CAPÍTULO 25
Las afiladas agujas y las delicadas torres del palacio imperial estaban bañadas por la brillante luz naranja procedente de la Oficina Central Orbital de Defensa, que ardía como segundo sol en su caída por el cielo opalescente de Coruscant. Cuando descendieron a la plataforma de aterrizaje privada del jefe de Estado, Leia se sintió como si cayeran en un bosque en llamas. Han aterrizó a menos de un metro de las aletas estabilizadoras de la chillona lujonave de Fey’lya fabricada por Sistemas Kothlis, y desconectó la unidad de fusión incluso antes de que el Halcón se posara sobre el tren de aterrizaje. Dejaron a Meewalh a cargo del niño que era un sosias de Anakin, cuyo verdadero nombre era Dab Hantaq, descendieron por la rampa de descenso y se encontraron mirando a la boca de un cañón portátil G-40 montado en un trípode.
—¿Le pasa algo al transpondedor del Halcón, Garv? —preguntó Leia, no demasiado sorprendida por la cautelosa recepción—. Intentamos comunicar, pero no fue posible.
—Tan sólo somos prudentes, princesa —dijo un hombre delgado con uniforme de general de la Nueva República que apareció entonces—. Siento lo del sistema de comunicación. Los yuuzhan vong se están apoderando de la red de satélites, y el jefe de Estado Fey’lya ha ordenado bloquear todas las comunicaciones no militares.
—Seguro que eso ayuda a la evacuación —dijo Han.
Garv, o general Tomas para todo el mundo menos para sus superiores y sus antiguos superiores, respondió con una enigmática inclinación de cabeza. Leia había nombrado personalmente a Garv comandante de la seguridad de palacio, y en todo el tiempo que hacía que le conocía eso era lo más parecido a un comentario sobre un superior que le había visto hacer.
—Garv, hemos tenido un pequeño problema de sabotaje con Viqi Shesh —explicó Leia—. ¿Sería demasiado pedir que alguien nos recargase el fluido de contención? Y me gustaría hablar con el Jefe de Estado Fey’lya.
—Podemos arreglar ambas cosas —Garv envió a un asistente bothano de peludas mejillas a por el equipo de mantenimiento, y se volvió hacia Leia con una expresión de duda inhabitual en él—. Perdone si me entrometo, pero he oído rumores sobre Anakin. No soy capaz de expresarle mi pesar.
—Gracias —dijo Leia. Sabiendo que tendría que acostumbrarse a recibir a gente que le ofrecería sus condolencias, posó una mano en el hombro de Garv—. Significa mucho para nosotros.
—Vamos a echarle de menos —asintió Han.
—Igual que la Nueva República —dijo Garv.
—A propósito de la Nueva República —dijo Leia, feliz de tener una excusa para cambiar de tema—. He notado que las torres de datos siguen intactas. ¿No debería destruir alguien esos registros?
—Alguien debería hacerlo —dijo Garv—, pero Fey’lya se niega a dar la orden.
—¿Cree que podrá conservar el planeta? —preguntó Han, incrédulo—. ¡Qué idiota! Si los caracortadas consiguen esa información no quedará un sólo lugar en la galaxia donde establecer una base.
El gesto de Garv se volvió amargo.
—Se lo he dicho muchas veces.
—Estoy seguro de que el Jefe de Estado dará la orden cuando llegue el momento —dijo Leia. Los turboláser ya disparaban a las naves enemigas desde las azoteas de todo Coruscant, y el momento ya había llegado, pero Garv Tomas era un oficial demasiado bueno como para excederse a su autoridad de oficial incluso en esas circunstancias—. Aun así, no sería inadecuado armar ya las cargas, ¿verdad, general?
Garv sonrió.
—En absoluto inadecuado.
Introdujo la clave en su datapad y despachó a un oficial para que la orden se cumpliese, después los condujo por el hangar hasta la oficina del Jefe de Estado, situada en la última planta de la torre. Tras una breve disputa con el droide de la agenda, que Garv ganó en virtud de una orden de anulación de seguridad, el general les hizo pasar a las cámaras privadas y se retiró para continuar con sus deberes. Encontraron a Fey’lya sin su habitual cortejo de consejeros y aduladores, solo, de pie en su opulenta oficina y estudiando una pantalla holográfica que reflejaba el derrumbamiento de las defensas de Coruscant.
La situación era desesperada. Lo que quedaba de las flotas de la Nueva República estaba rodeado o lejos del planeta, a veces ambas cosas. La mitad de las plataformas de defensa estaban saliéndose de su órbita y el resto se debatía con los indicadores de avería parpadeando en estado crítico. La fuerza de seguridad atmosférica luchaba ferozmente con Ala-V y aulladores, pero la superioridad aérea no podía con el ingente número de enemigos. Los bombarderos yuuzhan vong ya formaban para descender, y Leia sabía que la batalla pronto se libraría en las azoteas.
Fey’lya necesitó un minuto para darse cuenta de que tenía invitados.
—¿Viene a regodearse, princesa?
Leia forzó un tono cálido en su forma de hablar.
—En absoluto, jefe —esperando que el rostro de Han no delatase la opinión que antes expresó de él, extendió sus manos y las cruzó con el bothano—. Vengo a pedirle disculpas.
La actitud de Fey’lya se suavizó.
—¿Pedirme disculpas?
—Por no ayudarlo con el ejército —explicó—. Me temo que estaba demasiado consumida por el dolor.
La actitud de Fey’lya cambió al instante y tomó las manos de ella entre sus zarpas.
—En absoluto, soy yo quien debe pedirle perdón por llamarla en un momento así.
—Debía ser por algo importante o no se habría entrometido —confiando en que Fey’lya estuviera pensando en cómo utilizarla para recuperar el apoyo perdido, miró hacia la pantalla y dejó caer un comentario—: Nuestra posición parece débil. ¿Podremos aguantar?
—Debemos hacerlo —contestó Fey’lya—. Si cae Coruscant, cae mi gobierno.
—¿Y a que sería una vergüenza? —dijo Han.
Resistiendo el impulso de pisarle el pie, Leia sonrió fingiendo no haber notado el sarcasmo en las palabras de Han.
—Lo que mi marido quiere decir, jefe Fey’lya, es que tiene nuestro apoyo —atrajo a Han a su lado—. ¿No es cierto, querido?
—Por supuesto, querida —Han parecía sincero, o lo bastante como para que Fey’lya hiciese un gesto de aprobación—. Puede contar con nosotros, jefe Fey’lya.
Leia adoptó un rictus de seriedad.
—Si cree que unas palabras mías podrían servir de algo…
Fey’lya sonrió más por alivio que por aprecio.
—¿A quién podría perjudicarle? Si los militares saben que está de mi lado, apoyarán a mi gobierno. Ése ha sido el problema, ¿sabe? Con todos esos senadores huyendo a su casa y llevándose la parte de mi flota que tenían a mano.
—Lo sé —dijo Leia—. He visto los videonoticieros. ¿El centro de comunicaciones sigue estando junto a la ventana?
—Era un lugar demasiado bueno para los lectores de labios baldavianos —Fey’lya la tomó por el brazo y la condujo hasta lo que fue un armario para abrigos, cuando ella ocupaba el despacho.
* * *
—¿Una única masa de agua en todo el planeta y haces que nuestros Ala-X se estrellen en ella? —dijo Mara, poniéndose una aerotablilla en el tobillo roto—. ¿La única? ¿En qué estabas pensando, Skywalker?
—No tenía muchas más opciones, Mara —dijo Luke. El calor de sus motores había prendido las fibras de los trajes de vuelo y necesitaría un buen corte de pelo antes de que su cabello chamuscado volviese a parecer humano—. Era esto o estrellarnos contra una torre.
Mara y Luke mantuvieron la mirada fija en las aguas iluminadas por el fuego del océano occidental, un extenso lago artificial con una zona recreativa multiespecies que se extendía sobre miles, quizá decenas de miles de azoteas. Una docena de remolinos señalaba los lugares donde choques menos controlados que el suyo habían perforado el lecho de duracero y filtraban su contenido al subsuelo de Coruscant. Teniéndolo todo en cuenta, no había sido mal sitio al que conducir los Ala-X tras ser eyectados, pero el fondo del lago estaba tan plagado de droides desechados y aerodeslizadores destrozados que localizar a su preciada unidad R2-D2 resultaba difícil hasta para Luke.
Mara tiró de la anilla del inflador de la aeroférula y no se permitió ni un quejido cuando comprimió sus huesos rotos, después cogió un inyector del botiquín de eyección y se inyectó una dosis de bacta entumecedor. Normalmente habría evitado cualquier clase de analgésico, pero tendrían que moverse rápido y no quería que su lesión los retrasase. Los yuuzhan vong ya llegaban con sus mayores naves para acabar con los láseres de las azoteas. Podía sentir que el Byrt no había saltado al hiperespacio con Ben. Tenía que encontrar el modo de volver al espacio, y rápido.
Por fin Luke extendió una mano sobre el agua. Un reflejo distante rompió la superficie y se agrandó hasta adquirir la forma de un Ala-X carbonizado. Un par de aeroesquifes yuuzhan vong descendieron puntualmente del sol para atacarles, recibiendo en cambio el fuego de una batería de turboláseres cercana. Durante cortos segundos, el cielo sobre sus cabezas se convirtió en una red de bolas de plasma y rayos de energía, hasta que una de las naves yuuzhan vong estalló en pedazos y la otra se elevó, perdiéndose contra el sol perseguida por un torrente de disparos láser.
Mara dio las gracias con señas al equipo de la batería, tan bien camuflado en un tejado cercano que no pudo localizarlo antes de usar la Fuerza. Luke atrajo el Ala-X hasta la orilla y levantó a un R2-D2 que gorjeaba salvajemente en el alveolo del astromecánico. El droide parecía en buen estado, aparte de estar marcado pro el calor, y el alboroto que estaba armando confirmaba que su sellado hermético había continuado intacto tras el incendio y la inmersión.
Algo grande explotó sobre sus cabezas, eclipsando momentáneamente al sol y extendiendo largas lenguas de fuego blanco por el cielo. Mara y Luke lo contemplaron hasta que el resplandor se oscureció lo bastante para revelar trozos aislados de escombros que cayeron al planeta en un revoltijo. No había forma de saber si era una nave de la Nueva República o yuuzhan vong. Súbitamente superados por lo desesperado de su situación, Mara abrazó a Luke alrededor de los codos y permitió que le aliviara el peso que soportaba su tobillo roto.
—¿Cómo vamos a salir de esta, Luke? —habían visto todos los aerocarriles atascados por el tráfico o bloqueados por escombros, y los dos sabían que en caso de poder llegar a un espaciopuerto, cualquier cosa que pudiera considerarse una nave espacial ya habría despegado mucho antes—. Tendremos suerte si conseguimos salir del planeta, por no hablar de rescatar a Ben.
Luke la estrechó entre sus brazos.
—Confía en la Fuerza, Mara.
—¿Es lo mejor que se te ocurre? —preguntó Mara amargamente—. ¿Salvó a Anakin confiar en la Fuerza?
—Puede que Anakin estuviera destinado a salvarnos —dijo Luke suavemente. Se arrodilló frente a R2-D2 y utilizó la manga para secar los sensores auditivos del droide—. No estamos solos en esto, Mara. Si Erredós pudiese conectar con algún canal militar, igual conseguíamos ayuda.
—Quizás —Mara miró para otro lado, y procuró evitar que las emociones oscuras se amontonasen en su interior. No quería culpar a Han y a Leia del peligro que corría su hijo, pero había sido su ayuda la que había puesto en peligro a Ben en primer lugar.
—¿Puedes ir más de deprisa, Skywalker?
—Ya está —dijo Luke—. Erredós…
El droide silbó con excitación.
—¿Estás seguro? —Luke comenzó a secar la rejilla del altavoz de R2-D2—. ¿Has encontrado a Leia?
* * *
—Esto no es el fin —dijo Leia—. Hace dos años los yuuzhan vong entraron en nuestra galaxia. No vinieron ni como amigos ni como iguales, aunque nos habría alegrado darles la bienvenida como tales en lugar de como conquistadores y ladrones. Vieron una galaxia en paz y confundieron la fuerza de nuestra creencia con la debilidad de las armas, la sabiduría del compromiso con la timidez de los cobardes. Atacaron sin piedad y sin que mediase provocación alguna. Mataron a miles de millones de nuestros ciudadanos, esclavizaron planetas enteros y sacrificaron a millones de seres para apaciguar la sed de sangre de sus imaginarios dioses. Creyeron que seríamos fácilmente derrotados porque dieron por hecho que nos entregaríamos sin luchar.
»Estaban equivocados. Hemos luchado en Dubrillion, en Ithor, en la nebulosa del Bantha Negro, en Borleias y en Corellia. Hemos luchado contra ellos en su recorrido desde el Borde Exterior al Núcleo. Hemos perdido un incontable número de gente a la que amábamos, entre ellos a mi propio hijo y a Chewbacca, el querido amigo de mi marido. Ahora luchamos en el cielo de Coruscant. Seguimos combatiendo.
»Pronto, el enemigo estará en nuestras azoteas, en nuestras casas, recorriendo el oscuro subsuelo de nuestra ciudad. A los que puedan escapar y a los que se han quedado atrapados les digo lo mismo que le diría a mis hijos, donde quiera que estén tras las líneas enemigas: Seguid luchando.
»Esto no es el final. En dos ocasiones, las fuerzas conducidas por los Jedi han diezmado a las flotas yuuzhan vong. Afrontamos cada batalla con nuevas armas y mejores estrategias. Hemos prevalecido sobre enemigos despiadados en el pasado, contra Palpatine, contra Thrawn, contra los ssi-ruuk. Sabemos cómo ganar esta guerra. Seguid luchando hasta que no os queden fuerzas para seguir luchando, y entonces agotad al enemigo haciendo que os persiga, y luego volved a luchar otra vez. Seguid luchando. Y os prometo que prevaleceremos.
* * *
La cubierta de vuelo de la Dama Fortuna quedó tan silenciosa como un noghri con una vibrocuchilla. Lando se propuso ajustar la potencia de los escudos mientras aún tuviera los ojos secos. Entonces oyó algo parecido a un gruñido procedente del asiento del copiloto. Miró hacia arriba y encontró al general Ba’tra secándose la piel de las mejillas.
—Esa mujer podría hacer que un hutt se pusiese a dieta —el bothano dedicó los siguientes segundos a mirar por el ventanal delantero, donde el perfil del tamaño de un dedo del Byrt se ensanchaba hasta alcanzar el de un brazo. Un bloque más pequeño, negro, escarpado y con tentáculos en su panza, y el esbelto yate Kuat de Viqi Shesh planeaban cerca de él. Finalmente, Ba’tra gruñó—: General Calrissian, ninguna de esas naves parece el Ventura Errante.
—No lo son —dijo Lando sin dar más explicaciones.
Que él supiera, su reactivación como general había concluido al caer la Oficina Central Orbital de Defensa. Ahora, Ba’tra y sus soldados sólo eran evacuados a la espera de ser recogidos. Abrió un canal de nave a nave para hablar con su mujer.
—¿Dónde estás? —preguntó Tendrá—. Me tienes enferma de preocupación.
—Todo va bien. Me retrasé un poco en la Oficina Central Orbital de Defensa —mientras hablaba, le enviaba coordenadas por una pista de datos paralela—. Cuando llegue Booster, pídele que se deje caer por aquí. Le estoy haciendo un favor a unos amigos comunes y sería bueno tener un destructor estelar en la zona.
—¿Qué clase de favor?
—Uno importante —aunque el canal estaba codificado, Lando vaciló en decir algo más por miedo a los piratas informáticos de la Brigada de la Paz—. Tú díselo a Booster. Te veré pronto.
—Puedes apostar a que sí.
Queriendo no alarmar a Tendrá, Lando se despidió sin decirle que la quería. Ba’tra le estudiaba con el rabillo del ojo.
—No te hacía un héroe, Calrissian.
—¿Yo? Para nada —Lando mostró su sonrisa de vendedor—. No podía pasar por alto una oportunidad de presentar mis droides a un público cautivo.
Ba’tra resopló, después sonrió a medias y ojeó la pantalla principal. Incluso en esa órbita tan elevada el espacio estaba atascado de vehículos. La mayoría de los yuuzhan vong estaban demasiado ocupados con las formidables defensas de Coruscant como para molestar a los civiles, pero había una docena de coralitas patrullando alrededor del Byrt, persiguiendo a cualquier nave que se acercase.
Ba’tra dio un toque con su garra a la pantalla.
—No nos vendría mal tener alguna escolta. Podríamos pedir al escuadrón Jedi que renunciase a ese yammosk.
—¿Y llamar la atención? —Lando adoptó una expresión ceñuda y activó el sistema de comunicación del Dama Fortuna—. Ajustaros bien las sujeciones antichoque. Uno: Uno-A, ¿está tu compañía lista?
—Afirmativo, general.
—No soy general. La reactivación fue temporal.
—Un general siempre es un general.
Lando torció la mirada y abrió un panel en el brazo de su asiento de piloto. Apretó un botón de seguridad y una válvula del motor de estribor empezó a expeler gas tibanna en los motores iónicos. El Dama Fortuna expulsó una cola de un kilómetro de longitud de lo que parecía una llamarada blanca, que en realidad era una fulgurante descarga inofensiva debida a la ionización del gas tibanna. Lando hizo que el yate girase en un tirabuzón y dispuso una trayectoria oblicua hacia el Byrt, manteniendo la inclinación necesaria para mantener un margen de seguridad respecto al ferry estelar. Los coralitas se dispersaron pero contuvieron el fuego. Un impacto podría hacer cambiar la trayectoria del yate dañado y escorarlo contra las naves que protegían.
—Mi felicitación, general —Ba’tra cerró los ojos para no mirar al mareante girar de las estrellas del exterior—. Hace años que no veía fuga bothana tan cerrada.
Lando mantuvo esa ruta que fallaría su objetivo en medio kilómetro. Los coralitas le rodearon, pero se mantuvieron apartados de la cola de tibanna. La imagen del Byrt creció hasta adquirir el tamaño de un edificio y Lando bajó el morro y frenó bruscamente, para no ver por el ventanal delantero otra cosa que no fuera el duracero del casco y los escudos de partículas de las dos naves se besaron con fuerza suficiente como para empujar el ferry estelar contra la nave yuuzhan vong que lo remolcaba.
Lando balanceó su popa y situó el Dama Fortuna junto al Byrt.
Los dos primeros coralitas llegaron escupiendo bolas de plasma contra los escudos del Dama.
Lando desconectó la alimentación de combustible y cerró las toberas de flujo. El gas tibanna salió ondeando por las tomas de refrigeración y quedó atrapado bajo los escudos, sumergiendo al Dama en llamas de fotones fusionados.
Los dos siguientes coralitas se alejaron sin disparar y Lando anuló los escudos del lado del Byrt.
—¡Uno-Uno-A, adelante!
* * *
Cuando recibió la orden de ataque del general Calrissian, CYV 1-1A ya estaba sujeto magnéticamente al Byrt, fijando una tira de detonita elástica en el casco. Seguía preocupado por su fallo durante la demostración en Coruscant y había dedicado toda una banda de procesamiento a comprobar los circuitos armamentísticos. Todos los sistemas daban positivo en potencia y provisión de municiones, pero eso también sucedió en Coruscant. Las rutinas de autoconservación del CYV 1-1 seguían accediendo a la memoria de sus disparos rebotando en los yuuzhan vong, seguían informando de un fallo no detectado en el módulo de selección de potencia. Su centro lógico sabía que la aseveración carecía de fundamento, pero si sólo era un bucle fantasma, ¿por qué persistía tras desmagnetizar sus circuitos?
1,2 segundos después de que el general Calrissian le diera la orden de actuar, dos unidades subordinadas aseguraron la ataguía del Dama Fortuna. Y CYV 1-1A se retiró a la esclusa de aire para activar la detonita. Una sección del tamaño de una puerta se desprendió del casco y resonó contra el tórax armado de Uno-Uno-A mientras se igualaban las presiones.
Tras explorar el terreno con los sensores ópticos y acústicos, 1-1A entró por la abertura a una pequeña estación de control energético. Había tres miembros de la tripulación tendidos en el suelo, tapándose los oídos y gimiendo por el cambio de presión. CYV 1-1A los ignoró y atravesó la cabina, deteniéndose cuando sus sensores de transparencia detectaron una patrulla de yuuzhan vong en el corredor principal.
—¿Una emboscada? —preguntó 1-24A.
—Afirmativo.
CYV 1-1A proyectó puntos rojos en la pared para marcar la localización de cada individuo. Estaba a punto de establecer una estrategia de ataque cuando 1-24A atravesó la escotilla haciendo un ruido metálico y empezó a disparar. El resultado no dejó lugar a dudas sobre la efectividad de sus sistemas de armamento.
—Pasillo asegurado —informó 1-24A.
—Máxima eficiencia —dijo 1-1A como cumplido.
La vacilación enfriaba los circuitos de 1-1A mientras asignaba equipos para cortar la unión con el remolque enemigo, controlar los motores del Byrt e iniciar un barrido de búsqueda y destrucción de yuuzhan vong. Se reservó la tarea más importante para sí mismo. Dejó dos escuadrones para vigilar la brecha hasta que llegase el general Calrissian con los bióticos, y configuró sus sensores auditivos al máximo antes de cruzar la escotilla.
Aunque solo habían pasado 4,5 segundos, las paredes del corredor estaban picadas por los insectos aturdidores muertos y el suelo lleno de cuerpos de yuuzhan vong. Los escuadrones de droides avanzaban en ambas direcciones, con los brazos armados llenado el corredor de destellos de color. Mientras su unidad de procesamiento empezaba a interpretar los datos auditivos, 1-1A se dio cuenta de que había menospreciado la dificultad de su misión. Sólo con sus sensores configurados para ese rango, detectó cincuenta y dos niños que lloraban. Que lloraban a gritos.
Empezó por el más cercano, pasando por encima de un cadáver de yuuzhan vong todavía humeante y siguió los lloros por un corto laberinto de pasillos que conducía a los alojamientos de primera clase. Una partida de enemigos sacaba refugiados de sus camarotes, empujándolos al suelo. El líder sujetaba por una pierna a un bebé que lloraba, agitándolo ante una llorosa mujer humana.
—¡Dime!, ¿es éste el bebé Jeedai? —preguntaba.
CYV 1-1A alzo el brazo láser y el zumbido de sus servomotores hizo girarse al yuuzhan vong. Algunos empujaron a sus cautivos dentro de los camarotes, mientras que otros los utilizaron como escudo. CYV 1-1A saltó hacia delante disparando. Esta vez no hubo selectores de módulo erróneos o reducciones de potencia. Con cinco tiros acabó con cinco enemigos. Cuando el líder intentó aplastar al bebé contra la pared, incluso se sintió lo bastante confiado como para volarle la muñeca de un tiro al guerrero.
La atónita madre recogió al niño en sus brazos y se volvió hacia 1-1A balbuceando incomprensibles palabras de gratitud.
—Cálmese —contestó 1-1A—. Busque refugio inmediatamente.
* * *
Viqi Shesh tenía el aspecto de algo resucitado por una bruja Krath de la muerte. Tenía las mejillas hundidas, las pupilas dilatadas, la piel tan oscura como la de un noghri y su manera de andar apuntaba a la influencia de algún potente analgésico. Aun así, mantuvo la cabeza bien alta y parecía resuelta a impresionar al yuuzhan vong que la seguía por el pasillo. C-3PO, temeroso de que el brillo de sus fotorreceptores delatase su presencia, se puso a un lado de la escotilla de evacuación y continuó mirando a través del ventanal.
—Y entonces la repugnante senadora Shesh fue a por Ben Skywalker —dijo tranquilamente. En un fútil intento de calmar al desconsolado niño. Estaba usando su ágil vocalizador TranLang III para reproducir la voz entrecortada de Mara. La imitación era impecable, pero no podía hacer nada para evitar el frío de su cuerpo metálico ni para emular lo que el niño habría sentido en la Fuerza—. Por eso el valiente Ben se quedó muy callado.
Ben gimió sonoramente.
En el corredor, Viqi Shesh inclinó la cabeza a un lado.
—Le dije a la ama Leia que no era el droide adecuado para esto —gimió C-3PO con la voz de Mara. Luego abrió el botiquín de emergencia que había cogido de la cápsula de salvamento y sacó el safetranq—. Estése quieto, por favor, amo Ben. Estoy seguro de que a su madre no le gustaría que le administrase sedantes.
Viqi Shesh habló con sus escoltas, que se pusieron a abrir escotillas y a registrar zonas de evacuación. C-3PO ya había preparado su propia cápsula de evacuación, pero no estaba impaciente por hacer otro viaje en uno de esos artefactos. Además, sólo conseguirían volver a Coruscant.
Los yuuzhan vong estaban a tres escotillas de distancia cuando un droide bélico apareció tras ellos.
—¡Gracias al creador! —dijo C-3PO.
Pensó que debía de pertenecer a la serie 1-1, pero difícilmente importaba eso. Toda la línea CYV era de máxima calidad y el mero hecho que de hubiera uno a bordo era buena señal. C-3PO envió una transmisión identificándose a sí mismo y a su carga y solicitando ayuda. Recibió una concisa respuesta que le informó que la misión consistía en rescatarlos a ellos.
Después, el droide descargó una ráfaga que dejó fuera de combate a cuatro de los escoltas de Shesh en la mitad de otros tantos segundos.
Ben rompió a llorar. Considerando el estruendo en el corredor, C-3PO pensó que tres centímetros de pared de duracero bastarían para que nadie oyera al bebé. Se desengañó de esa creencia al mirar por el ventanal y ver a Viqi Shesh en cuclillas tras un mamparo situado ante él, mirándole a través de la mirilla.
—¡Ben! ¡Mira lo que has hecho!
* * *
Era justo la clase de problema táctico adecuado para la artera mente de un bothano: una entrada estrecha defendida por una docena de enemigos bien armados con un número indeterminado de rehenes. Normalmente, Ba’tra habría enviado a un equipo por el conducto de ventilación, o intentado que el enemigo le persiguiera fingiendo una retirada. Esta vez se volvió hacia un droide CYV y señaló a la puerta.
—Uno-Treinta y Dos, asegura el puente.
—Sí, general.
CYV 1-32A se adentró en un enjambre de insectos tan denso que Ba’tra lo perdió de vista. El droide respondió con una tormenta de fuego láser. Tres segundos después estaba parado ante la puerta de entrada con ambos brazos humeantes y la armadura de laminanium agujereada hasta los circuitos.
—Puente asegurado, general.
—Bien hecho —Ba’tra habló por el comunicador con un subordinado que esperaba en el yate de Lando—. Debería alejar al Dama Fortuna, capitán, y hágalo con cierta prisa. Estoy seguro de que al general Calrissian le gustaría encontrarse con la nave todavía intacta cuando la llame para recogerlo.
El general cortó la comunicación y siguió a una docena de soldados hasta el puente, sin esperar confirmación de que habían recibido el mensaje. Aunque no había señales de que los tripulantes del Byrt hubieran luchado contra el invasor, dos habían sido torturados hasta la muerte y los demás estaban desangrados en diferentes grados. Ba’tra miró a su alrededor y encontró a un rodiano con los galones de capitán colgando de uno de sus hombros.
—Esta nave acaba de ser requisada —Ba’tra le entregó un trozo de plastifino con un conjunto de coordenadas—. Llévanos hasta aquí.
—No nos está requisando general, nos está salvando —el rodiano estudió el plastifino, después miró fuera del ventanal y vio al Dama Fortuna pasar a toda velocidad con un escuadrón completo de coralitas a la zaga. Las antenas con forma de platillo de su cabeza se enroscaron exteriorizando su confusión—. Pero no lo entiendo. Esto no está muy apartado de la zona de combate. No estaremos seguros allí.
Ba’tra sonrió.
—Lo estaremos cuando llegue el Ventura.
Lando estaba a medio camino de la escalera de servicio cuando una onda expansiva impactó contra el Byrt con tanta fuerza que no necesitó seguir bajando. Se soltó y se encontró de pronto agachado en la cubierta inferior del ferry estelar, oyendo el rugido de la batalla que se libraba a la vuelta de la esquina.
—Detonador térmico encendido, general —informó 1-1A todavía de pie en la cubierta. Nave remolque destruida.
—Gracias por el aviso.
Lando se levantó, oyó un zumbido que le resultaba familiar y cayó hacia atrás al ver aparecer por la esquina un insectocortador. Aquella cosa saltó a su cuello, pero 1-1A disparó un rayo de baja intensidad que pasó rozándole el oído. Lando esbozó una débil sonrisa intentando no mostrar su miedo, pero consciente de que el droide bélico había detectado ya el aumento de su frecuencia cardiaca y la ligera subida de temperatura en su piel. Sacó su pistola láser y miró con atención a la vuelta de la esquina.
Viqi Shesh y dos docenas de yuuzhan vong se retiraban hacia la cubierta de evacuación catorce, dejando a su paso el suelo cubierto de diminutas vainas de semillas negras. Aunque Lando nunca había visto esa arma concreta supo con seguridad que las cáscaras contenían alguna sorpresa desagradable.
—¿Análisis? —preguntó.
—Dispositivo abrojo desconocido —contestó 1-1A—. Alto potencial de ataque con biotoxinas.
—Gracias por nada.
El Byrt retumbó ligeramente cuando se activaron los motores subluz, y Lando supo que estaban en camino para reunirse con el Ventura. Se sacó la máscara de oxígeno del cinturón de utilidades.
—¿Seguro que esta vez es el bebé correcto? —preguntó Lando—. ¿No vamos a ir detrás de ningún squib atrapado en una taquilla?
—La marca de sonido era idéntica —dijo 1-1A, defendiéndose—. Y el nivel de confianza es elevado. CYV Uno-Veinticinco recibió una transmisión del droide de protocolo C-3PO afirmando tener al niño correcto.
—Son ellos —Lando se cubrió la cara con su máscara de oxígeno—. Uno-Uno-A envía un droide dentro.
Lando apenas había terminado la frase cuando 1-25-A se precipitó hacia delante esquivando grácilmente las cáscaras.
Entonces, las vainas echaron a rodar hacia él. Dio dos pasos más y se sostuvo sobre un solo pie. No pasó nada.
Luego movió los pies, y uno de los granos con forma de corazón que tenía a su espalda disparó al aire. El droide se quedó inmóvil, y fue absorbido por el grano.
—Minas de singularidades —Lando se quitó la máscara de oxígeno—. Repugnante.
—El análisis indica la presencia de un objeto infranqueable —informó 1-1A—. Todas las técnicas para sortear o despejar campos de minas fracasarán.
Lando negó con la cabeza en señal de decepción.
—Recuérdame que hable con el departamento de cerebros sobre tus rutinas de ingenio —sacó el comunicador y abrió un canal con el puente—. Aquí Calrissian. Necesito una suspensión de la gravedad artificial y de la compensación de inercia durante dos segundos.
—Recibido.
Lando se agarró a una de las paredes. Los droides se sujetaron magnéticamente al suelo. Un instante después notó un revoloteo en el estómago y las minas de singularidades flotaron en el aire. Se dirigieron a la deriva hacia la popa y llenaron el pasillo de misteriosos sonidos conforme iban rozando las paredes y dejaban agujeros de dos metros en el duracero. Cuando la gravedad se restauró, las cáscaras que aún quedaban cayeron al suelo y destruyeron una sección de cinco metros del corredor de servicio.
Lando se soltó y echó a correr hacia la plataforma de evacuación número catorce. Intentó encabezar él mismo la carga, pero los droides ya estaban allí disparando ráfagas a través de la escotilla.
—¡Con cuidado! —ordenó Lando—. ¡Vigilad al bebé y a Trespeó!
Lando salió corriendo a toda velocidad hacia el panel de control y accionó el mando de anulación. Se oyó un suave chasquido metálico y los cohetes de la cápsula golpearon los escudos con sus estelas.
—¡Qué alivio! —C-3PO se dispuso a cruzar la zona de embarque—. Pensé que se me llevaban.
Lando le siguió de cerca por detrás.
—Trespeó, ¿quién estaba llorando en la cápsula de salvamento?
—Oh, era yo, general Calrissian —contestó C-3PO con voz infantil.
Se detuvo al lado de una taquilla con máscaras de oxígeno de emergencia y sacó la bolsa de un botiquín que tenía dentro a un niño profundamente dormido.