CAPÍTULO 9

A esto lo llamas un atajo?

—Confía en mí —Han apartó la mirada del remolino sin estrellas de la nebulosa gaseosa negra de fuera y sonrió a su esposa—. Si los vong que atacaron a Booster querían proteger algo, lo descubriremos al final de esta ruta. Es la única forma de llegar a la región del Núcleo sin tropezar con una mina.

—¿Y por qué no tropezaremos con una mina? —preguntó Leia.

—Porque no hay ninguna. La Nueva República no conoce esta ruta. No la conoce nadie.

—¿Nadie?

—Bueno, Lando sí —Han volvió a mirar los sensores de largo alcance y empezó a escanear en busca de centros de masa peligrosos—. Y Chewbacca también. Y Roa. Y Talón Karrde, claro, siempre la ha conocido.

—Así que, ¿básicamente me estás diciendo que este atajo lo conoce cualquier contrabandista o jugador que haya tenido alguna vez motivos para entrar en Reecee?

—Sí. Ya te digo, nadie.

Habían hecho cinco saltos en otras tantas horas y ahora pilotaban el Halcón hacia el corazón de tinta del Bantha Negro. El Bantha, clasificado erróneamente en muchos mapas como zona de riesgo tipo gamma para la navegación, que normalmente solía referirse a un agujero negro sin localizar, era en realidad una protoestrella, una pequeña nube de gas relativamente frío que se contraía lentamente para convertirse en una estrella. Dentro de varios millones de años se contraería lo suficiente para empezar a fusionar hidrógeno, pero por el momento lo más peligroso que emitía su núcleo era un aura imprecisa de calor infrarrojo. Cualquier buen piloto podría atravesarla a una velocidad cercana a la luz, siempre que no tocara su anillo de polvo y evitara el pulsar de rayos gamma del otro lado, que no figuraba en ningún mapa.

Una alerta tintineó una vez dos, media docena de veces, y se convirtió en un campanilleo constante. Un montón de formas oscuras aparecieron en la pantalla, delante del Halcón y un poco más abajo, cada una con un conjunto de lecturas numéricas debajo.

—Han —preguntó Leia—. ¿Qué es eso?

—Un campo de asteroides —dijo Han—. Se supone que debía estar más lejos, pero estará derivando hacia el centro.

—¿De verdad? —Leia sonó dubitativa—. ¿Asteroides corrientes de mineral de hierro?

—Eso es —Han miró las lecturas e inmediatamente entendió a qué se refería. Los contactos eran demasiado uniformes para ser asteroides, y no lo bastante densos. Hizo girar el Halcón bruscamente y apagó los motores de iones para no iluminar su posición—. Te dije que los encontraríamos aquí.

—Al final de la ruta.

—Parece que éste es el final de la ruta.

A medida que flotaban en la protoestrella siguieron apareciendo formas oscuras en la pantalla. Leia activó un grabador de datos y empezó a hacer un análisis. Han activó el resto de los sensores y centró su atención en las formas oscuras a medida que éstas reducían la marcha y empezaban a desplegar naves guía. De momento no parecían darse cuenta de que estaban siendo vigilados, lo cual no le extrañaba; los sensores del Halcón estaban a la par con los de cualquier nave de reconocimiento, y una de las pequeñas ventajas que tenía la Nueva República en esta guerra estaba en sus sistemas de vigilancia. Aún así, no pasaría mucho tiempo sin que una de las naves guía se les acercara lo bastante como para detectar su presencia.

—Bueno, Leia, creo que será mejor irse.

—Todavía no. Esto es demasiado importante.

—Ésa es la cuestión.

—No, Han. Quiero decir que es importante de veras. ¿No se preparaba la Nueva República para dar el salto hasta Reecee?

—En unas… —Han miró al cronómetro del panel de instrumentos—… tres horas. Extraoficialmente, claro.

—No creo que vayan a encontrar nada. Aquí debe de haber unas mil naves.

Han empezó a preguntar a Leia qué quería que hiciera al respecto, pero se dio cuenta de que ya lo sabía. La retorcida ruta hiperespacial que tenía detrás zigzagueaba a través de las colonias hasta el borde de la región del Núcleo. Desde allí, los yuuzhan vong tendrían el camino libre para atacar tanto Eclipse como Coruscant, y a Han ni se le pasaba por la cabeza que Tsavong Lah pudiera enviar mil naves para atacar Eclipse.

—No quiero hacer esto —demasiadas veces en su vida habían estado en el lugar adecuado en el momento adecuado. Ya no tenía gracia—. De verdad que no quiero hacerlo.

—Prepararé un mensaje —dijo Leia.

—Envíalo a Adarakh y a Meewalh. Puede que sólo podamos intentarlo una vez, y ellos están mejor situados para hacer que la noticia le llegue a Wedge y Garm.

—Ya había pensado en eso.

—Y diles que busquen a Lando. La flota necesitara un guía.

—También lo había pensado.

—Y dile a Luke…

—¡Han!

—Oye, que venir aquí no ha sido idea mía. Yo sólo quiero ayudar…

Leia le clavó una mirada que sugería que siguiera en ello.

Han se arriesgó a hacer un escaneo subespacial y localizó el verdadero campo de asteroides donde esperaba que estuviera, justo dentro del anillo de polvo de la protoestrella. Trazó un rumbo de propulsión escasa que los alejaría de los yuuzhan vong, y en un ángulo oblicuo que los situara tras el campo de asteroides. Una vez allí, a salvo, podrían vigilar la nube gaseosa entera con sensores de largo alcance y transmitir los datos a la flota de la Nueva República en cuanto llegara, siempre y cuando llegara, claro. Siempre existía la posibilidad de que Fey’lya o cualquier otro burócrata se asustara y decidiera mantener la flota en casa.

—Habrá que arriesgarse a encender un momento el motor de iones —dijo Han—. No creo que lo vean dentro de esta nube, pero si lo ven…

—Ya he trazado un salto de emergencia —dijo Leia—. No será muy largo, pero nos dará tiempo para preparar algo mejor. El paquete de datos ya está listo.

—Agárrate bien. Giraremos en redondo e iremos directamente a por ellos.

—Maravilloso. Siempre he deseado pasar por eso.

Leia aferró los brazos del gran asiento de copiloto y asintió con seriedad. Han apretó los dientes, activó el motor de iones y conectó las toberas de altitud. Aunque el compensador de aceleración estaba graduado al máximo, el Halcón giró sobre sí mismo de forma tan brusca que la red protectora de los asientos crujió por la tensión. Han estuvo a punto de soltarse de los mandos y tuvo la sensación de caerse de lado. Entonces, su estómago se rebeló y tuvo que apretar los dientes para no vomitarse encima.

El compensador reaccionó cuando ya volvían a viajar en línea recta, y Leia abrió un canal subespacial a Coruscant. Sólo necesitó unos segundos para que la señal encontrara su camino entre el laberinto de relés hasta su apartamento en Puertoeste, mientras Han empleaba el tiempo en comprobar el estado de los sensores y veía cómo una pareja de coris se separaba de los demás para investigar. Si hubiera visto el brillo de la tobera, los yuuzhan vong habrían enviado una flotilla completa, así que era probable que la pareja sólo siguiera la estela que el Halcón estaba trazando en la nebulosa. Han empezó a desviar la energía a los escudos de partículas con una pauta vertical arriba y abajo, intentando confundir las lecturas del enemigo y dar a su nave la signatura variable de un asteroide perdido, y desplegó el recogedor de gases para emergencias. Si hacía falta, el reactor de la nave podía utilizar de combustible hidrógeno en bruto.

Por fin les llegó la voz de Meewalh por el subespacio, un poco rota por la pérdida de señal dentro de la nebulosa.

—Lady Vader, no esperábamos noticias suyas. ¿Va todo bien?

—De momento —Leia empezó a enviar los datos—. Procura que esta información llegue…

Leia se sobresaltó e interrumpió la frase. Se llevó una mano al pecho y su expresión se tornó dolorida y distante.

—¿Lady Vader?

—¿Leia? —Han alargó la mano para tocarle el brazo, pero ella le hizo señas para que esperase.

—Ahora, Meewalh —Leia cerró los ojos y pareció hacer acopio de fuerzas. Y luego continuó—: Necesito que te encargues de que esos datos lleguen a Wedge Antilles y Garm Bel Iblis en el Mando de la Flota, y enseguida; haz lo que haga falta. Envía una copia a Luke y a Lando Calrissian, junto con mi sugerencia de que ofrezcan sus servicios al almirante Sovv. Esto podría suponer la guerra.

—Así se hará, Lady Vader.

El tono de voz de Meewalh era tan inexpresivo que bien podría haber prometido decirle a un vecino que los Solo no podrían llegar a casa a tiempo para el aperitivo, pero Han compadecía al pobre centinela o burócrata lo bastante imprudente como para negarle el acceso al Mando de la Flota. Por suerte, los noghri eran tan creativos como discretos, y seguro que sorprendía a los generales en el baño o algo así, evitando un innecesario derramamiento de sangre.

Por minúscula que fuera la fricción dentro de una nebulosa gaseosa, el retraso que provocaba bastaba para que tuvieran que seguir usando los motores iónicos dos segundos más. Han miró nervioso mientras el camino del Halcón se cruzaba con el de las naves exploradoras, intentando adivinar cuándo le delataría la luz de las toberas, pero los coralitas continuaron su camino hasta que por fin se apagó. Respiró aliviado cuando vio que frenaban para situarse detrás de él, en una maniobra estándar de aproximación a un contacto desconocido, y que sus trayectorias no se cruzarían antes de llegar al campo de asteroides. Seguían sin saber lo que tenían delante.

Han encontró a Leia mirando por la ventana, con el rostro del color de las perlas y una expresión distante y reservada. Al recordar su inexplicable sobresalto de antes, y su costumbre de diplomática de no mostrar sus emociones mientras no las tuviera bajo control, se dispuso a preguntarle qué le preocupaba.

Ella lo interrumpió antes de que hablase.

—Luego, Han —en su cuello había una tensión alarmante, pero también algo implacable que él había descubierto que era tan flexible como el duracero—. Presta atención al pilotaje.

Una alarma de variación sonó cuando pasaron junto a un asteroide rezagado lo bastante grande como para tener tirón gravitatorio propio. Han silenció la alarma y trazo su nueva trayectoria sin hacer la corrección sugerida. Cualquier cambio de ese tipo alertaría instantáneamente a los coris de la verdadera naturaleza del Halcón y arruinaría cualquier posibilidad de que la Nueva República pillase desprevenida a la flota.

La nueva trayectoria llevaba al Halcón a través del anillo de polvo, donde Han se vería obligado a retraer el recogedor de gas para no atascar los filtros. Aún luchaba con la forma de conseguir eso sin alterar la signatura de su vuelo cuando volvió a sonar la alarma de variación y otro asteroide los acercó más al campo.

Han trazó la nueva trayectoria y vio que chocarían, y muy pronto. Era un asteroide muy grande, lo bastante como para que su propia gravedad le hubiera dado la forma de una esfera, y cada vez les alteraba más la dirección. Al otro lado del transpariacero, Han sólo veía los negros tentáculos gaseosos de la nebulosa, pero el asteroide seguía estando allí, a su izquierda, moviéndose hacia el centro de la ventanilla y haciéndose más grande a cada momento.

Que era justo lo que necesitaba.

Han se volvió hacia el ordenador de navegación y empezó a meter ratios de impacto y pautas de aceleración. El resultado fue más elevado de lo que le habría gustado, y tuvo que contenerse para no maldecir en voz alta.

—Leia, ¿conoces ese truco que siempre hace Kyp con las bombas sombra?

—Define conoces.

—Un kilómetro por segundo. Puedo obtener cierta aceleración inicial presurizando el tubo de proyectiles…

—¿El tubo de proyectiles, Han?

—… y volando la esclusa —acabó—. Pero estaríamos justo detrás de él cuando detonase la cabeza, y ni siquiera Han Solo es tan rápido.

Leia empalideció.

—No irás a…

—No tenemos mucho tiempo —dijo Han, armando el proyectil—. ¿Puedes hacerlo?

Leia cerró los ojos.

—¿Cuál de ellos?

—El de babor.

Han ordenó al ordenador que abriera el tubo, luego desactivó el motor de iones del proyectil y anuló las medidas de seguridad. Cuando acabó de hacer todo eso, una oscuridad más profunda empezaba a emerger de la niebla giratoria de la nebulosa, con una inmovilidad que no dejaba lugar a dudas sobre su naturaleza sólida.

Han soltó el disparador y oyó un suave chasquido cuando se abrió la tapa de la esclusa. El proyectil, absorbido al exterior por la descompresión repentina, vagó entre las mandíbulas de carga del Halcón y pareció detenerse allí.

—Éste sería un buen momento —urgió Han.

—¡Lo intento!

El proyectil avanzó. Iba cogiendo velocidad, pero poco a poco.

—Bueno, era una idea —dijo Han preparando los motores de iones para una salida rápida. Leia no era Jedi, nunca había tenido tiempo para entrenarse, pero podía controlar la Fuerza y él la había visto mover cosas más pesadas que un misil. Puede que la nebulosa interfiriera con la Fuerza o algo así—. Buen intento, pero…

El misil salió disparado y desapareció en la oscuridad.

—… podría funcionar —acabó Han.

Posó la mano en el motor de los repulsores y esperó. En la pantalla de sensores, los coralitas omitieron el desvío provocado por el primer asteroide y se dirigieron directamente al siguiente. Tendrían una visión clara del impacto, pero con suerte no tan clara como para ver la silueta negra mate del Halcón contra el fogonazo.

En cuanto el primer fogonazo de luz hizo que los cristales tintados de la carlinga se oscurecieran, Han activó los repulsores y se alejó, decelerando y girando de forma casi tan cerrada como antes. Los coralitas estarían ya en una posición que les permitiría escanearlo, pero los repulsores no eran tan visibles como los motores iónicos, y apostaba a que el estallido de energía del misil de impacto anularía lo que fuera que usaran los coris como sensores.

Ya estaban en el horizonte antes de que el fogonazo empezara a desvanecerse. Han voló con los sensores apagados y sólo con los instrumentos. Coló el Halcón por una profunda grieta, orientó el morro hacia arriba y usó el tren de aterrizaje para encajarlo contra las paredes, de modo que las góndolas de las toberas no resultasen dañadas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Leia.

—Esperaremos a que terminen su exploración.

—¿Crees que seguirán explorando? Ese misil de impacto dejó un cráter muy convincente.

—Sí, pero es una flota muy grande. Lo registrarán todo y luego volverán a registrarlo.

Han apagó todos los sistemas del Halcón que pudieran liberar aunque sólo fuera un fotón de energía y luego se recostó en el asiento, igual que Leia. Los dos miraron a la oscuridad. Había elegido a propósito una grieta que mirase al interior del Bantha, para que hasta las estrellas estuvieran demasiado envueltas en el gas de la nebulosa para poder contarlas. Le recordaba cuando estuvo congelado en carbonita, sólo que no pasó todo ese tiempo consciente.

—¿Cuánto crees que habrá que esperar? —preguntó Leia.

—Más de lo que nos gustaría —Han tenía un mal presentimiento sobre el sobresalto que ella había tenido antes y quería preguntarle al respecto, pero sabía que no debía presionarla—. Lo sabremos.

—¿Cómo?

—Nos cansaremos de esperar.

Estuvieron en silencio algo más y entonces Leia lo dijo:

—Anakin está herido.

El corazón de Han se colapso como un agujero negro.

—¿Herido?

Empezó a presionar botones y a mover interruptores. La secuencia de encendido del Halcón era notablemente rápida para tener tantos sistemas apagados y los motores fríos. Saldrían y estarían en camino en menos de tres minutos.

—¿Han? —había fragilidad en la voz de Leia—. ¿Adónde vamos?

—¿Eh? —cebó los motores iónicos e inició una cuenta atrás de veinte segundos—. ¿Adónde crees que vamos?

—No tengo ni idea. Porque sé que nunca habrías permitido que Anakin participara en ese absurdo plan de rendición si hubiera algún otro modo de llegar a Myrkr.

La cuenta atrás llegó a quince. El dedo de Han se movió automáticamente hacia el activador y se quedó allí flotando, esperando el veinte. Por fin se dio cuenta de por qué había esperado Leia a que el Halcón se enfriara antes de decírselo, y dejó de contar.

—No había otra forma —desactivó los cebadores y empezó a apagar los demás sistemas. Sólo entonces encontró fuerzas para preguntar—: ¿Es muy grave?

La única respuesta de Leia fue un asentimiento.

Han quería hacer algo, proteger a Anakin o ayudar a Leia con lo que debía de estar sintiendo a través de la Fuerza, pero ¿cómo defender a un hijo que estaba a mil años luz de distancia? ¿O asumir la carga de Leia cuando él no podía sentir la Fuerza y mucho menos sentir la herida de Anakin a través de ella?

—Al menos no está solo —Han alargó la mano hacia ella. Notó que le temblaba la mano, pero la posó de todos modos en su brazo—. Jaina está allí.

—Y Jacen.

—Sí, y Jacen —dadas las últimas dudas morales que tenía Jacen acerca de usar la Fuerza, Han no estaba acostumbrado a pensar en su hijo mayor como guerrero Jedi, pero fue Jacen quien se enfrentó a Tsavong Lah en Duro y salvó la vida a Leia—. Los gemelos cuidarán de él.

—Cierto —Leia asintió con aire ausente, pensando en Myrkr, a mil años luz de distancia—. Tiene a los gemelos.

La última luz desapareció de los paneles de la carlinga y se sumieron en la oscuridad, a solas con sus pensamientos y lo bastante cerca el uno del otro como para oírse respirar.

Con el tiempo, Han no pudo soportarlo más.

—Ojalá no le hubiera dicho esas cosas cuando murió Chewbacca —dijo—. Ojalá no le hubiera echado la culpa a Anakin.

Una mano cálida encontró la suya.

—Eso ya pasó, Han. De verdad.

Esperaron en silencio, dando vueltas durante lo que pareció una eternidad a las mismas preguntas sin respuesta: «¿Cómo de grave?», «¿Cómo le ha pasado?», «¿Estará ya a salvo?». En una ocasión, Han vio un ligero brillo púrpura cruzar la grieta, pero era tan débil y fugaz que le pareció más una ilusión de sus ojos ansiosos de luz que el brillo de la carlinga de un yuuzhan vong. La mayor parte del tiempo la pasaron sentados y esperando, incapaces de confirmar si la Nueva República enviaría o no una flota de ataque, dado que la antena receptora subespacial del Halcón estaba bloqueada por varios kilómetros de asteroide de hierro.

Con el plato de sensores apuntando al corazón del Bantha sólo podían hacer pasadas periódicas para actualizar sus datos. Con el tiempo resultó evidente que los yuuzhan vong estaban congregando naves no sólo de la flotilla que había atacado Reecee, sino de todas sus estaciones activas de la galaxia. La mayoría de las naves que llegaban iban directamente al centro de la flota y se alineaban para recibir alimentos y municiones de las grandes naves proveedoras. Han sintió alivio al ver que los yuuzhan vong sólo eran algo más rápidos en hacer ese proceso que su propia flota cuando él era general. Al ritmo que se estaba reaprovisionando el enemigo, hasta el cansino Mando de la Flota de la Nueva República tendría tiempo para tomar una decisión. Sólo esperaba que llegaran con naves suficientes.

El primer asomo de acción lo tuvieron cuando un barrido de sus sensores les mostró dos naves, casi con seguridad las que les habían seguido hasta el asteroide, dirigiéndose a toda velocidad hacia el corazón del Bantha. Han sintió un escalofrío por todas las veces que habían hablado de salir del escondite y activó todos los sistemas de escaneo pasivos. Luego pasó los resultados a la pantalla principal de datos. Era como si alguien hubiera reventado un nido de zumbavispas asesinas sobre la pantalla, con las fragatas y corbetas de coral yorik dirigiéndose al otro borde de la protoestrella y más de un centenar de cruceros y destructores desplazándose al centro de la formación, configurando una esfera protectora alrededor de las enormes naves proveedoras.

—Desde luego, no parece una formación de salto —comentó Leia.

—No, es su formación de pillados por sorpresa. Almacena esto para analizarlo, no es una formación que la Nueva República haya visto antes.

Han encendió en frío los motores repulsores y sacó al Halcón de la grieta. Apenas habían salido cuando oyeron la voz de una oficial de comunicaciones por la unidad táctica de comunicaciones.

—… llamando al Halcón Milenario —los efectos absorbentes de energía de la nebulosa hicieron que la voz de la joven sonara débil y llena de estática—. Repito, aquí la nave exploradora Gabrielle, de la Nueva República, llamando al Halcón Milenario. Por favor, responda en la banda S seis cero nueve.

—Sus coordenadas no tienen sentido respecto a la batalla —dijo Leia. Dio un golpecito a la pantalla de datos, indicando una posición a un cuarto de distancia del lugar al que se dirigían corbetas y fragatas, y en el lado de Reecee del Bantha—. ¿No estarán haciéndonos los yuuzhan vong un hutt amigo?

—Si algún traidor les ha dicho que estamos aquí, ¿por qué no? —un hutt amigo era una vieja táctica imperial con la que se intenta engañar a una presa para que revele su posición—. Pero habrá que arriesgarse. No es momento para ser cobardes, no estando la guerra en juego.

Han no añadió y menos con nuestros hijos arriesgando la vida, pero Leia le oyó igual. Cuando él empezó a conectar los demás sistemas, ella activó el transmisor subespacial y entró las coordenadas que les habían dado.

—Aquí el Halcón Milenario.

—¡Gracias a la Fuerza! —exclamó Wedge Antilles—. Hace una hora que intentamos llamaros. Pensé que os había pasado una desgracia.

Han y Leia se miraron, pero no dijeron nada de Anakin.

—Teníamos un par de coris encima —los dedos de Leia volaron por el ordenador—. Éstos son los datos que os prometimos.

Mientras hablaba, en la pantalla de sensores aparecieron los primeros estallidos de estática de la batalla. La flota de asalto en sí estaba demasiado lejos para ser detectada a través del gas de la nebulosa, incluso con sensores activos, pero Han podía deducir por los disparos que sólo atacaban unos pocos cientos de naves. Aun así, docenas de fragatas y corbetas yuuzhan vong desaparecían en estrellas de energía en dispersión antes de que pudieran organizarse para formar una defensa. El Halcón estaba demasiado lejos de la batalla para detectar algo tan pequeño como un caza, pero Han sabía que los había gracias a las chispas de estática de las explosiones, que aparecían con demasiada frecuencia entre las naves yuuzhan vong.

Ahora la flota de la Nueva República tenía sus propias naves de vigilancia controlando la batalla, pero Han y Leia mantuvieron su posición y continuaron enviando datos a ese puesto de mando posicionado de forma tan extraña. En un conflicto de ese tamaño, la información resulta más valiosa que las naves, y ambos contrincantes se esforzaban en destruir, cegar o confundir a las naves de reconocimiento del enemigo. Esto hacía que el Halcón, como recurso de observación no detectado, fuera más importante para el ataque que tres destructores estelares juntos.

Las fragatas y corbetas de los yuuzhan vong superaron lenta, dolorosamente, su desorganización inicial y empezaron a mantener a los cazas a raya. Una vez controlada esta amenaza, las grandes naves capitales dejaron sus puestos en el centro de la formación y pasaron al frente para apoyar a sus compañeras de menor tamaño. A medida que se iban poniendo al alcance de las naves capitales de la Nueva República, brillantes barras de energía empezaron a avanzar y retroceder en la pantalla de datos, a veces iluminándola con tanta potencia que Han no podía ver nada más. Con el tiempo, la batalla empezó a derivar en la dirección equivocada y Han supo que su larga espera había sido para nada.

Activó el micrófono subespacial.

—Wedge, ¿estás recibiendo esto?

—Lo recibimos, Han, pero eres el único que sigue informándonos de la situación en el corazón de la protoestrella. Por favor, sigue ahí.

—¿Para qué? —gruñó Han—. Sovv no ha traído suficientes naves. Dile que se retire y salve lo que pueda.

—No, Han —Wedge no parecía lo bastante preocupado—. No podemos hacer eso.

El análogo yuuzhan vong de un destructor presionó demasiado fuerte en su ataque y estalló en una bengala luminosa de dos segundos, mientras fragatas y corbetas seguían desapareciendo de forma constante. Pero la batalla siguió desviándose hacia las líneas de la Nueva República. Pronto apareció una abertura clara entre las naves capitales que participaban en el ataque y las que se habían quedado atrás para proteger las enormes naves proveedoras. En un gesto que debía de ser el último desprecio a los comandantes de la Nueva República, la cuarta parte de las naves grandes volvieron a las naves proveedoras y continuaron aprovisionándose.

—Eso sí que es pasarse de arrogante —comentó Wedge—. El almirante Sovv tiene que darles una lección.

—Espero que regañe mejor que cuenta —musitó Han.

—Han… —le avisó Leia.

Han la ignoró y continuó hablando con amargura:

—Nuestro mensaje decía que había un millar de naves, ¡y que llegaban más a cada momento!

—Pero yo sólo tenía novecientas listas para el combate —dijo una voz sullustana algo molesta—. Y tu mensaje también decía que nos apresurásemos.

Leia cerró los ojos y bajó la barbilla de golpe.

—Almirante Sovv, por favor, disculpe la impaciencia de mi marido.

—No hace falta que se disculpe —dijo el almirante Sovv—. Estaremos fuera de contacto durante ocho minutos, pero les envío la orden de batalla. ¿Podrá tener una actualización táctica lista para cuando volvamos a hacer contacto?

En vez de contestar, Leia se volvió hacia Han con una expresión expectante.

—Esto, claro —dijo Han. Cuando Leia le frunció el ceño, añadió—: Almirante.

—Bien —era Wedge—. Tenemos una petición de Eclipse. Quieren el yammosk y apreciarán cualquier indicación que podáis proporcionarles.

—Diles que intentaremos reducir las posibilidades a no más de cien naves —Han puso los ojos en blanco mientras Wedge y el almirante cortaban la comunicación, y se volvió hacia Leia—. Supongo que Luke ha debido encontrar los arpones de abordaje.

—O ha hecho que alguien se los haga. Espero que sirvan en el coral yorik.

Los arpones de abordaje eran un invento reciente utilizado legal o ilegalmente en toda la galaxia por fuerzas de seguridad, piratas y todo el que quisiera abordar una nave. Eran básicamente hipodérmicas gigantes llenas de gas coma que atravesaban el casco del objetivo fundiéndolo con una punta supercaliente. Una vez se enganchaban al agujero, extendían una membrana de flexicristal para sellar la entrada e inyectar el gas. Dependiendo del tamaño de la nave y el sistema de ventilación, toda la tripulación quedaba inconsciente en un plazo que oscilaba entre el minuto y el cuarto de hora. Han esperaba que fuera más bien un minuto, por el bien de los Jedi que fueran a utilizarlo.

Pasaron los siguientes minutos escaneando el corazón de la protoestrella, identificando objetivos prioritarios, calculando probabilidades de alcance y cuánto tardarían las naves capitales de primera línea en abandonar el combate y volver al corazón de la protoestrella. En menos de cinco minutos tuvieron un informe de la situación que dejaba muy claro que lo mejor era atacar de forma precavida y conservadora, pese a la ventaja de la sorpresa. No es que fuera el golpe decisivo que esperaba Han, pero los datos eran indiscutibles.

Entonces Leia frunció el ceño, dijo que sentía que algo no estaba bien y empezó a trabajar en el ordenador. Han escaneó una y otra vez el Bantha y miró los datos sin pestañear. A él todo le parecía bien. Hasta consiguió reducir la localización probable del yammosk a tres análogos de destructor y media docena de cruceros grandes.

Leia seguía trabajando en el ordenador, musitando para sus adentros y tomando notas en un datapad, cuando los contactos de la Nueva República empezaron a moverse en la pantalla de sensores, apareciendo casi directamente en el combate debido a la sombra de masa dispersa de la protoestrella. Cuando la nave capitana del almirante Sovv salió del hiperespacio, las naves en vanguardia ya tenían una hemorragia de cazas y castigaban las naves capitales yuuzhan vong con las baterías de turboláser.

El oficial de comunicaciones estableció enseguida una conexión y Leia envió la actualización táctica por un canal de datos codificado. Mientras esperaban a que Wedge y el almirante Sovv digirieran la nueva información, a Han le sorprendió ver a las naves capitales yuuzhan vong manteniéndose cerca de las naves proveedoras en vez de correr a enfrentarse a la flota que se acercaba y ganar tiempo para que sus camaradas volvieran de la batalla.

Abrió un canal de voz.

—Wedge, igual deberías retener a tus naves de vanguardia. Esas piedras ocultan algo.

—Sí, así es —dijo Leia, alzando por fin la mirada del datapad—. Pero no los retengas. Esas naves no se han reaprovisionado todavía. Eso es lo que ocultan.

El almirante Sovv se puso enseguida al canal.

—¿Estás segura?

—Lo estoy, almirante. Nuestro ordenador asigna un identifi-cador a cada contacto, y acabo de hacer una historia completa de cada uno. Ninguno ha atracado con las proveedoras.

—Ya veo —dijo Sovv—. ¿Y su recomendación es?

Leia miró a Han antes de responder. Si su análisis era acertado, la táctica que se seguiría a partir de su informe sería demasiado conservadora, y quizá proporcionaría al enemigo una oportunidad de abandonar el combate y escapar. Pero si se equivocaba… No se equivocaba. Sentía que Han estaba con ella.

El asintió.

Leia le sonrió, y entonces habló:

—Vaya a por sabacc, almirante. Nuestra recomendación es que apueste la flota.

—Ya veo —Sovv apenas era capaz de asimilarlo: los sullustanos rara vez son jugadores felices—. Es una forma inusual de plantearlo, pero… Gracias por su sugerencia.

Han hizo una mueca y se aseguró de que no estuvieran transmitiendo.

—Es lo malo de poner sullustanos al mando. Están más interesados en construirse una carrera que en ganar batallas.

—Creo que éste no.

Leia señaló a la pantalla, donde la mayor parte de la flota de la Nueva República, incluidos todos los destructores estelares y la mayoría de los cruceros que atacaban a las naves proveedoras, se alejaban de ella y se dirigían en abanico hacia el otro extremo del Bantha. Sus turboláseres ya castigaban la retaguardia de la línea de combate yuuzhan vong. Varios análogos de crucero y dos naves del tamaño de destructores empezaron a desmoronarse. Les siguieron otros cuando dieron media vuelta para enfrentarse a la nueva amenaza y se vieron atacados por detrás. Los dos frentes de naves de la Nueva República empezaron a unirse, aplastando entre ellos a los desorganizados yuuzhan vong.

En el corazón de la protoestrella, un torbellino de naves pequeñas se precipitó contra las naves proveedoras y sus escoltas. Los yuuzhan vong contuvieron su ataque hasta que tuvieron al enemigo casi encima, y entonces liberaron una andanada tan intensa que Han y Leia pudieron ver cómo el resplandor iluminaba el corazón del Bantha como la estrella que sería un día. Los sensores necesitaron casi todo un minuto para despejarse, y cuando lo hicieron había desaparecido la cuarta parte de los contactos de la Nueva República.

Leia cerró los ojos.

—Han, he…

—Son yuuzhan vong, Leia. Sabías que contraatacarían… con piedras si hacía falta.

Miraron con aprensión cómo los escoltas de los proveedores seguían cubriendo el corazón del Bantha con bolas de plasma y misiles de magma, a veces eliminando fragatas enteras con una sola andanada. Al final, los disparos empezaron a disminuir y los análogos de destructor empezaron a encajar disparos enemigos. Escuadrones enteros de la Nueva República pasaron junto a los rescoldos de naves para golpear a las indefensas naves proveedoras con torpedos de protones y misiles de impacto. Sólo se necesitaron unos minutos de bombardeo para que el núcleo de la protoestrella volviera a iluminarse incluso con más intensidad que antes, cuando una nave proveedora tras otra se fueron desintegrando debido al calor emitido por su propio cargamento al explotar.

Unos minutos después, les llegó la voz de Luke por el comunicador:

—Han, ¿puedes acercarte por aquí? Tenemos un cargamento que debes llevar a Eclipse.

—¿Un cargamento vivo? —preguntó Leia. Danni Quee llevaba queriendo capturar un yammosk vivo desde antes de que Booster les contara la caída de Reecee.

—Afirmativo.

—¡Sabacc! —dijo Han—. ¡Es puro sabacc!