XLI

Había supuesto una vez afuera, rumbo a la calle Guatemala, sentiría una gran exultación. En su impaciencia, había confundido ese momento con otro, más lejano en el tiempo, mucho más deseable: el de su reunión con Nélida. Ni bien cruzó el portón del hospital comprendió que tal encuentro, aunque posible, no era seguro y notó que estaba triste. Quizá para ahorrarse un desengaño, anticipadamente se deprimía. Por Salguero dobló hacia Las Heras. ¿Por qué atar a Nélida a un animal moribundo? Ninguno de los dos ganaría nada: a ella la esperaba una desilusión, que él, podía prever, pero no evitar… Rey y Dante lo habían asqueado de la vejez. Le pareció que su afecto por esos amigos ya no era el mismo. Tampoco ellos eran los mismos. «Todo se vuelve relativo con el tiempo. Más que nada, las personas». Recordaba, en imágenes vívidas, que propendían a la desaparición un estrado de justicia en que un fiscal, borracho de cólera, lo acusaba de estar viejo. El recuerdo, que provenía de su corto sueño después de la trasfusión, ahora lo entristecía. No había quedado como nuevo, sino bastante débil, y creía que para esa tristeza no encontraría remedio en el jugo de frutas aconsejado por el doctor. La vejez era una pena sin salida, que no permitía deseos ni ambiciones. ¿De dónde sacar ilusión para hacer planes, ya que una vez logrados no estará uno para gozarlos o estará a medias? ¿Para qué seguir caminando hacia la calle Guatemala? Más le valía volver a su casa. Por desgracia Nélida lo buscaría y le pediría una explicación. La gente joven no entiende hasta qué punto la falta de futuro elimina al viejo de todas las cosas que en la vida son importantes. «La enfermedad no es el enfermo», pensó, «pero el viejo es la vejez y no tiene otra salida que la muerte». La intuición de su total desesperanza imprevisiblemente lo alentó. Apuró el paso, para llegar pronto a casa de Nélida, para llegar antes de que esa convicción, como el recuerdo del sueño, se disolviera; precisamente, porque la quería tanto, la convencería de que el amor por un viejo como él era ilusorio. Oyó una explosión, quizá una bomba que había estallado quién sabe dónde, por ahí cerca. Después retumbaron otras dos. Hacia el Retiro, en rápida expansión desde abajo, el cielo se volvía colorado.