Trece
Moscú, 2000
Lily añadió a las setas el arroz y la cebolla salteada. Lo mezcló todo. Sacó la masa de la nevera, la enrolló y la cortó en trozos pequeños; luego los aplanó con un rodillo. Preparar el pelmeni de setas de su abuela era una de sus maneras de relajarse. Se alegraba de que fuera viernes por la noche. La sorprendió que, tras la muerte de Kate, las cosas en la oficina hubieran vuelto tan rápido a la normalidad. Se notaba que Scott estaba triste y que había organizado un viaje a Inglaterra para ofrecer las condolencias del hotel en el funeral, pero, aparte de eso, todo continuó como si nada. Habían contratado por agencia a un empleado temporal bilingüe para que ayudara al Departamento de Ventas con las labores administrativas. Mary no volvió a mencionar a Kate ni a Richard. Tras un par de días desolado, había vuelto a gastar bromas por toda la oficina y a reenviar correos humorísticos. A Lily le resultaba imposible creer que alguien tan popular como Kate pudiera caer en el olvido tan pronto.
Cuando los pelmeni estuvieron listos para cocinarlos, sacó tres platos del armario y colocó cubiertos en la mesa. «Pobre Rodney», pensó. Estaba tan destrozado por la muerte de Kate que había regresado a Inglaterra y había pedido a sus amigos que cerraran sus asuntos en Rusia. Decía que no quería volver a aquel país, del cual tenía tantos recuerdos felices, borrados todos de un horrendo plumazo. Lily dobló las servilletas. Sabía que todo el mundo esperaba que Rodney, que tenía sólo veintiséis años, acabara encontrando el amor otra vez. Se detuvo a media acción al recordar lo que le había dicho la madre de Adam en el funeral: «Tú seguirás con tu vida y, en un año o dos, conocerás a otra persona. Pero, para nuestra familia, la tristeza durará para siempre».
Shirley había sido como una segunda madre para Lily y juntas cuidaron de Adam durante su enfermedad. Pero, tras su muerte, Shirley no podía soportar verla. Fue demoledor que la echaran tan fríamente de la familia de Adam, justo cuando más los necesitaba.
«¡Mrrr!».
Lily vio a Mamochka sentada a sus pies. La gata nunca se había acercado tanto a ella.
Desde que se mudaron al piso de Yulian, que era más espacioso, Mamochka había dejado de esconderse, pero no se dejaba tocar por nadie. Estiró la pata hacia el pie de Lily, que extendió la mano para que pudiera olerle los dedos.
—Buena chica —dijo.
Sabía que para Mamochka era un acto de valentía y no quería acariciarla. Debía ganarse su confianza poco a poco.
Lily miró hacia la habitación donde Babushka descansaba en la cama con Laika. Con los invitados extra, Lily se alegraba de que Oksana le hubiera dejado utilizar el piso vacío de Yulian. Al igual que el suyo, estaba decorado con el abigarrado estilo ruso —papel de pared de color verde azulado y varios muebles blancos laminados—, pero el salón era cuatro veces más grande. Lily podía tumbarse en el sofá cuando dormía en él.
—Tengo un poco de ternera cruda para Laika —le dijo Lily a Babushka, y colocó el plato debajo de la ventana del dormitorio, junto al cuenco de agua de la perra—. Oksana vendrá a cenar con nosotras. Está tan ocupada cuidando gatitos enfermos que no tiene tiempo para cocinar.
Laika saltó de la cama para comer. Babushka miraba hacia la pared, como si no hubiera oído nada de lo que decía Lily. A menudo, Babushka estaba perdida en su propio mundo, según había descubierto Lily. ¿Era la edad u otra cosa?
Alguien llamó a la puerta. Lily supuso que se trataba de Oksana y se sorprendió al ver a Luka, el veterinario, esperando en el pasillo con una camisa negra y vaqueros.
—Hola —dijo—. Traigo medicamentos para los gatos de Oksana. Estaba dando de comer a un gato con una jeringuilla y no podía abrir la puerta, así que me ha pedido que te los deje a ti.
Lily estaba tan sorprendida de verlo que cogió el paquete de medicinas sin decir nada. Luka miró hacia la mesa.
—Estabas a punto de cenar. No te entretengo.
En la familia de Lily, era de mala educación no ofrecer nada a una persona que apareciera a la hora de comer. Aunque no esperaba compañía, tenía que preguntar.
—¿Te gustaría quedarte? Tengo muchos pelmeni.
Antes de que pudiera responder, Oksana salió del ascensor con una botella de vino en la mano.
—¿Cómo está la gata? —le preguntó Luka.
—Ha comido bien. Ahora está durmiendo encima de una esterilla eléctrica. Gracias por no cobrarme por atender a Artemisa y Afrodita, por cierto.
—Es un placer. Puedes destinar ese dinero a alimentar a los gatos de la colonia —se volvió hacia Lily—. Gracias por la invitación a cenar, pero soy vegetariano y no quiero imponerme.
—Tú serías incapaz de imponerte, cariño —dijo Oksana, que le hizo entrar—. Además, Lily prepara los pelmeni con setas.
Lily ayudó a Babushka a sentarse a la mesa y dejó que Oksana le presentara a Luka, mientras ella iba a la cocina a hervir agua para los pelmeni.
—Es un buen amigo de la familia —oyó a Oksana decirle a Babushka—. Lily me ha cedido amablemente su habitación porque no tengo espacio en mi piso.
Lily puso los pelmeni en agua. Oksana era inteligente. Había dado una explicación que no suscitaría demasiadas preguntas.
Lily volvió a la mesa y sacó unas copas de vino.
—¿Y no te da miedo buscar muertos? —le preguntó Oksana a Luka.
—En absoluto —respondió—. Mi abuelo no regresó de la guerra y mi abuela murió con la esperanza de que apareciera algún día. No logré averiguar qué le había ocurrido, pero, tras una excavación, pude devolver a un hombre la palanca que manejaba su padre cuando lo abatieron, en 1942. El hombre se puso a llorar. «Mi padre sostuvo esto», dijo. Me dio las gracias por proporcionarle un vínculo con un hombre que había muerto antes de que él naciera.
—Por tanto, tu búsqueda de reliquias es una labor sanadora —intervino Oksana mientras servía el vino—. Reconfortas a otros seres humanos. No es casualidad que tus padres te pusieran el nombre del médico de la Biblia.
Lily volvió a la cocina, sirvió los pelmeni y añadió eneldo y nata agria.
—¡Umm, qué bien huele! —dijo Luka cuando le puso la ración delante.
—Me ha dicho tu tío que eres un excelente cocinero —terció Oksana.
Luka se encogió de hombros.
—Exagera, pero he aprendido algunas cosas de mi madre, que sí es muy buena cocinera.
Babushka cogió el tenedor. Lily se sorprendió cuando Luka se levantó para acercar la silla de la anciana a la mesa. Sabía por experiencia que los hombres con un físico excepcional solían ser insensibles con los demás, pero Luka parecía lo contrario.
Lily se sentó a la mesa.
—¿Sabes bailar salsa? —le preguntó Oksana—. Luka va a bailar con sus amigos varias veces por semana. Deberías ir con ellos.
Lily miró a Oksana con recelo. Tenía que saber que Lily no estaba preparada para salir a bailar con hombres atractivos.
—Sólo necesitas los pasos básicos para pasártelo bien —dijo Luka—. El resto queda en manos del hombre. Puedo enseñarte.
Lily sonrió con incomodidad. Había asistido a clases de salsa con Betty porque Adam pensaba que el baile latino era «demasiado femenino» para él. Ahora, la idea de la animada música sudamericana y la gente ligera de ropa no la atraía.
Babushka dejó el tenedor encima de la mesa y se volvió hacia Lily.
—Cuando te prestaba atención, era como si la luz del cielo te iluminara —dijo—. Pero cuando era frío, te envolvía la oscuridad.
Lily esperó a que añadiera algo más, pero ella se concentró en la comida. Lily miró a Oksana.
—A veces Babushka se aturulla un poco —le susurró Oksana a Luka. En voz más alta, le preguntó—: ¿Y cómo están Valentino y Versace?
Lily se sintió aliviada de que la interrupción hubiera distraído a todo el mundo del tema de la salsa.
—¡Ah, fantásticamente! —respondió Luka—. Zigzaguean, se pisan, dan vueltas y arrastran sus pelotas de juguete como jugadores de fútbol profesionales.
—¿Quiénes son Valentino y Versace? —preguntó Lily.
—Los gatos de Luka —respondió Oksana.
Cuando todo el mundo hubo terminado de comer, Lily recogió los platos vacíos de la mesa y los llevó a la cocina. Entonces se le ocurrió algo y se detuvo antes de llegar al fregadero. ¡Claro! Ahora todo tenía sentido con Luka: la ropa vistosa, el baile, la cocina, dos gatos que se llamaban Valentino y Versace. ¡Era gay! No es que Oksana estuviera siendo insensible. Simplemente, intentaba que Lily saliera con gente de su edad.
En ese momento, Luka apareció en el umbral.
—Siento tener que irme tan temprano —dijo—. Mañana doy una conferencia y tengo que terminar la presentación.
—Déjame que te acompañe —dijo Lily, que lo veía con nuevos ojos. ¡Por supuesto! Era demasiado perfecto en todos los sentidos para ser heterosexual.
—Entonces, ¿te gustaría venir a bailar salsa la semana que viene? —preguntó Luka al salir al pasillo—. ¿Puedo recogerte el jueves a las siete?
—Claro —dijo Lily.
Ahora que sabía que a Luka no le interesaban las mujeres, la invitación no resultaba amenazadora. Después de la generosa ayuda que estaba prestando a Oksana, no quería parecer una borde. Lo despidió con la mano cuando desapareció en el ascensor.
—¿Te importa si enciendo la tele? —preguntó Oksana cuando Lily cerró la puerta—. Van a hablar del juicio sobre las obras de Zamoskvorechye. Si les dan luz verde, tendremos que sacar de allí a esos gatos.
—Claro —respondió Lily.
Fregó y secó los platos de la cena, los guardó en el armario y puso la tetera a hervir. Le llegaba el sonido de las noticias mientras preparaba té y servía frutos secos en un plato. Luego bajó el volumen. Lily dejó una taza de té delante de Babushka y fue a ayudar a Oksana con el mando.
—A veces, el sonido va y viene —dijo—. Debe de haber un cable suelto. Vuelvo dentro de un momento.
El sonido volvió un segundo después. En pantalla apareció una imagen que Lily reconoció. Era la fotografía en blanco y negro de la piloto sobre la cual había leído en The Moscow Times, la chica cuyo avión había sido recuperado:
El Kremlin ha anunciado hoy que el cuerpo hallado en Orël Oblast corresponde al de la heroína de guerra desaparecida Natalia Azarova. Desde la desaparición de la piloto en 1943, la historia ha estado rodeada de controversia.
Entonces apareció la imagen de un hombre de mediana edad con una chaqueta de color beis y las palabras «Ilia Kondakov: arqueólogo aéreo» destacadas en la parte inferior de la pantalla. Junto a él se veía a un caballero de aspecto distinguido con uniforme militar y varias hileras de medallas en el pecho.
La dedicación y la persistencia del general Valentín Orlov en la búsqueda del avión y el cuerpo de Azarova halla, por fin, recompensa. Gracias a su fe en la lealtad de su escolta, su nombre será lavado y sus restos recibirán un sepelio digno.
La cámara volvió al presentador.
Según las averiguaciones del Kremlin, tras sobrevivir a un salto en paracaídas desde su avión, Natalia Azarova recibió un disparo a bocajarro desde atrás, el método de ejecución militar habitual por aquel entonces. Sin embargo, los altos mandos alemanes sostienen que no poseen confirmación de que Natalia Azarova fuese capturada o ejecutada. El oficial al mando de la unidad del aire alemán destinado en la zona en aquel momento murió en julio de 1943, cuando fue abatido por el general Orlov. Por tanto, aunque ahora se han recuperado su avión y su cuerpo, el autor de la muerte de Natalia Azarova sigue siendo un misterio.
Lily y Oksana se sobresaltaron al oír ruidos de cerámica rompiéndose y se volvieron hacia la mesa del comedor. Babushka se había levantado de la silla con la cara pálida como un fantasma. Su taza de té y el platillo estaban hechos pedazos en el suelo.
—Dios mío —gritó Lily dirigiéndose hacia ella. Creía que la anciana estaba sufriendo un infarto—. Llama al doctor Pesenko —dijo a Oksana—. Y coge una aspirina del lavabo.
Lily consiguió tumbar a la mujer. Pero Babushka la apartó con más fuerza de la que esperaba.
—No, espera —le dijo Lily a Oksana—. Sólo está llorando.
Babushka se puso de rodillas con lágrimas saliéndole a borbotones.
—Nunca os prometáis nada. Eso es lo que decía todo el mundo. Pero nos creíamos invencibles.
Se echó a llorar aún más. Oksana se agachó y la agarró de los hombros.
—¡Escuche! —dijo con el mismo tono amable pero firme que empleaba con los gatos que se portaban mal—. Ya basta de este juego. ¿Es consciente de que está usted muy enferma y de que esta joven —señaló a Lily— la ha acogido en su casa? Queremos ayudarla, pero tendrá que decirnos cómo se llama. Tiene que contarnos qué le pasó. Ésa sería la manera decente de tratarnos después de todo lo que hemos hecho por usted… y por Laika.
El llanto remitió. La anciana frunció los labios como si tratara de recordar una palabra que no había pronunciado desde hacía años. Miró a Oksana y después a Lily.
—Me llamo Svetlana Petrovna Novikova —dijo al cabo de un momento—. Fui la mecánica de Natalia Azarova durante la guerra. Sé exactamente cómo murió.