CAPÍTULO 9
Dejo caer mi peso sobre su cuerpo menudo mientras me hundo en su cuello y deposito un reguero de apasionados besos en él. Lea gira la cabeza hacia un lado para que pueda tener más accesibilidad.
Cojo sus manos, entrelazo mis dedos con los suyos y las aprieto con fuerza contra el colchón. Subo la rodilla y la obligo a elevar la pierna y a que la apoye en mi cadera. La piel le arde como la lumbre y eso hace que me excite hasta cotas inenarrables.
—Te deseo… —jadea Lea.
—Y yo a ti —afirmo, con una contundencia rotunda.
Me deshago del pantalón y del bóxer negro que llevo puesto y dejo a la vista mi miembro, que desde hace un rato está duro y erguido.
—Los números se te dan bien, ¿verdad? —le pregunto a Lea con voz maliciosa, clavando mis ojos en los suyos.
Lea frunce las cejas ligeramente. Su mirada se llena de suspicacia, tratando de adivinar lo que está pasando por mi mente.
—Ya sabes que sí —presume, siguiéndome el juego.
Esbozo una sonrisa lobuna.
—A ver que tal se te da el 69 —digo.
Lea va a abrir la boca, sorprendida por mi comentario, pero antes de que lo haga, tiro de ella y la coloco encima de mí, boca abajo, silenciando sus palabras. Le levanto el torso para adquirir la posición adecuada, le sujeto las caderas y bajo su sexo hasta mi boca.
—Vamos a aplicarnos a conciencia en la práctica —susurro, y seguidamente le acaricio el clítoris con la lengua.
Oigo como Lea suelta una risilla y sonrío para mis adentros.
Sin decir nada, se introduce mi erección en la boca y comienza a bombear arriba y abajo con una sensualidad desbordante. Pese a que me centro en darle placer, no puedo evitar poner mi atención en el que me está produciendo ella con la felación.
Cuando mi miembro, extremadamente sensibilizado, roza con su lengua, húmeda y cálida, me deshago del gusto. La fricción con sus labios suaves despiertan una oleada de sensaciones en mi interior.
—Ufff… —Suelto el aire que tengo en los pulmones, extasiado.
Le aferro las caderas con más fuerza y las acerco a mi boca. Pongo la lengua dura y la introduzco en su vagina. La hundo todo lo que puedo en su interior, arrancando un profundo gemido de la garganta de Lea.
—¡Santo Dios, Darrell! —exclama a media voz mientras su cuerpo se sacude entre mis manos—. ¡Vas a matarme de placer!
Durante un rato, continúo con las embestidas.
—Ven aquí —digo.
Cojo a Lea por la cintura, la levanto, la desplazo hacia delante y la aprieto contra mí. Agarro mi miembro y de un envite entro en su interior.
Lea jadea ruidosamente.
Sin apartar las manos, la ayudo a moverse. Lea se echa hacia atrás, para apoyarse en el colchón. Aprovechando la proximidad, subo las manos, le rodeo los pechos, se los acuno con los dedos y le acaricio los pezones al tiempo que su cuerpo sube y baja acompasadamente.
—No pares… —le pido, con la respiración entrecortada—. ¡Por todos los demonios, Lea, no pares! —repito, resoplando entre dientes.
Lea acelera el ritmo. Deslizo los dedos por su vientre y empiezo a palparle los pliegues húmedos del clítoris, haciendo círculos con el índice y el corazón. Le soplo un poco de aire en la nuca, a unos centímetros de mí. Un escalofrío le recorre el cuerpo de la cabeza a los pies. Se estremece.
Empiezo a bombear la pelvis arriba y abajo cuando advierto que Lea está a punto de correrse. Su respiración se acelera junto a la mía y el aire de la habitación se llena de una melodía de jadeos.
—Déjate ir, Lea… Déjate ir… —mascullo con la voz cargada de placer.
Unos instantes después, la espalda de Lea se arquea sobre mí como si fuera un arpa, sacudida por un fuerte orgasmo.
—Sí… Oh, sí… —gime.
Su figura se estira y sus músculos se definen, dibujando un trazo perfecto, recortado contra el azul oscuro del cielo y el resplandor difuminado que emiten las luces de miles de colores de Nueva York. La imagen que aflora ante mis ojos parece un lienzo pintado por las manos del artista más virtuoso del mundo.
Empujo hacia arriba un par de veces más con movimientos contundentes y me abandono a la serie de espasmos que hacen que me estremezca hasta la punta de los dedos, desparramando mi placer en el interior de Lea mientras ahogo un bramido en la garganta.
Agotada y rendida, Lea se deja caer sobre mi pecho. Aún con mi miembro dentro de ella, paseo la palma de la mano por su vientre, tibio y sudoroso, abarcándolo casi por completo, y le beso la cabeza, mientras disfruto de las miles de sensaciones que todavía recorren por mi cuerpo.
—¿Cómo estás? —le pregunto al oído.
Lea suspira.
—Exhausta—responde, intentando recuperar el aliento—. Siempre me dejas exhausta.
Sonrío sin despegar los labios. Lea se echa a mi lado, completamente desnuda, y mi miembro sale de su interior. Me giro hacia ella, apoyándome en un codo y la miro con complicidad.
—Nunca me canso de follarte —le digo.
Acaricio su mejilla con el dorso de la mano, bajo hasta su boca y repaso con los ojos cada una de las líneas de su rostro. Paso el pulgar por sus labios, deleitándome en el gesto. Lea lo besa con suavidad.
—Y yo nunca me canso de que me folles —responde.
—Me gusta por muchas razones, pero, sobre todo, porque es el momento en que eres completamente mía —comento—. Cuando estoy dentro de ti, cuando te poseo, siento que eres solo mía.
—Yo soy solo tuya, Darrell —apunta Lea con voz de obviedad, paseando cariñosamente su dedo índice por el tabique de mi nariz.
Acerco mi cara y apoyo la frente en la suya.
—Solo mía… —murmuro en su boca.
—Sí, Darrell, solo tuya —repite.
Deslizo el brazo por debajo de su espalda, la estrecho contra mi cuerpo y deposito un beso en su frente. Levanto la pierna y la paso por encima de sus piernas, como si quisiera retenerla a mi lado para siempre.
—Tienes que dejar atrás esos pensamientos. —Lea hace de nuevo uso de la palabra, retomando la conversación que se ha quedado antes en el aire—. No son sanos —añade como consejo con voz suave. Al ver que no contesto y que el silencio se prolonga demasiado, insiste para que diga algo—. Darrell…
Giro el rostro y llevo la mirada hasta un punto perdido de la panorámica que nos regala Nueva York a tantísimos metros de altura.
—Lo sé —digo finalmente, pero lo hago de forma mecánica.
Lea se incorpora sobre mi torso y me observa durante unos instantes. Me vuelvo hacia ella.
—Te quiero y te querré siempre, Darrell —me dice, con los ojos atestados de amor—. Como me dijiste tú hace unos días: que nunca se te olvide que te quiero.
Aprieto los labios y dejo que sus palabras calen en mí.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —afirmo, completamente seguro de lo que estoy diciendo—. Lo mejor.
Lea se acerca y me besa en los labios de una manera tan suave que me derrito por dentro. Cuando se separa, suspiro, le aparto un mechón de pelo que le cae sobre la mejilla y se coloco detrás de la oreja.
—Mi Leandra Swan —digo—. Estoy deseando que sea la señora Baker —agrego, mirándola a los ojos.
Lea sonríe y su mirada se ilumina.
—Y yo estoy deseando serlo. —Empieza a morderse el interior del carrillo y la expresión de su rostro se torna pudorosa—. Cambiando de tema… —dice—. ¿Qué tal ha ido el… —Parece buscar palabras adecuadas que suavicen lo que se dispone a decir—… el 69?
Lanzo una risilla al aire ante su pregunta y alzo las cejas.
—Es la mejor mamada que me han hecho nunca —asevero. El rostro de Lea se llena de un golpe de rubor. Le oigo tragar saliva—. ¿Qué? —digo.
—Bueno… —Carraspea—. No pensé que fueras a decir eso —titubea nerviosa—. A decirlo así…
—¿Y qué quieres que te diga, si es la verdad? Tu boquita hace cosas deliciosas.
—Ya, Darrell, pero…
—Ya sabes que me gusta llamar a las cosas por su nombre…
—Hay cosas en ti que no van a cambiar nunca —comenta divertida.
—¿Prefieres que utilice palabras más suaves? —le pregunto.
Lea clava sus ojos en los míos y me contempla con intensidad.
—No —niega de forma tajante, con una sonrisilla pícara en los labios.
Esbozo una breve sonrisa ante su respuesta.
—El sexo tiene que ser sucio, sino no es sexo —afirmo.
—Señor Baker dixit —añade.
—También lo dice Woody Allen: el sexo solo es sucio si se hace bien —parafraseo.
—Entonces nosotros lo hacemos muy bien —opina Lea.
—Magníficamente bien —confirmo.
Lea traza sensualmente una línea de arriba abajo de mi pecho con la punta de su dedo índice.
—Señor Baker, ¿qué le parece si nos seguimos ensuciando, aprovechando que los pequeños están tranquilos? —sugiere con voz traviesa.
—Me parece una idea estupenda, señorita Swan —digo, comiéndomela con los ojos.