XXV
A LO LARGO DE LA NOCHE

Aquella mañana de sol desganado, cuando me desperté, no me había imaginado que acabaría el día con un viaje inesperado. Con un chico que con cualquier gesto me conmovía: era imposible que se me atragantara la noche en mi garganta seca.

Después de unos cuarenta y cinco minutos de viaje, llegamos a nuestro destino. Tras varios giros de volante, el dueño de los ojos grises detuvo el coche y apagó la música. Se hizo un silencio sideral. Se quitó el cinturón de seguridad, y de paso el mío. Respiré entrecortadamente, casi efervescente. Qué mal fingía la calma. Esperé a que me autorizara a quitarme el pañuelo, pero en su lugar, decidió explorar a paso corto el hueco de mi asiento. Olí aquel eficaz perfume. Ni un solo movimiento por su parte. Tuvo que pasar un minuto hasta que se hizo notar. Retiró con sus dedos un mechón de mi hombro, con extrema delicadeza, como si cada pelo fuera un hilo de cristal.

De nuevo, la percepción del cuerpo sin peso. Y eso que las pelirrojas necesitamos un veinte por ciento más de anestesia que el resto de la humanidad para dejar de sentirnos.

—Ya hemos llegado, Cecilia.

—¿Puedo quitarme ya la venda?

—Todavía no. He avisado de que quiero dar una sorpresa a alguien. No se extrañarán de ver a una mujer hecha y derecha jugando a la gallinita ciega.

Me hizo salir del coche, cogida a él. Dimos unos cuantos pasos, hasta que me vi acatando las instrucciones para subir una escalera, juraría que de piedra. Penetramos en lo que debía ser un hall. Sólo escuché un «Monsieur, s’il vous plaît».

Nos introdujimos en un ascensor, aunque lo correcto sería decir que me encajó, por los pasos que había dado, parecía bastante amplio.

—¿Cómo es que ya sabías que iba a perder?

—No lo sabía, Cecilia, éste no es mi deseo. Estaba todo planificado, les he dicho que voy a pedirte matrimonio.

—¿Que les has dicho qué?

—Tranquila, era la única manera de que tuvieran algunos detalles conmigo.

Por un lado, me relajó su respuesta; por otro, me dio muchísima pena que no fuera a ser así. Qué estupidez.

Mis tacones trazaron una línea de eco en segundos, nada más abrirse el ascensor. Arnaud abrió una puerta y me condujo hacia el interior. Me quitó el abrigo. Qué temperatura más agradable… Me quitó el pañuelo.

Un regio salón se abrió ante mis ojos. Las paredes eran de piedra. La decoración imponente y dramática: había objetos antiguos, candelabros y brocados que quitaban el sentido. Un lugar de cuento. Me detuve en cada detalle con la boca abierta. Había una chimenea encendida, el crepitar de la leña embrujaba nuestros oídos, todavía en la entrada. Y a lo lejos, una habitación rectangular, con una cama en la que hubieran tenido cabida cuatro modelos de Botero, repleta de champán y dulces.

Sentí el mundo de un modo distinto.

Era uno de esos sitios difíciles de encontrar por más que te empeñes en teclear en el ordenador «sitios románticos para disfrutar en pareja». Estábamos en un oasis en medio de un desierto: una deliciosa jugarreta del destino.

Me toqué el pelo, impaciente.

¿Podía estar esa noche más guapo?

Las llamas se movían moribundas y perfilaban nuestros cuerpos.

Afuera, la lluvia recorría los cristales con la lentitud de un pincel. Me acerqué a ellos; la noche de octubre no podía ser más bella.

—¿Qué hay detrás de la ventana?

—Esta vez no hay nadie…

Me ruboricé. A mis espaldas, él se encontraba junto al fuego.

—Eso nunca se sabe, Arnaud… —dije tímidamente, ante la evidente seguridad de que se refería a él, contemplándome desde su ático…

Silencio.

—Un bosque. Hectáreas y hectáreas…

—¿Cómo se llama este lugar?

—Y qué más da, no quiero que vuelvas si no es conmigo…

—¿Habías venido alguna vez ya?

—Nunca.

Me giré. Para comprobar que no mentía. No pude sostener su mirada de ojos penetrantes.

—¿Vamos a dormir juntos? —dije saliendo del paso, a la vez que me mordía el labio por haber pensado en alto.

—No.

Eché un vistazo al salón. No había sillones. Sólo una alfombra color crema de bordes irregulares y pelo largo. Me escabullí hacia el dormitorio, pensando que la habitación no sería tan inmoral como el salón. Me equivocaba.

—Pero…

—Cecilia, no creo que nos acostemos temprano —concluyó sin más.

—Ah, ¿no?

—No.

Se acercó a la habitación y me temí lo peor. Pero en su lugar, me dio un paquete envuelto en papel de regalo.

Lo abrí con la ilusión de una quinceañera. Sus ojos me cubrieron de destellos. Cogí con un gesto de sorpresa aquel delicado body de encaje color marfil y generoso escote.

—¿Esto es lo que queda de mi vestido de novia?

—No hay que levantar sospechas.

Mi rostro se ensombreció.

—¿Lo ha elegido tu amiga?

—¿Qué amiga?

—La chica del showroom.

—¿Me creíste?

Lo miré confundida.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Me miró muy serio, para luego reírse, provocador. Rozó sugerente su barbilla con los dedos de sus manos.

Tomé el regalo entre mis manos, aliviada, tras haberme quitado el incómodo peso de los celos.

—Vaya, no lo sabía —dije en voz baja, avergonzada.

—¿Cómo lo ibas a saber? No conoces muchas cosas de mí, ma petite Cécile. Poco a poco…

Me desconcertaba pensar que hasta cuando me hacía rabiar, me excitaba.

Se inclinó y me dio un veloz beso en los labios.

—No quiero interminables tertulias, Cecilia —dijo de pronto autoritario—. Póntelo —me pidió señalándome el baño—. Al salir, cúbrete con el albornoz. Nos vamos.

Preferí no preguntar.

Pasada la medianoche, se respiraba un clima de tensión sexual insostenible entre los dos; mientras París dormía, yo me afanaba en aquel baño, como una emperatriz sin asistenta, en desabrochar el corsé.

Un trasiego incesante de pensamientos me abrumaron al desvestirme. Pensé, como tantas veces en situaciones que me sobrepasaban, en mi recalcitrante manía de mantenerme alejada de los hombres: esa noche iba a superarlo, aunque fuera lo último que hiciese.

Al salir, Arnaud llevaba puesto también un albornoz blanco. Acababa de abrir una botella de champán rosa y bebía de una copa.

—¿No me ofreces?

—No, de momento.

Me tendió su mano y nos dirigimos a la puerta por la que habíamos entrado. Salimos a un largo pasillo, por el que debíamos haber venido, pero en sentido contrario. No había más habitaciones en aquella planta. Llegamos a una pequeña escalera y subimos un par de alturas, hasta lo que debía ser una torre. Nos topamos con una puerta, tras la cual bien podía estar encerrada Rapunzel. Sacó unas llaves de su albornoz y abrió. Una espectacular piscina circular, asediada por grandes ventanales en los que el agua de lluvia salpicaba sin cesar las vidrieras de peces dorados y serpientes acuáticas, ocupaba lo más alto de la torre. Iluminada por varias velas de agua, la humedad nos esperaba en la oscuridad de aquel lugar que no habría sabido, ni sabré nunca, situar en el mapa.

Nos descalzamos.

Me quedé muda cuando se quitó el albornoz. Agaché mi rostro al verlo quedarse en calzoncillos. Seguía costándome una vida mirarle sin reservas. Lo hice a traición, cuando entró en el agua dándome la espalda, por la escalera de obra. Suspiré borracha de tantas emociones atropelladas en cuestión de horas.

¿Debía hacer lo mismo y quitarme el mío? ¿Ese temblor en mis piernas era real?

Vi su cuerpo azulado hundirse en el agua caliente; mojarse el pelo, sin humedecer su cara. Tragué saliva.

—¿No vas a pedirme que me meta contigo? —le pregunté ansiosa.

No contestó. Sus ojos grises estaban clavados en mí. Y el agua oscilaba por encima y por debajo de su pecho.

Me armé de valor y deslicé por mis hombros la bata hasta los pies. Él siguió sin inmutarse, con la vista clavada en mis ojos y no en mi cuerpo.

Me acerqué a la piscina. Metí un pie. La temperatura era la del propio cuerpo. Bajé la mirada, no podía con la suya. Qué martirio. Descendí peldaño a peldaño, posando los pies con infinita cautela. Me adentré lentamente en el agua, hasta tapizar de gotas el sugerente encaje y hacerlo invisible.

No sabía qué decir. Estaba aterrada por lo que podía ocurrir después.

—Acércate…

Acaté sus órdenes. Quedé sepultada en aquel pozo de sombras y velas. Aspiré profundo. No aguantaba la presión que mi editor ejercía sobre mí. Era tentador tenerlo tan cerca, para mí sola, pero mi cuerpo tiritaba y no quería que lo notara.

A un metro de distancia, apoyado en la pared del fondo, asió mis brazos y me arrimó hacia su cuerpo. Un palmo nos distanciaba. Puso sus manos sobre mi cabeza y me hundió en el agua, haciéndome desaparecer en un erótico bautizo. Me recordó a alguien del pasado. Me sacó iluminada por la luna láctea, con los ojos cerrados, desprevenida. Me ordenó el pelo con sus manos. Un escalofrío. Sus labios empapados de promesas se diluyeron en mi boca; y antes de que me diera tiempo a abrir los ojos, aún encharcados, ya había colado su lengua en mis labios.

Eché la cabeza hacia atrás instintivamente y la fuerza del agua acercó mi abdomen al suyo, y ya no tuve escapatoria, me agarró por la cintura. Aquel chico que me había robado el corazón en Madame Carotte estaba al alcance de mis manos. Observé su expresión cuando se separó de mí para mirarme un segundo.

—¿Cómo te sientes, pelirroja?

Un cosquilleo recorrió la punta de mi nariz, como cuando sentía unas ganas increíbles de llorar, fuera cual fuese el motivo. Mi corazón latía desbocado.

—Como tu piano… Con miedo a que me toquen después de tantos años…

—Quien ama el piano, no puede vivir sin tocarlo. Y he esperado hasta ahora para hacerlo.

¿Se trataba de una metáfora?

—Cecilia…

—¿Qué? —pregunté con voz pálida.

Deslizó lentamente su mano por mi cuello y lo inmovilizó para que no bajara la cabeza ante a lo que iba a proponerme. Cómo me impactaba su tacto mojado.

—Hazme creer todo lo que has escrito.

Su mano evitó que me perdiera en el azul pálido de la noche para cobijarme. Creí romperme.

—Sin cortarle las alas a la imaginación… Despacio… Sin prisas…

Las lágrimas se agolparon en mis ojos.

—¿Quieres marcharte?

Me sentí tentada a asentir.

—¿Quieres volver a casa?

—No —balbuceé con los labios tirantes, asustada.

Sentí el suelo de la piscina temblar bajo mis pies. De repente, en vez de en una torre, me sentí en una cripta. Mejor no pensar. Un terror placentero se deslizó por mis mejillas. Reconocí en mí cierta valentía.

—Puedo imaginarte hace años… Inocente, alegre…

Por primera vez desde que habíamos subido, me miró el escote; por la gravedad del agua, estaba alto y más firme que nunca. Como su sexo, que se clavó en mi pubis, como un revólver. Giré mis ojos en otra dirección.

—Tú me guías —dijo.

Estábamos sumergidos en una luz vaporosa de una noche lluviosa y clara.

—No, por favor, necesito que me ayudes, no he hecho esto antes.

Me sonrió con gravedad, como si pudiera leerme el alma de un vistazo.

Salió del agua, apoyando sus brazos y sentándose en el borde de la piscina. ¿Dónde iba? Su abultado e impúdico calzoncillo era la muestra de lo que me deseaba. Buscó una botella de champán que habían colocado a propósito en una pequeña mesa y cogió dos copas. Moët & Chandon Brut Impérial Rosé, de aromas a frutos rojos maduros, grosellas, frambuesas… Sacó dos cerezas rojas y maduras de un bol y las metió en las copas.

Dejó la bebida en el borde de la piscina y volvió sin salpicar al sitio del que se había ido. Descorchó el champán. El sonido se propagó por la torre como el fuego en contacto con la gasolina. Llenó las copas y me ofreció una.

—Brindemos.

—Esto me resulta más fácil…

Sonrió.

—Por habernos encontrado de nuevo.

Me miró con ojos remotos. Y yo me subí en la moto de Santa Agnès. Me alcé, implorando un segundo, una oportunidad de recuperar la voz. Chocamos nuestras copas.

Arrastré todo el líquido rosa hasta mi garganta. Le rogué que volviera a llenarme otra, sosteniéndome el estómago entre las manos. Mi corazón latía en el cuello.

—No quiero que te tambalees.

—Vale, pues igual yo ahora sí quiero que lo hagas tú.

Después de beber la segunda copa, me quitó el cristal de las manos, y lo apoyó junto a la fría botella, donde había dejado ya la suya.

Le hubiera soltado una sarta de tonterías para demorar el momento, pero ese hombre se había ganado mi mundo en pocas horas y quería dejar atrás las sonrisas rotas.

Me llevé la mano a los tirantes de la lencería que me había regalado y los dejé resbalar a lo largo de mi hombro izquierdo. Mis redondos pezones quedaron al descubierto; habían adoptado un color azulado y gélido. La mitad superior de mi vestimenta flotaba en el agua. Arnaud alargó una de sus manos y con asombrosa habilidad quitó los corchetes de mi entrepierna. Me hizo estremecer de placer. Dejó la tela enrollada en mis estrechas caderas. Su mirada me robaba el aire. La lluvia se volvió más intensa y mi pulso taquigráfico, alertada por la inactividad del lugar y la insuperable fachada de aquel rubio sin igual. Intenté ralentizar mi respiración.

Colgué mis brazos laxos en su cuello y comencé a besarle tímidamente en las comisuras de la boca, como dos besos entre desconocidos que se atraen. Había decidido esforzarme por cumplir su deseo. No quería que pensase que era una mojigata. ¿Sentiría él lo mismo, o se había encaprichado de mí como podía haberse encaprichado de su coche?

Su pene asomaba rígido por la cinturilla elástica del slip, rozando el hueso de la parte inferior de mi vientre. La sensación era inmensamente más gratificante que en cualquier párrafo de mi libro o en cualquier íntimo consuelo. Era como recuperar tu primer muñeco de nieve o enamorarse por primera vez. Siempre había pensado que ese momento sería como el de una bailarina que tiene un accidente: con terapia puede volver a andar, pero nunca más a bailar.

—No quiero volver a perderte, pequeña… —masculló con ternura.

Suspiré.

Con la vulva a punto de estallar, me sumergí en el agua, no inmediatamente: esperé un rato. Al bajar, arrastre con mis manos la breve tela de algodón hasta sus tobillos. Salí a respirar. Mordí su sorprendida boca. Cogí suficiente aire y descendí con diligencia y fervor hasta su miembro. Me aproximé y lo introduje en mi boca, como una porción de chocolate que chupas para que dure, y que a ratos mordisqueas sin apretar para intensificar su sabor. Su pene me recibía con creciente interés a medida que succionaba. De nuevo en la superficie, me devolvió un beso con devoción. Dentro del agua, descubrí cada marca y trazo de su sensible piel. Era una paradoja: me ahogaban sus dimensiones, pero me entusiasmaban su porte y firmeza. La piel de su glande se movía bajo mi generosa lengua en dos direcciones, pero temí lastimarle con mis dientes y busqué su boca con ferocidad para demostrarle que eso sólo lo hacía porque estaba loca por él, que, a su lado, no volvería jamás a compadecerme. Y esos ojos…

¿Qué tenían?

Me subió al borde de la piscina, junto al champán, cogiéndome por las axilas. Se acercó a mis genitales, imprimiendo su aliento en ellos durante unos segundos. Se apartó, para hacerme rabiar. Cogió una cereza de nuestras copas, la de mayor tamaño, y la alojó en su boca. Un heraldo de falsa primavera. La sacó plástica, caliente y embadurnada en saliva. Rozó con ella mi clítoris, acariciándolo; y luego a golpecitos. La introdujo en mi vagina sin pedir permiso, dejando el tallo fuera. Contuve un gemido. Se puso a jugar con la ramita en su boca; me costaba respirar y eso a él le gustaba. El agua que rebasaba la piscina mojaba su barbilla y me hacía cosquillas de calor. Sacó la cereza antes de que me abandonara a mis instintos y se la comió saboreándola. Me puse roja. Volvió a hundirse en mi sexo, vagó a lengüetazos por dentro y por fuera, con ojos líquidos, pero pedí que parara con voz ronca, porque no iba a ser capaz de controlar mis impulsos. Me lloraban los ojos.

Fingí estar fingiendo que no quería más.

—Así que ma petite Cècile no aguanta… Vaya… Me da tanta pena…

Salió del agua impulsándose con los brazos y se puso sobre mí, lanzándose al abismo de mi piel. Quemaba mucho y sabía lo que iba a ocurrir.

—Escúchame… —dijo en mi oído.

Lo observé con precaución.

—Te deseo tanto que podría irme ahora mismo si me lo pidieras…

Me secó las lágrimas que resbalaban por mis sienes hacia el suelo.

—Tengo miedo.

—No tienes por qué —dijo con voz dulce, como una torta untada en miel.

—No sé si puedo…

Me tapó los ojos con una de sus manos.

—Grita, que te oigan en recepción.

—¿Cómo voy a hacer eso? —repliqué sumida en la oscuridad de su palma mojada.

—Hazme ese último favor, Cecilia.

Aparté un mechón mojado de mi boca. Un chillido de viento acaparó la torre y pensé que iban a estallar los cristales.

Antes de que mi voz se extinguiera, lo sentí entrar.

¿Dolía?

No. No dolía.

Quitó su mano de mis ojos.

Su sexo devastaba mi cuerpo y sin embargo, una sensación de indescriptible felicidad me llenaba entera. Estaba pasando la prueba a la que pensé que jamás me enfrentaría después de haber sido violada con trece años, un día destinado a acabar en lluvia, perfumada en orquídeas y de manos del chico del que me había enamorado en mi playa de cubos de arena. Y nunca se lo había dicho a nadie, salvo a Noe, que bajaba de un tiovivo con la sonrisa de quien no conoce la traición. Mis padres sólo me vieron volver a casa llorando; y todavía hoy siguen pensando que mis lágrimas eran producto del rechazo de un chico que ahora ya no existía. Me negué a salir a la calle y aquella noche me lié a golpes con el colchón.

Mi francés cabalgaba con delicadeza, para no hacerme daño. Le cogí la cabeza y enredé mis ilusiones en su rubio cabello. No importaba que no admitieran devoluciones, después de aquello.

—Gracias… Gracias… Gracias…, —lloriqueé.

—¿Estás bien? Te juro que antes de lastimarte me quitaría la vida… —susurró con voz rasgada y sincera.

—Creo que sí… —gemí.

Nuestros jadeos se mezclaban con el ajetreo de la lluvia golpeando los cristales. Me puso en pie con una fuerza insólita y me llevó hasta ellos y aplastó mi pecho contra el vidrio. Estaba frío, cubierto de un vaho que mi pecho limpiaba con sus empujones. Aquella ceremonia de gotas me hacía sentir libre para hacer o decir lo que quisiera. La jodida lluvia: ese fenómeno transparente que podía jactarse de tener la facultad de adoptar una variedad interminable de formas y de colores. Y la de ese día era muy pura: purgaba cosas fatales.

—¿Te acuerdas de aquella noche? Cuando te tocaste para mí…

—No sé de que me hablas —mentí traviesa, entre quejidos.

—Es esto lo que me hubiera gustado hacerte…

Sacó el body por mis estrechas caderas, a modo de un cinturón sin hebilla. Su mano diestra se dirigió a mi clítoris, mientras su pene entraba y salía del todo: como si me estuviese haciendo el amor decenas de veces. Me giró noventa grados y me cogió en brazos. Hincó su cuerpo dentro del mío, con saña.

Sus sacudidas a horcajadas me cegaban de espasmos; no parecía costarle esfuerzo sostenerme. No estaba borracha, pese a lo que había bebido. El ritmo era un misterio perfecto; sabía cuando ir más rápido y más lento. Mi columna vertebral resbalaba en el cristal ante su desesperación por hacerme alcanzar la gloria.

Siendo una niña, a merced de un adolescente que cumplía años, me había sentido inaccesible: por más que me golpeaba traumáticamente sentía que tenía capas y más capas. Pero Arnaud conseguía penetrarme hondo y profundo en un rapto lírico, y yo me ensanchaba como una vasija de barro tierno.

Me follaba para hacerme olvidar hecatombes pasadas. Ahora estoy segura. Con una responsabilidad que creí que no le correspondía.

Me hervía el vientre y su vello púbico me hacía cosquillas eléctricas a cada embestida. Me apasionaba que se dedicara a mí por entero. Tenerlo incrustado en mi cuerpo me hacía sentir tan feliz y femenina que me olvidé por completo de tristezas pasadas.

Mi vida entera hubiera podido sintetizarse en esa noche. Maldita sea, no recordaba las veces que había buscado en los artículos de periódicos la cara de aquel chico, por si había repetido la hazaña con otra menor. A Noe le prohibí hablarme de él, aunque supe que continuó yendo a la playa cada verano. No obstante, sólo cuando su vida se extinguió en la cama de un hospital, recuperé algo de lo que había sido.

A partir de ese momento, mis días habían sido mezquinos y vacíos, pero el chico que paseaba en París como uno de los protagonistas de mi novela me había salvado de la alienación.

Y allí estaba yo, entregándome al amor, aceptándole sin rechistar con mi sexo suave y entreabierto. Era todo tan sublime que temí estar soñando y caerme de la cama. Arnaud me lamió el cuello y se rebeló contra mi vientre incrementando la velocidad.

La debilidad se apoderó de mí, estaba perdida. Me sumergí de repente en lo extraño. Pensé que se me iba la cabeza y perdía la conciencia.

Nos corrimos a la vez. Se volcó en mi escote, con vitalidad animal, acalorado y sentimental.

Caímos tal y como estábamos al suelo. Y yo reí a carcajadas, dolorida y paralizando su semen entre los músculos de mi vagina.

Le hablé con voz reposada.

—No conoces lo que es la piedad, ¿verdad?

—No quiero conocerla —me respondió con el pelo enmarañado—. Je n’ai pas été mauvais de toutes formes, mais j’il serai

Podría haberme hecho vieja con él. En ese momento deseaba tener su piel decrépita y flácida conmigo toda la vida. Pero a veces nos disponemos a estrellarnos, y no lo sabemos.

Bajamos en nuestros albornoces hasta la habitación, que olía a leña. Me tiró en la cama. Y me dio de comer dulces en un juego entre dos. Alguien había dejado una tetera, un azucarero y una jarrita de leche. Me tendió una taza de color crema, mientras me daba besos eternos. El inmenso espejo del techo del cuarto nos devolvía la imagen de unos enamorados y de una chica de mejillas sonrosadas. Él sonrió al observarme mirarnos desde el colchón. Creí que si se borraba su sonrisa, se borraría el mundo. Hubiera podido permanecer así una eternidad: comiendo cuando nos apetecía, atravesándonos con las miradas y besándonos sin decir dos palabras seguidas.

¿El amor era cerebro o corazón? En cuestión de días, Arnaud había reparado un corazón roto en el tiempo. O un cerebro enfermo. Una tarde de abril, había leído en la sala de espera de mi doctora, en una de esas revistas de neurociencia que sólo hojeas cuando quieres matar el tiempo, que enamorarse provocaba una sensación de euforia similar al consumo de cocaína. Yo no había probado la cocaína, pero el chico de los ojos grises me tenía drogada por completo.

Lo miré despacio. Por nada quería estropear ese trance que había merecido toda una vida de soledad.