IX
AURORA
Dejé el pincel del pintauñas dentro del botecito de esmalte amarillo. Esperé religiosamente los sesenta segundos que indicaban las instrucciones. Dos días habían transcurrido desde mi reunión con el editor en el café Ladurée y aún no había escrito ni una sola palabra. Me había dedicado a recorrer París, todos y cada uno de los lugares que ocupaban pasajes de mi libro y que Charlotte me había enseñado a amar a través de sus historias. Ni rastro del hotel.
Me vestí tranquilamente y me dispuse a bajar las escaleras que olían a dulce desde que llegué. Al dejar atrás el tercer piso, escuché de nuevo aquel sonido. Se abrió una puerta. Una mujer mayor, la viva imagen de una Vivienne Westwood algo más envejecida, con el pelo de un fantasioso color calabaza y ojos brillantes, me llamaba desde lo alto.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —contesté, dándome cuenta segundos más tarde de que se expresaba en mi idioma.
Noté enseguida que no era la típica vecina a la que se le podía engañar y no pude hacer otra cosa que disculparme por lo del primer día, avergonzada.
—Siento mucho lo de los huevos, soy un desastre; la verdad es que resbalé, no los vi; llamé, iba cargada y cuando bajé a recogerlos, ya no estaban…
No contestó. Vivienne Westwood me observaba implacable en la puerta, con sus extravagantes ojos azul oscuro, bajo un eyeliner lila y enmarcados por unas cejas perfiladas en rosa oscuro. Tenía un aire teatral. Me puse colorada. Iba vestida con una bata gris cruzada y de sus cedidos lóbulos colgaban dos inmensos pendientes que debían de costar una barbaridad.
—Pase, joven, tenemos que arreglar cuentas —me dijo en un tono serio vocalizando cuidadosamente con sus finos labios rojo oscuro.
Ascendí apesadumbrada los seis escalones que me separaban del tercer piso. Me sentía como una niña que debe obedecer tras haber hecho algo malo. Madre del amor hermoso, me dije, estas abuelas estrafalarias no se andan con tonterías, me iba a caer buen rapapolvo. Pensé en salir corriendo, miré atrás, aún estaba a tiempo.
—Por aquí —me indicó.
Entré sin rechistar. Cerró la puerta agujerada por esa chivata e impertinente mirilla.
La seguí a través de un oscuro pasillo que olía a recuerdos y a dulces. Quizás se tratara de la malvada bruja de Hansel y Gretel y había decidido retenerme entre aquellas paredes como castigo por haber destrozado aquellos malditos huevos. ¿Así iba a terminar mi periplo por Francia? Me asusté. Ni siquiera había dejado un rastro de migas de la baguette de esa mañana, ni del delicioso pastel de higos que a punto estaba de acabarse. Clemencia. Miré mis largos y delgados dedos de uñas amarillas en ese corredor sin luz. Me dispuse a escapar, llevándome aquellas piedras preciosas que oscilaban en sus orejas, cuando su voz interrumpió mis pensamientos.
—Disculpe que no haya dado la luz, sufro unas migrañas horrorosas, pero ya casi se me ha pasado el dolor.
—¿Dónde ha aprendido mi idioma? ¿Cómo sabe que soy española?
Sonrió.
Subió las persianas. La luz reveló un encantador salón anclado en el tiempo en el que Charlotte habría disfrutado como una criatura. Recordaba a una de esas excesivas tiendas decimonónicas. Las telas de época, las flores, las paredes pintadas, la chimenea, la terraza soleada, los confortables sillones de cuero, los candelabros de plata, las pinturas de damas borrosas y miradas vacías. Una invitación a dejarse seducir por el encanto fantasmagórico y el refinamiento del siglo XVIII parisino emanaba de cada rincón de aquel piso.
Después de todo, la maquiavélica bruja de pelo calabaza destilaba buen gusto decorando su casa.
—Tenía mucha curiosidad por conocerla, señorita… La esperaba.
La miré perpleja.
—El vecino del quinto se ha tomado muchas molestias estas últimas semanas por arreglar el ático. He acabado desquiciada con tanto ruido. Verá, aquellos muchachos, los obreros, debieron de tirar hasta las paredes… Ha sido insufrible. Cuando el ruido es insoportable ni las pastillas consiguen que la cabeza deje de molestar.
—¿El chico del quinto? ¿Qué chico del quinto? Yo no he visto a ningún chico en el quinto. Sólo vivo yo.
—Fue él el que dejó los huevos en mi rellano —me dijo en cierta manera divertida, mientras se tocaba uno de los pendientes—. A Claudine, la pintora que se hospeda en el 3.º B, aquel día, hace un par de años, se le habían acabado los huevos y vino a pedirme unos cuantos. Al día siguiente, no era necesario, pero me había comprado una docena. Yo había salido con mis amigas a tomar pastas y té, así que los dejó en el suelo, al pie de la puerta. Al igual que usted, también él tropezó. Desde entonces, no hay día, a no ser que viaje, que no me deje un cartón junto a la puerta. No siempre está lleno, a veces sólo hay uno o dos… si no, podría haber puesto una tienda. Siempre lo hace a primera hora de la mañana. Sabe que si llama, me negaré a aceptarlos.
Me pareció un gesto entrañable. Quería escuchar más.
—Se trata de un tipo reservado. Una vez, conseguí que aceptara mi invitación, le ofrecí una generosa porción del pastel de frambuesa que mi marido saboreaba siempre después de comer.
—¿Siguen juntos?
—Murió hace cinco años, de una bronquitis.
Vaya, ¡cómo no podía imaginar algo así!
—Era un francés encantador… Sigo cocinando ese pastel a diario, para eso son los huevos, el olor hace que parezca que sus zapatillas de felpa azul marino todavía pasean por este hogar, llenas de hilos cortados de las prendas que a veces coso. ¿Desea probarlo?
—Por supuesto.
—Tomaré también un café, me alivia la cabeza, ¿quiere que le prepare otro? —me preguntó fijando en mi rostro su vítrea mirada.
—Se lo agradezco.
No pude negarme. Me fascinaba que aquella señora fuera todavía capaz de enhebrar ella sola una aguja, si yo con la visión intacta era una calamidad cuando intentaba coser un botón como Dios manda.
Se alejó sonriente, incluso agradecida, y apareció por la puerta con una bandeja de plata en la que reposaba un pastel que tenía una pinta espectacular. Vació una cafetera en dos tazas, y me tendió una divertida vaca de porcelana que escupía leche, por si quería un poco. Ese café era el que perfumaba la atmósfera del edificio. Cogí una de las dos servilletas de exquisita tela que reposaban sobre la bandeja.
—Siempre horneo para dos. Al final del día, lo tiro. No me acostumbro a cocinar para mí sola y mis amigas están hasta la coronilla del dichoso postre y siempre a dieta; pese a ser muy golosas, son tremendamente presumidas; luego está el tema del azúcar… Ya ve, a nuestra edad… Este año cumpliré ochenta y dos, aunque ellas piensan que tengo setenta y siete —sonrió.
—¿No tiene hijos?
—No —contestó algo apenada.
¿Para qué habría preguntado nada? De nuevo mis palabras eran más rápidas que mi cabeza.
Recuperó al vecino entre bocados.
—Me dijo que trabajaba en una editorial. Arnaud es un tipo muy peculiar… Así, joven, como usted. Cuando apareció, pensé que sería algún familiar, tal vez su novia…
Me estremecí.
Ohhh ¡Arnaud! ¿Arnaud era mi vecino? ¿El mismo que había orquestado todo? ¿El mismo que estaba detrás de toda esta locura? ¿Vivienne Westwood había dicho «peculiar»? ¿Qué le hacía peculiar? Miles de preguntas se agolparon en mi mente.
—Llevo años viviendo en el número 3. Nadie ha vivido en la quinta planta desde hace años, las dos viviendas pertenecían a una familia de Lyon, que jamás vino a París; así que decidieron restaurarlas y sacarlas a la venta… Por eso me extrañó que pusieran todo de nuevo patas arriba. —Se atusó el pelo—. Pero los jóvenes tenéis unos gustos extraños…
Imaginé el motivo… Mi cabeza procesaba todo aquello a gran velocidad. Aquella revelación me había dejado estupefacta. Cogí la cucharilla y mareé el café, una y otra vez, absorta en la conversación.
—Entonces, si no es familia, ni su novia, ¿es usted escritora? ¿Trabaja para él?
—¿Para él? Sí, supongo, de alguna manera, así es —me sonrojé—. Acabo de publicar mi primera novela —contesté—. Pero se lo ruego, tutéeme. ¿Cómo se llama?
—Aurora; perdona, no me he presentado.
—Me acabo de dar cuenta de que yo tampoco. Cecilia.
Reímos mientras el sol nos acariciaba la piel y los pendientes de Aurora creaban preciosos destellos de luz.
—Encantada, Cecilia… Bonito nombre.
—Aurora es un nombre español… —dije curiosa.
Sonrió afable.
—Nací en España, viví allí hasta los siete años. Pero durante la Guerra Civil, mis padres se vieron obligados a exiliarse a Francia, donde me enamoré y donde me hecho vieja. Casi he olvidado charlar en mi idioma. Me alegro de que hayas caído en este edificio.
La miré atónita. Mi llegada no había sido fruto de la casualidad. Había aterrizado allí como el insecto que cae en una tela de araña.
—Respecto a tu novela… Enhorabuena, me hago una idea de lo que debes estar sintiendo, esa obsesión por el detalle, por emocionar… Yo, la primera vez que diseñé un traje de novia, me pasé tres días sin dormir, hasta que se lo probé a la joven que se entregaba a un hombre rico e importante de la época. Diseñar y coser ha sido mi vida.
La conversación se dilató más de dos horas. Hablamos de París, de mi novela, de su colección de dedales y de cómo se enamoró de su marido.