3

RETTA se quedó casi sin respiración en cuanto Raluca abrió la puerta y Velkan entró con aire arrogante. Con su metro noventa y cuatro de estatura, a ella le parecía un gigante más que un hombre. Volvió a recordar de nuevo la primera vez que lo vio: la sangre le cubría la armadura negra. Era la sangre de quienes habían querido violarla y asesinarla. Ella todavía recordaba el sonido del acero contra el acero con los movimientos de él. La habilidad de él a pesar de que llevaba puesta la armadura.

Pero más que eso, recordaba la belleza de su rostro… la ternura de sus manos callosas cuando le acariciaron la piel desnuda. La forma en que él la había abrazado, como si ella fuera inefablemente preciosa, como si él tuviera miedo de que ella pudiera romperse entre sus brazos y dejarle solo otra vez.

Esos recuerdos surgieron y enterraron toda la rabia y el odio que tenía contra él. Entonces, por un momento, deseó volver al principio de su matrimonio, volver a los días en que ella había vivido por ese hombre. Esos días en que ella había confiado completamente en él.

Él había sido todo un mundo para ella.

Pero sabía que ese momento vendría, y mentalmente había pensado en mil cosas para decirle.

Mil y unas cuantas más.

Pero todas ellas se le borraron de la memoria al ver que él se le acercaba y al notar que una extraña parte de sí misma deseaba abrazarle después de todos esos siglos. Deseó lanzarse a sus brazos y sentir que él volvía a abrazarla.

Había esperado que él la insultaría, o quizá la besaría. Había esperado que quizá la miraría como si no pudiera creer que ella se encontraba allí. O que intentaría estrangularla. Alguna cosa. Cualquier cosa. Pero de todas las escenas que imaginó, no hubo nada que se acercara a lo que él hizo en esos momentos.

Él pasó de largo por su lado como si no la conociera, levantó del suelo a Francesca dándole un fuerte abrazo y se puso a bailar con ella por toda la habitación.

Desconcertada, Retta se llevó las manos a las caderas mientras sentía que una oleada de rabia le recorría todo el cuerpo. ¡Cómo se atrevía él a abrazar a otra mujer y ni siquiera dar muestras de reconocerla a ella! Abrió la boca para decir algo, pero se calló al oír que el caballero se reía en un tono de voz que no era el de Velkan. Era un tono de voz ligero y casi infantil.

—¡Oh, hermanita mía! Hace tanto tiempo que no te veía. ¿Dónde has estado?

—Viktor —dijo Raluca, riendo—. Deja a Francesca en el suelo antes de que le hagas daño.

Francesca le quitó el casco con forma de pájaro de la cabeza y dejó al descubierto sus risueñas facciones, distintas a la habitual expresión seria de Velkan. Viktor, con ojos azules y burlones, acató las órdenes de su madre y dejó a Francesca en el suelo. Riendo, ella le abrazó mientras Retta dejaba escapar un largo suspiro.

Eso había estado muy cerca. Demasiado cerca, de hecho, e hizo que se diera cuenta de que no quería encontrarse con Velkan en el terreno de él. Tenía que asegurarse de que ella tenía el control en su primer encuentro. Asegurarse de que ni su cuerpo ni sus emociones la volvieran a traicionar.

—Me alegro tanto de verte —le dijo Francesca a su hermano, riendo—. Te he echado tanto de menos.

Esas palabras se le clavaron a Retta en el corazón: ver el afecto que su mejor amiga compartía con su familia. Los hermanos de Retta habían muerto hacía años, igual que todo su linaje. No había ninguna alegre vuelta a casa posible para ella. No tenía familia.

No tenía esposo.

Nada.

Eso era lo que más le dolía.

Viktor se calló un momento al darse cuenta de que no estaban solos.

—¿Princesa Esperetta?

—Sí —contestó Raluca en lugar de ella.

Los ojos azules de él brillaron con pánico.

—Tenemos que sacarla de aquí antes de que el príncipe la vea.

Finalmente, alguien era sensato.

Raluca hizo un gesto negativo.

—No vienen nunca aquí tan pronto.

Viktor negó con la cabeza.

—Puede quedarse esta noche, pero tiene que marcharse en cuanto llegue la mañana, antes de que él se entere de que está aquí.

Francesca se lo discutió:

—La he traído aquí para protegerla. Tiene que quedarse.

—No —dijo Retta, cansada de que todos ellos hablaran como si ella fuera un pato perdido en un garaje—. He venido aquí porque Velkan tiene previsto exhibir los restos de mi padre.

Ambos intercambiaron una expresión desconcertada y Francesca mostró una expresión un tanto culpable.

Retta sintió que una rabia completamente pura le atravesaba todo su ser.

—No me digas que me mentiste.

Francesca se encogió.

—Sólo un poco. Sabía que eso era lo único que haría que te marcharas de Chicago.

Retta no se había sentido tan furiosa en toda su vida.

—¡Increíble! Jo-di-da-men-te increíble. ¿Cómo has podido hacer algo así?

Francesca no mostró arrepentimiento.

—Lo hice para protegerte.

Retta levantó una mano. Sintió que el asco la inundaba.

—Gracias, Frankie. Por supuesto, yo no tengo ni una vida propia ni unos clientes que me necesitan.

—No podrías continuar teniendo clientes si estás muerta. Además, Trish se está ocupando de ellos. Ni siquiera te van a echar de menos.

—Ahórrame las tonterías. —Miró a Viktor—. Consígueme un taxi y me largo de aquí. Ahora mismo.

Él empezó a caminar hacia el mostrador.

—Viktor —dijo Raluca con su entonación densa y lenta—. Si tocas ese teléfono, lo vas a lamentar el resto de tu vida.

Él levantó las cejas y se quedó inmóvil donde estaba.

—Pero, madre… el príncipe va a…

—Yo me encargaré del príncipe. Tienes que prepararte para la gira turística. Ahora, vete.

Retta se dio cuenta de que él quería discutir con ella, pero no se atrevía. En lugar de ello, le dirigió una mirada hosca antes de cumplir las órdenes de su madre.

—¿Dónde está Velkan? —le preguntó Retta a Raluca.

—No quiero parecer frívolo, princesa, pero él estará donde desee estar.

—¿No me lo vas a decir?

Raluca dudó un momento antes de responder.

—No voy a permitir que le ataquéis en su casa después de todo lo que él ha sufrido por ti, princesa. He sabido por mi hija lo que sientes hacia él.

—¿Ya pesar de ello, estás de su lado?

La mirada de Raluca se desvió hasta la estaca de punta roma que estaba colgada en una de las paredes.

—Protegeré a su alteza con todas las fuerzas de mi cuerpo. Si no hubiera sido por él, yo habría sido empalada también. —Después de estas palabras, se dio la vuelta y dejó a Retta sola con Francesca y Andrei.

Retta miró a Andrei con una expresión expectante.

—Va a estar en la Mazmorra Sangrienta dentro de un rato.

—¿Dónde?

—Es un club —le explicó Francesca—. Un lugar donde los demonios acostumbran a eliminar a los turistas que quieren conocer a los vampiros de verdad.

Bueno, ¿no era verdad que eso tenía mucho sentido?

—¿A qué hora va él allí?

Andrei se encogió de hombros.

—En cualquier momento entre ahora y el amanecer.

—Resultas de tanta ayuda, Andrei.

—Lo intento, princesa.

—Y consigues no serlo con tanta gracia.

Él no hizo caso del sarcasmo.

Con un suspiro, Retta miró a Francesca.

—Supongo que no puedo convencerte de que me envíes a casa, ¿verdad?

—No te gusta el teletransporte. Te hace sentir mareada. Además, creí que ya no querías nada de mí.

—Estoy a punto de ello. Pero eres la única familia que tengo. Para bien o para mal, y justo ahora es para muy mal. Si me dejas volver a casa, te perdonaré.

—No puedo hacerlo, Retta. Lo siento. Pero confía en mí, es por tu propio bien.

De acuerdo. Cuando llegara la mañana se escaparía de ellos de una u otra forma. Miró a Andrei.

—¿Estamos seguros al cien por cien de que Velkan no va a venir a este hotel, verdad?

—Oh, puedo garantizarlo con total seguridad. Él no quiere tener nada que ver con tu familia. Sólo se aventura aquí muy de vez en cuando.

Saber eso la hizo sentir cómoda y contenta.

—Entonces, ¿por qué diriges este sitio?

Él le sonrió:

—El dinero. Nos forramos aquí.

Fantástico, era fantástico.

—Da igual. Me voy a la cama. Dame una llave, a ver si dejo esta maldita pesadilla a un lado.

Francesca frunció el ceño.

—¿No tienes hambre?

—No. Sólo necesito dormir y olvidar este maldito día, como si nada de esto hubiera sucedido.

Andrei se colocó ante el ordenador para registrar su entrada.

—¿Te gustaría la suite Drácula?

Retta le miró con mirada de reprobación.

—Continúa pinchando, Andrei, y tú y yo tendremos que jugar a un juego.

—¿Y qué juego es ése, princesa?

—Busca la pelota en mi mano.

Él frunció el ceño.

—No veo ninguna pelota, princesa.

—Oh, bueno, ya la verás, en cuanto te la arranque del cuerpo.

Él se estremeció.

Francesca se rió.

—Está bromeando, Andrei. Siempre es peor su ladrido que su mordisco.

Deseando haber dejado a su amiga en casa, Retta tomó la llave de la mano de él.

—¿Dónde está la habitación?

—En el piso de arriba.

Sin decir una palabra más, Retta tomó la maleta y se dirigió al ascensor. Entró y se dio la vuelta: mientras las puertas se cerraban vio que Francesca jugueteaba con Andrei. Un sentimiento de tristeza le atravesó el corazón. Cómo hubiera deseado tener a su familia; adoraba a sus dos hermanos pequeños. Ellos habían sido una de sus mayores alegrías en su vida como humana. Sintió una punzada de culpa al darse cuenta de que había privado a Francesca de los suyos. No le gustaba que hubieran estado separados durante todos estos siglos.

Pero ésa había sido una decisión de Francesca, no suya.

Suspiró. El ascensor la subió hasta la habitación y, en cuanto abrió la puerta de la misma, sintió la necesidad de volver a bajar y hacerles daño a Andrei y a Raluca. Decir que ese lugar tenía mal gusto era un insulto al mal gusto. La suite era grande y espaciosa, y las paredes, pintadas de un rojo sangre, estaban decoradas con todas las imágenes imaginables de empalamientos.

Levantó los ojos al cielo, un tanto exasperada, y se fue al dormitorio. Al llegar a él, se detuvo en seco. A diferencia del salón, el dormitorio era blanco, negro y gris, idéntico al dormitorio del Drácula de Bela Lugosi, donde él mordía a la amable joven.

—Esta gente está enferma —dijo Retta, sintiéndose agradecida de que allí, por lo menos, no hubiera nada que le recordara a su padre.

Dejó la maleta en el suelo y se quitó el abrigo al mismo tiempo que se quitaba los zapatos. Luego se dirigió a la cama con intención de hacer una breve siesta para quitarse la sensación de agotamiento. Después de eso pensaba ir a buscar un coche de alquiler para volver al aeropuerto. De una forma u otra, iba a salir de ese lugar para irse a casa.

Retiró la colcha y se metió en la enorme cama, que la acogió como si fuera una nube. Antes de darse cuenta, se durmió.

Pero su sueño no fue tranquilo. En sueños oyó la voz de su padre que la llamaba. Vio a Velkan propinarle el golpe final que acabó con la vida de su padre, y el emblema de la serpiente le daba vueltas en la cabeza, sobrepuesta a las imágenes.

«Tú eres la hija del dragón… Muerte a los Danesti.»

Se despertó con un sobresalto. Retta se quedó en silencio, escuchando la fiereza del viento que golpeaba las ventanas. Pero no era eso lo que la inquietaba.

Notaba una presencia extraña en la habitación. Era poderosa y temible.

Por puro instinto, se puso rápidamente en pie y arremetió contra la zona donde le parecía que se encontraba la presencia, pero allí no había nada más que aire.

Ahora la presencia estaba detrás de ella.

Se dio la vuelta rápidamente para enfrentarse al intruso pero se encontró cara a cara con la última persona que pensaba encontrar.

Velkan.

Él la miraba con unos ojos tan negros que era imposible saber dónde terminaba el iris y empezaba la pupila. Iba vestido con unos vaqueros y con una ajustada camisa negra. El pelo largo y negro le caía hacia atrás, recogido en una coleta. Todavía tenía los afilados rasgos y la misma fiera mirada que anunciaba al mundo que era un hombre que no sólo podía quitarte la vida, sino que disfrutaría haciéndolo.

Dios, era increíblemente sexy. Alto e imponente, la hacía sentir completamente caliente y la dejaba sin respiración. En ese momento, justo a unos centímetros de él, los recuerdos de encontrarse entre esos musculosos brazos mientras le hacía el amor empezaron a atormentarla. Recuerdos de ser besada por esos labios perfectos. De acariciarle con el dedo la cicatriz que le recorría desde el extremo externo del ojo izquierdo hasta la barbilla. Esa cicatriz no le restaba atractivo a ese rostro masculino. Al contrario, se lo aumentaba.

Retta no podía ni siquiera pensar; las emociones encerradas dentro de sí la dejaron clavada donde estaba.

Velkan no podía respirar mientras miraba esos ojos tan azules que le recordaban ese cielo de verano que hacía quinientos años que no había visto. El olor de ella le inundaba el olfato, y le recordaba un tiempo en que ese olor estaba pegado a su cuerpo. Todavía tenía la piel blanca como un campo nevado, y el pelo de un profundo caoba.

Ni por un momento, durante todos esos siglos, había olvidado su belleza, ni el sonido de su voz llamándole.

Su voz maldiciéndole de muerte.

Estar allí era un error. Lo sabía.

A pesar de ello, allí estaba, mirando a una mujer a quien deseaba desesperadamente besar.

Una mujer a quien deseaba matar. Él le había dado todo lo que tenía y más, y a cambio, ella le había escupido. Él la odiaba por eso, a pesar de que una parte de él, ahora enterrada, todavía la amaba. Él había vivido y había muerto por ella. Había muerto de una forma que ningún ser humano debería sufrir nunca. ¿Y para qué? Para que ella se alejara de él y negara que se hubieran amado el uno al otro alguna vez.

Su padre había tenido razón. Las mujeres no servían de nada fuera del dormitorio y solamente un tonto entregaría el corazón a una mujer.

—¿Qué estás haciendo en mi habitación? —dijo ella casi sin respiración, rompiendo finalmente el silencio tenso y cargado de amargos sentimientos.

Él sintió una tensión en el vientre al oír la cadencia de esa voz, tan parecida y al mismo tiempo tan distinta a la que recordaba. Ella ya no tenía el acento de la tierra. Ahora hablaba como las mujeres de los programas de televisión estadounidenses que Viktor miraba.

Velkan deseaba con todas sus fuerzas alargar la mano y tocarla, pero no confiaba en que no la estrangularía si le ponía la mano encima. Rabia, deseo y ternura luchaban en su interior y él no tenía ni idea de cuál de esas emociones ganaría al final. Pero ninguna de ellas presagiaba nada bueno para la mujer que tenía delante.

—Quería confirmar tu presencia con mis propios ojos.

Ella levantó los brazos con un gesto sarcástico.

—Evidentemente, estoy aquí.

—Evidentemente.

Ella dio un paso hacia atrás y le miró con precaución.

—Bueno, ahora ya puedes irte. —Hizo una señal hacia la puerta.

Resultaba difícil quedarse allí de pie cuando lo único que él deseaba hacer era tomarla entre los brazos y probar esos labios burlones. El ambiente entre ambos estaba cargado del odio mutuo. Del deseo mutuo. Él todavía no había comprendido cómo había llegado a ser lo que era. Cómo un hombre podía amar a una mujer tan desesperadamente y, a pesar de ello, querer matarla.

No tenía sentido.

Un millón de ideas se le pasaron por la cabeza. Quería decirle que la había echado de menos. Quería decirle que deseaba verla muerta. Que deseaba no haberle puesto nunca los ojos encima.

Pero por encima de todo, lo único que deseaba era quedarse allí y dejarse imbuir por la belleza de su rostro hasta quedar borracho de ello. «Eres un gran hijo de puta.» Ésa era la mujer que le había abandonado hacía quinientos años.

Quizá él no tuviera gran cosa en su vida, pero tenía su dignidad. No pensaba volver a dejar que ella se la arrebatara. Asintió brevemente con la cabeza, dio un paso hacia atrás y se volvió en dirección a la ventana para marcharse.

—Quiero el divorcio.

Esas palabras le hicieron detener en seco.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Quiero el divorcio.

Él rió con amargura y la miró por encima del hombro.

—Como desees, princesa. Pero asegúrate de llevarte una grabadora de vídeo al juzgado, porque me gustará ver la cara que ponen cuando les muestres nuestro pergamino de boda y ellos tomen nota de la fecha.

—No es eso lo que quiero decir —repuso ella con frialdad—. Quiero librarme de ti. Para siempre.

Esas palabras le atravesaron como si fueran un hierro incandescente y le hicieron el doble de daño. Apretó la mandíbula, miró hacia la ventana, hacia la noche negra que había sido su único consuelo durante todos esos siglos.

—Entonces, toma tu libertad y vete. No quiero volver a verte más.

Retta no sabía por qué esas palabras le rompieron el corazón, pero lo hicieron. Incluso hicieron que se le llenaran los ojos de lágrimas mientras le vio convertirse en murciélago y salir volando por la ventana abierta.

A pesar de todo, ella deseó llamarle para que volviera, pero el orgullo no se lo permitía. Era mejor así. Ambos estarían libres ahora…

«¿Libres para qué?»

Ella todavía era inmortal. Y por mucho que no le gustara, todavía estaba enamorada de su esposo. Las lágrimas le cayeron por las mejillas al darse cuenta de la verdad. Nunca tendría que haber vuelto aquí. Nunca.

Pero ahora era demasiado tarde. Después de todo ese tiempo, ahora sabía la verdad. Amaba a Velkan. A pesar de las mentiras y de la traición. Él todavía era el dueño de su corazón.

¿Cómo podía ser tan estúpida?

Cerró los ojos y le vio tal y como él iba el día en que se casaron. Lo hicieron en un pequeño monasterio en la montaña. Por primera vez desde la niñez, y en honor a ella, Velkan se había quitado la armadura y llevaba un sencillo jubón de terciopelo negro. Todavía poco refinado a pesar de que era un príncipe, se había dejado el largo pelo suelto encima de los hombros. Ella llevaba una túnica de un color verde oscuro de terciopelo y de seda entretejida con oro cubierta con un manto de piel.

Ésa había sido la única vez que le había visto afeitado. Sus ojos oscuros la habían atravesado mientras pronunciaba las palabras que les unirían a ambos ante Dios.

Lo que ella no sabía entonces era que la madre de Velkan era una bruja que había enseñado bien a su hijo. Y mientras él y Retta habían pronunciado los juramentos sagrados, él la ató con la más negra de las artes.

Sin decírselo.

Lo que él había hecho era imperdonable. Entonces, ¿por qué una parte de ella deseaba perdonarle?

Retta inclinó la cabeza al oír que alguien rascaba ligeramente la puerta.

—¿Velkan? —susurró. El corazón le dio un vuelco ante la expectativa de que fuera él otra vez.

Antes de pensarlo dos veces, se precipitó hacia la puerta y la abrió. Se quedó con la boca abierta al ver a la última persona que hubiera esperado encontrar allí.

Alto y rubio, era todo lo opuesto a su siniestro y oscuro esposo. Y, por primera vez, se dio cuenta de que no era comparable con el hombre a quién ella había dejado.

—Stephen. ¿Qué haces aquí?

Los ojos azules de él mostraban una profunda compasión.

—Mi nombre no es Stephen, Retta. Es Stefan.

Antes de que ella tuviera oportunidad de preguntarle qué quería decir con eso, él le echó algo a la cara.

Retta se tambaleó hacia atrás y notó que se le adormecían los sentidos. Todo a su alrededor daba vueltas. Por instinto, dio una patada y le dio a él justo entre las piernas. Él se doblegó sobre sí mismo inmediatamente, pero mientras ella intentaba cerrar la puerta, su visión se hizo borrosa y cayó al suelo.