Diecinueve
Moscú, 1943
Los médicos del hospital militar me curaron el hombro lo mejor que pudieron y después me enviaron en tren a Moscú para someterme a más operaciones. Fue entonces cuando me enteré de la noticia: Marina Raskova había muerto cuando su avión se estrelló en una tormenta de nieve. La mujer que me había inspirado y convertido en piloto de combate había perdido la vida.
Una enfermera del hospital de Moscú me acompañó para que pudiera visitar la urna de Marina junto a los miles de ciudadanos que acudieron al Club de Aviación Civil, para presentar sus respetos. No creía posible que mis héroes murieran. Pero, a medida que avanzaba la guerra, vaya si lo hacían. Después, depositaron las cenizas de Marina en la muralla del Kremlin, cerca de la tumba de Polina Osipenko, la copiloto de su histórico vuelo en el Rodina, que murió en un accidente durante una formación junto a Anatoli Serov, el marido de mi ídolo cinematográfico, Valentina Serova.
Una semana después de mi operación me permitieron ir al apartamento de mi madre a recuperarme. Mamá ahora vivía de nuevo en el distrito de Arbat con un cachorro de pelo rojizo al que había bautizado como Dasha. La había encontrado deambulando por la calle, medio hambrienta y con heridas en las pezuñas.
Cuando me hube acomodado en una butaca con las piernas tapadas con una manta y mamá se hubo sentado, me contó que Zoya había muerto. Había fallecido en un ataque aéreo la última semana de enero de 1942, mientras yo realizaba la formación en Engels.
—Estábamos en casa con los otros residentes cuando sonó la alarma de ataque aéreo —explicó mamá—. Todos fuimos corriendo al sótano, pero el edificio se nos cayó encima. Ponchik y yo fuimos los únicos supervivientes.
La noticia me dejó anonadada. No podía ni hablar. Había estado escribiendo a mi madre y a Zoya desde el frente. Todo ese tiempo creí que estaba viva.
—Mamá —conseguí decir al fin—, me contaste lo de Ponchik y lo de Román, pero no lo de Zoya. ¿Por qué?
Mamá se frotó los brazos.
—Al principio no podía creer que estuviera muerta. No dejaba de pensar que un día despertaría y allí estaría Zoya, alegre como siempre. Pero tenía otros motivos, aparte de ése.
Mamá se levantó y abrió el cajón de un escritorio situado cerca de la ventana. Me dio un álbum de recortes de periódico, similar al que tenía yo de adolescente dedicado a mis aviadores y estrellas de cine favoritos.
—Zoya era como una hermana para mí —dijo—. Sabía que si creías que estaba sola en Moscú, no podrías concentrarte en lo que estabas haciendo.
Abrió el álbum. Tenía curiosidad por ver qué había estado coleccionando mi madre. Los artículos trataban sobre mí y estaban extraídos de Ogonek, Izvestia y Pravda. De vez en cuando llegaban al aeródromo periodistas que querían entrevistarme. El coronel Smirnov me dijo que fuera lacónica en mis respuestas. Yo contestaba a sus preguntas y les dejaba que me hicieran fotos cerca de mi avión, sin darle demasiada importancia e imaginando que prestaban una atención similar a otras mujeres que combatían en el frente. Ahora, al pasar las páginas del álbum de recortes, me di cuenta de que me presentaban como un modelo para las chicas, al igual que Marina Raskova lo había sido antaño para mí. Miré a mi madre. Tenía lágrimas en los ojos.
—¡Papá, Sasha y Zoya habrían estado muy orgullosos de ti! —dijo—. ¡Has restablecido el buen nombre de nuestra familia!
Me di cuenta de que el álbum de recortes significaba mucho para mi madre, así que no expresé mis verdaderos sentimientos, pero estaba horrorizada. Cuando era más joven, soñaba con convertirme en una aviadora famosa. La muerte de mi padre lo había cambiado todo. Ahora lo único que quería era defender a la madre patria. Ser famosa significaba que la gente quería saberlo todo sobre ti, y sólo había podido convertirme en piloto porque había mantenido en secreto mi pasado. Marina Raskova había recibido el primer funeral de Estado durante la guerra. Stalin fue uno de los que portaron el féretro en el entierro de Polina Osipenko. Pero, aunque fui la primera mujer del mundo que se convirtió en un as de la aviación, Stalin no había dicho absolutamente nada al respecto. En ningún artículo hacía referencia a mí como una de sus águilas. Él sabía que era mejor olvidar mi pasado. Lo manejaba todo. El rumbo de la guerra estaba dando un giro gracias a su genialidad.
Moscú estaba en peligro, pero los alemanes no lograron conquistarla y sus ciudadanos se salvaron del horror del bloqueo que sufrió Leningrado o de la destrucción de la ciudad, como la gente de Stalingrado. Aun así, habían escapado por poco, por lo que los moscovitas decidieron vivir la vida al máximo. Mamá y yo paseábamos por las calles con Dasha y mirábamos a la gente que abarrotaba las cafeterías y escuchaba jazz o bailaba.
La calefacción del piso de mamá era poco fiable, pero era agradable acurrucarse con ella en el colchón que ponía cada noche en el suelo con Dasha enroscada a nuestros pies. Me despertaba el olor a café —mezclado con harina de bellota para que durara más— y buñuelos hechos con piel de patata. Cuando mi hombro mejoró, nos enfundábamos nuestros abrigos más gruesos e íbamos al cine a ver a Valentina Serova en Espérame, una película sobre una mujer que nunca pierde la esperanza de que su marido vuelva con ella, aunque los alemanes han abatido su avión. Nos aprendimos la canción Espérame y la entonábamos con entusiasmo a la mínima oportunidad.
Eran placeres sencillos y los disfrutaba mucho. Al mismo tiempo, me preocupaba que volver a disfrutar de la vida civil me quitara las ganas de volver al frente. A veces, la paz y la tranquilidad me ponían nerviosa y anhelaba surcar los cielos con mi Yak, enfrentándome de nuevo a los alemanes. Un día llegué a casa después de dar un paseo con mamá y Dasha, y descubrí que había llegado una carta para mí. Era del mismísimo capitán Orlov. Al principio pensé que le había sucedido algo a Svetlana y me temblaban las manos, pero la misiva no contenía malas noticias.
Querida Natasha:
He recibido un informe del hospital de Moscú en el que se afirma que la operación ha salido bien y que estás recuperándote en casa. Me alegra saberlo. Svetlana me ha dicho que tienes una madre maravillosa y que, sin duda, mejorarás mucho con sus cariñosas atenciones.
En el regimiento te echamos de menos. El viento empieza a soplar a nuestro favor. No sé si recibiréis muchas noticias en Moscú, pero el Sexto Ejército de Hitler se ha rendido y Stalingrado vuelve a ser nuestra. Por supuesto, queda mucho trabajo por hacer y es probable que los alemanes avancen hacia Kursk y que nos destinen allí en un futuro no muy lejano.
También tengo buenas noticias en un plano más personal. El coronel Smirnov se enfadará si se entera de que te he informado de esto antes que él, así que, por favor, finge sorpresa cuando lo haga, pero, como comandante de tu escuadrón, me complace decirte que, a tu regreso, te harán entrega de la Medalla de la Orden de la Estrella Roja por tu excepcional servicio en la defensa de la Unión Soviética y también de la Orden de la Bandera Roja al valor durante el combate. El coronel Smirnov ha realizado las disposiciones necesarias para tu ascenso al rango de teniente y liderarás un escuadrón propio, aunque de vez en cuando me concederás el honor de volar conmigo en misiones de gran importancia.
Hemos recibido nuestros aviones mejorados. Los nuevos modelos han mejorado sobremanera la visibilidad posterior y cuentan con unos sistemas de mira y control mucho más avanzados. Sé que sentías mucho apego por tu avión y le mostré mis respetos dándole las gracias por los servicios que te había prestado antes de que se lo llevaran.
Pienso en ti y deseo volver a verte.
Atentamente,
CAPITÁN VALENTÍN ORLOV
Había pensado a menudo en el capitán Orlov mientras estaba en Moscú. El día que me hirieron había sido atento conmigo. El tono de su carta me decía algo que había empezado a sospechar: que bajo su apariencia fría y formal se ocultaba un hombre afectuoso. Aunque la carta no contenía una declaración de amor, se intuía mucho más que el interés de un comandante por su escolta de vuelo. Estaba tan contenta que leí la carta una y otra vez hasta que me la aprendí de memoria.
Se la mostré a mamá, que guardó silencio largo rato antes de hablarme.
—Natasha —dijo, pero luego vaciló.
Supuse que había percibido lo mismo que yo; pensé que me advertiría de que debía ser prudente. Enamorarse cuando el mundo estaba al borde de la locura sólo podía llevar a una historia de desamor. Sin embargo, no lo hizo.
—Natasha —continuó—, aprovecha todo momento para ser feliz.
En marzo me declararon apta para reincorporarme al regimiento. Mamá y Dasha vinieron a despedirme a la estación. Llevaba el pelo recogido en un moño precioso, con una bufanda rosa oscuro al cuello y guantes a juego. Estaba guapísima.
—Cuando vuelva —le dije—, veremos muchas películas juntas y me dejaré el pelo largo para peinármelo como tú.
Besé a mamá en las mejillas y acaricié a Dasha. Fue una despedida sencilla, pues estábamos seguras de que regresaría sana y salva. Saludé a mamá con la mano y le lancé un beso desde la ventana cuando el tren abandonaba la estación.
—¡Espérame! —le dije.
¿Cómo iba a saber que no volvería a verla nunca?
El tren me llevó desde Moscú hasta una base aérea situada cerca de Saratov, donde un avión de suministros me trasladó a mi regimiento. El coronel Smirnov había partido a una misión cuando llegué, así que me dirigí al comedor a ver a quién encontraba. No conocía a ninguno de los pilotos y tripulantes de aspecto cansado que estaban comiendo allí. Fui corriendo a los dormitorios que había compartido con las demás mujeres y me alivió encontrar a Alisa descansando. Dio un salto al verme.
—¡Natasha!
Recorrí el búnker con la mirada. La cama de Margarita y sus pertenencias habían desaparecido.
—Murió la semana pasada —dijo Alisa en un tono que dejaba entrever la tristeza por haber perdido a su camarada—. Su avión explotó. No quedó nada de ella que pudiéramos enterrar.
Tiré la mochila al suelo y me senté en la litera. ¿Margarita ya no estaba? Ella siempre nos animaba en los días más sórdidos. ¡Su avión había estallado! Aun así, era mejor que un incendio y arder lentamente. Ésa era la peor manera de morir.
—¿Y las demás? —pregunté.
Alisa entendió por quién sentía ansiedad.
—Svetlana está bien. El capitán Orlov ha salido a una misión con el coronel Smirnov.
Fui corriendo al hangar a ver a Svetlana. Nos abrazamos con fuerza y me contó los detalles de todo lo que había pasado en mi ausencia. Las Fueras Aéreas soviéticas habían logrado la supremacía en Stalingrado y los alemanes habían adoptado tácticas más agresivas. Su nueva estrategia consistía en superarnos numéricamente en los combates aéreos; casi la mitad de los pilotos de nuestro regimiento habían muerto o habían resultado heridos.
Cuando oímos a los aviones regresar al aeródromo, Svetlana y yo salimos a saludar al escuadrón. Valentín nos vio y realizó un giro de la victoria que hizo saltar mi gorra. Si cualquier otro piloto hubiera volado tan cerca del suelo, lo habrían metido una semana en el calabozo.
—Le has cambiado —dijo Svetlana—. Es distinto gracias a ti.
Cuando aterrizaron los aviones y bajaron los pilotos, Valentín se volvió hacia mí y cruzamos miradas. Era como si no existiera nada más; Valentín y yo estábamos solos en el mundo. Entonces el coronel Smirnov lo distrajo con una pregunta y se rompió el hechizo, pero la tensión entre los dos seguía allí.
Aquella noche, el coronel Smirnov organizó una fiesta en mi honor. Todo el mundo había guardado sus raciones de chocolate, azúcar y leche para que el cocinero pudiera prepararme un pastel a mi regreso. El coronel Smirnov tocó el piano mientras el resto bailábamos. Puesto que había más hombres que mujeres, algunos tuvieron que formar pareja entre sí. Valentín sólo bailó conmigo y nadie nos interrumpió. La felicidad que sentí contrastaba con la realidad: estábamos enfrentándonos a un enemigo cada vez más desesperado y que había aniquilado a muchos de nuestros camaradas.
—¿Por qué no me contaste en tu carta que habíamos perdido a esa gente? —le pregunté.
—No quería que te preocuparas —respondió Valentín—. Quería que te recuperaras y volvieses.
El regimiento me pidió que cantara la última canción de Moscú y entoné la de la película que había visto con mamá.
Espérame y volveré.
Espérame con todo lo que tengas.
Espera, cuando las tristes lluvias amarillas
te digan que no deberías.
Espera cuando la nieve caiga rápida,
espera cuando el verano sea caluroso,
espera cuando el ayer haya pasado,
cuando otros sean olvidados.
Espera, cuando desde ese lugar remoto
las cartas no lleguen.
Espera, cuando ésos con los que esperas
duden que siga viva.
Valentín tenía sus ojos clavados en mí y sabía que la canción era para nosotros. Mientras nos quisiéramos y esperáramos que el otro sobreviviera, ninguno de los dos moriría.
Después, el coronel Smirnov nos ordenó que nos fuéramos a la cama, ya que al día siguiente partíamos hacia un nuevo aeródromo. Me tumbé en la litera, pero, después de media hora dando vueltas, decidí dar un paseo para aclarar las ideas. Salí de la cama, me puse el abrigo encima del camisón y me calcé las botas antes de salir. Me acerqué al centinela y le dije que no podía dormir y que quería estirar las piernas.
—Gracias por informarme —dijo con cierta ironía—. De lo contrario, te habría disparado.
Había luna llena y el aire era fresco en los alrededores del aeródromo. Ya no se percibía el olor a humo que envolvía Stalingrado cuando el 586.º regimiento me destinó por primera vez aquí. Pensé en Valentín y en lo guapo que estaba mientras bailábamos.
—Natasha.
Me di la vuelta y lo vi detrás de mí.
—¿Te ha gustado la fiesta? —preguntó.
—Sí.
Valentín sonrió con una expresión de ternura en sus ojos.
—¿Te alegras de estar de vuelta… conmigo?
Quería decirle que había regresado sana y salva porque sabía que estaba esperándome, pero no me salieron las palabras. En lugar de eso, me acerqué a él. Me abrazó y me besó con dulzura, con una pasión cada vez mayor. Por un momento ninguno de los dos se movió; entonces dio un paso atrás y me cogió de la mano. Junto a la pista había una cabaña en la que los pilotos esperábamos los días en que el clima era demasiado riguroso para permanecer sentados en nuestros aviones. Me llevó allí. Me sentía ingrávida y nuestros pasos eran lánguidos.
La cabaña estaba oscura, excepto por el reflejo de la luna que se colaba por las aberturas de las paredes y la ventana. Valentín cerró la puerta y me rodeó con sus brazos. Notaba fuertes palpitaciones. Su cálido aliento en el cuello hizo que me temblaran las rodillas. Volvió a apartarse, se quitó el abrigo y lo tendió en el suelo. Luego se quitó las botas, y me quitó las mías. Me desprendí del abrigo y se lo di para que lo pusiera encima del suyo.
—Aquí estamos, Natasha —dijo, y volvió a abrazarme y me tumbó sobre los abrigos.
Ahora yacía junto a mí y me desabrochó los botones del camisón y me acarició los pechos y el estómago. Todo cuanto hacía me inundaba de deseo. Muy excitada, le saqué la camisa de dentro de los pantalones y le pasé las manos por la suave piel de la espalda. Olía a fresco, como a limones.
En un movimiento fluido se incorporó y se quitó la camisa por la cabeza, lo cual proyectó su hermoso cabello en todas direcciones. Extendí la mano y, riéndome, volví a peinarlo.
—¿Sigues riéndote, preciosa Natasha? —susurró mientras se desabrochaba los pantalones, y presionó su piel desnuda contra la mía.
Cada palmo de mí ardía cuando se movía encima de mí.
Sostuve su cara entre mis manos, sabiendo que nunca amaría a otro hombre como amaba a Valentín.