—Tengo que irme —dijo cuando se dirigía hacia la puerta—. Vendré a recogerte a las seis. La función es en la sala principal. Pongámonos guapas. Será una gran noche.
No era la primera vez que Lily iba al teatro Bolshói. Cuando sus padres vinieron a Moscú, la llevaron con ellos. La salida al ballet había sido una maniobra para no levantar las sospechas de la KGB. A Ania e Iván los acompañaba Vera, una guía de Intourist, que también era amiga de la abuela de Lily. Había sobornado a un portero para que dejara pasar a Lily, que era sólo un bebé, ya que el plan los incluía a todos, también a Alina, que abandonaría el país aquella misma noche. Cuando la orquesta empezó a tocar y se alzó el telón, Lily volvió a pensar en su madre. Finalmente, tras ver su determinación y darse cuenta de que necesitaba curar la tristeza que anidaba en su interior, Ania había aceptado su decisión de ir a Rusia. «Pero, por favor, no busques a Vera ni al general. Nos ayudaron, corriendo grandes riesgos, y no quiero ponerlos en peligro», le rogó. El general era el compañero de Alina. Había evitado que la enviaran a un campo de trabajo y se había puesto en contacto con los padres de Lily en Australia para explicarles cómo rescatarla.
Lily trató de imaginar todo lo que debieron de sentir su madre y su abuela aquella última noche en Moscú. Mientras veía al príncipe Sigfrido llegar a su fiesta de cumpleaños rodeado de cortesanos y princesas, se preguntaba hasta qué punto habría asimilado su madre el ballet. «Tengo la madre más valiente del mundo. Es sensible, pero siempre logra reunir el valor necesario. ¿Alguna vez seré capaz de hacer yo lo mismo?», se preguntó.
Lily se recostó en el asiento y dejó que la inundara la belleza del espectáculo que se desarrollaba sobre el escenario.
El lunes por la mañana salió pronto a trabajar para tener tiempo de reunirse con la mujer y la perra. Esperó hasta las nueve y cuarto en la salida del paso subterráneo, pero no aparecieron. «Debí imaginarlo», pensó Lily al dirigirse al hotel. Tal vez no fuera una mendiga, puede que fuera todo una farsa. O tal vez le había ocurrido algo durante el fin de semana. Esperaba que no.
—Los padres de Rodney nos han regalado una luna de miel en las Seychelles —le anunció Kate—. Supuestamente era una sorpresa, pero luego pensaron que sería mejor decírnoslo para que nos lleváramos la ropa adecuada —añadió entre risas.
Lily hizo todos los comentarios entusiastas que pudo antes de excusarse para ir al baño. Por suerte, estaba vacío. Apoyó la cabeza en aquella fría pared. Ella y Adam habían planeado ir de luna de miel a Francia. Iban a ser cuatro días románticos en París; luego se alojarían en una villa en Saint-Rémy-de-Provence.
Pasó el resto del día corrigiendo carteles para ascensores, así como los textos de la página web para el programa de viajeros frecuentes. No quería pensar mucho en el pasado ni preocuparse por la anciana y Laika.
El martes por la mañana fue distinto. Lily llegaba tarde al trabajo cuando vio a la mujer y a la perra cerca de la salida de plaza Pushkin. La mujer tenía la cara gris y se balanceaba de un lado a otro. Cuando la cogió del codo para sostenerla, notó la piel fría y húmeda.
—¿Qué le ocurre? —preguntó—. ¿Está enferma? ¿Quiere que la lleve al hospital?
La mujer sacudió la cabeza.
—No, por favor. Llévese a Laika hoy. Se lo ruego. Llévesela.
Cerca de allí había un puesto de flores con una silla para los clientes que esperaban. Cuando la vendedora vio a Lily tratando de sostener a la anciana, señaló la silla. Lily la ayudó a sentarse. Quizá no había comido nada en toda la semana; además volvía a hacer calor. A lo mejor estaba deshidratada.
—Espere aquí —le dijo Lily a la mujer.
Corrió por el paso subterráneo hasta un quiosco que vendía bebida y comidas ligeras. Compró un par de botellas de agua y un bocadillo de huevo.
Cuando volvió, la mujer bebió agua y vertió un poco en la palma de la mano para que Laika la lamiera. Lily esperó hasta que se hubo comido el bocadillo y se alegró al comprobar que recobraba el color de la tez.
—Debo irme a trabajar —le explicó—. Tengo reuniones todo el día, pero termino hacia las cinco y media. Hace demasiado calor para estar sentada en la plaza. Si me espera aquí, le prometo que esta noche me llevaré a Laika todo el tiempo que necesite.
—Gracias —respondió la mujer.
Lily se volvió hacia las escaleras de salida y se detuvo.
—No sé su nombre —dijo—. Yo me llamo Lily.
La mujer se miró las manos. Lily pensó que no la había oído. Sin embargo, dijo en voz muy baja:
—No hace falta saber cómo me llamo. No soy nadie.
A Lily le resultó difícil concentrarse en la reunión de Ventas y Marketing de aquella mañana. No dejaba de pensar en la anciana. Le habría gustado hablar con Oksana, pero cuando intentó hacerlo, durante la pausa para el té matutino, saltó el contestador.
Volvió a la sala de reuniones, donde Kate estaba sirviéndoles vasos de agua mineral a todos los asistentes. Llevaba un vestido de tubo plateado que se complementaba a la perfección con sus ojos azules y su bronceado. Era una persona agradable, pero Lily dudaba que hubiera alterado su hermosa vida para ayudar a una anciana y un perro. ¿Qué le atraía de los animales necesitados, y ahora de las personas? ¿Por qué se sentía obligada a ayudar aun cuando ella estaba triste y sus compañeros de trabajo parecían más interesados en el nuevo restaurante que querían visitar?
A la hora de comer, volvió a toda prisa al paso subterráneo, pero la mujer y Laika habían desaparecido. La vendedora de flores la vio y le dijo:
—Esa mujer con la que estaba usted esta mañana me pidió que le dijera que tenía un asunto que atender, pero que la esperará aquí a las cinco y media.
Lily le dio las gracias y compró un ramo de lirios para animarse. Cuando regresó a la oficina, llenó un jarrón de agua y se percató de que la vendedora había cometido un error y le había dado seis flores en lugar de siete. Los números pares eran para los funerales, y los rusos tenían la superstición de que tanto quien las regalaba como quien las recibía tendrían mala suerte si el número era par en cualquier otra ocasión. Se planteó devolver los lirios, pero, como todo el mundo estaba yendo a la sala de reuniones para la sesión vespertina, declinó la idea. Antes de ir a la sala, dejó el jarrón cerca de su ordenador. No era supersticiosa. Además, lo que la vendedora no supiera no podía hacerle daño.
Scott inició una presentación en PowerPoint al ritmo de Kool & the Gang y afirmaciones de éxito que aparecían en la pantalla a intervalos aleatorios, pero el resto de la reunión resultó bastante aburrida. Lily no dejaba de pensar en lo que le había dicho la anciana: «No soy nadie».
Cuando terminó la última reunión, a las cinco, volvió a su mesa y la ordenó. Preparó la lista de quehaceres para el día siguiente. Estaba a punto de irse cuando Scott los llamó a ella y a Colin a su despacho. Se quedó de pie delante de la mesa de Scott con la esperanza de que la reunión fuera breve, pero, cuando Colin se sentó, no tuvo más opción que hacer lo mismo. Scott les sonrió.
—Tengo grandes noticias. El hotel Mayfair va a abrir una sucursal en San Petersburgo. Me han dado permiso para ampliarte el contrato, Lily. Nos encantaría poder contar contigo para el proyecto.
Lily no sabía qué responder. Era un cumplido que el hotel quisiera ampliarle el contrato, pero sólo pensaba quedarse allí dos años. Era imposible saber cómo se sentiría cuando venciera el contrato original. ¿Querría quedarse o volver a casa? En aquel momento cambiaba de parecer sobre Rusia de un día al otro.
Scott la miraba expectante, pero antes de que pudiera responder, Kate llamó al panel de cristal que había junto a la inexistente puerta.
—Siento interrumpir. Ya tengo esos números, Scott. Podemos echarles un vistazo a primera hora de la mañana.
—Gracias, Kate —respondió Scott—. ¿Haces algo interesante esta noche?
Kate sonrió.
—Tengo que ir a buscar unas entradas para el teatro. El mes que viene es el cumpleaños de Rodney y quiero llevarlo a ver La gaviota.
Lily pensó en la anciana esperándola a la salida del paso subterráneo y consultó el reloj: las cinco y media. Esperaba que la mujer siguiera allí. No quería volver a perderla y pasarse toda la noche preocupada por lo que hubiera podido ocurrirles a ella y a Laika.
Kate se fue y Scott volvió a centrarse en Lily y Colin. No añadió nada más sobre el contrato de Lily, sino que pasó a describir el edificio que había adquirido el hotel en San Petersburgo.
—Es una antigua mansión barroca en la avenida Nevski. El plan es incorporar el interiorismo original al nuevo diseño.
Lily ya no sabía cómo ausentarse cuando el propio Scott se dio cuenta de la hora que era.
—¡Dios mío! ¿Ya son las seis menos veinte? Melanie tiene función hoy y he de recoger a los niños en la escuela de música.
—Pues será mejor que vayas tirando —dijo Colin—. A esta hora de la tarde hay mucho tráfico.
Cuando se hubo despedido, Lily salió a toda prisa del hotel y caminó hacia la plaza Pushkin. Seguro que la mujer estaba esperándola. El ruido de lo que parecían dos coches chocando la cogió por sorpresa. Se detuvo y miró en derredor. No se veía ningún accidente y tampoco había oído chirrido de frenos. ¿Qué había provocado aquel ruido entonces?
Cuando llegó a la plaza Pushkin, Lily paró en seco. Tardó un momento en comprender la escena que tenía ante sí. Varias figuras se tambaleaban cubiertas de hollín. De la salida del paso subterráneo salía a borbotones un humo negro y gente sangrando, con la cara quemada y la ropa hecha jirones.
—¡Traedles agua! —gritó una mujer a los ocupantes de un edificio cercano que observaban desde la ventana.
De la salida empezó a brotar más humo. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Era un incendio?
Lily pensó en la mujer y en Laika. «¡Dios mío!», gritó, y echó a correr hacia la salida, pero todo iba a cámara lenta. Notaba las piernas como si fueran de plomo. Recordó el rostro de la mujer y la expresión confiada de Laika. Le había pedido a la anciana que la esperara dentro y no en la plaza.
Un hombre con un corte en la frente agarró a Lily antes de que llegara a las escaleras.
—¿Está loca? —gritó—. ¡Acaba de estallar una bomba! ¡Hay un incendio! ¡Ahí abajo sólo encontrará cadáveres!
A varias manzanas de distancia se oían las sirenas de los vehículos de rescate que trataban de sortear el tráfico. No podía pensar con claridad. Se le había entumecido el cuerpo y se apoyó en una farola.
Cuando llegó la policía, acordonó la zona. Al otro lado de la calle Tverskaya se reunieron grupos de curiosos que intentaban ver qué había sucedido. Del paso subterráneo salía más gente ensangrentada y quemada, tambaleándose o transportada por otros. Los enfermeros tumbaron a los más graves en camillas mientras otras víctimas se desplomaban en el suelo. Un joven empleado de oficina llegó con un carrito del correo lleno de botellas de agua. Lily lo ayudó a repartir agua entre las víctimas para que se la vertieran en las quemaduras. Era incapaz de saber cuántos heridos había, eran demasiados.
«¿Ha visto a una anciana con un perro?», preguntaba Lily a todas las personas que salían mientras les ofrecía agua: o bien sacudían la cabeza, o bien la miraban inexpresivas, demasiado conmocionadas para entender la pregunta.
Entonces llegaron los bomberos y agentes de seguridad, que se dirigieron a toda prisa al túnel. Lily comprobaba cada camilla que subían por las escaleras. No sabía quién estaba vivo y quién no. Algunas de las víctimas habían sufrido quemaduras de tal gravedad que costaba creer que fuesen humanas.
«¿Ha visto a una anciana con un perro?», siguió preguntando. Entonces se dio cuenta de que su pregunta se repetía por toda la plaza. «¿Ha visto a mi hermana? Vende cosméticos en el paso subterráneo». «¿Ha visto a un hombre con un niño en un cochecito?».
Se sentó en la acera y rompió a llorar. ¿Quién podía hacer algo así? La policía desvió el tráfico y ordenó a todos los que no participaban en la operación de rescate que se alejaran. Lily no quería irse. Miró hacia el túnel humeante con la esperanza de ver a la anciana y a Laika saliendo sanas y salvas. Un policía la apartó de allí y echó a andar aturdida por la calle Tverskaya. Entonces la vio delante de un McDonald’s. Estaba sentada y un hombre con uniforme de farmacéutico le tapaba con una tirita un corte que tenía en el cuello. La florista estaba allí cerca. Laika esperaba a su lado, escrutando a su dueña con preocupación.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Lily, que corrió hacia ellas—. ¿Se encuentra bien? —preguntó a la vendedora.
—No es grave —dijo para tranquilizarla—. Sólo un corte grande en el cuello. Después de la explosión se apagaron las luces del paso subterráneo. Sólo oía cristales rotos y gritos. Pude agarrarlas a ella y a la perra, y subirlas por las escaleras.
—¡Gracias! —dijo Lily—. ¡Pensaba que estaban muertas!
El farmacéutico cerró el maletín de primeros auxilios y se puso en pie.
—El corte es profundo, pero lo he limpiado —explicó a las dos mujeres—. Si le duele o se pone rojo, llévenla al médico.
Después se dispuso a ayudar a otras víctimas.
—Será mejor que vaya a llamar a mi marido —dijo la florista a Lily—. Debe de estar histérico.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó Lily—. Estará usted nerviosa.
La vendedora hizo un ademán negativo.
—Estoy inquieta, pero es peor para los ancianos como ella, que vivieron la guerra —respondió señalando a la mujer—. Este tipo de cosas hacen que revivan todo aquello. Cuando mi abuela oía un coche petardear, se metía debajo de la cama —añadió la florista, justo antes de irse.
Lily se sentó junto a la anciana y la rodeó con el brazo. Con el caos que las rodeaba, estaba agradecida de que la mujer y su perra siguieran vivas. «¿Y ahora qué?», pensó. Había prometido llevarse a Laika, pero no podía dejar sola a la mujer.