CAPÍTULO 12
—Feliz cumpleaños, mi amor —le digo a Lea en cuanto abre los ojos.
Lea pestañea un par de veces para enfocar la imagen de mi rostro y se incorpora sobre la cama. Me sonríe somnolienta.
—Gracias, mi vida —me agradece.
Le alzo la barbilla con los dedos y le doy un beso en los labios.
—¿Qué tal te han sentado los veinticuatro?
—Muy bien, porque estoy a tu lado —responde. Extiende los brazos y me abraza por el cuello.
—Vístete —le pido.
Lea frunce el ceño.
—¿Vamos a algún lado? —me pregunta con rostro extrañado.
—Sí, vamos a ver tu regalo.
Me levanto de la cama.
—¿Mi regalo?
—Sí, tu regalo.
La cojo de la mano y tiro de ella.
—¿Y tenemos que salir a la calle? —dice, picada por la curiosidad, mientras abre el armario y saca un vestido con un discreto estampado de flores.
—Sí, porque no cabe en casa —ironizo.
—¿Tan grande es? —pregunta de camino a la ducha.
—Inmenso.
—¿Y no podrías haberme regalado un ramo de flores? —bromea, asomando la cabeza por la pared alicatada de la ducha.
—Podría, pero no he querido —respondo al tiempo que termino de abrocharme los gemelos.
Lea pone los ojos en blanco teatralmente y se mete bajo el agua.
Mientras se ducha y oigo como el agua cae, se me pasa por la cabeza la idea de asaltarla. Me relamo imaginando cómo me la follo por detrás, acorralada contra la pared y mi cuerpo.
—Ufff… —resoplo, mordiéndome los labios—. ¡Darrell, para! —me digo a mí mismo con voz autoritaria—. Para, o no saldremos de aquí en toda la mañana.
Dejamos a James y a Kylie con Gloria y nos dirigimos al garaje.
—¿No me vas a decir qué es? —me pregunta Lea, incapaz de disimular su curiosidad por más tiempo.
—No —digo tajante.
Cuando nos subimos al coche, le muestro una venda de color negro.
—¿Me vas a tapar los ojos?
Noto como la expectación de Lea crece poco a poco.
—Sí.
—Pero, Darrell…
—Shhh… —la silencio.
—Está bien —claudica.
Le coloco la venda en los ojos y hago un nudo por encima de la nunca. Arranco el coche y nos ponemos en marcha.
—¿Mi regalo está muy lejos? —me pregunta.
—En Manhattan —respondo, mirándola de soslayo y sonriendo para mis adentros.
—¿En Manhattan? —repite.
—Sí, en Manhattan —afirmo—. Y no me hagas más preguntas porque no te voy a contestar.
Lea hace una mueca con la boca, pero deja de interrogarme, convencida de que no va a conseguir sonsacarme nada más.
Atravieso Nueva York, camino de Manhattan, armándome de una paciencia casi de santo. El tráfico está más imposible que nunca a primera hora de la mañana. Taxis, peatones, coches particulares y autobuses, confluyen por las calles con una densidad desesperante.
Al llegar finalmente a la carretera de metal marrón de la entrada de la propiedad, Lea aguza el oído, tratando de identificar el ruido que hace la puerta al desplazarse hacia un lado. Está totalmente desconcertada y eso me divierte.
—¿Lista? —digo, cuando estaciono en la puerta de la vivienda.
—¿Tú que crees? —me vacila.
—¿Lista? —vuelvo a repetir.
—Sí —responde, asintiendo varias veces con la cabeza como si fuera una niña pequeña.
—Bien. Espera…
Salgo del coche, lo rodeo por la parte de delante y abro la puerta del asiento de Lea.
—Vamos —la animo.
Le agarro las manos y la ayudo a salir.
—¿Puedo destaparme ya los ojos? —me pregunta impaciente.
—No, todavía no.
—Darrell… —protesta.
—Ya no queda nada —digo—. Camina hacia adelante.
Lea hace lo que le pido y guiada por mí, avanzamos unos cuantos metros. La sitúo frente a la construcción, a una distancia suficiente para que pueda verla en toda su amplitud. Alzo las manos, deshago el nudo de la venda y se la quito.
Me quedo en silencio, esperando su reacción.
Cuando Lea alcanza a ver la casa, levanta las cejas y abre la boca poca a poco. Después de unos segundos en los que parece no dar crédito, gira el rostro hacia mí.
—Darrell… —logra articular—. ¿Está… es la casa en la que vamos a vivir?
—Sí —contesto. Extraigo las llaves del bolsillo de mi pantalón y se las tiendo. Lea las coge y las mira con un matiz de confusión asomando a los ojos—. Es tuya. La he comprado para ti.
—¿Qué…? —se interrumpe, atónita—. ¿Qué quieres decir?
—Las escrituras están puestas a tu nombre —afirmo—. La he comprado para ti. Es tu regalo de cumpleaños.
Lea traga saliva.
—Darrell, ¿no es excesivo como regalo de cumpleaños? —me pregunta con pudor y un leve sonrojo en las mejillas.
Sonrío sin despegar los labios.
—Para ti nada es suficiente, Lea.
Se mordisquea el interior del carrillo, nerviosa.
—No sé qué decir… —apunta.
—Solo di si te gusta o no —digo en tono distendido, encogiéndome de hombros.
Lea vuelve el rostro hacia la casa sin cambiar su expresión de asombro.
—¿Gustarme? —pregunta, llevando la mirada de un extremo a otro—. Sí, claro que me gusta.
Su tono de voz suena apagado. Tanto que me resulta desconcertante. ¿Por qué no está contenta? ¿Acaso no le ha gustado?