CAPÍTULO 12
Escasamente tatuado por debajo de sus ojos hundidos y sin apenas mutilaciones, salvo por un agujero bajo el labio que parecía una segunda boca, era evidente que el yuuzhan vong era un recluta novato, probablemente asignado con el único propósito de atraer el fuego enemigo. Rezando porque las sombras del túnel fueran lo bastante profundas para ocultarla, Jaina usó la Fuerza para presionar su espalda contra el techo. Aguantó la respiración mientras el guerrero se arrastraba otro metro dentro de la cueva. Sostenía con el brazo extendido un cristal lambent activado mientras usaba el anfibastón para tantear el suelo debajo de Jaina. Ella podía ver la serpentina cabeza del arma y sabía que su propia silueta tenía que ser igual de visible, pero el yuuzhan vong no miró hacia arriba. Se limitó a tener arcadas ante el hedor del lugar y retirarse. Cuando llegó a la entrada, se irguió, gritó: «¡Fas!», y siguió ascendiendo por el pasaje principal.
Jaina permaneció inmóvil, mirando el desfile de piernas enfundadas en armaduras de cangrejo vonduun, deseando desesperadamente que lo próximo que asomara no fuera un voxyn. Aunque ya habían matado a cuatro de aquellas bestias —Lowbacca había destrozado la última al hundir parte de la caverna—, el punto débil del plan del grupo de asalto radicaba en la posibilidad de que Nom Anor hubiera traído más del número habitual. Podía esperarse que los yuuzhan vong pasaran por alto el rodeo que habían dado los Jedi, pero no un voxyn. Un voxyn captaría el cambio de dirección.
Un segundo yuuzhan vong, éste con los lóbulos de las orejas cortados y el rostro tatuado de un veterano, metió su cristal lambent dentro del túnel. Como la mayoría de los Jedi del grupo de asalto, Jaina había jugado con la idea de apoderarse de uno de los cristales, pero en ese momento no valía la pena correr el riesgo. El vínculo de Anakin era único, sin duda debido al papel jugado durante su crecimiento, e incluso él dudaba que pudiera recrear la hazaña. Nadie en Eclipse había podido descubrir cómo se reproducían aquellas cosas. Esta vez, el guerrero examinó tanto el techo como el suelo, pero se irguió y continuó caminando por el pasaje principal sin reptar al interior.
Permitiéndose por fin respirar profundamente, Jaina sacó una mina de dardos del arnés de su equipo. Conectó la señal a la frecuencia de su comunicador y la pegó en el techo. No la activó. Una vez colocado el selector de detonación en movimiento, sólo tenía tres segundos para alejarse del alcance del sensor y no podía arriesgarse a moverse hasta que hubieran pasado todos los yuuzhan vong.
La compañía pareció tardar una eternidad en pasar frente a su escondite. Sin un voxyn para advertirles de la presencia cercana de los Jedi, se movían cautelosamente, guardando una distancia de cinco metros entre ellos y buscando trampas. A pesar de todo, el grupo de asalto seguía vivo, en movimiento y, con algo de ayuda de la Fuerza, con posibilidades de destruir a la reina. Jaina ya consideraba una victoria en sí misma que Anakin siguiera de una pieza.
Alternaba entre estar preocupada por su hermano y furiosa con él. No podía culpar a Anakin por haber acudido en su rescate —ella habría hecho lo mismo por Jacen o por él—, pero lo hacía. Había sido algo temerario y típico de Anakin, espectacular, precipitado, eficaz… estúpido. Tekli dejó claro lo que pasaría si no conseguían ganar tiempo para que se curase, y Anakin también dejó claro que la misión era más importante que su vida. Jaina estaba dispuesta a conseguir ambas cosas, pero si tenía que elegir… Bueno, sólo tenía dos hermanos, y no pensaba perder a ninguno de los dos.
Jaina sintió que Jacen llegaba hasta ella a través de su vínculo de gemelos, y supo que, en alguna parte más profunda del túnel, los otros habían encontrado el primer voxyn salvaje. Se abrió a la batalla y descubrió que la herida de Anakin había reagrupado al equipo, aunque Zekk seguía resentido con el Jedi Oscuro y los otros estaban distraídos, inquietos por Anakin. Preocupada porque el ruido de la batalla reverberase hasta el pasaje principal, invocó mentalmente la quietud de un templo massassi y usó la Fuerza para expandir ese silencio, creando, o eso esperaba, una esfera de silencio entre sus compañeros y los yuuzhan vong.
Otro conjunto de piernas blindadas con armaduras de cangrejo vonduun pasó ante el túnel. Poco después aparecieron un par de piernas delgadas y articuladas a la inversa. Se detuvieron frente a la entrada y se doblaron, haciendo descender un torso emplumado. Jaina tuvo que calmarse por temor a que los latidos de su corazón rompieran la esfera de silencio. Un rostro simiesco con ojos sesgados y bigotes delicados apareció sobre una bola de plumas y se asomó al túnel.
Vergere. O alguien muy parecido a ella.
Una presencia extraña tocó la mente de Jaina, sobresaltándola de tal manera que perdió la concentración y cayó la anchura de una mano antes de recuperar la compostura y alzarse de nuevo al techo. Apuntó su pistola láser a la cara de Vergere.
Una retorcida sonrisa cruzó los labios de aquel ser único, y Jaina supo que Vergere la había tocado a propósito. Pero, ¿cómo? ¿A través de la Fuerza? No parecía posible. Si Vergere era una portadora de la Fuerza, los voxyn también la cazarían a ella, ¿no?
Un bosquecillo de piernas forradas de cangrejo vonduun se aglomeró ante el túnel. La barrera de silencio impedía que Jaina oyera si los yuuzhan vong hablaban entre ellos, pero estaba segura de que Vergere sabía que ella estaba cerca… aunque no hubiera llegado a verla. La presencia extraña seguía tocándola, mofándose de ella, casi retándola a atacarla.
Jaina activó la mina de dardos y se empujó para quedar fuera del alcance del sensor. La sonrisa de Vergere se transformó en una mueca, y el toque desapareció tan rápidamente de la mente de Jaina, que incluso se preguntó si realmente lo había sentido.
Vergere habló con alguien tras ella. Jaina quitó el seguro de su pistola láser, pero su blanco dio media vuelta y se alejó brincando por el pasaje antes de que pudiera disparar. Los yuuzhan vong la siguieron, y hasta el recuerdo del toque extraño pareció menguar.
Jaina bajó la pistola láser y, temblando tanto que tuvo que usar ambas manos, volvió a poner el seguro del arma. No entendía porqué estaba tan asustada, la criatura ni siquiera sabía que estaba allí.
* * *
El otro extremo del túnel voxyn se abría a un pasillo muy amplio, de seis o siete metros de altura y lo bastante ancho como para que cupiera un aerocoche, pero húmedo y hediondo. Incluso en la pequeña zona iluminada por la barra luminosa de Jacen, se curvaba suave pero perceptiblemente, desapareciendo en la oscuridad a ambos lados. En la pared opuesta al escondite del grupo de asalto podía verse un par de aberturas en forma de arco, separadas unos veinte metros y bastante grandes como para que pasase un rancor. Entre ambos arcos había alcobas de la altura de un wookiee, con esculturas del dios de la guerra yuuzhan vong, Yun-Yammka, de cabeza bulbosa y muchos tentáculos. Sobre cada alcoba colgaba otra, vacía e invertida, con la parte superior apuntando al suelo.
Lomi les había explicado que, antes, la gigantesca mundonave giraba sobre su eje, generando gravedad artificial gracias a la fuerza centrífuga, tal como hacían sus versiones más pequeñas. En algún momento del viaje entre galaxias, el cerebro central había perdido la habilidad de controlar el giro, destrozando los brazos espirales de la nave y desestabilizando todo el sistema. Los cuidadores habían optado por pasarse a la gravedad inducida por los dovin basal, obligando a la mundonave a reorientar su concepto de arriba y abajo. Había lugares como éste donde quedaban restos de esa transición.
A través de los arcos susurraba el incesante crujido de escamas y, de vez en cuando, el eructo de un voxyn furioso. Jacen podía sentir más de una docena de criaturas acechando en la oscuridad más allá de la luz de su barra luminosa, tan pacientes como arañas de la especia y mucho más letales.
—Parece el exterior de un circo —murmuró Anakin. Yacía sobre el suelo del túnel, junto a Jacen—. Uno muy grande.
—O de un templo —añadió Lomi. Ganner y ella estaban sentados en cuclillas sobre las caderas, sobre los pies de los hermanos, con Tesar y Krasov inclinados tras ellos, y todos los demás apiñados en el túnel.
—Si Jacen puede usar su poder para mantener despejado el corredor principal, quizá podamos escabullimos…
—No podemos —interrumpió Anakin—. De una manera u otra, habrá que pelear. ¿Cuántos, Jacen?
—Demasiados.
Jacen no podía percibir criaturas individuales lo bastante claramente como para hacer un recuento exacto, pero podía sentirlos ocultándose en la oscuridad más allá de los arcos, esparcidos por una especie de depresión en forma de cuenco, que podía tener fácilmente un kilómetro de diámetro. En la mayoría de las criaturas reconoció la misma determinación para defender su territorio que en muchas especies, pero con un fanatismo añadido, que sugería algún tipo familiar de devoción desinteresada.
—¡Nidos! —el esbozo de un plan empezó a tomar forma en la mente de Jacen—. Están defendiendo sus nidos.
—¿Nidos? —repitió Lomi—. ¿Para qué necesitan nidos unos clones?
Anakin impuso silencio levantando la mano.
—Dejad que me concentre.
—Pero no demasiado —dijo Ganner, en alguna parte tras él—. Tarde o temprano, Nom Anor se dará cuenta de que lo hemos esquivado.
Jacen se concentró en el voxyn más cercano y no sintió un instinto protector, ni siquiera hambre, sino algo más cercano a la nostalgia. Percibió a las demás criaturas bajo los arcos, una a una, y, al captar un deseo similar, supo que había acertado. Volvió al túnel y se enfrentó a Tesar y Krasov.
—Tengo una idea…
—Hazlo —siseó Tesar—. Honraremoz a Bela.
—¿Hacer qué? —preguntó Welk, pasando la mirada de un Jedi a otro—. ¿Por qué nadie aquí termina nunca una frase?
—No hay tiempo —cortó Ganner—. Vamos. Los yuuzhan vong ya sabrán que hemos desaparecido.
Jacen lo ignoró y le preguntó a Krasov.
—Comprendes que…
—Ella dio su vida por los Jedi —dijo Krasov. Tesar y ella se juntaron e hicieron levitar a su compañera de nido hasta situarla entre los dos—. Su cuerpo no es nada.
Frotaron brevemente los hocicos contra el suyo, sacaron el equipo del arnés de Bela y los trajes de vacío. Tesar puso el cronómetro de un detonador térmico de clase-A en cuatro minutos y lo introdujo profundamente en su garganta de reptil. Krasov se pegó el sable láser de su hermana en la mano con sintocarne e intercambiaron lugares con Lomi y Ganner, antes de hacer flotar el cuerpo de Bela por el gran corredor.
Aguantando las lágrimas, y preguntándose si hubiera podido hacer lo mismo de haber sido el cuerpo de Anakin, Jacen contempló con horror como más de una docena de los voxyn salvajes aparecieron en el círculo de su barra luminosa. Las criaturas llenaron el pasillo con aullidos sónicos y los micrófonos de las orejas se activaron. Tesar usó la Fuerza para conectar el sable láser de Bela y rebanó el hocico del primer voxyn que llegó hasta el cadáver. El segundo le arrancó el brazo desde el hombro. El tercero hizo rodar el cadáver y se subió sobre él.
El resto de los voxyn se abalanzaron sobre éste, gruñendo y mordiéndole las patas. Varios de ellos lo aferraron con sus mandíbulas y lo arrastraron por el pasillo, donde la batalla se convirtió en una melé de eructos de ácido que redujo a los combatientes a montones de escamas humeantes. El resto adoptó una táctica más conservadora, cada uno intentando subirse al cuerpo de Bela y los demás luchando por derribar al poseedor del cadáver, arrastrándolo pasillo abajo hacia una de las entradas en forma de arco.
La batalla siguió en la oscuridad, y el grupo de asalto pudo escuchar cómo los gruñidos y los siseos eran cada vez más distantes y ahogados. Por fin, el estallido de un detonador térmico destrozó el silencio y una intensa luz destelló a través de uno de los arcos. Jacen llegó hasta los voxyn transmitiéndoles pensamientos tranquilizadores, asegurándoles que no habría más luces como aquella. Las criaturas supervivientes, y sintió que eran bastantes, agradecieron sus esfuerzos con chillidos sónicos y rasgar de garras, pero se calmaron gradualmente y volvieron a sus nidos.
Jacen se aseguró de que no quedaba ningún voxyn emboscado, y lideró la marcha hacia el pasillo más amplio. El hedor era tan espantoso que ni siquiera su máscara podía filtrarlo todo. Buscó a Jaina y la sintió acercarse, aprensiva y confusa, pero no aterrada.
Anakin reunió a los barabeles y habló con ellos. Aunque Jacen sabía que Tesar y Krasov se sentirían más incómodos que agradecidos con una disculpa, guardó las distancias. Anakin necesitaba charlar con ellos; quizá harían por él lo que Jacen no podía.
Llegó Jaina y, ante la insistencia de Ganner, el equipo se puso en marcha. Anakin, renuente, dejó que Tesar y Krasov asumieran su posición habitual delante, aunque sólo fuera porque parecían sentirse insultados por la sugerencia de que la ocupara alguien más. Cada treinta metros, otro arco se abría a una susurrante oscuridad. Aunque Jacen no percibía más voxyn acechando en ellos, los barabeles no corrieron riesgos. Siempre saltaban hacia la pared y extendían sus garras para sostenerse con ellas, asomándose a la apertura para asegurarse.
Jacen caminaba al lado de su hermana.
—¿Todo bien ahí atrás? Pareces intranquila.
—Hecho —dijo Tenel Ka, uniéndose a ellos—. Tienes más surcos entre las cejas que el ayudante de un hutt.
—Gracias —aceptó Jaina—. Vi a Vergere.
Jacen esperó, hasta que finalmente preguntó:
—¿Y?
—Y nada… se alejó —los ojos de Jaina parecían ausentes. Señaló hacia delante con su barbilla—. ¿Cómo va nuestro hermanito?
Jacen miró hacia Anakin, que mantenía el ritmo del paso largo de Lowbacca. Su hermano era tan poderoso en la Fuerza, que resultaba difícil decir cuánto dolor estaba reprimiendo o cuantas fuerzas estaba quemando, pero Jacen pudo sentir la fatiga pellizcando los bordes de la fachada cuidadosamente mantenida de Anakin.
—Es difícil saberlo —confesó—. Tengo miedo.
Jaina calló, hasta que sorprendió a Jacen aferrándole el brazo.
—No lo tengas. No permitiremos que le pase nada.
Tenel Ka sujetó el otro brazo de Jacen.
—Hecho.
* * *
Anakin seguía a Tesar y a Krasov por el pasillo. Cada vez que ellos saltaban hacia una pared para asomarse a una entrada en forma de arco, él se encogía. Sus esfuerzos por explicar lo mucho que sentía la muerte de Bela los desconcertaba y los incitaba a disculparse con él por las otras bajas del grupo de asalto. Terminó por sentirse más culpable que antes, y los barabeles parecieron vagamente ofendidos por la idea de que necesitaran consuelo. Recordar a los compañeros de nido que tuvieran cuidado estaba fuera de lugar, pero la Fuerza en la inmensa cámara más allá de los arcos estaba repleta de una agitación brutal y él seguía esperando que una masa de bilis marrón destruyera a uno de ellos… o a los dos.
En cambio, sintió una súbita oleada de ansia primigenia. Anakin conectó su sable láser y su grito se unió al de todos los demás. Un par de mandíbulas abiertas surgieron de la oscuridad. Krasov siseó y retrocedió, pero no lo bastante rápido. Un colmillo enganchó su máscara y la rasgó, arrancándosela.
Anakin saltó hacia delante, acuchilló al voxyn bajo la mandíbula y giró la muñeca, seccionándole el hocico. La criatura aulló, hasta que Tesar y Krasov se colocaron ante él y le amputaron las garras.
Lo que quedaba de las mandíbulas del voxyn empezó a abrirse. Krasov lanzó un tajo contra su garganta y la bestia se tambaleó con la cara cubierta de ácido gomoso. Tesar usó la Fuerza para sostener al voxyn en pie, mientras Anakin le clavaba el sable láser en el pecho traspasándolo y haciendo surgir la hoja púrpura por el lomo. El voxyn quedó fláccido y suspendido en el aire.
La cara de Krasov estaba oculta por el humo ascendente, pero el sonido chirriante de la queratina fundida no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba pasando.
—¡Tesar! —gritó—. ¡Mis ojos…!
—Aquí, Krasov.
Dejando caer al voxyn, Tesar la arrastró lejos del arco.
Un fuerte martilleo resonó más allá, en la oscuridad. Anakin sacó un detonador térmico de su arnés y lo lanzó todo lo lejos que pudo. Se produjeron el chisporroteo y la llamarada luminosa habituales, pero ninguna onda de choque o explosión de calor. Lo que hacía que los detonadores térmicos fueran tan útiles era su precisión. Todo dentro del radio de la explosión quedaba absolutamente desintegrado; todo lo que estuviera más allá permanecía completamente intacto.
Cuando Anakin se dio cuenta que los voxyn ya no atacaban, se giró para llamar a Tekli y descubrió que ya estaba guiando a Krasov para que se sentara contra la pared. La chadra-fan empezó a raspar la pegajosa bilis con la hoja de una herramienta multiusos. Demasiadas escamas se desprendían con ella.
Anakin apartó la vista sin decir nada. Cada decisión le costaba la vida a alguien. Su misión empezó a parecerle distante e imposible.
—¡Más problemas!
Anakin apenas escuchó las palabras de Jacen. No quería tomar más decisiones, causar más bajas.
—¿Anakin?
Captó la sonda de Jacen, comprobando si la batalla había provocado que su herida se reabriera. No era así. El dolor seguía siendo soportable, y podía resistirlo gracias a la Fuerza.
Un susurro sordo llegó hasta el pasillo procedente de ambas direcciones.
—¡Sangre de Sith! —maldijo Jaina—. Está cediendo.
Alguien disparó una pistola láser. Alguien más disparó en dirección opuesta. La Fuerza quedó impregnada de ansia primigenia y los voxyn aparecieron en masa por el pasillo, cayendo desde ambos lados sobre el grupo de asalto. El ruido de los láseres se volvió ensordecedor. Anakin desenfundó su propia arma. Sería más fácil así; ninguna decisión que tomar, todo lo que tenía que hacer era apuntar y disparar.
Anakin dio un paso adelante, pero Lowbacca lo sujetó por el hombro, señalando el arco que tenían detrás y rugiendo una pregunta.
Anakin negó con la cabeza.
—Que vigile Tahiri, yo pienso combatir como todos los demás.
—Será mejor que vigilez tú —siseó Tesar. Y empujó a Anakin hacia el arco—. Por Krasov.
—No estoy herido —protestó Anakin, siguiendo al barabel hacia primera línea de fuego—. Aún puedo luchar.
—¡Anakin, quédate! —Jaina apuntó hacia el arco con su pistola láser—. Recapacita.
Aunque dichas en un tono bajo, las palabras golpearon a Anakin como un puño. Su propia hermana no quería que combatiera a su lado. ¿Tan mal lo había hecho hasta ahora?
Jaina se unió a los otros en plena batalla. Anakin se puso en cuclillas tras el voxyn muerto y miró fijamente a la oscuridad, alerta a cualquier cambio en el sonido o en la Fuerza que significara que acudían más criaturas. Aunque no era tan sensible a las bestias como Jacen, sabía cuándo la mayoría de las criaturas que se encontraba al otro lado de la entrada en forma de arco estaban sedientas de sangre o simplemente a la defensiva, prácticamente inmóviles.
—No debes permitir que te presionen —dijo Tahiri, arrodillándose a su lado y casi gritando para hacerse oír por encima del fragor de la batalla—. Sigues siendo el líder del equipo.
—¡Menudo líder! —se quejó Anakin, amargamente.
Tahiri esperó casi un segundo entero antes de preguntar:
—¿Qué quieres decir?
—Sigo haciendo que la gente muera.
—La gente muere, sí, pero, ¿quién dice que sea culpa tuya?
—Yo —Anakin contempló fijamente la batalla—. Ellos.
—¡Negativo a eso! Sólo quieren que nos saques de aquí —una granada de impacto hizo temblar todo el pasillo y fue contestada por una docena los aullidos sónicos—. Y yo también, así que piensa algo… ¡y rápido!
Tahiri lo besó y volvió al combate láser en mano. Hasta ahora, estaban manteniendo a los voxyn a raya, pero eso cambiaría. Y pronto. Varios Jedi ya estaban usando las últimas baterías de sus armas, y los voxyn no tardarían en atacar a través del arco donde se encontraba Anakin… a menos que el grupo de asalto atacara primero.
Tesar siseó una maldición, lanzó su mini-cañón contra un voxyn y atrajo el arma de Krasov hasta su mano. Su objetivo saltó hacia su cabeza con las garras por delante. Raynar Thul atrapó la criatura al vuelo con su sable láser y abrió en canal su vientre para después apartarse a un lado… pero no contó con su restallante cola.
La punta se le clavó. Raynar hizo una mueca de dolor y se retiró hacia las líneas Jedi, cortando un metro de la cola que tenía clavada en el mono y dejando colgar el resto. Anakin giró sobre sí mismo para llamar a Tekli, pero ella ya acudía antídoto en mano.
Tenían que moverse. Tenían que moverse ya.
Anakin hizo que su barra luminosa brillara al máximo y lo lanzó a través del arco, atrapándolo en pleno aire con la Fuerza y sosteniéndolo lo más alto posible. Los voxyn vomitaron ácido contra él, pero se calmaron al acostumbrarse al fulgor. Anakin vislumbró muchas docenas de criaturas —probablemente casi un centenar— diseminadas por las gradas de un inmenso estadio. La mayoría estaba sentada sobre cadáveres de esclavos, arrastrados hasta allí desde la ciudad, mirándose unos a otros con las escamas de los cuellos erizadas.
No había forma de levitar por encima de aquello. Al fin y al cabo, los Jedi no podían volar y la distancia superaba el kilómetro. Quizá si utilizaban las acrobacias que les permitía la Fuerza…
Jacen llegó a su lado y, al captar sus pensamientos, le echó un vistazo al circo.
—No queremos sobresaltarlos. No dejarán sus… esto…, nidos, a menos que se sientan amenazados. Quizá pueda evitar que nos ataquen.
—Estupendo —apoyó Anakin—. Sería agradable que algo saliera bien.
Se giró para encontrar a Ganner señalando un túnel voxyn excavado con ácido en el pasillo, un poco más arriba de donde se encontraban, y gritándoles que tenían que ir hacia él. Temiendo que no pudieran oírlo por encima del fragor de la batalla, Anakin activó su comunicador.
—Buena idea, Ganner, pero mala elección —señaló la entrada en forma de arco—. Por aquí.
—¿A la arena? —era Jaina—. No podrás curarte si…
—Yo me curaré cuando terminemos —la interrumpió Anakin. Lo que no quería, era que se metieran en un túnel de voxyn y quedar atrapados en él—. Por aquí.
Tesar Sebatyne fue el primero en asentir.
—Como ordenez —creó una barrera de fuego de cobertura—. ¡Retiraoz!
Lowbacca hizo lo mismo ante los que atacaban en dirección opuesta, y Jacen abrió camino hasta el circo, mientras se concentraba en apaciguar a los voxyn. Las criaturas más cercanas erizaron sus escamas y arañaron las gradas abriendo surcos en ellas, pero permanecieron en sus nidos sin atacar.
Anakin dejó escapar un suspiro y se volvió hacia Krasov. Aunque tenía cubierta la cara con la máscara respiradora de Bela, huesos y dientes asomaban por los bordes. Anakin captó la mirada de Tekli y levantó una ceja interrogante.
—Ezta vez no, Hermanito —la voz de Krasov apenas era un graznido—. Permíteme que cubra vueztra… retirada.
—No —protestó Anakin—. Lanzaremos un detonador y…
—Demaziado tarde —Krasov abrió la mano para mostrar un detonador térmico, preparado para estallar tres segundos después de que su pulgar soltara el gatillo—. Ezto es mejor.
Alema Rar pasó junto a ellos, tirando de un Raynar Thul embobado. Su estado se debía al antídoto, no al veneno. Anakin envió a Tekli tras la pareja y dejó que Lowbacca los cubriera.
—Krasov, pon el seguro a ese detonador —rogó Anakin. Media docena de voxyn llegaban por el pasillo. Abatió al líder de un disparo en el ojo—. ¿Krasov?
—Krasov ha muerto —Tesar lanzó una granada aturdidora al resto de la manada y, cuando la explosión hizo temblar todo el pasillo, se arrodilló junto a Krasov para tocarla mejilla con mejilla. Mantuvo el contacto hasta que los restos del ácido hicieron humear sus propias escamas; entonces, se levantó y señaló el pulgar de Krasov, que apenas sostenía el disparador—. Éste cree que debemos darnos priza.