CAPÍTULO 4
Tsavong Lah fijó su mente en el ritmo cautivador de la canción de Vaecta y pensó en los sacrificios de Yun-Yuuzhan, en los ojos que había entregado para iluminar las estrellas y los tentáculos a que había renunciado para formar las galaxias. Tal como habían hecho los dioses en su momento, así debían hacer los yuuzhan vong. La victoria de hoy establecería la pinza izquierda de su ataque final, y por eso había puesto la mano izquierda en el bloque de corte. Comprendía cuál era el lugar de la fe como no lo habían comprendido sus antecesores; y por eso él triunfaría allí donde ellos murieron o se quedaron sin saber qué hacer.
Por eso había solicitado el regreso del sacerdote Harrar, su guía espiritual y la única persona en la que confiaba para que le aconsejase sobre las ofrendas necesarias para garantizar la victoria de los yuuzhan vong. Le habría gustado que el mismo Harrar realizase el ritual, pero no quería insultar a Vaecta. Hoy Harrar permanecería a su lado como testigo y amigo, no como sacerdote.
Mientras Vaecta bendecía la garra de radank que los cuidadores iban a ponerle en lugar de la mano sacrificada, Tsavong Lah miraba al vaporoso disco azul verdoso que era Borleias, ahora envuelto en una relampagueante red de rayos de energía y estelas de plasma. Era un mundo carente de recursos útiles para el enemigo, pero era la base ideal para un ataque contra el mismo Coruscant y, por tanto, estaba muy fortificado y de forma muy inteligente. Los infieles habían dispuesto las defensas orbitales en tres capas, con las plataformas pesadas en el exterior, las más pequeñas y rápidas al disparar en el interior y una densa capa de minas espaciales en medio.
Una bola de plasma del tamaño de una pequeña luna acabó sobrecargando los escudos de una plataforma pesada y redujo esa abominación sin vida a una masa de metal fundido, pero la nave-isla que la atacó pagó caro su éxito. Un cono de disparos de turboláser de un metro de espesor convergió en la nave, abrumó sus proyectores de singularidad y abrió cuatro grandes boquetes en el casco. La nave empezó a escorarse, mientras la vida de su interior era arrastrada al espacio abierto y un enjambre de proyectiles infieles zigzaguearon desde la plataforma para rematarla.
Seef, su ayudante de comunicaciones, se presentó ante él llevando el villip ya revertido de Maal Lah, un astuto oficial del dominio del propio Maestro Bélico y comandante supremo al cargo de garantizar la victoria de hoy. Aunque Tsavong Lah podía ver la alarma en el rostro de su subordinado, esperó humildemente a que Vaecta concluyera su bendición, luego hizo un gesto hacia el villip.
—¿Está permitido?
Vaecta asintió.
—Los dioses nunca se ofenden ante quien cumple con su deber.
La sacerdotisa dio inmediatamente inicio a los acatamientos requeridos a Yun-Yuuzhan y los demás dioses antes de dedicar el sacrificio del Maestro Bélico al Aniquilador, y Tsavong Lah se volvió hacia el villip.
—Tus comandantes se vuelven demasiado atrevidos —dijo.
—Están impacientes por ganarse tu aprecio —replicó el villip. Tenía la imagen de un guerrero de mandíbula cuadrada con tantas espirales de combare tatuadas que se había visto forzado a empezar a hacerse tatuajes rojos sobre los azules—. Les he avisado de que no lo obtendrán arriesgando aquí sus naves.
—Pero tú favoreces las tácticas arriesgadas —concluyó Tsavong Lah.
—Comprendo la necesidad de conservar las naves, Maestro Bélico. Coruscant está bien defendido.
Tsavong Lah se sorprendió. Había esperado que, tras perder la gran nave, el comandante supremo solicitara un ataque de inserción para situar trampas de gravedad con dovin basal en el anillo interior de las plataformas defensivas. Por costosa que fuera esa táctica, despejaría rápidamente el camino hacia el planeta pues atraería el campo de minas al anillo interior de plataformas orbitales. Y en el supuesto de que sobrevivieran suficientes hombres de la fuerza de asalto como para llegar a ejecutar el plan, también telegrafiaría la táctica que pensaba usar para despejar las defensas mucho más formidables que rodeaban a Coruscant.
—Se te felicita por tu paciencia, Maal Lah —el Maestro Bélico desvió la mirada hacia la batalla, donde la luna oscura de Borleias estaba desaparecido en el horizonte, y pequeñas motas de fuego carmesí trazaban en su oscura faz una línea rota—. ¿Cómo van las cosas en la luna?
—Los infieles oponen fuerte resistencia, pero no aguantarán mucho más. Los dovin basal alcanzarán la superficie en menos de una hora.
Habían enviado tres divisiones de asalto a la oscura luna para instalar un dovin basal gigante. Pero, en lugar de estrellar el satélite contra el planeta, como había hecho el pretor Vong en Sernpidal, usarían el dovin basal para descolocar todas las defensas del planeta. Dado que la luna tenía una órbita de treinta y dos horas, se requeriría más de un día para ejecutar por completo la estratagema, pero también les permitiría conservar naves y evitaría alertar a los infieles del plan que tenían para Coruscant.
Vaecta sacó el coufee de Tsavong Lah de su funda y empezó a cortar una ofrenda ritual del muslo del cuidador que uniría la garra de radank a su muñeca. Consciente de que sólo tenía unos momentos antes de verse consumido por la ceremonia, el Maestro Bélico volvió su atención al villip de Maal Lah.
—Tienes la situación muy bien controlada, servidor mío —Tsavong Lah no podía dejar de estar secretamente decepcionado. Su privilegio como Maestro Bélico era decidir lo que debía hacerse y cómo, pero, una vez empezaba la batalla, sus subordinados eran los encargados de llevarlo todo a cabo—. Pero dudo que sea de eso de lo que deseabas informarme.
—Yo nunca le molestaría sólo para informarle de que estoy cumpliendo sus órdenes, gran Maestro Bélico. El yammosk me informa de que sus pequeños perciben pulsaciones gravitatorias en el exterior del sistema cercano al planeta.
Tsavong Lah estaba tan sorprendido que se olvidó de todo y casi aparta la mano del bloque de corte. El yammosk era el coordinador bélico de Maal Lah, con quien compartía pensamientos, y sus pequeños, los dovin basal unidos al sistema de sensores de cada nave.
—¿Pulsaciones gravitatorias, sirviente mío?
—La modulación es torpe y errática, Maestro Bélico, pero es un código de algún tipo. Algunos elementos son incluso semejantes a los nuestros. El mapeo de masas identifica la fuente como un yate espacial acorazado semejante al Sombra de Jade, una nave que estuvo presente en la batalla de Duro y que luego se confirmó como de propiedad Jeedai.
—¡Jeedai! —según la espía de Tsavong Lah, los Jeedai seguían en Coruscant, reaprovisionando y rearmando su flota. Sus Lectores le habían asegurado que no llegarían a Borleias hasta un día después del final previsto de la batalla—. ¿Cuándo ha entrado en el sistema?
—Se desconoce —dijo Maal Lah—, pero es improbable que la nave estuviera aquí cuando llegamos.
—¿En qué te basas?
—De haber estado aquí los Jeedai cuando llegamos, habrían establecido contacto con Borleias y establecido un modo más seguro de comunicación. Tienen varios métodos que aún no podemos detectar, así que no necesitarían llamar la atención sobre su presencia enviando señales al planeta de forma tan abierta.
—¿Y sabes cuál es su propósito al correr ese riesgo?
El villip pareció incómodo.
—Gran Maestro Bélico, mis conocimientos sobre esas cuestiones son como los de un insecto brillo al lado de la nova de su sabiduría, pero ¿no estará su espía de Coruscant montando a ambos lados del rajat?
Tsavong Lah guardó silencio, meditando en la probabilidad de eso. Era posible que hubiera subestimado a esa Viqi Shesh, que le estuviera manipulando como a un idiota o incluso que la secta de espionaje de la Nueva República supiera de su relación con ellos y le suministrara información falsa para que se la comunicara. Tampoco podía depositar ninguna fe en las videotransmisiones de la HoloRed que habían empleado los Lectores para conformar su información; pues la secta de espionaje del enemigo podía haberlos plantado con la misma facilidad con la que él mismo podía infiltrar agentes entre el equipo que se ocupaba de los escudos planetarios.
Mientras Tsavong Lah meditaba sobre la importancia del informe del comandante supremo, Vaecta cortó una tira de carne de su propio muslo y, tras dejar que corriera la sangre negra, la trenzó con la que le había quitado al cuidador. Depositó el resultado en una bandeja de concha de gatag y, antes de mostrárselo al Maestro Bélico, lo bendijo en nombre de Yun-Yammka.
—Un momento.
Tsavong Lah apartó la mano del bloque de corte.
Los ojos de Harrar se desorbitaron incrédulos.
—¿Pides a los dioses que esperen?
—Lo comprenderán —Tsavong Lah se volvió hacia Maal Lah—. Es la primera pulsación-mensaje del enemigo que hemos interceptado, ¿no?
Maal Lah asintió.
—Que yo sepa, sí.
—Entonces, ¿por qué debo pensar que intentan contactar con Borleias? —clavó la mirada en Seef—. Descubre lo que le pasó al yammosk de Talfaglio, y ordena a todos los comandantes supremos que destruyan a sus coordinadores bélicos en caso de que puedan ser capturados.
Seef asintió, con los ojos tan abiertos como los de Harrar.
—Así se hará.
—Asignaré a un grupo la captura de la nave Jeedai —dijo Maal Lah.
—Sería preferible ignorar la nave y así los Jeedai no sabrán que han tenido éxito —sugirió Harrar. Hizo un gesto hacia el bloque de corte—. Por favor, Maestro Bélico. Los dioses esperan.
—Sólo un momento más —Tsavong Lah transmitió la sugerencia de Harrar al comandante supremo en forma de orden y añadió—: Y ya no deseo que la luna haga nuestro trabajo. Ordene un ataque de inserción para colocar las trampas gravitatorias.
—Pero ¿qué pasará con Coruscant? —la expresión de Maal Lah denotaba tanta sorpresa como la de Harrar y Seef—. Si tienes razón sobre los yammosk, no necesitan traicionarnos ahora.
—Puede que no, pero a veces el insecto brillo tiene razón y la nova se equivoca —Tsavong devolvió la mano al bloque de corte, miró al escudo defensivo que protegía a Borleias y deslizó el brazo hasta que el codo quedó bajo la sierra del cuidador—. Hoy nuestra necesidad será grande. Démosle el brazo.