XVI
GEORGETTE
A pesar de mi estado de aturdimiento y enajenación, me obligué a aceptar la invitación de Aurora para la segunda comida de mujeres, esta vez en casa de la golosa Georgette.
Tras cruzar a pie la transitada Rue Tolbiac, torcimos a la derecha y me remonté al pasado en la Square des Peupliers, jadeando bajo mi abrigo y acompañada de la acogedora sonrisa de Aurora. Nuestros pasos nos llevaron hasta el 23. Allí nos esperaban Georgette, la coqueta Fabienne y la tímida Angela. Me adentré en esa plaza en la que resonaban pisadas de otras décadas.
Hice un esfuerzo por salir de mí misma y atender a lo que me rodeaba. Aurora me señalaba la fascinante casa de cuento de Georgette y me preguntaba si quería, antes de entrar, echar un vistazo al resto del callejón. Un público fantasma me abucheó con hostilidad por mi falta de concentración. Reprimí mis ganas de encenderme un cigarrillo. Aurora me miró. Nos sonreímos con mutua simpatía. Aquel meandro aislado me revelaba un París distinto a otros. Imaginé aquellas singulares casas iluminadas por las encantadoras farolas doradas que adornaban el fantasioso paisaje de muros cubiertos por caóticas enredaderas. El ambiente rústico de aquellas callecitas que contaban con bonitos jardines cuajados de vegetación y preciosos porches art nouveau invitaban a escuchar historias interminables a los pies de una chimenea.
Regresamos sobre nuestros pasos hasta el número 23. Cerré los ojos. Mis sentidos se dispararon. La casa parecía un claro dentro del bosque. Arbustos grandes y perennes de espinos de fuego rodeaban la vivienda, con sus dolorosos frutos rojos, que maduran del fin de verano al otoño, y parecen una pequeña manzana.
—Tienen propiedades astringentes y se los comen numerosos pájaros; sin embargo, Georgette los cocina y hace jaleas, mermeladas… Haría pasteles hasta con una piedra —me explicó Aurora al observarme embelesada mirándolos.
La casa era como esas casas de abuelas perfectas de principio a fin, y que huelen a pastas, cortezas de limón y mantequilla. Admiré los sombreros de la entrada con forma de amapola, la disposición de los muebles, los detalles, los manteles de minúsculas flores, las servilletas de tela y el tictac seco de un enorme reloj de pared. Una delicia de hogar que nos daba la bienvenida provocando sensaciones contradictorias, como cuando llueve y luce el sol al mismo tiempo. Por sus pasillos podría haber aparecido una muchacha hecha de vainilla y con canto de ruiseñor.
Las amigas de Aurora me envolvieron en besos como pompas de jabón. Georgette, con su chaqueta rosa y un collar de perlas, estaba encantada de que hubiese acudido, incluso insistió en ofrecerme uno de sus caramelos para la tos. Ella parecía pasar los días desgastando en azúcar su deslumbrante dentadura postiza. Sus mejillas sonrosadas subían y bajaban al compás de su voz. Escuché a lo lejos el hermoso sonido de una campana de iglesia.
¡Qué distinto aquel lugar respecto al salón de mi editor! Un cosquilleo indescriptible recorrió mis largas piernas. Como una sopa de erizos picante vertida sobre mis rodillas. Me asomé a la calle. Mi nariz se alzó hacia el cielo. Un inexistente relámpago atravesó en eslalon las cortinas almibaradas de casa de Georgette y me fue a dar de lleno en el corazón.
Me instalé en el salón abarrotado de libros. La sombra de mi editor apareció rondando el café.
Todavía podía oír la taza roja golpeando la mesa y sentir sus bellos ojos atormentados. Me vi tentada a volver corriendo, deprisa, hasta la habitación donde flotaban partículas suspendidas y malgastar mi último aliento en ver cómo respondía a mi tacto si succionaba sus hombros, su robusto cuello y los elásticos lóbulos de sus pequeñas orejas. Aquel hombre encarnaba todos los peligros de una vida de ilusiones. No quería perderme nada que tuviera que ver con él.
Acudí a la cocina y ayudé a terminar de poner la mesa. Primero, me lavé las manos en el fregadero con agua caliente. Una melodiosa música antigua susurraba desde el alféizar. Curioseé bajo una tela de cuadraditos que se asomaba en la encimera y olfateé un pastel de zanahoria que tenía una pinta extraordinaria.
Georgette colocó una cazuela gigante en mitad de la mesa. Tomamos crema de castañas, solomillo relleno y té. La anfitriona llenaba mi plato hasta los bordes, empeñada en complacerme y hacerme ganar unos kilos. Me dijo en varias ocasiones que a los hombres no les gustan nada las chicas delgaditas. Su cara era curiosa y sincera, pendiente de que no dejara ni un gramo de comida en el plato. Fabienne y Angela se reían, cómplices.
Fui la encargada de llevar a la mesa la tarta. Georgette, como buena anfitriona, me sirvió una porción desmesurada del delicioso postre. No paraba de repetirme, agarrándome de los mofletes como las tías chifladas, que unos días en su casa serían más que suficientes para que luciera lustrosa. ¿Deseaba hacerme a la brasa? Un súbito ataque de hipo cortó de raíz la frase que acababa de comenzar. Una orquesta de armónicas risas, entre ellas la mía, coparon el abigarrado comedor, por encima de la música procedente del transistor de la cocina.
Me marché de allí rodando y con el diafragma contrayéndose involuntariamente. Aurora se quedó con sus amigas, tenían pensado jugar a las cartas hasta tarde. De camino hacia la Rue Lagarde, peces escurridizos coleaban por mis frágiles muñecas, se me aceleraba el pulso al recordar al chico de los ojos grises que me había citado al día siguiente. Deseaba que mañana fuera ya una realidad.
La tarde desapareció lentamente en mi ático, y aunque ya no necesitaba disimular, me resistí a bajar las persianas. Pasé casi toda la tarde recreando mi encuentro en el iPad. Lo describí todo. Absolutamente todo. Al igual que hacen esos enfermos sin referencia que, al despertar con los primeros rayos de luz, han olvidado quién son. A donde quiera que fuese, hiciese lo que hiciese y sintiera lo que sintiera, pensaba dejarlo por escrito.
El otoño me daba la oportunidad de ser la autora más entregada de la editorial. Me esforzaría cada noche en revivir mi realidad, confeccionada con jirones de mí misma. No quería un baile de máscaras, frívolo y trivial, sino mi vida, un diario fascículo a fascículo. Y estaba dispuesta a hacer lo que estuviera en mis manos para que no sonara hueco o superficial.
Cebada por Georgette, me limité a cenar fruta. Me lavé los dientes.
La oscuridad del domingo me hizo desear con fuerza desenredar su pelo mojado con los dedos, el de aquella noche en la que caminaba por la acera de Madame Carotte como si su único objetivo fuera que yo le viese. Maldita sea, qué difícil había sido resistir el contacto visual en sus dominios… Y en aquel momento, en la cobardía de la distancia y de no tenerlo ahí, en camiseta, cuántas cosas se me ocurrían que le podría haber susurrado con mi vestido impecable y una voz aflautada e infantil…
Justo en ese momento recibí un mensaje en el móvil.
Arnaud, Larmes de Crocodile
A las 5 paso a buscarte. Vete a dormir.
Arnaud
Palidecí. Mi pulso ascendió por una escarpada montaña. A las 5 en punto… Desde luego, sería puntual, era imposible llegar tarde. Dejé caer los párpados, casi podía escuchar su respiración al otro lado de las ventanas. «Vete a dormir».
¿Quién decía que no estuviese ya durmiendo?
Deje caer mi pelo alborotado seductoramente sobre un hombro, me mordí el labio y abandoné el salón con sigilo, hasta la cama.
Al rato recibí otro mensaje.
Arnaud, Larmes de Crocodile.
Buena chica.
Fue complicado dormirme, si es que llegué a hacerlo. Aquello había sido toda una declaración de intenciones. O quizá estaba tratando de estimular mi escritura… Lo que era innegable es que los dos estábamos al corriente de lo que sucedía, pero ninguno dispuesto a hablar de ello. Seguiríamos disimulando. Algo me abrasó por dentro.
A mitad de noche sentí ganas de ir al baño. Mi pijama descansaba en la lavadora y había tenido que acostarme en bragas. Me apresuré a ponerme la sábana lechosa por encima antes de levantarme, pero pronto pensé que de esa manera, si él no dormía, podía creer que yo pensaba que se escondía tras las lamas de madera. Me armé de valor y atravesé el pasillo en penumbra, apenas iluminado por el resplandor de la luna. Probablemente ya me hubiese visto a plena luz del día, pero yo no había sido consciente. Ahora era distinto. El rubor de mis mejillas se vio sofocado por la luz azul. Libros en procesión escoltaban mi paso en medio de la noche. Había pasado una tarde entera hojeando las páginas de aquellos libros viejos de literatura francesa, novelas eróticas de prostitutas sin rostro en grandes colchas, largos poemas y obras clásicas.
Una tarde había escogido uno de poemas. Uno que me había llamado especialmente la atención era de Vladimir Nabokov, L’inconnue de la Seine. El autor revivía un drama anónimo que se hizo leyenda, el de una muerte que salvó vidas. A finales del siglo XIX, en París, el depósito de cadáveres era un lugar muy concurrido. Centenares de personas acudían a la morgue cada día para gozar del macabro espectáculo. Sobre mesas inclinadas de mármol negro, exponían al público, tras un cristal, los cadáveres no identificados con la esperanza de que alguien los reconociera.
Hasta allí llegó el cuerpo de una joven recuperado del río Sena, en el Quai du Louvre, a finales de la década de 1880. Cuentan que la joven lo tenía todo salvo el amor correspondido. Pero ni siquiera sus increíbles rasgos, los latigazos de envidia en la mirada de las mujeres por los bulevares o los piropos de los muchachos fueron suficiente alivio para el tormento que la llevó una noche a poner sus minúsculos pies al borde del embarcadero antes de mirar un París dolorosamente perfecto y saltar a las aguas negras del Sena, forjando sin quererlo una leyenda magnífica.
La cara de la bella desconocida no tardó en generar cierta curiosidad por su encanto macabro y por esa sonrisa enigmática suspendida en la boca como un signo de interrogación sutil, cálido y al tiempo inquietante. La bautizaron con el nombre de «La desconocida del Sena».
Nadie de todos los que pasaron por allí la reconoció, ni se supo jamás su nombre. Los médicos forenses certificaron que su cuerpo menudo no presentaba heridas ni signos de lucha, con lo que concluyeron que la mujer se había suicidado. Uno de los trabajadores de la morgue no se resistió a los encantos de su rostro y decidió hacerle una máscara mortuoria para conservar aquella expresión cautivadora. A finales del siglo XIX, cuentan que el maestro modelador Michel Lorenzi creó una imagen cuya fotografía decoraría los salones de París, después de toda Francia y más tarde, de Europa.
De este modo, la desconocida se convirtió en un cadáver ilustre e inspiró algunos poemas, como el que eligieron mis manos en esa tarde visitada por un cielo color piedra. Desde entonces su recuerdo quedó fijo en mi memoria. Me sentía hermana de aquella desventurada, unidas las dos por un tormento que a ella la había hecho saltar al abismo. Yo, en cambio, sabía que haría lo imposible por sobrevivir.
Ni siquiera encendí la luz del baño. Estaba nerviosa, impaciente, tal vez excitada. Regresé por el mismo pasillo hasta mi cama, tiritando de frío y del placer indescriptible de pensar que quizás, sólo quizás, estaba siendo observada por él.
Me hubiese gustado ser capaz de pedirle cobijo bajo las sábanas de su cama. Volví a las mías. Pensé en aquella bella mujer del Sena. Quizás ella hubiese deseado quedarse hermosa en el fondo y jamás regresar a la superficie.