Treinta y uno
Moscú, 2000
Varias semanas después del funeral de Estado, cuando Lily y Oksana se estaban despidiendo de Natasha al final de una visita, la anciana cogió a Lily de la mano.
—Tengo que pedirte una cosa —le dijo, mirándola a los ojos—. Quiero ir a la tumba…, para ver dónde está enterrada mi querida amiga.
—Claro, podemos ir —intervino Oksana—. Se lo diré a Polina. Iremos el domingo por la mañana temprano, cuando no haya mucha gente en el cementerio.
La enfermera les dio permiso. Al domingo siguiente, a primera hora, Oksana llevó a Lily y a Natasha al cementerio Novodévichi.
—¿Os parece que me adelante y busque la tumba? —sugirió Lily al ver la cara de cansancio de Natasha—. Así nos ahorraremos paseos innecesarios.
—Buena idea —replicó Oksana.
Lily había estado una vez en el cementerio, cuando llegó a Moscú por primera vez, pero entonces nevaba y los árboles estaban desnudos. En aquella ocasión, cuando cruzó las puertas y le pidió al guardia que le indicara dónde estaba la tumba de Natalia Azarova en el mapa del cementerio, los arces y los abedules estaban todavía llenos de hojas cuyas puntas apenas habían comenzado a tornarse doradas.
A Lily le habían cautivado los románticos cementerios de Père-Lachaise y Montmartre de París, cuando estuvo allí junto con Adam como estudiantes de intercambio, y los monumentos de Novodévichi le resultaron toscos en comparación con los querubines y las palomas de los cementerios franceses. Durante la era de Stalin se habían destruido las tumbas de los nobles; en su lugar, se habían erigido lápidas con esculturas realistas de los fallecidos.
En aquella primera visita, a Lily le había parecido que, aparte de alguna que otra de bailarinas o actrices, las estatuas eran casi todas masculinas: un médico en bata con un recién nacido en brazos, un tanque sobre la tumba de un general de división… Ahora, suavizadas por el follaje, las miradas vacías de las esculturas parecían menos severas, y los gorriones salían revoloteando al paso de Lily mientras caminaba hacia la sección donde estaba enterrada Svetlana.
Vio a una pareja de novios e imaginó que estaban presentando sus respetos a un antepasado en aquel día tan especial para ellos. También vio a una artista con un caballete, pintando una vista de un sendero cubierto de musgo, pero, aparte de eso, el cementerio estaba tranquilo. Lily dobló una esquina, pasó un bosquecillo de abedules y se encontró ante la tumba de Natalia Azarova. La escultura, de tamaño natural, representaba a una joven Natasha mirando al cielo, protegiéndose la vista con la mano. Llevaba una túnica suelta y el único homenaje a su carrera militar lo constituían las medallas prendidas en su pecho y la gorra de piloto que sujetaba en la otra mano. A Lily le pareció la escultura más hermosa que había visto.
La tumba estaba cubierta de ramos de jacintos, rosas, lirios y claveles. Lily se echó a llorar al verlos. No importaba si el Gobierno contaba con algún registro o no del destino de Natalia Azarova, porque había quedado inmortalizada. Personas de todo el mundo verían aquella tumba y sabrían de su vida heroica y audaz.
—Es preciosa —dijo Lily a Natasha y Oksana al volver al coche—. Venid a verla.
Oksana había traído una silla de ruedas, pero, cuando se la ofreció a Natasha, la anciana fingió que no la había oído, tomó a cada una de un brazo y les permitió que la guiaran por el cementerio. Lily no dejó de notar que, aunque el paso de Natasha era lento, caminaba con los hombros erguidos y el mentón alto.
—Me alegro mucho de que Svetlana esté enterrada aquí —dijo—. Se merece los honores, era la más valiente de todas.
Pasaron junto a la artista que había visto Lily antes y se acercaron al rincón de los abedules. Cuando la tumba se hizo visible, Lily se dio cuenta de que había un hombre al pie, contemplando la escultura con el mismo anhelo que un amante mira a una mujer de carne y hueso. Lily lo reconoció de inmediato: era Valentín Orlov.
Se volvió hacia Natasha. Su cara decía que ella también lo había reconocido. Temblaba de los pies a la cabeza y, soltando el brazo con que se sujetaba a Lily, se llevó la mano a los labios, como para acallar un grito.
—¡No me ha olvidado! —exclamó con voz queda—. ¡Mirad, nunca me olvidó!
Lily miró a Oksana que, por primera vez, parecía no saber qué hacer.
—¿Quiere hablar con él? —le preguntó a Natasha.
Lily tragó saliva. ¿Iban a reunirse Natasha y Valentín?
Natasha dudó y luego dio un paso al frente. Su rostro parecía cruzado por innumerables emociones. Se detuvo y cerró los puños.
—No —dijo, en voz tan baja que Lily tuvo que acercarse a ella para oírla—. No puedo hacerle eso. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¡Miradlo! Piensa que me ha dado sepultura y ha reivindicado mi nombre. ¿Qué efecto le causaría saber que no morí en la guerra? ¿Que durante todos estos años perdidos hemos estado viviendo en la misma ciudad?
Lily veía la lucha interna de Natasha, entre la joven que había sido y la mujer, más sabia, en que se había convertido.
—Dejémosle que me recuerde como era entonces —continuó—, que conserve el placer de saber que una mujer hermosa lo amó con toda su alma en medio de una guerra horrible. Que aquellos jóvenes permanezcan unidos para siempre, no destrozados por las personas rotas que somos ahora.
Natasha miró a Valentín. Lily deseó que él se volviese y viese a las tres mujeres que lo observaban, una de las cuales había sido el amor de su vida; pero él continuó con los ojos fijos en la estatua.
—Te amo, mi querido Valentín —susurró Natasha—. Volveremos a encontrarnos en el Cielo. —Luego se volvió hacia Lily—. Vámonos, por favor.
La determinación que se marcaba en la mandíbula de la anciana no dejaba lugar a dudas sobre sus deseos. Lily caminó junto a Natasha y Oksana hacia las puertas del cementerio con el corazón lleno de pena. Natasha tenía la vista fija en el sendero, como si cada paso que la alejaba de su amado fuese una tortura. Cuando llegaron al coche se derrumbó sobre él, sin fuerzas ya para sostenerse, mientras Oksana buscaba las llaves en los bolsillos. Lily abrazó a la anciana, sabiendo que sobraban las palabras.
—¡Las llaves! —dijo Oksana, rebuscando en el otro bolsillo—. Se me deben de haber caído en el cementerio.
Lily observó a su amiga. ¿Era una especie de estratagema para que Valentín y Natasha se encontraran? No, Oksana estaba colorada y extrañamente aturullada. Era verdad que había perdido las llaves.
—Espera aquí con Natasha mientras yo vuelvo a buscarlas —sugirió Lily.
«Es el destino», se dijo Lily mientras regresaba corriendo al cementerio. El destino de Valentín y Natasha era volver a encontrarse. Buscaría las llaves y a él. Sus ojos recorrían el suelo buscando las llaves, pero su mente volaba a toda velocidad. «Le diré que Natasha lo está esperando en la puerta del cementerio». Lily sabía que el amor verdadero era una fuerza indestructible. Si ella pudiese pasar otro día con Adam, aun sabiendo que volvería a perderlo, lo aceptaría; daría lo que fuera por volver a besar sus suaves labios una vez más.
Sin embargo, cuando llegó a la tumba de Natalia Azarova, Valentín ya no estaba. Se agachó para recuperar el aliento con los ojos llenos de lágrimas. Volvió a doblar la esquina para mirar junto al bosquecillo de abedules, revolviendo las hojas enlodadas con el pie, buscando las llaves. Vio algo brillante y se agachó para recogerlo, pero era sólo un tapón de botella.
—¿Está buscando esto?
Al levantarse, Lily se encontró mirando a Valentín, que llevaba las llaves de Oksana en la mano. El corazón se le salía del pecho. Su voz y su aspecto desprendían formalidad; sin embargo, la invadió una sensación de complicidad con él. Valentín le devolvió la mirada con cierta curiosidad. Era como si él también la conociese de algo, aunque, evidentemente, eso era imposible. Quizá era el peso del poder que descansaba sobre ellos: Lily podía cambiarle la vida con sólo unas palabras.
Sentía la verdad en la punta de la lengua, pugnando por salir. Sin embargo, lo que le había parecido tan claro hacía un instante ahora la hacía dudar. ¿Aquella revelación cambiaría la vida de Valentín para mejor o para peor? No lo sabía. Podía tomar una decisión como aquélla para sí misma y aceptar las consecuencias, pero ¿tenía derecho a imponer su voluntad a los demás? Le vino a la memoria la expresión agridulce de Natasha y sus palabras: «Te amo, mi querido Valentín. Volveremos a encontrarnos en el Cielo». Entonces comprendió que Natasha había elegido el mejor camino, o al menos el mejor posible tras tantos crueles giros del destino. Ella ya se había despedido, y Valentín también lo había hecho, en el funeral que él creía que se había celebrado por Natasha. El amor que habían compartido Natasha y Valentín había desaparecido. No era posible resucitarlo, igual que no era posible resucitar a Adam. No sería Lily quien reabriese antiguas heridas.
—Gracias —dijo, cogiendo las llaves.
Sus ojos se encontraron durante unos segundos más. Luego Lily se dio la vuelta y se dirigió a la salida del cementerio con paso tembloroso y con lágrimas en los ojos.
Varias noches más tarde, Lily estaba en casa, vigilando a Tuz, que comenzaba a aventurarse fuera de su jaula y a explorar el piso. No había sido capaz de dejar de pensar en Natasha y en Valentín. Habían encontrado el amor de sus vidas y lo habían perdido. «Como Adam y yo», pensó.
Aun así, a veces, cuando abría el correo electrónico por las mañanas o pulsaba el botón del contestador automático, deseaba que Luka hubiera dado señales de vida. Pero él había cumplido su palabra. Se dio cuenta de que era lo mejor. «Se acabó. A mí tampoco me queda la posibilidad del amor», se dijo.
Sonó el teléfono. El sonido la sobresaltó e hizo que Tuz volviese a su jaula como una flecha. Descolgó el aparato y oyó la voz de su madre.
—¡Hola, cariño!
—¡Mamá! ¿Ha pasado algo? —preguntó Lily, mirando el reloj: en Sídney era de madrugada.
Su madre sólo la llamaba cuando tenía algo importante que contarle; normalmente le escribía cartas. Llamar a Rusia desde Australia era caro, pero Lily sospechaba que el auténtico motivo por el que su madre prefería escribirle era que tenía miedo de que las líneas telefónicas todavía estuviesen pinchadas.
—No, cariño. Sólo llamaba para ver qué tal estás. Hemos ido a bailar con Vitali e Irina, y se me ha ocurrido llamarte antes de acostarme.
A Lily le encantaba que sus padres siguieran activos, pero darse cuenta de que tenían más vida social que ella le pintó una expresión amarga en la cara.
—Mira —continuó su madre—, hoy ha venido a verme Shirley.
La mención de la madre de Adam entristeció a Lily más de lo que ya estaba.
—¿Sí?
—Quería saber tu dirección y si te parecería bien que te escribiese.
La madre de Lily hizo una pausa, esperando su respuesta. Claro que le parecía bien que le escribiese, pero la intrigaba por qué lo había preguntado ahora, cuando no había querido volver a verla después del funeral de Adam.
Ante el silencio de Lily, su madre continuó:
—Me ha dicho que no puede perdonarse lo que te dijo al morir Adam, que sabe lo mucho que te dolió.
A Lily se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar las palabras de Shirley: «Tú seguirás con tu vida y, dentro de un año o dos, conocerás a otra persona. Pero, para nuestra familia, la tristeza durará para siempre». Le había hecho muchísimo daño. Cada vez que hacía alguna cosa que la alegraba, recordaba aquello y se sentía culpable.
—¿Lily?
—Dime, mamá, te estoy escuchando —dijo con lágrimas recorriendo sus mejillas. ¿Cómo había sabido su madre que necesitaba que la llamase en aquel momento, cuando más falta le hacía su apoyo?
—Lily… —Su madre hizo otra pausa—. Lo que teníais Adam y tú era especial. No sólo estabais prometidos, erais amigos de la infancia y almas gemelas. Has sufrido un golpe tremendo, pero quiero que sepas que puedes ser feliz sin Adam y que un día volverás a serlo.
Aquella noche, Lily no dejó de dar vueltas en la cama. Las palabras de su madre la habían alterado: «… quiero que sepas que puedes ser feliz sin Adam y que un día volverás a serlo». Pero ¿cómo? No quería dejar de sentir dolor. Eso sería como olvidar a Adam…, algo que jamás haría.
Natasha no volvió a hablar de su pasado después de la visita al cementerio. Parecía como si al volver a contar la historia le hubiera puesto su punto final. Parecía vivir en el presente: saboreando las comidas; admirando el amanecer y el atardecer desde la ventana del hospital; disfrutando de las visitas de Laika, Oksana y Lily.
Por sus responsabilidades con los animales, Oksana no siempre podía prolongar demasiado sus visitas. Cuando Natasha y Lily estaban solas, Lily le leía a la anciana. Ya no le interesaba Tolstói; prefería que le leyera Turguénev y Pushkin. Un día, Lily acababa de terminar Eugene Oneguin y Natasha le acarició el brazo.
—Antes me preguntaba cómo sería tener una hija y nietos —le dijo con una sonrisa—, pero ahora ya lo sé. Oksana es como mi hija y tú eres como mi preciosa nieta.
Aunque Natasha no tenía nada de la típica babushka, Lily también sentía que había encontrado una nueva abuela.
—Te quiero —le dijo a Natasha cuando se despidieron con un beso.
Los ojos de Natasha se animaron con una hermosa expresión, como si los años se hubieran esfumado y fuera la joven piloto quien la miraba.
—Yo también te quiero —replicó, apretándole la mano.
Ahora Lily tenía once gatos en el piso, además de Laika. Pushkin era demasiado viejo para que lo adoptasen y, aunque Mamochka ya no gruñía ni bufaba sin que la provocasen y permitía que Lily la cogiera en brazos, todavía huía de los desconocidos, así que aún faltaba un tiempo para que se le pudiera buscar una familia. El resto de los ocupantes eran Tuz y algunos gatitos adolescentes. Todo iba más deprisa ahora que Scott se había ofrecido voluntario para organizar la búsqueda de familias para los gatos rescatados. Lily había tenido que acelerar el proceso de socialización de los felinos. Dejaba el televisor encendido cuando salía a trabajar para que se acostumbrasen a las voces humanas, y les enseñaba a disfrutar de los mimos, empezando con abrazos en el suelo y progresando poco a poco hasta mecerlos en su pecho. Le puso un nuevo nombre a su piso: «la escuela felina de modales de Lily».
Por las mañanas se levantaba una hora antes para dar de comer a los animales, jugar con ellos y limpiar las cajas de arena antes de ir a trabajar. Por las tardes sacaba a Laika a pasear, antes de visitar a Natasha, y después volvía a casa para jugar con los gatos. Su transformación de salvajes y asustadizos a cariñosos y amigables hacía que se preguntara si de verdad eran posibles los milagros.
Una tarde, al regresar del hospital, abrió el buzón y encontró una carta con la letra de su madre en el sobre. Se preguntó si dentro estaría la carta que Shirley había querido enviarle. Ya había perdonado a la madre de Adam —la pena confunde a la gente y le hace decir cosas que no piensa de verdad—, pero aún se sentía frágil y no quería que le volviese a hacer daño con algún comentario insensible.
Se sentó en el sofá con Pushkin en el regazo y Laika a los pies, y se armó de valor. Abrió el sobre, pero la única carta que había era de su madre.
Querida Lily:
¿Te acuerdas de la llave con un lazo que tengo guardada en el joyero, la que encontraste cuando eras pequeña? Entonces te dije que era la de mi casa de Harbin, pero no es verdad. Cuando era muy joven me casé con un hombre llamado Dimitri y la llave pertenece a nuestro piso de Shanghái. Él era el gerente de Moscú-Shanghái, la discoteca más elegante de la ciudad, y yo lo quería con todo mi corazón. Murió intentando salvar a otra persona y durante muchos años creí que no volvería a enamorarme nunca. Por ese motivo rechacé la primera declaración de tu padre, pero casarme con Iván fue la mejor decisión que he tomado. Tengo una vida maravillosa con un hombre al que amo con todo mi corazón y una hija de la que no puedo estar más orgullosa. Lo que quiero que sepas es que, cuando conoces a otra persona, no estás dejando atrás a tu primer amor: lo llevas siempre contigo, en el corazón. Es posible vivir en ambos mundos, con tu antiguo amor y con el nuevo, y ser fiel a ambos.
Lily volvió a leer la carta, incapaz de creer lo que decía. Ya le había impactado bastante enterarse, antes de venir a Rusia, de que su padre había estado casado antes y que su esposa y sus hijas habían sido víctimas de un brutal asesinato. ¿Qué más secretos guardaba su familia?
Repasó la carta por tercera vez: «… cuando conoces a otra persona, no estás dejando atrás a tu primer amor: lo llevas siempre contigo, en el corazón. Es posible vivir en ambos mundos, con tu antiguo amor y con el nuevo, y ser fiel a ambos».
Se quedó un rato sentada sin moverse, preguntándose si aquello podía ser verdad. Luego pensó en Luka en la comisaría, cuando las rescató a Oksana y a ella. Se dio cuenta de que siempre había sabido que no era homosexual, de que sólo había intentado convencerse a sí misma de que lo era. Le había gustado desde el momento en que se conocieron, pero no era capaz de reconocerlo sin sentirse culpable por Adam.
Dos noches más tarde, Lily y Oksana volvieron al solar en construcción de Zamoskvorechye. Scott las acompañaba también y llevaba sillas de camping y termos con té caliente para todos. Aquella noche era crucial: se habían enterado de que las obras comenzarían en diciembre, así que tenían que haber rescatado a todos los gatos para entonces. Sin embargo, al cabo de varias horas sentados al frío, no habían visto a ningún miembro de la colonia.
—¿Habéis utilizado alguna vez las afirmaciones? —le preguntó Scott a Oksana.
—No. ¿Qué son, premios para gatos? —preguntó con un gesto de sorpresa.
Lily le lanzó una mirada, pero ella no se dio cuenta.
—Consiste en centrar tus pensamientos en aquello que deseas conseguir —explicó Scott, acercando su silla a la de Oksana—. Tal vez, nuestro propio miedo a no lograr atrapar a todos los gatos a tiempo es lo que está haciendo que no se acerquen.
Oksana frunció el ceño y luego asintió.
—Sí, podría ser. Los gatos, sobre todo los callejeros, notan hasta los cambios más pequeños en su entorno. Se dan cuenta de todo, hasta de nuestros pensamientos, diría yo.
—¡Exacto! —dijo Scott—. Podemos intentar pensar una afirmación los tres a la vez: «Esta noche vamos a coger a todos los gatos fácilmente y sin esfuerzo».
—¡Gran idea, vamos a hacerlo! —exclamó Oksana.
Lily no podía creer lo que estaba oyendo; sin embargo, si Oksana estaba dispuesta a seguirle la corriente a Scott, no sería ella la que se resistiese. Así que los tres centraron sus pensamientos en la afirmación.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Lily.
—Ha saltado una trampa —respondió Oksana.
Intentaron ver lo que había ocurrido en la oscuridad.
—¡Sí, hay un gato dentro! ¡Corre, Lily, ve a taparla!
Lily echó a correr hacia la trampa con una manta. Aún no había llegado cuando se cerró otra trampa y Scott se lanzó hacia ella para cubrirla. Dejaron a los gatos en el todoterreno de Oksana y montaron más trampas.
—¡Qué buena suerte! —dijo Oksana—. ¿Estáis dispuestos a esperar al resto?
Lily y Scott asintieron.
Nunca habían sido capaces de atrapar más de un gato por noche, pero aquella vez capturaron todos los que quedaban antes de medianoche. Cargaron el todoterreno de Oksana con las trampas cubiertas con mantas. Como no quedaba sitio dentro, Scott acercó a Lily a su casa. Cuando pararon delante de la entrada del edificio, Scott salió del coche para abrirle la puerta.
—Me encantan los gatos —dijo—. He investigado y parece ser que se puede uno llevar un gato a los Estados Unidos sin problemas, siempre que tenga los certificados necesarios y haya pasado todos los controles. ¿Crees que Tuz sería un buen gato para mí?
—Tuz todavía es un poco nervioso —le explicó Lily—. No sé qué tal se llevará con tus hijos, pero en casa tengo más gatos que son muy tranquilos y cariñosos. ¿Te gustaría venir un día a verlos?
Scott levantó la vista hacia el edificio y Lily se dio cuenta de que quería verlos en aquel momento, así que lo invitó a subir, preguntándose qué pensaría de la decoración hortera.
Abrió la puerta y encendió la luz, pillando a Mamochka de camino a la caja de arena del baño. Se quedó petrificada, mirándolos como un ciervo a los faros del coche.
—¡Qué gata tan bonita! —dijo Scott.
Lily estaba a punto de advertirle de que no la tocara, pero él ya la había cogido en brazos antes de que pudiera decir nada. Ella sintió una descarga de adrenalina, estaba segura de que su próxima parada sería en urgencias, después de que Mamochka le arrancase a Scott un pulgar de un mordisco. Pero, para su sorpresa, la gata le devolvió a Scott la cara de adoración que él estaba poniendo. Había sido amor a primera vista.
—¡Guau! —Lily estaba alucinada—. Creo que Mamochka ha elegido a su nueva familia.
—¿Me la puedo llevar ahora? —le preguntó Scott, jugando con una pata de Mamochka.
Lily sonrió.
—Mejor que te la lleve yo a ti, así no sentirá que la he abandonado.
—¿Cuándo?
Lily pensó que parecía un niño esperando a Papá Noel.
—El domingo te la llevaré a tu casa —respondió.
Cuando Scott se marchó, Mamochka se quedó mirando a la puerta como esperando que volviese a aparecer. Lily se agachó para darle unas palmaditas.
—¡Qué suerte tienes, Mamochka! La vida te ha dado una segunda oportunidad, has encontrado un buen hombre que te adorará siempre.
Mientras se preparaba para acostarse, volvió a pensar en la carta que le había escrito su madre. Sus padres habían sufrido tragedias, pero habían vuelto a encontrar el amor. Mientras se quedaba dormida, pensó que quizá fuera cierto que a todos nos llega una segunda oportunidad.
El domingo a primera hora, recibió la llamada que tanto había temido: hacía más frío, Natasha estaba más débil y cada vez eran más los días que no era capaz de levantarse de la cama. El doctor Pesenko les dijo a Lily y Oksana que, aunque la buena alimentación y los cuidados habían mejorado la calidad de vida de Natasha, las radiografías mostraban que su corazón había empeorado.
—Se acerca el momento —le dijo a Lily la matrona del turno de noche—, es mejor que venga. Ya ha estado con ella un sacerdote.
Lily llamó a la puerta de Oksana, pero recordó que después de llevarse a casa a los gatos del solar, su amiga había vuelto a salir para dar de comer a otras colonias de la zona. Lily deslizó una nota por debajo de la puerta. Junto con Laika, cogió un taxi en dirección al hospital.
—Me temo que le ha llegado la hora —le dijo a Lily la misma matrona—, pero, en cierto modo, es una bendición. Anoche estaba animada después de su visita, pero empezó a apagarse tras el cambio de turno.
Lily encontró a Natasha dormitando. De vez en cuando entreabría los ojos y volvía a cerrarlos. Laika se subió a la cama de un salto y apoyó la cabeza en el hombro de la anciana. Al principio la reconoció: le dedicó a Lily una sonrisa y acarició la cabeza de Laika. Pero poco a poco fue perdiendo la lucidez. Parecía que su espíritu trascendía su cuerpo y se preparaba para emprender el vuelo. Lily ya lo había visto antes: había acompañado a Adam y a su abuela hasta que fallecieron. En aquella etapa sobraban las palabras; Natasha sabía que Laika y ella estaban allí.
Lily le sostuvo la mano y se quedó a su lado hasta que el sol asomó a través de las persianas y apareció Polina. La matrona comprobó las constantes vitales de Natasha y le dio a Lily un apretón en el hombro.
—Ya falta poco. Se le han ralentizado el pulso y la respiración. ¿Quieres que haga algo?
—No sufre dolores, ¿verdad?
—No —le aseguró Polina—, ya nos hemos encargado de eso. No lucha, simplemente se está dejando ir.
—Te agradecería que llamases a Oksana —dijo Lily—. Anoche salió y no pude avisarla. No estoy segura de que haya visto mi nota.
—Acaba de llamar —la tranquilizó Polina con otro apretón en el hombro—. Está en camino.
Polina salió y Lily continuó con su vigilia. Pensaba en el día en que había visto a Natasha por primera vez en la plaza Pushkin, y después, el día del atentado. Entonces se acordó de aquel momento en el cementerio Novodévichi, cuando Natasha se había negado a hablar con Valentín. Ahora veía claro que habían tomado la decisión correcta: no perturbarlo. El amor había durado más que la vida física. Natasha siempre estaría con Valentín.
De pronto, el pecho de la anciana se hinchó y volvió a hundirse rápidamente. La habitación se llenó de quietud, aunque estaba puesta la televisión del pasillo y llegaban los sonidos de la cocina, donde se estaban preparando los desayunos. Lily se acercó a Natasha y se dio cuenta de que ya no respiraba.
Laika levantó la vista para mirar a Lily, pero no se movió de donde estaba.
—Tu ama se ha ido —susurró—, pero su amor seguirá siempre con nosotras.
Se inclinó para abrazar a Natasha y a Laika. Le besó la frente y volvió a ver a la joven piloto, rodando por la pista antes de elevarse hacia el cielo.