III
EL CHICO DE LA PANADERÍA
La isla no era una porción de tierra, sino un estado de ánimo, y la casa payesa no era una casa al uso, custodiaba cosas sorprendentes. Al otro lado del jardín, se alzaba un anexo de madera diáfano que escondía una sala de ballet de suelo flexible, forrada de espejos, con techos altos de vigas de madera, barras, unas punteras colgadas en la pared, resina y un piano de cola oculto bajo una sábana. Por las noches, la luz se colaba en la estancia por las ventanas, creando reflejos de un poderoso color azul que dilataba el tiempo.
Me preparé arroz a la cubana. Hacía días que las temperaturas no bajaban tanto y me apetecía algo caliente. Colé el arroz recién hervido, lo bañé en agua fría y lo envolví en los olores de un apetitoso sofrito de cebolla, ajo, pimiento verde y vino blanco. En una sartén freí un par de huevos y los deslice sobre lo anterior, con el mimo y la distancia de quien sueña despierto.
Las gotas de agua golpeaban los cristales de la cocina, en cuyo centro se hallaba una mesa de pino de dimensiones medianas que contribuía a dar calidez de hogar a aquella habitación. Me sorprendí devorando el mediodía tardío y observando sin atención la lágrima que resbalaba en mi copa. Ensimismada.
En cuanto la comida me hubo devuelto el color de las mejillas, el cómodo sillón del fresco salón recogió el peso de mi cuerpo, que cayó en picado, dispuesto a dormir sin alarmas. Descolgué el teléfono y apagué el móvil.
A las siete de la tarde, los maullidos del pequeño de patas negras, como el betún de Judea, alojado en mis dominios, me despertaron de mi letargo. Al abrir de nuevo la comunicación, tenía veintisiete llamadas perdidas. Mi editor insistía en que debía atender a los medios, dar entrevistas. Por lo visto, me estaba convirtiendo en todo un fenómeno. Pasé todo lo que restaba de día pegada al auricular insistiendo en que no quería aparecer en ningún periódico, que todo lo que tenía que decir estaba en el libro. Acabé exhausta. Antes de recogerme en la habitación, me embadurné generosamente en hidratante de aceite de oliva; en ese mismo instante, llamó Valeria.
—¡Cecilia! —chilló desde el otro lado del auricular.
—¡Valeria! ¡Que me vas a dejar sorda! —respondí divertida.
—Esto se me está haciendo cuesta arriba, ya no aguanto más, nena. Necesito achicharrarme y no pegar ni golpe. Esta semana acabamos con las chirigotas estas y en nada nos tienes ahí para volverte loca.
—Que sepas que no pienso cambiarme de habitación, me he hecho fuerte y me he agenciado la habitación grande, así que os las apañáis con la añil —la chinché—. Además —proseguí—. ¡Me he echado compañía! —le insinué no sin poco sentido del humor.
—¡No! No me lo creo… ¡Espera! ¡No me lo digas! ¿El perroflauta de la tienda de antigüedades?
—Frío.
—¡No! Ya sé, ese que te regala los bollos de leche, el de los pantalones harinosos —intentó adivinar sin éxito.
—No seas boba —contesté—. Si ni siquiera me habla…
—Debes decírmelo… no me puedes dejar así. ¿Y si se estrella el avión? ¿Y si es un loco que te quiere asesinar? ¡Nadie daría con su paradero! —se burló.
A kilómetros de distancia, intuí su mueca irónica y caprichosa.
—Entonces, ¿cuándo dices que dejaréis caer vuestro culo por este lugar? —cambié de tema.
—La semana que viene. ¡Ay! ¡Por favor! ¡Qué ganas! Cuento los minutos que quedan, ya me he hecho incluso la maleta. Y la de Ezequiel. Las tengo a las dos en el pasillo, mirándome con ojos tiernos —contestó. Se calló y rió casi al mismo tiempo—. Andaaaa, ¡desembucha!
—¡Te cuelgo! —chillé—. Y contestando a tu pregunta: de tamaño, pequeño…
Noté la decepción a kilómetros de distancia. Contuve la risa.
Nos despedimos unos minutos después. La semana siguiente, finalmente, Valeria regresaría a su amada isla de verano. Me apetecía mucho reencontrarme con ella.
Días más tarde, me introduje eufórica en casa para preparar divertida el pastel de patata y atún, el plato favorito de Valeria, que regresaba esa misma noche junto a Ezequiel para disfrutar los dos de su mes de vacaciones en la isla pitiusa. La casa payesa pertenecía a la madre de Val, una bailarina que había hecho lo indecible por inculcarle a su hija el gusto por la danza y que se había trasladado a Estocolmo al casarse de segundas nupcias. Valeria se decantó por la música. Por el violonchelo. La filarmónica de San Petersburgo, bajo la dirección de Yuri Temirkánov, la había adoptado en su seno y pasaba la mayor parte del tiempo viajando y fuera de casa, aguardando el calor estival de Ibiza.
Humo rondaba la cocina. Maullaba ante la explosión de sabores gloriosos que se estaba cocinando en aquella ala de la casa. Sobre la encimera de la cocina, un botijo de barro colmado de agua fresca para no desfallecer ante tanto trajín. Al fondo, un tocadiscos antiguo reproducía un bello tango argentino. Entre fogones y tiempos, también un caldo de pescado para el bullit de peix. En un típico mortero de pueblo, reposaba una picada con azafrán, ajo, perejil, almendras tostadas y trocitos de pan. En un bol, patatas peladas y cortadas a cuartos junto a los pescados de roca. Rotjas, rape, arañas, mero, rascasas saltaban hirviendo, para complacer el paladar, en un constante tintineo de ollas y sartenes.
Pensé en Charlotte. No estaba en casa, se había marchado unos días fuera con Leo. Me sentía serena, tranquila. Pocas veces bajaba la guardia y me dejaba mecer por el compás de los minutos. Pero así era en este mediodía de luz. No eran pocas las noches que una cortina de humo me envolvía infinita sin avisar, me sumía en un tren de taquicardias, sudores fríos, agotamiento e irrealidad que me devolvía los fantasmas del pasado. Instantes dilatados que no se lavaban con jabón de tajo. Ni siquiera con el agua pura de la lluvia. Mi obsesión.
Decidí bajar al centro de la isla y así hacer tiempo hasta la noche. Compré un par de baguettes en la panadería más singular del pueblecito blanco. Las estanterías cobijaban panes para todos los gustos. Había cola. Cuando llegó mi turno, el chico de pupilas tristes y pantalones harinosos me obsequió con otra hornada de deliciosos bollos de leche. Juraría que me había rozado la mano al hacerlo, mis cabellos velaban mi cara y no pude verlo. También al darme las vueltas de mi compra. En esta ocasión, los segundos fueron eternos. Pero había vuelto a comprar en el mismo lugar. A enfrentarme a una simple mirada masculina. Sin escabullirme. Sin que me doliera casi. Todo un triunfo El clima cálido me volvía resbaladiza, terrenal. Me empujaba a desear cosas sencillas y se convertía en un remedio contra la locura y un alivio para los terrores. Esas temperaturas me animaban a disfrutar del dulce bollo de azúcar, del hilo azul del mar al fondo de los laberintos de calles encaladas o del sonido de las gaviotas. Y por qué no, del leve roce de esas manos delicadas pero rudas, cálidas pero desconocidas, y de la atrevida propuesta que se adivinaba en aquel chico. Me llevé las manos a la nariz, acercándome al peligro de dejarme llevar. Intuí un ligero aroma a almizcle púrpura oscuro, seco, suave y untuoso. Poderoso entre deliciosos olores de harina y magdalenas.
Una ráfaga de aire inexistente me puso la piel de gallina. Después de tantos años, me pareció que una porción de mí se esforzaba en plantarle cara a las serpientes de mi cama de niña, al hombre sin rostro que se escondía tras la cortina y a la soledad del cuarto vacío. Con cautela.
Cuando alcancé la tienda artesana de alpargatas, Braulio, su dueño, un hombre decidido a no jubilarse por el amor que dispensaba a su oficio y con un baúl a sus espaldas lleno de historias, me llamó desde la puerta, me guiñó el ojo y se introdujo en la trastienda. En sus agrietadas manos sostenía unas preciosas alpargatas rojas, con largas cintas, distintas a todas las que había visto. Dijo que eran para mí. Para que no me olvidara de mis dulces años de cuentos de zapatillas rojas. A los pocos meses de mi llegada a la isla, había pasado toda una tarde ociosa hablando con él de días infantiles de pegamentos y recortables, justo cuando estaba en el ecuador de la turbulenta historia de Ada que tejían mis dedos por aquellos días. Prometí acercarle un ejemplar de mi libro, le devolví su amabilidad con una inclinación de cabeza y abandoné aquel lugar de pisadas con una sonrisa en los labios.
Me deslicé rápida por la pendiente de piedras, cargada de bolsas. Me imaginé dual. Dramática y alegre, tímida y extrovertida, buena y mala, oscura y transparente, compleja y simple, deseada y olvidada. Con esto no hacía más que subrayar mi fragilidad. Mi vulnerabilidad. Pero con una sola idea, arriver au bout (llegar a la meta). Volví a subir a través de las calles.
En este capítulo de mi vida de desintoxicación emocional, los días eran muy diferentes, pero el denominador común era llevar la ofensiva en el tablero de ajedrez de mi mente.
El termómetro estaba casi en su cima y me desprendí de mis bolsas, mi bolso y mis sandalias de cuero en la plaza de Vila, en las garras del castillo, dentro del recinto amurallado. Estaba seca. Mis músculos se dibujaban bajo mi vestido lánguido y sudado. Tomé asiento en la terraza. Envolví gran parte de mi pelo en un moño bajo y esperé a que se acercara el camarero. El bar estaba repleto de turistas, los meses de verano eran un hervidero de recién llegados. Posiblemente por eso, cuando me dispuse a dar un sorbo a mi fría cerveza no advertí su mirada. Sin su delantal no lo había reconocido. El chico de ojos tristes sonrió. Me sorprendí relamiéndome los labios en un acto de valentía. Me detuve a observarlo sin temor. Por un momento deseé poder compartir aquel momento con él. Así que cuando se acercó a mi mesa y me preguntó si podía sentarse, le pedí por favor que lo hiciera.
—Disculpa… —titubeó para que le dijera mi nombre.
—Cecilia —sonreí tímida, aunque risueña.
—Un placer, soy el chico de los bollos. Acabo de salir de currar, necesitaba tomar algo.
Sin darme tiempo a reaccionar, me estampó un beso en la mejilla. Sólo uno.
—¿Qué haces aquí sola? ¿Esperabas a alguien?
—La verdad es que no, estaba comprando y organizando la cena de esta noche; vienen unos amigos a casa a pasar sus vacaciones, pero me supera este calor, yo también necesitaba recargar pilas… Óscar —recordé la firma de su delantal.
Había agachado la vista tantas veces en la panadería para no cruzar miradas que en varias ocasiones había ido a darme de bruces con su nombre.
—Me gusta que sepas cómo me llamo. Me tranquiliza saber que haberme sentado aquí no es una locura, si sabes mi nombre, significa que no somos unos absolutos desconocidos…
—Supongo —asentí, no sin una punzada de nerviosismo en la voz—. ¿Te apetece algo más de beber? —le pregunté apartando enseguida la mirada.
—Tomaré lo que tú tomes —contestó con seguridad.
Necesitaba alcohol para no hacer un juicio de valor a tiempo real de la situación. Avisé al camarero y le pedí otras dos cervezas. Y unas aceitunas.
—Y unas patatas, de las de Salinas del otro día —pidió Óscar—. Ya verás, son increíbles.
Hablamos hasta agotarnos, de todo y de nada en particular. Bebimos. Reímos. Era tarde. Valeria y Ezequiel debían estar a punto de llegar. Pero no quería marcharme sola. Ese día no. Y él no parecía querer soltarme tan fácilmente. Hacía tiempo que no estaba tan a gusto. Y menos con un hombre. Así que le propuse que me acompañara a casa para seguir charlando. Le presentaría a la parejita feliz, a mis amigos. Total, ellos pensaban que estaba liada con alguien. Tampoco era un hecho tan insólito aparecer con Óscar. Creo que a la única que le resultaba extraño era a mí. Fue así como el panadero subió a lomos de mi moto y con él agarrándose con fuerza a mi cintura, corrí veloz hacia el norte. Con toda la carretera por delante.
Llegamos diez minutos antes de que aparecieran los veraneantes. Entre pisotones y carcajadas intentamos presentar una mesa decente para recibir a los invitados. Sólo que esta vez seríamos cuatro y no tres. Volaban las servilletas, sorteábamos a Humo y se nos cayeron dos cubiertos al suelo que fueron a parar maliciosamente al hueco de Ezequiel. Hinchamos globos de colores y encendimos el horno para calentar la cena. De repente, el timbre y los abrazos. Las presentaciones y las caras de agotamiento. La alegría y el hambre. A lo lejos, en la cocina, nos esperaban el pastel de patata, el bullit de peix y el calor de la buena compañía.
Tras horas de sonidos de platos, copas, chistes y canciones trasnochadas, Valeria y Ezequiel se despidieron de nosotros.
—¿Con que no era el de la panadería, eh? —farfulló Valeria dándome una palmada en el culo—. Me encanta. Si te aburres me lo subes a la habitación —bromeó.
Se alejó con ojos cansados y una sonrisa de oreja a oreja.
Una vez Can Calèndula se hubo calmado, me asomé al jardín. Penetré en la oscuridad y le pedí a Óscar que me siguiera.
—¿A dónde vamos?
—Paciencia. Ya lo verás —dije armándome de valor.
Conduje al chico de ojos tristes de la mano hasta el borde de la piscina de baldosas antiguas, oculta entre los árboles que desnudaban sus hojas dentro. Hundí mi mano en el agua oscura y me mojé la nuca. El cielo estaba bañado por infinidad de estrellas; habría podido distinguir cada una de las constelaciones del firmamento si hubiera tenido idea alguna de astronomía. Silencio. Decidimos tumbarnos a admirar ese regalo de la naturaleza, juntos, concentrados en la luna y en nuestra propia respiración. Callados. Pero el calor era insoportable. En un impulso nada malintencionado, estoy segura de ello, Óscar se despojó de la ropa. Y animándome a hacer lo mismo, se introdujo sin ruido en la piscina. Era bonito ver a alguien disfrutar de la noche, probablemente también de la vida, con tanta intensidad que mis celos no me permitieron ser menos. En su mirada no había indicios de melancolía, ni tragedia tras sus pupilas. Desabotoné mi vestido largo, cargado de olores de tarde. Decidí no quitármelo y vacilé sin saber cómo continuar. Al final me sumergí entre telas alborotadas dentro de esa balsa de cobre que acogió nuestras siluetas nocturnas, hechizadas y enamoradas no de ellas, sino del tiempo suspendido.
Óscar me tendió la mano.
Suspiré.
Bajo la dirección del panadero artesano, solo, en la esquina izquierda de la piscina y escondido a la sombra de una inmensa dama de noche y sus efluvios, me acerqué muy lentamente buceando como si de un túnel interminable se tratara, hasta que noté que extendía los brazos para recibirme. No quise cambiar el rumbo de la pálida noche.
—Tú querías acción, ¿no? —me dijo a medio camino entre la debilidad por besarme y el eco de mis risas durante la cena.
Me encogí de hombros, más tímida que nunca.
—Bueno…
Me silenció quebrando la distancia de seguridad con un abrazo. Percibí su cuerpo con total claridad. Nunca antes había estado tan cerca de ningún hombre. Iba a decir algo, pero ya no pude, se acercó más todavía. Me resistí sin ganas. Me leyó el pensamiento. Me sujetó la barbilla y me observó con un brillo en los ojos que horadaba la oscuridad. Permanecí inmóvil. A continuación, separó mis labios con las yemas de sus dedos y preparó el terreno para acomodar los suyos.
—A lo mejor no te gusta —dijo—. O a lo mejor, sí.
No tenía respuesta para aquello, sólo la de mi cuerpo. Cerré los ojos y permití que el chico de los bollos de leche me besara. La saliva salía y entraba, en la piscina convertida en ciénaga por las luces de la noche. Acabamos sobre el suelo de madera del anexo, abierto de par en par hacia el cielo. Una carambola de besos y abrazos sobre tejidos. Sólo eso, y ya era mucho para mí. Él debió notarlo porque no insistió. En silencio, permanecimos abrazados hasta quedarnos dormidos.
Al amanecer, se vistió en silencio. Le observé mientras deslizaba por sus estilizadas piernas los vaqueros desgastados y la camiseta cedida y lánguida de verano. Me dedicó una sonrisa con sus ojos melancólicos, los dos supimos que no nos volveríamos a ver de esa manera. Él seguiría siendo el chico de los bollos de leche y yo la chica tímida de las vueltas temblorosas. Me besó en la frente, me pellizcó la nariz en un gesto protector. Y se marchó.