XII

Domingo, 29 de junio

—Hace una mañana muy linda —afirmó Néstor, al entrar en la pieza de Vidal—. Hoy no da ganas de quedarse en casa. ¿Querés ir con nosotros al fútbol?

—No creo, che. Sigue el frío.

—Aquí adentro, dirás. ¿Todavía no saliste?

—Fui al almacén y a la panadería. Iba tan distraído que solamente al volver me di cuenta que la ciudad tenía ese aire raro de los días de revolución. No es la simple calma del domingo.

—Con la diferencia de que ves policía por todos lados. Declararon que no permitirán incidentes. Animate, vamos al partido.

—Estuve pensando.

—¿Qué pensaste?

—Estupideces. Que estamos viejos. Que no hay lugar para los viejos, porque nada está previsto para ellos. Para nosotros. Mirá la novedad.

—Por lo pronto, no sos viejo. Además hay lugar para todos. La vida tiene atracciones…

—No sé, che. Si te asomás a Las Heras y ves a las mujeres jóvenes… Para eso no hay pobreza, el mundo es inagotable, todos los años produce nuevas carnadas.

—Un espectáculo que estimula.

—Estás loco. Tenés que decirte que no son para vos. En cuanto las mirás demasiado, te convertís en un viejo repugnante.

Néstor lo observó con sus ojos de pollo, redondos, inexpresivos y declaró:

—Las mujeres no son todo.

—¿No serán todo, che?

—Yo diría que la vida es una sucesión de atracciones.

—Como un parque japonés —apuntó Vidal.

—Para cada una de las edades hay un encanto.

Se oyó un rugido. Apresuradamente Vidal replicó:

—En la vejez todo es triste y ridículo: hasta el miedo de morir.

—Yo te aconsejo que vengas al fútbol, para que se te cambien las ideas.

—Inútil. En cuanto me asome a Las Heras y vea las mujeres que pasan…

—¿Te confieso una cosa? De un tiempo a esta parte, me desinteresé de las mujeres.

Resonó otro rugido muy cerca.

—¿No digas? —comentó Vidal.

—Como lo oís. Francamente, no me llaman la atención. En una época, me acuerdo, ¡qué no hacía por salir si tenía programa!

—¿Y ahora te dejan indiferente?

—Por un completo.

—¿Por un completo? —repitió con burla Vidal.

Su amigo protestó con una sonrisa:

—Más o menos, che. En cambio he descubierto el encanto del dinero.

Vidal lo miró con alguna curiosidad, no exenta de admiración. Aunque lo conocía de muchos años, no lo creía capaz de pensar por sí mismo. Acaso Néstor no anduviera tan errado en su teoría: en este mundo siempre hay sorpresas.

—Voy a calentar el agua para el mate —dijo.

—Por mí, no. Se me hace tarde.

—No te vayas sin explicarme cómo descubriste el encanto del dinero.

—Enteramente por casualidad… Aunque estas cosas han de llegar siempre a su hora. La casualidad ha de ser un espejismo. ¿Lo conoces a Eladio, el del garage? Le iban a aplicar una multa por falta de higiene en las letrinas. El inspector era un amigo, y lo salvé. Me dijo que iba a pagarme la gauchada, que yo ganaría mucho dinero. Me resistí, porque vivíamos tranquilos con la Regina y no necesitábamos nada, pero me embarcó en la compra de un departamento a plazos.

—¿Un negocio inmobiliario como los de Rey?

—No sé cómo serán los de Rey. Lo que es yo, para hacer frente a las cuotas, debí privarme de los gastos extras. El rubro incluyó las escapadas con las amigas de Regina.

—¿Con las amigas de tu señora?

Resonó otro rugido.

—Te prevengo que en el cuarto de al lado tenés un león.

—Es el pobre Isidorito, que duerme.

—Las amigas de tu señora son las que primero se te ofrecen. Misterios de la naturaleza humana: por un lado perdí la afición a las mujeres. ¿La causa? Falta de práctica o, si preferís, falta de renovación. Por otro lado le tomé el gusto al capitalismo, quise aumentar el círculo de mis propiedades.

—¿Un departamento no te alcanzaba?

—Entré a pensar en lo que va a recibir Néstor, mi chico, después de pagado el impuesto sucesorio.

—Una idea francamente fúnebre —dijo Vidal, imitando a Jimi.

—Más bien, natural. Vos dirás que otro se dedicaría a vivir tranquilo, con el fruto de tanta privación. Yo, ni bien hube pagado las cuotas, me lancé a la compra de un segundo departamento. En eso estoy, en plena fiebre. Hablando en serio, ¿por qué no te venís con nosotros a River?

—Pobre tu hijo. Ni que fuera niñero de viejos.

—¿Cuándo vas a entender que no sos viejo? Además, ¿te cuento una cosa? El chico me dijo que te invitara.

—¿A qué horas van?

—A las doce.

—Está bien. Si a las doce no llegué, no me esperen.

—Tratá de llegar. Te hace falta un cambio de panorama.