CAPÍTULO 5

Jaina llegó a lo alto de la última duna de una larga serie de dunas de tiza y encontró un caminante imperial asomando desde la siguiente, con su blanca carlinga y el bulto de su pasajero acorazado silueteados contra la oscuridad más profunda del pasillo. Siseó una advertencia a los que iban tras ella y se agazapó en posición defensiva mientras desenganchaba el sable láser del arnés. Lo último que esperaba ver dentro de una mundonave yuuzhan vong era un obsoleto AT-AT, un Transporte Armado Todo Terreno, pero cien misiones con el Escuadrón Pícaro le habían enseñado a no sorprenderse nunca por nada. Cuando una barra luminosa cobró vida dentro de la carlinga, cedió a sus instintos curtidos en combate y se lanzó ladera abajo en una serie de volteretas en zigzag.

Mientras saltaba, sintió que se apoderaba de ella ese extraño estado de entumecimiento emocional que esos días parecía acompañarla en cada pelea. Otros pilotos hablaban a veces de sentirse desconectados y al margen de sí mismos cuando entraban en combate, normalmente dos misiones antes de que cometieran algún error idiota y dejaran que un caracortada los convirtiera en una nova, pero esto se parecía más a la resignación, a una aceptación cansina del horror y el dolor que era el combate. Le habría gustado atribuir estos sentimientos a su fe en la Fuerza, pero sabía que no era así. Su reacción era una armadura emocional, una forma de evitar la angustia que le producía ver morir de forma horrible a un amigo o un compañero de escuadrón, y de negar el miedo de que pronto le llegaría el turno.

Llegó al fondo envuelta en una nube de tiza y rodó hasta detenerse. Se puso en pie, en posición de combate y movió el sable láser a su alrededor, y entonces oyó un siseo familiar.

—Palillos, debería crecerte una cola —dijo Tesar Sebatyne—. Quizá azi no serías tan torpe.

Eso arrancó una serie de carcajadas a Krasov y Bela.

—Muy gracioso —replicó Jaina. Notó la diversión silenciosa del resto del grupo incluso sin la fusión de combate que Jacen había reducido para intentar amortiguar la creciente discordia—. Podrías haber dicho algo.

—También podría arrancarme las ezcamas que tengo sobre el corazón —dijo Bela—. Pero no lo hago.

Más siseos.

Jaina salió de la nube de tiza para encontrarse con que los barabeles la esperaban con Anakin y los demás, con los trajes de vacío ya plegados y metidos en sus bolsas protectoras y enganchadas a los arneses de equipamiento. Estaban cubiertos de polvo de la capucha a los tacones, más parecidos a fantasmas Jedi que a Caballeros Jedi, sentados contra la pared del pasillo, atentos a los coralitas que siempre parecían llegar para espolvorear algún agente nervioso cada vez que se detenían. Dos series de huellas, una de ellas enorme y evidentemente de un wookiee, se dirigían hacia el AT-AT.

Jaina buscó mediante la Fuerza y sintió a Lowbacca dentro del caminante con Jovan Drark.

—¿De dónde ha salido esa cosa?

—Los adiestradores son muy concienzudos —explicó Lomi—. Mantienen una ciudad entera de esclavos para que manejen equipo capturado con el que habituar a sus voxyn a esas abominaciones sin vida. No hay nada que no harían para librar a la galaxia de los Jedi.

—Incluso tienen un trasgaláctico en una gruta hangar —añadió Welk.

La idea de estrellar una nave de un millón de toneladas contra el centro de clonaje empezó a llenar la mente de Jaina.

—¿Está…?

—Le han quitado los conversores energéticos —dijo Lomi—. Hasta los caminantes y los aerodeslizadores se mueven con baterías de baja capacidad en vez de con combustible. No pueden alejarse mucho más de la ciudad de los esclavos.

—Claro —suspiró Jaina.

Con algunos recursos y un poco de tiempo, Lowbacca y ella podrían encontrar el modo de recuperar la máquina, pero ya llevaban treinta horas dentro y lo último que podía hacer el grupo de asalto era dar a los yuuzhan vong más tiempo para reaccionar. Un pálido tinte verde empezaba a llenar el pasillo de tiza, y Jaina alzó la mirada para ver que el disco esmeralda que era Myrkr asomaba por un tramo desigual de membrana de ventana empleado para arreglar una grieta de treinta metros en el casco externo del mundonave. De pronto se sintió rejuvenecida, algo menos nerviosa y preocupada. Había algo en la aparición de un brillante cuerpo celestial que la hacía sentirse como si acabara de despertarse de un largo sueño en una cálida cama.

La voz de Jovan Drark zumbó por el comunicador.

—La Fuerza nos favorece hoy. Las baterías aún tienen carga, pero los enlaces energéticos han quedado aislados por secreciones minerales.

Un escalofrío de peligro surcó la espalda de Jaina.

—¿Secreciones?

—Parece un nido de insectos. Lowbacca lo está limpiando ahora.

—¿Qué clase de insectos? —dijo la voz de Jacen por el comunicador. Aunque su hermano siempre estaba interesado en conocer nuevas criaturas, su lazo con él le decía que no lo preguntaba por curiosidad—. Parecen gusanos con patas…

—No es una colmena de insectos pateadores —repuso Jovan—. Son como pequeños zumbadores, completamente inofensivos.

—Nada de lo que hacen los yuuzhan vong es inofensivo —le dijo Alema a Anakin—. Es una trampa.

—Para ti todo es una trampa —objetó Tahiri. Mientras hablaba, la carlinga del caminante se encendió, proyectando una banda de luz pálida en la siguiente duna—. ¿Por qué no puede acompañarnos la Fuerza por una vez? A todos nos vendría bien que nos llevaran.

—¿Qué sabes tú de esas cosas? —le preguntó Anakin sabiamente a Lomi.

—Que son un riesgo innecesario —señaló a la parte donde se acababa ese pasillo, en una pared lisa de coral yorik—. Ya casi hemos llegado a nuestro destino. El principal laboratorio de clonaje está un kilómetro más allá de esa pared.

—Ya era hora —dijo Zekk, uniéndose al resto del grupo—. Empezaba a pensar que nos estabas retrasando.

Lomi sonrió con amargura.

—Comprenderás que prefiera seguir viva a ir deprisa. Aquí todos compartimos el mismo destino.

—Hasta ahora nos ha mantenido a salvo —añadió Anakin, frunciendo el ceño ante el tono provocativo de Zekk. A diferencia de todos los demás miembros del grupo, no parecía preocuparle el tiempo que les había llevado cruzar la zona de entrenamiento—. Vayamos sobre seguro y evitemos el caminante. De todos modos, en dos horas habremos acabado con esto y estaremos camino de casa. Cuatro, como mucho.

—Cuidado, Anakin —dijo Jaina—. Empiezas a sonar como papá.

Pese a su sonrisa jovial, Jaina estaba muy alterada por el exceso de confianza que mostraba su hermano. Al haber perdido sólo a Ulaha y a los dos droides pese a tantos contratiempos, Anakin parecía creer que el grupo de asalto era intocable, que ni siquiera todo una mundonave lleno de yuuzhan vong podía con un único pelotón de Jedi bien entrenados. Quizá fuera cierto, pero Jaina había aprendido en el Escuadrón Supremo que ser el mejor no te garantiza nada, que los planes le salen mal a cualquiera, y siempre pasa en el peor momento posible.

Anakin hizo una seña con la cabeza a los barabeles, que nunca parecían cansarse de caminar delante y el grupo de asalto empezó a subir la duna envuelto en una nube de polvo. Jaina se mantuvo al lado de su hermano, debatiendo si sería inteligente recordarle el aprieto en que estaban. Antes de salir de Eclipse, Ulaha y los estrategas habían calculado que las posibilidades de éxito de la misión se reducirían en un dos por ciento por cada hora que pasara, así que las posibilidades del grupo debían estar rondando ya el cero. Si a eso le añadía que los yuuzhan vong se habían adelantado a su asalto lo bastante como para tenderles una emboscada y enviar a Nom Anor a recapturarlos, las posibilidades debían ser ya minúsculas.

Hasta el Escuadrón Espectro habría renunciado en ese momento y solicitado que les sacaran de allí, pero eso no era una opción. Habían sabido desde el principio que cualquier flotilla de apoyo que pudiera enviarse sería destruida cuando intentase cruzar la zona de guerra o una vez fuera detectada en las cercanías de Myrkr. A pesar de ello, y al ver aquí una posibilidad de salvar a la galaxia, Anakin había insistido en ir, argumentando que si el grupo necesitaba ser rescatado, ya podían ir dando por perdidos a los Jedi, y a la Nueva República con ellos. Y por mucho que le asustara, Jaina creía que tenía razón.

—¿Jaina? —preguntó Anakin cuando estaban a punto de coronar la duna.

Ella le miró y le sorprendió lo alto que estaba su hermano, lo apuesto que se había vuelto, incluso tras la barba de varios días que se veía a través de la tiza de su rostro.

—¿Sí?

—¿Qué haces fuera de la fila? —él la miró por encima del hombro y habló en voz tan baja que tuvo que usar la Fuerza para llevar las palabras a sus oídos—. ¿Quieres decirme algo?

—Pues sí —Jaina sonrió. Alargó la mano y le estrechó el antebrazo—. Estás haciendo un buen trabajo, Anakin. Si conseguimos hacer esto, será gracias a tu confianza y decisión.

—Gracias, Jaina —Anakin debía querer que su sonrisa ladeada fuera de chulería, pero a su hermana le pareció más de sorpresa, quizá incluso de alivio—. Lo sé.

—Seguro que sí —repuso ella riéndose. Le dio en el hombro un puñetazo lo bastante fuerte como para hacer que se tambaleara—. Pero no olvides estar siempre en guardia.

Coronaron la cumbre y se encontraron mirando a la ventana de transpariacero del AT-AT. Al principio Jaina pensó que la luz del interior había disminuido, pero entonces vio sobresalir de detrás del panel de instrumentos las caderas de Lowbacca cubiertas por el mono y se dio cuenta que la penumbra no se debía a la iluminación sino a enjambres de zumbadores. Tantos insectos había que el principal túnel de acceso no era visible, fuera de un ligero oscurecimiento allí donde la carlinga se comunicaba con el compartimento de pasajeros.

Anakin habló al instante por el comunicador.

—Mechones, ¿qué estáis haciendo ahí? Os dije…

Lowbacca gruñó una réplica tensa, mientras su mano peluda sacaba un filtro de la consola.

—El amo Lowbacca informa de que sólo intenta rescatar un equipo que necesitamos —tradujo Eme Tedé para los que no entendían el shyriiwook—. Y que por favor le perdonen la brusquedad. Los zumbadores están empezando a picar.

—¿A picar? —repitió Jaina. Calculó la distancia hasta la carlinga y empezó a hacer acopio de la Fuerza para dar un largo salto—. ¿Y tú, Jovan?

—¿Jovan? —repitió Anakin al no recibir respuesta.

La peluda cabeza de Lowbacca apareció tras la consola de instrumentos y se volvió hacia la parte trasera de la carlinga. Ladró una pregunta al túnel de acceso, y luego se puso en pie, con un segundo filtro en la mano.

—El Jedi Drark no responde —informó Eme Tedé—. El amo Lowbacca no lo ve.

—Cuelga de una ezcotilla de la parte inferior —le interrumpió Tesar—. Krasov puede bajarlo.

Lowbacca gruñó en agradecimiento y, tras rascarse furiosamente bajo el cuello del mono, volvió a la consola de instrumentos.

—¿Lowbacca? —llamó Jaina—. ¿Qué haces? ¡Sal de ahí!

El wookiee gruñó una explicación confusa sobre que necesitaban más máscaras respiradoras y cayó pesadamente de rodillas para volver al trabajo. Un largo brazo apareció a la vista y amontonó torpemente un puñado de tuberías con filtros, y luego se deslizó tras la consola y no volvió a aparecer.

—Cielos —informó Eme Tedé—. Parece que al amo Lowbacca se le ha colgado el procesador.

Jaina usó la Fuerza para superar los cinco metros extra de altura y saltó desde la duna de tiza para aterrizar suavemente en el techo de la cabina, y estuvo a punto de caer hacia atrás cuando Anakin y Zekk aterrizaron a su lado. Anakin conectó el sable láser y lo hundió en la ranura de la escotilla de escape de la carlinga. Jaina encendió su propio sable láser y empezó a hacer lo mismo en dirección contraria, mientras Zekk se tumbaba y se colgaba por la parte delantera para mirar por la ventana.

—¡No puedo creerlo! —dijo—. Sigue intentando conseguir las máscaras.

—Igual se está cansando de cargar con Jedi inconscientes —dijo Lomi, aterrizando junto a los otros. Señaló dos placas en lados opuestos de la escotilla—. Cortad allí y allí.

Jaina y Anakin siguieron sus instrucciones, y sus sables láser chirriaron agudamente al fundir el cerrojo de la escotilla y las bisagras reforzadas.

Mientras trabajaban, por los comunicadores les llegó la voz de Ganner.

—Jovan está vivo, pero mareado y enfermo. Tekli cree que podrá salvarlo.

—¿Salvarlo? —repuso Anakin sorprendido.

—Deberías verlo —comunicó Tahiri—. No sabía que los rodianos pudieran hincharse así.

Anakin palideció y no dijo nada, concentrando todos sus esfuerzos en sacar a Lowbacca.

—¿Órdenes? —pidió Ganner.

—Debemos retirarnos y probar por otro camino —sugirió Lomi.

Anakin negó firmemente con la cabeza.

—Nunca.

Dentro de la carlinga sonó un golpe amortiguado.

—¡Baba de hutt! Se ha desmayado —dijo Zekk.

El sable láser de Jaina acabó con el cerrojo de la escotilla con un último siseo. Apagó la hoja y colgó el mango de su arnés de equipamiento.

—Igual deberías escucharla, Anakin —dijo nerviosa—. Si esto es una trampa, vendrán a por nosotros.

—¿Y qué si lo hacen? —sus nudillos se emblanquecieron mientras seguía cortando—. Somos Jedi, ¿no?

—El valor de un sacrificio tiene un límite hasta para los yuuzhan vong —le previno Lomi—. Nos matarán antes de permitir que lleguemos al laboratorio de clonaje. Debemos dar la vuelta.

—Creía que por eso habíamos venido por aquí —dijo Zekk mirando por encima del hombro.

—Se nos han anticipado —se limitó a decir Lomi—, pero hay otros caminos.

—¿Y cuando se anticipen a esos? —preguntó Anakin, mientras cortaba el último centímetro de bisagra reforzada.

—Entonces probaremos con otro y con otro —dijo Jaina. Sabía que su situación sólo empeoraría a medida que pasase el tiempo, pero también que sería fatal que los acontecimientos presionasen a Anakin a tomar una decisión apresurada—. Tarde o temprano habrá que luchar con ellos, pero que sea en nuestros términos y no en los suyos.

El suave siseo de un sello al romperse brotó de la escotilla al soltarse por fin ésta y aposentarse en su marco circular. Anakin desactivó su sable láser, y se apartó, sin responder todavía a Jaina o Lomi.

—Anakin, por el desfiladero se acerca una nube de polvo, y no creo que sea un aerodeslizador de la Nueva República —dijo Ganner—. ¿Qué nos ordenas?

—¡Enseguida! —exclamó Anakin. Respiró para calmarse, y se arrodilló junto a la escotilla y miró a Jaina—. ¿Lista?

—Lista —incluso sin la fusión de combate, puede que incluso hasta sin la Fuerza, seguía estando lo bastante cerca de su hermano como para saber lo que él quería que hiciera—. Con cuidado.

Jaina hizo levitar la pesada escotilla fuera de su marco y la movió a un lado. Unos pocos zumbadores salieron por la abertura, emitiendo con las alas un zumbido apenas audible cuando rodearon a Anakin y empezaron a posarse en su rostro. Éste no les prestó atención y miró a la carlinga y usó la Fuerza para levantar a Lowbacca hasta la escotilla. Los zumbadores eran visibles en su rostro incluso a través del espeso vello, sobre todo en los párpados y moviéndose dentro de su negra nariz. Mejillas y labios se le habían hinchado hasta el doble de su tamaño, y respiraba en estranguladas toses.

Los enormes hombros del wookiee resultaron ser demasiado anchos para pasar por la escotilla y Anakin tuvo que volver a bajarlo a la carlinga. En cuanto la abertura estuvo despejada, empezaron a salir nubes de zumbadores, que fueron a atacar la cara de Anakin y le arrancaron una maldición cuando empezaron a picar. Se apoyó en el AT-AT y cogió a Lowbacca primero por los brazos para que fueran lo primero en salir. Jaina y Zekk se pusieron a su lado y tiraron cada uno de un brazo para que Anakin se concentrara en pasar al inconsciente wookiee por el estrecho espacio. Las manos y el rostro de Jaina estallaron de dolor cuando los zumbadores fueron a por ella. Lomi se puso detrás e hizo un débil intento de invocar un viento con la Fuerza que fracasó en llevarse a los insectos.

Cuando el torso de Lowbacca empezó a pasar por la escotillas montones de zumbadores hinchados de sangre empezaron a caer de sus mangas. Tenía las manos en carne viva y le estaban brotando ampollas púrpuras del tamaño de las yemas de los dedos de Jaina.

La única reacción de Anakin fue terminar de sacar a Lowbacca. Una nube creciente de zumbadores salió detrás del wookiee, obligando a Jaina a buscar la tapa de la escotilla. Las picaduras la estaban mareando ya, y sentía un picor tan enorme que necesitó un segundo para concentrarse antes de poder levitar el pesado trozo de acero. Cuando se volvió, fue para encontrar a Lomi haciendo levitar por la escotilla un puñado de filtros y máscaras respiradoras.

—No debemos olvidarnos de esto —Lomi cogió el equipo en sus brazos y se dirigió hacia la parte frontal de la carlinga, donde Anakin ya bajaba a Lowbacca hacia las dunas—. El wookiee ha arriesgado la vida por ello.

Jaina volvió a poner la escotilla en su sitio, y sintió la mano de Zekk en su brazo. Le sorprendió descubrirse tropezando mientras él la hacía bajar tras los demás. Aunque la caída era breve, bastaba para que a su estómago enfermo le diera un vuelco. Aterrizó con dureza entre Anakin y Lomi, cayendo de rodillas y quedándose en esa postura, ahogándose por el polvo de tiza, enloquecida por los picores e intentando no vomitar.

Tras ella, Lomi preguntaba:

—¿Qué dices ahora, joven Solo? ¿Sigues decidido a luchar?

Anakin lo pensó un momento.

—¡Rayos de láser! —ayudó a Jaina a ponerse en pie y la envió tambaleante hacia la parte de atrás de la duna. Luego activó el comunicador—. Ganner, nos vamos. De retirada.