CAPÍTULO 92

 

 

 

 

 

Regreso a casa cuando el azul oscuro de la noche comienza a caer como un manto sobre Nueva York y el reflejo de las luces multicolores de los comercios ilumina las calles atiborradas de gente y coches.

—¿Está Darrell? —le pregunto a Gloria.

—No, señora Baker —me responde—. No ha venido en toda la tarde.

—Gracias —digo.

Gloria asiente ligeramente.

—¿Preparo la cena? —me pregunta, antes de salir de la cocina.

—Si quiere, haga algo para Darrell. Yo no voy a cenar.

Gloria ladea la cabeza.

—Últimamente no come mucho —dice en un tono entre maternal y preocupado—. Si sigue así, va a terminar poniéndose enferma.

Fuerzo media sonrisa en los labios.

—No se preocupe, Gloria —contesto—. Estoy bien —miento—. Es simplemente que no tengo mucha hambre. —No se queda conforme, pero, ¿qué puede hacer excepto dejarme?—. Estaré en la habitación de James y Kylie, por si me quiere algo.

—Está bien —dice Gloria.

 

 

 

Las siguientes horas las paso cuidando de los pequeños y haciendo todo lo posible para que no noten la ausencia de Darrell.

Estoy tumbando a Kylie en su cunita cuando suena mi móvil. En la pantalla aparece el nombre de Michael. No sé si quiero hablar con él, la verdad. Lo dejo pasar hasta que cinco minutos después vuelve a llamarme. Lo cojo.

—Lea…

—Dime, Michael.

—¿Cómo estás? —me pregunta. No respondo, porque de pronto se me ha cerrado la garganta—. Ehhh, Lea, ¿estás bien? —insiste—. Necesito saber que estás bien. Por favor… —me dice.

—No, Michael, no estoy bien —contesto al fin.

Michael suspira al otro lado de la línea.

—No siento haberte besado, Lea. Porque tenía muchas ganas —me confiesa—. Pero sí siento que hayas presenciado la pelea con Darrell.

—Michael no debiste besarme —digo.

—No sé si debí o no debí besarte. Solo sé que quería hacerlo y lo hice.

—Michael, Darrell es tu mejor amigo —le reprocho.

—Y tú la mujer de la estoy enamorado —asevera.

Su voz categórica me corta el aliento de golpe. Trago saliva.

—Michael, tú no estás enamorado de mí. No puedes estar enamorado de mí…

—¿Por qué? —me interrumpe.

—Porque soy la esposa de tu mejor amigo —digo tajante.

—¿Y eso qué importa?

—Importa mucho.

—¿No te ha gustado que te besara, Lea? —me pregunta directamente.

La contestación tarda unos segundos en salir de mis labios.

—No es una cuestión de que me haya gustado o no —digo.

—Eso no es una respuesta, Lea.

Por una razón que no logro entender, no quiero responder a su pregunta. De pronto, necesito una excusa para cortar la conversación.

—Kylie está llorando —miento, tratando de salir del atolladero.

Silencio.

—Está bien… —dice Michael—. Ya hablaremos, Lea.

Guardo silencio y simplemente cuelgo el teléfono. Durante unos instantes me quedo mirando el móvil. ¿Qué me está pasando?, me pregunto. ¿Qué me está pasando con Michael?

Suspiro, vaciando de aire mis pulmones.

En esos momentos, los pasos de Darrell avanzando por el pasillo me sacan de mis pensamientos. Durante un instante mantengo la esperanza de que entre en la habitación para ver a James y a Kylie. Sin embargo, pasa de largo. Aprieto los labios formando una línea.

Sacudo la cabeza mirando con tristeza a nuestros pequeños. Tengo la imperiosa sensación de que se han quedado huérfanos de padre, porque Darrell no les hace ningún tipo de caso. Cierro los ojos. Cuando los abro, los tengo llenos de lágrimas.

Apago la luz y camino abatida hasta el amplio alféizar que tiene la ventana en la parte interior. Me siento en él. Pego las rodillas al pecho y me envuelvo las piernas con los brazos. Un segundo después estoy llorando desconsoladamente. Todo esto es tan doloroso…

¿Cómo demonios voy a vivir sin Darrell? Él lo es todo para mí.

Mi mirada queda atrapa de nuevo en la alianza de casada. Le doy vueltas de un lado a otro alrededor del anular, hasta que llevada por un impulso, la extraigo del dedo.

La contemplo con ojos acuosos recortada contra el cielo de Nueva York mientras el resplandor de la luna le arranca destellos dorados.

En estos momentos tiene tan poco significado…

Cierro el puño en torno a ella y la aprieto con fuerza. Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en la pared. Mi mirada vaga por el sendero plateado que dibuja el río Hudson al otro lado de la ventana.

Me miro en el reflejo del cristal. Mi cara está surcada de lágrimas y mi corazón hecho jirones. Estoy destrozada, como si me hubieran roto en mil pedazos por dentro.

La imagen de Michael aparece traicioneramente en mi cabeza. ¿Por qué pienso tanto él? Me llevo la mano a los labios, reviviendo el momento del beso. De pronto siento como si me ardieran.

Fue un beso sin importancia fruto del momento. Nada más, me digo a mí misma. ¿Y si es algo más?

No, no, no. Sería una locura. Michael es el mejor amigo de Darrell.

Sigo convencida de que Michael no está enamorado de mí, de que solo siente compasión por todo lo que he pasado y estoy pasando y de que yo solo siento un profundo agradecimiento por él. Pero ni la compasión ni el agradecimiento son amor. Eso es algo que nos tiene que quedar claro a los dos, tanto a Michael como a mí.

Cierro de nuevo los ojos, al mismo tiempo que respiro hondo. Y me quedo así, recostada en el frío muro del alféizar de la ventana quién sabe cuánto tiempo. Una hora, dos, tres… Necesito paz, aunque solo sea un momento.

Pero la paz se rompe de golpe cuando un grito surca la casa, rompiendo el silencio.

Abro los ojos de golpe.

¿Qué pasa?

Me pongo la alianza en el dedo y me levanto, ligeramente desorientada. James y Kylie están bien. ¿Entonces?, me pregunto. Otro espeluznante grito llena el aire, haciendo que la piel se me erice. El pulso se me acelera vertiginosamente.

—Viene del dormitorio de Darrell —musito.

Salgo de la habitación de nuestros pequeños y corro pasillo adelante.

Santo Dios. ¿Qué pasa? ¿Por qué grita de esa manera tan horrible?

Siento un pellizco de miedo en el corazón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La decisión del señor Baker
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