CAPÍTULO 20

Los Sables salieron de la plataforma de embarque de cazas de la Mon Mothma y vislumbraron el disco que era Coruscant parpadeando en un hueco de la flota yuuzhan vong, el aura formada por el trillón de luces del planeta era un recordatorio de lo que protegían con su lucha. Ben estaba allí abajo, iluminado por una de aquellas luces, durmiendo profundamente en el apartamento de su tía y soñando con el regreso de su madre. Mara podía sentirlo a través de la Fuerza. Lo que no podía sentir era cuándo se harían realidad sus sueños. Los yuuzhan vong continuaban presionando y avanzando, pese al constante fluir de refuerzos de la Nueva República, rumoreándose incluso que el almirante Ackbar estaba en camino con una flota mon calamari. Su paso por el sistema estaba marcado por la franja de naves muertas y basura espacial, pero aún conservaban la mitad de su flota y tenían Coruscant a la vista.

Estaban todo lo cerca de su hijo que Mara pretendía permitir que llegaran.

Una sábana de energía azul iluminó el espacio cuando los compartimientos de turboláseres del Mon Mothma se abrieron y volvieron a disparar. Un momento después, la fragata yuuzhan vong desaparecía de la pantalla táctica y las alarmas de los sensores de la cabina aullaron cuando un grupo de coralitas se dirigió hacia allí.

La voz de Wedge Antilles sonó por el comunicador:

—Que todos los escuadrones permanezcan en defensa cerrada. Esta vez los obligaremos a detenerse y a prestar atención.

Mara se vio inmersa en la reconfortante calidez del toque en la Fuerza que le enviaba su marido.

—Él estará bien —dijo Luke—, no permitiremos que le pase nada.

* * *

Los ojos azules de Mara se abrieron aún más cuando la franja de seguridad se redujo y el joven oficial de comunicaciones del Bail Organa preguntó:

—¿Debo solicitar a Defensa Planetaria que desactive el sector de minas para nosotros, general?

Garm Bel Iblis se retorció el bigote e, ignorando la pantalla táctica de la pared, fijó la mirada en el ventanal, donde una tormenta de plasma castigaba los escudos del destructor estelar. Entre los destellos podía verse un enjambre de siluetas avanzando desde detrás del ataque, aumentando de tamaño hasta conformar las formas de los buques transgalácticos y los enormes transportes de la Nueva República. Uno nunca debe sustituir su propia opinión por la de la tecnología, y supo instintivamente que la barrera de refugiados llegaría hasta ellos en menos de un minuto, como supo que Defensa Planetaria tendría que desactivar dos sectores de minas, no uno, si el Grupo Dos de la flota pensaba retirarse de forma ordenada.

—¿General? —preguntó una mujer joven—. Tengo un canal abierto con Defensa Planetaria.

—Muy bien, Anga —los ojos de Garm se posaron brevemente en la pantalla táctica, donde comprobó que, gracias a los desertores que habían cambiado de una flota a otra, su fuerza era mayor que al principio de la batalla—. Dile a Defensa Planetaria que mantenga activos todos los sectores del escudo de minas. No nos retiraremos.

El rostro de Anga se volvió tan blanco como su pelo.

—¿Perdone, general?

—Dame un canal abierto con todos los grupos de la flota —ordenó Garm—. Necesito decir unas palabras.

* * *

La Oficina Central Orbital de Defensa estaba ubicada en un satélite equipado con repulsores estacionado ante la ruta de invasión yuuzhan vong, era tan grande como una ciudad mon calamari flotante, la sala de control de su centro tenía el tamaño de todo un estadio de bolachoque y rebosaba de directores de armamento y coordinadores de tráfico. Además, en el momento en que Lando siguió a sus escoltas a través de la escotilla, el centro neurálgico estaba tan silencioso como el espacio.

Todos los pares de ojos estaban fijos en el techo. Lando levantó la mandíbula y se encontró mirando a un vasto abismo de estelas espirales de magma y florecientes esferas de fuego. Algunas de las explosiones parecían tan cercanas como para rozar los escudos. El instinto de Lando le pedía tirarse al suelo, ponerse a cubierto y avanzar lentamente hasta el Dama Fortuna tan pronto como sus manos y pies se lo permitiesen, pero su orgullo nunca le permitiría asustarse el primero. Al margen de lo que le decían sus ojos, la estación seguía estacionaria y no había ni un pequeño crepitar de estática en una habitación llena de sistemas electrónicos.

—¿Un techo óptico? —preguntó con calma deliberada.

—Así es —dijo su escolta, una atractiva contramaestre que habría hecho que Tendrá frunciera el ceño celosa—. A veces ayuda mover la estación para ver lo que está ocurriendo.

—Ajá —dijo Lando.

Ahora que comprendía la escena que tenía delante, pudo distinguir los círculos azules de varios miles de motores iónicos inmersos en la tormenta de fuego. Garm Bel Iblis había rechazado a los invasores. El Grupo Dos de la flota pasaba entre las naves de refugiados para enfrentarse a la vanguardia del enemigo. Las corbetas y fragatas de la Nueva República desaparecían por docenas, cruceros y destructores estelares escupían fuego y caían uno tras otro.

Lando tomó el comunicador de su cinturón y abrió un canal a Tendrá.

—¿Has terminado ya con las plataformas de armas?

—Estoy con el último envío —contestó ella—. Todavía hay una sección de los escudos abierta en el otro lado del planeta, y pensé en enviar los sobrantes al palacio imperial.

—Mejor que te los quedes —dijo Lando—. Creo que cerrarán ese agujero en breve. Nos vemos en el lugar de encuentro.

—¿Cuándo? —Tendrá sonó preocupada.

—Pronto —contestó Lando—. Muy pronto.

La contramaestre se inclinó sobre la escotilla y convocó a los dos droides CYV de guerra que transportaba Lando, después los guió a través de la zona de control. Cuando concluyeron el recorrido a través del laberinto de pasillos y puntos de control hasta el transportador de la otra parte, el Grupo Dos de la flota ya había atravesado la barrera de refugiados e iluminaba la oscuridad con el fuego de sus turboláseres. Las naves de rehenes seguían avanzando mientras sus oscuras superficies eran iluminadas por los halos azulados de los iones.

La contramaestre accionó el panel de seguridad con la palma de la mano para autorizar el acceso y condujo a Lando y sus droides hasta el puesto de mando. Aunque el general Ba’tra ya estaba rodeado por sus ayudantes y oficiales —todos le hablaban al unísono—, el bothano hizo pasar enseguida a los recién llegados. Miró a los droides bélicos con el morro fruncido y gruñó su aprobación.

Agradecido por que finalmente alguien apreciase la calidad de sus droides, Lando sonrió cálidamente y le tendió la mano.

—General Ba’tra, es un placer conocerlo…

—Guárdatelo, Calrissian —gruñó Ba’tra—. Estamos en medio de una batalla.

Lando dejó caer la mano junto con su moral, pero mantuvo la sonrisa.

—Sí, señor, por eso quiero donar estos droides de guerra a su seguridad personal.

—¿Donar?

—Libre de costes —confirmó Lando.

Ba’tra le miró dubitativo.

—¿Y qué recibes a cambio?

—Nada todavía —dijo Lando—. Son buenos droides; sólo quiero mantener en pie el mercado lo suficiente como para que la gente se dé cuenta.

—¿Mantener en pie el mercado? —el bothano sonrió socarronamente, después golpeó ruidosamente y agarró la armadura del CYV1-302A—. ¿Quantum?

—Mejor —dijo Lando duplicando deliberadamente las maneras bruscas del general. Emular el tono del comprador era es una de sus técnicas de venta más efectivas—. Laminanium. Desarrollado por nosotros mismos.

—Ah.

Lando percibió la aprobación del bothano y dijo:

—Tengo veinte más en el Dama Fortuna, por si quiere usarlos para algo.

—¿No están comprometidos?

Lando negó con la cabeza.

—Ésta es mi última parada.

Una llamarada estroboscópica de luz naranja centelleó a través de la cúpula de observación del puesto de control cuando un par de minas encendieron los motores y aceleraron hacia la nave ralltiiriana de refugiados. Los escudos reconvertidos del carguero absorbieron las detonaciones de la primera mina, pero la segunda les alcanzó en la proa, provocando una serie de explosiones secundarias que hicieron que la nave se evaporase de proa a popa.

—Eso responde a la pregunta —comentó Ba’tra contemplando la explosión de la nave—. Desde luego, había guardias yunzhan vong a bordo.

Una capa intermitente de luz naranja inundó el puesto de control mientas se encendía los motores de otra docena de minas.

Los rostros de los asistentes del general perdieron el ánimo y una hembra bith preguntó:

—¿Debo mantener los sectores dos, veinte y tres desactivados, general?

Antes de responder, Ba’tra se giró para consultar la pantalla táctica que colgaba de la pared de la cubierta de mando. El Grupo Tres de la flota de Wedge volvía de la retaguardia, pero un rápido vistazo a la situación revelaba que Garm no podía mantener a raya a los yuuzhan vong. Aunque los supervivientes del Grupo Dos habían abierto una brecha de proporciones considerables en la vanguardia enemiga, las naves yuuzhan vong llegaban por todas partes, siguiendo a las naves de refugiados hasta la barrera de minas.

La luz naranja del puesto de mando se apagó de golpe y no fue reemplazada por el destello de las minas que explotaban. Ba’tra giró la cabeza bruscamente el tiempo suficiente para ver una docena de naves de refugiados intentando cruzar la barrera de minas sin detenerse.

El bothano daba vueltas alrededor del bith que había sugerido desactivar el sector.

—Yo no autoricé eso.

Un pequeño rubor asomó veladamente en el rostro del bith.

—Yo tampoco.

Ba’tra sacó el comunicador de un bolsillo y caminó hasta la pared de transpariacero que daba a la planta principal de la zona de control.

—Activad los sectores dos, veinte y tres.

El bothano miraba fijamente a una solitaria mon calamari sentada a cuarenta metros de él, en el corazón mismo de la gigantesca planta. Se limitaba a cruzar los brazos y mirar al exterior a través del techo. Los controladores de minas que la flanqueaban hacían lo mismo.

—Ya veo —Ba’tra apagó de golpe el comunicador y se volvió hacia Lando—. ¿Son tus droides tan adeptos a tratar con traidores como con infiltrados?

Lando echó un vistazo a los controladores y tragó saliva, dudando si responder honestamente.

—¿Sabes lo rápido que nos alcanzará el enemigo cuando hayan despejado la barrera de minas? —pregunto Ba’tra—. Debería mencionar que no dejarás esta estación hasta que obtenga una respuesta.

—Has designado objetivos y dado una orden de anulación —dijo Lando.

—¿Lo qué significa…?

Lando no contestó, su pensamiento se llenó de repente de acelerados cálculos y obstáculos.

—¿Calrissian?

—General, ¿hay algún modo de evitar que las minas ataquen a las plataformas de defensa orbital?

Ba’tra frunció el ceño, pero miró a un asistente arcona.

—Podríamos darles los códigos de desactivación —sugirió su ayudante—. Con una transmisión restringida podrían desconectar la cabeza explosiva y dejar que las minas rebotasen contra sus escudos.

—Bien —dijo Lando—. Entonces sugiero que desactive todos los sectores.

—¿Qué?

—Déjeles pasar —explicó Lando—. A los refugiados, a los yuuzhan vong, a todos.

Los ojos de Ba’tra se estrecharon mientras pensaba, y Lando pudo comprobar que el general estaba pensando en los mismos términos que él. Al menos este bothano concreto se merecía su puesto.

Tras un momento, Ba’tra preguntó:

—¿Sabes qué ocurrirá si esas naves chocan contra los escudos planetarios?

Lando se encogió de hombros.

—Las minas detendrán a los primeros centenares de naves.

—Quizá no a tantas —dijo el bith.

—Entonces, utilice sus recursos como más le convenga.

Ba’tra levantó la mirada hacia el flujo de naves rehenes que se extendía por el sector de minas desactivadas camino de la superficie de Coruscant. Los primeros transportes ya se desvanecían detrás del borde de la cúpula de observación, largas agujas de flujo iónico quedaron atrás mientras aceleraban hacia el escudo planetario.

—¿Sabes que eso no salvará a los rehenes? —dijo Ba’tra.

—Pero al menos no será la Nueva República quien los mate —dijo Lando—, y quizá así se salve Coruscant.

Media esfera de luz dorada ascendió desde el planeta cuando la primera nave refugiada se desintegró contra el escudo.

Ba’tra se disgustó y después asintió.

—Muy bien, Calrissian, Hazlo.

Lando se quedó boquiabierto.

—¿Yo?

—Es tu idea, tu misión —dijo el bothano—. Haré que alguien te traiga unas estrellas. General, acabo de readmitirlo en la flota.

* * *

Para cuando el Grupo Tres de la flota se reunió con el Grupo Dos, el espacio local ya estaba tan atestado de restos espaciales que no se podía alcanzar algo parecido a la velocidad de combate. A través de la nube de restos, Mara podía ver media docena de destructores estelares, y quizá veinte o treinta naves más pequeñas, usando los turboláseres para despejar una ruta de salida, pero incluso así apenas se movían. Al menos la mitad tenía fugas por las que salían cuerpos y atmósfera, y una docena sólo podía moverse gracias a los rayos tractores de las naves cercanas. Era evidente que, Garm Bel Iblis y sus partidarios no podían continuar en la batalla.

La retaguardia yuuzhan vong llegaba por todas partes, intercambiando disparos con el Grupo Uno de la flota al atravesar por oleadas la barrera de minas desactivada. Al parecer, Traest Kre’fey había elegido no entablar batalla hasta unirse con el grupo de Wedge. Los pocos miles de naves que aún le quedaban estaban aisladas, conformándose con atacar desde lejos mientras los invasores se derramaban en la órbita del planeta y desbordaban a las plataformas de defensa de Coruscant. Aunque su número estaba terriblemente mermado, a Mara le costaba creer que el almirante fuese tan cobarde. Siempre le había parecido un soldado honorable y un leal ciudadano, pese a su herencia bothana.

La escena al filo de la atmósfera de Coruscant hizo que el corazón de Mara se acelerase preocupado por la seguridad de Ben. Un escudo circular de mil kilómetros brillaba dorado bajo el constante bombardeo de las naves de rehenes. Cada nuevo impacto levantaba un pilar de fuego y enviaba ondas de choque por la superficie. De vez en cuando, una nave refugiada se liberaba en el último segundo, cuando la tripulación conseguía dominar a sus captores. Pero todos los intentos acababan mal, pues siempre acababa chocando contra el escudo, siendo tiroteada por una fragata a la espera o desintegrándose por la tensión del intento de escapar. La mayoría de las veces, los escuadrones suicidas yuuzhan vong obligaban a los pilotos a chocar en el mismo lugar, y las explosiones más grandes ya provocaban relámpagos de disrupción por todo el escudo.

La voz de Danni Quee sonó por el comunicador:

—Tenemos otro yammosk.

Mara lanzó una ojeada a la pantalla táctica, donde un recuadro de localización de objetivos se centraba en un crucero pesado dentro de la barrera de minas. Una docena de cansados suspiros sonó por el altavoz del sistema de comunicación. Sería el cuarto yammosk que mataba Eclipse. Habían acabado con el segundo gracias a la táctica de la bolabrillo de Saba, pero el tercero había costado tantos pilotos que Luke reorganizó las fuerzas de Eclipse en una única formación de doscientos quince escuadrones. Cuando Danni detectó la ausencia de pulsos gravitacionales, todos esperaban haber matado al último, pero era plausible que los invasores se hubieran traído otro de reserva.

Luke abrió un canal con el Mon Mothma.

—Necesitaremos ese apoyo, comandante. —Durante las últimas paradas para rearmarse, Wedge había ofrecido el apoyo del Escuadrón Pícaro y del Espectro para el siguiente ataque contra el yammosk—. Esto va a ser duro.

—Negativo, Granjero —respondió Wedge—. No estás autorizado para atacar.

Mara notó que Luke se alteraba y supo lo cansado que estaba. El nunca se dejaba enfurecer tanto como para que ella pudiera notarlo.

—Éste no es momento para cuidar de los viejos amigos, comandante. Ya ve lo desesperada que es la situación. Si no nos acabamos con ese…

—He dicho que no —le interrumpió Wedge—. No puedo ordenarte que vuelvas, pero confía en mí. Hay cosas que no puedo decir por un canal de combate.

Mara percibió en Luke el equivalente Jedi a contar hasta diez. Aún no tenían razones para creer que los yuuzhan vong pudiesen escuchar sus comunicaciones, y mucho menos descifrar los códigos militares, pero no podía decirse lo mismo de las naves de refugiados. Si alguno de esos pilotos era un contrabandista como Han Solo o Talón Karrde, podía llevar a bordo el mejor equipo de escaneo de sistemas de comunicación de la galaxia.

—Entendido —dijo Luke—. Haznos saber cuándo tenemos la autorización.

—Cuenta con ello.

—¿Wedge? —Mara se sorprendió tanto como cualquiera al oírse por el sistema de comunicación diciendo el nombre de Wedge, y ni siquiera estaba segura de por qué lo hacía hasta que preguntó—. ¿Puede conectarme con las comunicaciones civiles de Coruscant?

Hubo una breve pausa y después Wedge dijo:

—Claro que sí. ¿Con quién quieres hablar?

—Con mi cuñado —dijo ella.

La curiosidad que sintió en Luke duró sólo hasta que la siguiente nave de refugiados chocó contra los escudos de Coruscant. Esta vez, la discontinuidad estática se consumió sola y se enterró en los escudos. Dos naves más chocaron junto al agujero recién abierto, aumentando diez veces su tamaño, y un tercer piloto pudo hacer pasar sano y salvo su pesado buque trasgaláctico a través de aquella brecha. Los canales de comunicación crepitaron con una extraña aclamación contenida cuando el Grupo Tres cedió a la alegría de ver sobrevivir una nave de refugiados. Las aclamaciones cesaron cuando dos de fragatas yuuzhan vong entraron tras ella por el agujero.

La voz de Han Solo surgió por el altavoz del sistema de comunicación:

—¿Mara? ¿Qué ha ocurrido? —el canal estaba lleno de estática—. ¿Es Luke…?

—Él está bien —interrumpió Mara—. Escúchame. Los escudos están cediendo. ¿Puedes sacar a Ben del planeta?

—Trespeó ya está haciendo las maletas —dijo Han—. Estaremos en el aire tan pronto como lleguemos al Halcón.

—Gracias —hubo una incómoda pausa durante la cual Mara se encontró atrapada entre volver a decirle cuánto lo sentía o pedir perdón por haber creído que la misión de Anakin había sido una buena idea. Al final preguntó—: ¿Cómo está Leia?

—Aguantando —contestó Han. Mara vio una imagen fugaz de Leia sujetando a Ben en su regazo, después Han dijo—: Nos vemos.

Él apagó el canal y dejó a Mara y a Luke a solas con la guerra. Sintió a Luke alcanzándola en la Fuerza, intentando llenarla con una sensación de seguridad que él mismo no tenía.

«Estoy bien, Luke», pensó ella.

Pero Mara también podía sentir cómo aumentaba la irritación de Luke. Don Maestro Serio se estaba impacientando con este extraño juego de persecuciones y esperas. Más de una docena de naves yuuzhan vong cruzaron la sobrecargada brecha y entraron en la atmósfera de Coruscant antes de que pudiera activarse el generador de repuesto del escudo planetario.

El Grupo Tres ya estaba casi en la barrera de minas cuando Wedge dio la orden de interrumpir la persecución. Aunque hacía veinte minutos que ninguna nave enemiga se había situado lo bastante cerca para atacar a los Ala-X, Luke ordenó a Sables y Caballeros Salvajes que se dirigieran a las estaciones de combate situadas a doscientos kilómetros ante el destructor estelar. Intrigados por la vacilación de Wedge, ambos escuadrones se detuvieron a contemplar la mortífera tormenta de luz que se repartían una y otra vez las grandes naves capitales.

El enigma se resolvió en menos de un minuto, cuando se conectó toda la barrera de minas. Las naves capitales dejaron de disparar. Un asombroso silencio se adueñó de los canales de comunicación cuando las minas eligieron su objetivo en las naves enemigas y trazaron una curva hacia ellas. Los yuuzhan vong maniobraron de forma desesperada, pero estaban atrapados entre las minas y Coruscant y no tenían adonde ir. Algunas naves rozaron los escudos planetarios y se hicieron pedazos al instante. Algunas chocaron entre sí y otras se distrajeron tanto que fueron presa de los misiles y el fuego de turboláser de las plataformas de defensa orbital.

Al final, los yuuzhan vong se dieron cuenta de que lo mejor era parar y capear la tormenta, confiando a sus armas y sus singularidades defensivas la destrucción de las minas que se aproximaban. Muchas fallaron y quedaron reducidos a añicos. Mil más sufrió brechas en el casco por las que expulsaron sus sistemas internos. Casi todos recibieron al menos un impacto, pero una cantidad asombrosa de naves mostraba muy pocos daños. Reanudaron su tarea, atacando las plataformas de defensa orbital y enviando naves de refugiados a la destrucción.

Entonces, casi al mismo tiempo, las naves yuuzhan vong en peor estado abandonaron la órbita y se lanzaron contra los escudos planetarios. La disrupción estática recorrió la atmósfera. Rejillas defensivas enteras brillaron y desaparecieron con un parpadeo. Las estaciones de generadores ligadas al planeta explotaron con destellos tan brillantes que pudieron verse desde el espacio. Los coris empezaron a abandonar las naves yuuzhan vong supervivientes y descendieron hacia la superficie.

En la pantalla táctica de Mara, el crucero con el cuarto yammosk parpadeaba lentamente, indicando los daños sufridos. Pero estaba casi intacto, flotando hacia la parte iluminada del planeta.

—Bueno, Granjero —comunicó Wedge—. Ya estás autorizado para atacar.