CAPÍTULO 32

 

 

 

 

 

Ocupamos la tarde haciendo turismo por París. Empezando por una visita al Louvre, pasando por la avenida de los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, la Catedral de Notre Dame, el museo de arquitectura de Orsay y los Jardines de Luxemburgo.

Nos hacemos selfies y fotos individuales en todos los lugares, tratando de inmortalizar casi cada minuto de nuestra luna de miel.

Cuando cae la noche, nos vamos a cenar a Le Jules Verne, un restaurante de lujo enclavado en la Torre Eiffel, donde los camareros van vestidos de traje y las vistas a esa altura son simplemente espectaculares.

Después del postre, Darrell pide una botella de Château de Lagorce, un reserva del 2012.

—Salud, Lea —dice, tras servirme un poco.

—Salud, Darrell —correspondo.

Bebemos un trago de vino mientras intercambiamos una mirada muda que está cargada de complicidad. Observo los ojos de Darrell. Entre los claroscuros que proyectan las luces del restaurante, su mirada encierra una oscuridad maliciosa que creo que tiene mucho que ver con sus ganas de ponerme contra la pared y follarme hasta que le suplique que pare.

A veces es tan explícito con sus apetencias.

 

 

 

Llegamos a la habitación agotados y yo, particularmente, algo contentilla. Creo que la última copa de vino de la cena se me ha subido a la cabeza, porque estoy un poco mareada. Avanzo hasta la cama y me dejo caer sobre ella. Darrell se afloja el nudo de la corbata.

—¿Qué te apetece hacer? —me pregunta.

Me incorporo ligeramente.

—Follar —respondo pausadamente, con la voz algo espesa.

Darrell me ofrece una sonrisa sesgada que deja a la vista parte de sus dientes blancos y perfectos, mientras camina hacia mí con pasos determinantes. Se sube a la cama y se acerca a mí.

—Me encanta cuando se te suelta la lengua —dice a escasos centímetros de mi rostro. Su aliento cálido me roza los labios—. Te vuelves tan seductora… —Su sonrisa se amplía maliciosamente—. Voy a tener que emborracharte más  a menudo —bromea.

Sin mediar palabra, termino de deshacer el nudo de su corbata y se la quito. No sé si es el vino o soy yo, o ambas cosas, pero se le ve tan sexy con su impecable traje. ¡Dios, es tan sexy! Tanto, tanto, tanto… Mis pensamientos se detienen cuando Darrell apoya sus labios en los míos y me besa. Paso las manos por su nunca y enredo los dedos por los mechones de su pelo mientras nuestras lenguas juguetean como si tuvieran voluntad propia.

Con la habilidad y la rapidez que lo caracterizan, me sube el vestido, me lo saca por la cabeza y lo arroja al suelo. Hace lo mismo con el sujetador y las braguitas de encaje negro que llevo puestas. Parece que tiene prisa por deshacerse de ellas.

—Siéntate —me dice. Hago lo que me pide y me acomodo encima de la cama—. Abre las piernas. —¿Qué pretende?, me pregunto. Y antes de que pueda elucubrar algo, lo suelta—. Quiero ver cómo te masturbas.

Abro los ojos de golpe y la garganta se me seca. Me muero de vergüenza.

—¿Qqqué…? —tartamudeo. ¿Cómo que me masturbe? ¿Qué me acaricie?, me pregunto en silencio.

—Quiero ver cómo te corres, como te das placer a ti misma… —me susurra.

No debería pedírmelo así, no debería susurrármelo de esa manera, no debería tener esa voz grave y profunda que tiene. Darrell Baker debería de estar prohibido.

—Vamos, Lea —insiste.

Pestañeo un par de veces.

—Prefiero que me lo hagas tú —alcanzo a articular únicamente con timidez.

Darrell sonríe.

—No, hoy quiero mirarte mientras te acaricias —dice.

—Es un poco voyeurista, señor Baker —afirmo.

—Con usted un poco no, un mucho —bromea, levantándome la barbilla para besarme—. Me gusta observarla en todas sus facetas, señora Baker.

—Pero… —trato de protestar.

—Shhh… —me corta Darrell con un siseo. Toma mi mano derecha y la desliza hasta mi sexo—. Acaríciate —me dice. Joder, ¿por qué no puedo decirle que no? ¿Por qué no puedo negarme? ¿Por qué no puedo resistirme a él ni a sus peticiones?—. Yo también voy a masturbarme para ti.

Oh…

Mi boca se abre ligeramente. ¡Madre mía! Voy a ver cómo Darrell se… No termino la frase. ¿Por qué de pronto la idea de verle hacerse una paja me excita tanto? ¿Será que yo también tengo un punto voyeurista con él? Noto como mi sexo se humedece entre mis dedos.

Darrell libera mi mano y se pone en pie.

—Tocate, Lea… —me vuelve a pedir mientras comienza a desabrocharse el pantalón, sin apartar un instante la mirada de mí.

Estoy algo abochornada, pero empiezo a mover mi dedo anular en círculos sobre mi clítoris. Los ojos de Darrell brillan con una oscuridad perversa. Se quita el pantalón y el bóxer y lo deja a un lado. La erección asoma ya a través de los bordes de la camisa, que Darrell se apresura a desabrochar.

Cuando está completamente desnudo, se sube de nuevo a la cama y se coloca de rodillas en el extremo, apoyando las nalgas en los tobillos. Intento tragar saliva, pero tengo la garganta seca como un corcho. Soy incapaz de retirar mis ojos de él y de su miembro, erguido en su plenitud. ¡Es tan magnífico!

Darrell rodea su miembro con la mano y comienza a moverla hacia adelante y hacia atrás a través de él. Me muerdo el labio, sofocada y excitada a partes iguales, pero sin dejar de acariciarme.

—Lo estás haciendo muy bien, pequeña —dice.

Sus palabras me encienden aún más. Jamás pensé que ver como Darrell se masturba mientras yo hago lo mismo fuera tan excitante.

Gimo, acelerando el movimiento de mi mano.

—¿Te gusta lo que ves? —me pregunta Darrell con malicia.

—Mucho —afirmo. Mi voz apenas es audible a estas alturas.

Darrell rasga su boca en una sonrisa lobuna. Mi corazón golpea con fuerza contra mi pecho. He empezado a jadear. ¡Joder, estoy a punto de correrme!

—Sí, así… Sigue acariciándote así…  —me incita Darrell con voz ronca.

Abro un poco más las piernas, apoyo la mano izquierda por detrás de mi espalda y me echo hacia atrás. Durante un segundo pierdo la noción del tiempo, del espacio, de la realidad. Solo importo yo, mi placer y los ojos de Darrell clavados en mí, delectándose mientras me masturbo.

Grito, sin importarme si me pueden oír o no, cuando un intenso orgasmo me sacude como un latigazo. Seguidamente, noto un líquido suave y caliente empapándome los dedos. Esto es brutal. ¡Darrell es brutal! Solo necesito que me mire para correrme como un puto animal. ¿Qué coño me hace? ¿Cómo es posible que tenga tanto poder sobre mí?

Me sigo retorciendo con los últimos espasmos de placer cuando siento acercarse a Darrell. Me sujeta por la espalda con sus enormes manos y se hunde dentro de mí de una violenta embestida. Una embestida que me llena por completo de golpe, que llega hasta lo más hondo.

Vuelvo a gritar.

No tengo fuerzas para nada, ni siquiera para hablar, solo para que Darrell haga con mi cuerpo lo quiera. Estoy al borde del desmayo, pero él sigue con sus profundas acometidas una y otra y otra y otra vez, hasta que se vence sobre mí con un fuerte gemido que exhala con los dientes apretados.

—Te adoro, Lea —jadea en mi oído mientras recupera el aliento—. Eres una jodida maravilla.

Se inclina, me agarra el rostro con las manos y me besa la frente, los párpados, la nariz, las mejillas... Noto como sus suaves labios recorren la piel sofocada de mi rostro.

—Lo has hecho muy bien —dice.

Sonrío sin decir nada.

Darrell sale de mí y se tumba a mi lado, arrastrándome a sus brazos. Me acurruco contra su pecho y cierro los ojos.

 

La decisión del señor Baker
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