CAPÍTULO 24
Los coralitas se apilaban como las piedras de un muro ancestral massassi. Cada nave flotaba en el espacio que había entre las dos de debajo, y cada espacio estaba cubierto por el fuego cruzado procedente de un anillo interior de corbetas. Detrás esperaban las fragatas, y en algún lugar más allá de las fragatas estaba el crucero con el yammosk. Luke y sus compañeros de escudo lanzaron otra descarga de bombas sombra y las vieron de girar contra las singularidades-escudo. Los tres Jedi mantuvieron la trayectoria el tiempo suficiente como para engañar a los pilotos yuuzhan vong con una descarga cerrada de fuego de cañón láser, rompiendo luego la formación en medio de una tormenta de ardiente plasma y enfurecidos grutchins. Aunque los tres procuraban ofrecer ángulos de disparo atractivos, ninguno de los coralitas enemigos abandonó la formación para perseguirlos. El Maestro Bélico había aprendido por fin a proteger su yammosk, y pobre del guerrero que rompiese la formación.
Luke abrió un canal con la Oficina Central Orbital de Defensa, que se había ido ocupando del mando a medida que la batalla se acercaba a Coruscant.
—Nadie nos persigue, Jugador. El yammosk estará toda la batalla.
—Recibido, Granjero. No hay por qué decepcionarse —contestó Lando—. Los habéis forzado a dejar media flota al margen del combate.
—Ya es algo —Luke no tenía ni idea de cómo se había convertido Lando en el comandante de operaciones especiales del general Ba’tra, pero se alegraba de tener a alguien de su talla como coordinador de combate. A juzgar por los niveles de estática y repuntes en el canal, la misma Oficina Central Orbital de Defensa estaba bajo un ataque continuo—. Intentemos un ataque de ondas, quizá podamos atravesar…
—Negativo —dijo Lando—. Os paso una comunicación planetaria.
Luke percibió que Mara se volvía aprensiva al instante. Han y Leia debían de llevar ya una hora fuera de Coruscant, pero no podía ser nadie más.
La voz de Han sonó por el canal de comunicación:
—¿Podéis tomaros un respiro allá arriba?
—Sabes que podemos —respondió Mara.
—Tienes que alcanzar el ferry estelar Byrt —mientras Han hablaba, la pantalla táctica cambiaba de escalas. Un recuadro de localización de objetivos apareció a un cuarto de la órbita del planeta, centrándose en un transporte de doscientos metros de eslora que se dirigía al espacio—. C-3PO va a bordo con tu paquete.
—Es culpa mía —la voz de Leia era tan frágil como una red de brilloestimulante—. Viqi Shesh nos tendió una emboscada en la zona de embarque y yo estaba tan furiosa que…
—No te preocupes, Leia —dijo Mara. Sólo había resolución en su voz, ni culpa ni preocupación—. Lo recuperaremos.
—De acuerdo —Han pareció aliviado—. Estamos atrapados en el planeta hasta que consigamos fluido de contención. La senadora hizo un trabajito en nuestras líneas de abastecimiento.
Luke sintió que ahora Mara sí estaba preocupada. Recargar una unidad de contención podría llevarles horas. Coruscant no tenía horas. Dado el número de coralitas y de aeroesquifes que ya descendían de la órbita, no le quedaba ni una hora.
Luke estuvo a punto de enviar a Saba Sebatyne en su bombardero cuando Lando intervino por el canal:
—Viejo compañero, los caracortadas reventarán este montón de tornillos en cualquier momento.
Podría bajar con el Dama Fortuna y recogeros.
—¿Y dejar atrás al pájaro? ¡Nunca! —comunicó Han—. Vosotros ocuparos de lo de arriba.
—Lo haremos —dijo Luke—, y que la Fuerza te acompañe.
—Sí chico, y a ti también —dijo Han—. Cambio y corto.
Sus pensamientos se centraron en su hijo. Mara ya había dispuesto una trayectoria que pasaría rozando la atmósfera y que interceptaría al Byrt y a mil naves más que estaban saliendo de las zonas de Puertoeste y de Ciudad Imperial. Pero tendrían que darse prisa. La pantalla táctica mostraba un grupo de fragatas yuuzhan vong camino de interceptar las naves que huían.
—Jugador.
—Adelante —comunicó Lando—. Una sola pareja de Jedi no cambiaría las cosas aquí.
Luke salió de la formación en pos de Mara, que ya descendía en la distancia. Notando que Tam los seguía, le habló por el comunicador:
—Silencioso, quédate con el escuadrón. Susurros, estás al cargo. Haznos quedar bien hasta que todo se vaya a paseo, y luego comunícate con nosotros para organizar una cita.
—¿No quiere ayuda, Maeztro Granjero?
—La quiero —Luke empujó la palanca de mando hacia delante y siguió a Mara bajo el llameante vientre de un kilómetro de longitud del crucero Kuat de la Nueva República—. Cada minuto que retengas aquí a las fuerzas de los yuuzhan vong salva diez mil vidas de la Nueva República.
—Recibido —dijo Saba—, cuenta con que salvaremos un millón.
El altavoz del sistema de comunicación crujió agudamente, y Luke ascendió al otro lado del crucero y descubrió una bola de fuego allí donde la pantalla táctica indicaba que estaba el Ala-X de Mara.
—¿Esquivaste la explosión, Mara?
No hubo respuesta, pero ella contactó con él a través de la Fuerza, instándole a no preocuparse e ir a por Ben.
R2-D2 silbó una advertencia. Luke se inclinó a la izquierda y evitó por poco una andanada de fuego procedente de la nave enemiga, también un crucero, que había acabado con el crucero Kuat. La designó para que R2-D2 la tuviera vigilada con máxima prioridad y realizó una maniobra evasiva. Descubrió la silueta de Mara recortada contra la luces del hemisferio nocturno de Coruscant, con su motor número tres dejando un rastro de fuego amarillo, el droide astromecánico sin la cúpula de la carlinga y los alerones-s atascados a medio recorrido, lo cual no era bueno ni para disparar ni para la adquirir velocidad.
De haber sido cualquier otra persona, o su misión otra que no fuese recuperar a Ben, Luke le habría ordenado volver a una base segura. Siendo Mara, no había nada que discutir mientras su hijo no estuviese a salvo. Alineó su Ala-X con el de ella y señaló al generador de escudos.
Mara negó con la cabeza. Iba sin escudos.
Por fin asustado, Luke contactó con ella en la Fuerza, reforzando constantemente su unión. Mara le devolvió el toque y maniobró hasta colocarse debajo de su Ala-X, antes de que él pudiera hacerle algún gesto.
Rozaron la atmósfera superior, rodeando ampliamente una pequeña batalla que se desarrollaba alrededor de la aerogrúa de una plataforma residencial en órbita baja, y esquivaron disparos incidentales provenientes de la zona de inserción de un aeroesquife. A medida que se acercaban al Byrt, R2-D2 fue cambiando la pantalla táctica a escalas que proporcionaban un mayor detalle. Pronto se hizo patente que la fragata yuuzhan vong pretendía interceptar el mismo ferry estelar que ellos.
Volvieron a alejarse de la atmósfera y se encontraron rodeados por una docena de pequeñas batallas entre los grupos de asalto yuuzhan vong y el fuego cruzado de las plataformas de defensa orbital de Coruscant. Los invasores estaban ganando, pero muy despacio y sólo por superioridad numérica. A simple vista, había una docena de cruceros enemigos desparramando desde sus entrañas cientos de pequeñas naves que flotaban a la deriva, en órbita descendente.
Luke se desvió rodeando los combates y recibió un silbido de advertencia de R2-D2. En la pantalla principal aparecieron las estimaciones de tiempo que indicaban que la fragata llegaría al Byrt antes que ellos. Luke ajustó las alarmas de amenaza, en la graduación más sensible y posicionó al Ala-X en una trayectoria recta.
Algo chocó con el vientre de su caza. El primer pensamiento que tuvo fue para Mara, que podían haber vuelto a alcanzarla, pero sintió la aprehensión de ella y supo que seguía allí. Su Ala-X volvió a saltar. Miró hacia ella para verla descender escorada. Tiró con fuerza de la palanca y golpeó con fuerza el intercambiador de las alas.
Para cuando ella se alejó, las tenía cerradas. Una nueva estimación de tiempo apareció en la pantalla de Luke. Interceptarían al Byrt pocos segundos antes que los yuuzhan vong.
—Erredós, ¿Mara ha visto esto?
El droide silbó con impaciencia y una explicación apareció en la pantalla principal. R2-D2 estaba utilizando un transceptor para enviar los datos directamente a las pantallas de Mara.
—Debiste decírmelo —dijo Luke—. Pregúntale de cuántas bombas sombra dispone.
Mara levantó tres dedos.
Luke asintió, después mostró tres dedos dos veces y cerró sus intercambiadores.
—Danos una cuenta de dos segundos.
La cuenta apareció y dos segundos más tarde entraban en la zona de combate a dos tercios de la velocidad máxima del Ala-X, la mayor que podía conseguir Mara con sólo tres motores sin oscilar a niveles de sobrecarga. Luke perdió sus propios escudos cuando una corbeta enemiga utilizó media docena de dovin basal para arrancárselos en rápida sucesión, reduciendo la seguridad y sobrecargándole el generador al intentar crear una nueva protección demasiado rápido. Pero ya estaban sobre las plataformas de defensa y lejos de aquellas batallas, dirigiéndose al Byrt.
Luke abrió un canal con el trasbordador.
—Ferry estelar Byrt, cambie la trayectoria hacia los Ala-X que están llegando. Eliminaremos a su perseguidor.
Hubo una corta pausa, después una profunda voz se oyó por el canal:
—¿Se les ha vaciado el cerebro? ¡Sólo son dos! —una segunda nave de la Nueva República, un esbelto yate Kuat con el transpondedor apagado apareció en la pantalla táctica detrás del Byrt—. Nos arriesgaremos, no hay ninguna razón para que nos sigan.
—La hay —dijo Luke. En la pantalla, el análogo de la fragata y dos corbetas ya alcanzaban al ferry estelar—. Aquí Luke Skywalker. Tienen a mi hijo a bordo.
—¿Qué? —gritó el capitán—. No es momento de bromas.
—No es una broma —dijo Luke—. Ahora cambien la ruta.
Luke puso todo el peso de la Fuerza en sus palabras, aunque dudaba de que pudiera transmitirse a través de las ondas.
La trayectoria del Byrt comenzó a curvarse.
El alivio de Mara afloró desde el interior. Luke comprobó la pantalla táctica y vio que el yate Kuat no se desviaba de su trayectoria original; algo menos de lo que preocuparse. El Byrt se hizo visible, una estela de flujo iónico de un dedo de longitud iluminaba el morro de coral yorik de las tres naves perseguidoras.
Luke tocó el símbolo correspondiente a la última corbeta.
—Erredós, designa esta para Mara y dile que tenga cuidado.
R2-D2 reconoció la orden con una serie de bips. El Jedi maniobró y se lanzó contra sus objetivos haciendo salvajes tirabuzones. La fragata liberó a los coralitas. Al carecer de escudos, Luke y Mara recurrieron a la velocidad y entregaron los mandos a la Fuerza. Las naves enemigas aumentaron en las pantallas hasta ser monolitos de roca negros y escabrosos medio ocultos tras arremolinadas cortinas de fuego. Mara se dirigió hacia su corbeta, esquivó a media docena de coralitas y lanzó las bombas sombra.
Luke renqueó tras ella. Los coralitas se tragaron el anzuelo y fueron a interceptarlo. Volvió bruscamente hacia la fragata y esquivó un proyectil de magma, cortó a un grutchin con el alerón-s cerrado e hizo una única pasada por el flanco de la nave.
Los encargados de los escudos atraparon la primera bomba sombra a veinte metros de que tocase su objetivo, las otras dos explosionaron contra el casco. Una abrió una brecha en medio de la nave, la otra tras el puente de mando. La fragata quedó en silencio y empezó a derramar restos. Luke pasó sobre ella e inició un viraje pronunciado hacia la última corbeta.
Su primer objetivo estaba reducido a escombros, Mara se dirigía también hacia la fragata. Luke percibió su resolución con tanta claridad como la suya propia, pero eso era lo único que le quedaba tras haberse quedado sin bombas y tener atascados los alerones-s.
—Erredós, dile que atraque en el Byrt.
El droide silbó negativamente. Estaban demasiado separados para proyectar los datos en las pantallas de Mara.
—Fantástico.
Luke terminó su giro y encontró un enjambre de coralitas que pretendía cortarle el camino. Los dos cañones láser del Byrt dispararon rayos rojos contra el morro de la nave. La corbeta aguantó el fuego y extendió los tentáculos de captura.
Luke desplegó sus alerones-s de dos a cuatro alas y empezó a intercambiar disparos con los coralitas. Con el nuevo sistema de localización de objetivos de Corran, destrozó rápidamente a los primeros dos y obligó al resto a dispersarse. Una alarma sonó en la pantalla táctica. El yate estelar no identificado había cambiado de trayectoria y ahora iba tras Mara.
—¿Y ahora qué? —gruñó Luke—. Envía esto a la pantalla de Mara.
R2-D2 silbó dubitativo.
—Inténtalo —Luke esquivó una esfera de plasma y derramó su fuego de cañón contra el coralita que la había disparado—. Y abre un canal de comunicación con ese yate.
Media docena de coralitas se tambaleaban en dirección a Mara. Fue tras ellos y oyó la voz mental de su mujer.
«¡No!».
La imagen de una corbeta apareció fugazmente en la mente de Luke y supo que Mara quería que se concentrase en salvar a Ben.
Luke contestó y le advirtió de que estaba detrás. Envió una ráfaga de rayos contra los coralitas y rodó de vuelta hacia la corbeta.
—¿Cómo va ese canal, Erredós?
En la pantalla principal apareció una explicación.
—¿No contestan?
La razón por la que el yate estelar se mantenía en silencio fue evidente cuando disparó contra Mara. Luke cambió de dirección y vio que un torrente de disparos láser llovía sobre el caza de ella, y el brillante destello de un impacto. Una parte del ala se desprendió ardiendo.
«¡Vete!», insistió Mara. El pánico que sentía era por Ben no por ella.
Otra palabra más, «eyección», acudió al pensamiento de Luke. Mara descendió hacia el planeta utilizando la Fuerza para mantener la altitud del Ala-X y no entrar en caída libre al tocar la atmósfera. Luke la alcanzó con la Fuerza y la envolvió con su amor, después miró a su pantalla táctica y descubrió que la nave de ella estaba marcada para ser atrapada. Y ya tenía una señal de transpondedor para el yate estelar: el Placer Malvado, registrado a nombre de la senadora Viqi Shesh. Luke respiró hondo y soltó aire, y su furia se fue con el aire. Después marcó la nave como posible objetivo.
Una esfera de plasma rozó el morro de su nave y la pantalla táctica murió bajo sus dedos. R2-D2 chirrió con electricidad estática, antes de sumirse en un balbuceo electrónico cuando los componentes fundidos del sistema de comunicación y los sensores quemados se derramaron en el espacio.
Luke ascendió entre los coralitas, esquivando, girando, pivotando y apuntando sólo con ayuda de la Fuerza y, aun así, acertando sus disparos. Hizo pedazos a un coralita y de pronto encontró un camino despejado hasta la corbeta. Cerró las alas y aceleró, los coralitas giraron tras él, disparándole desde atrás. El Ala-X resistía. Las alarmas llenaron la cabina. Los motores perdieron potencia y deceleró.
Luke lanzó de todos modos las bombas sombra. La primera giró en la singularidad-escudo del coralita y explotó a cientos de metros de distancia. Las otras dos se desvanecieron contra la silueta negra de la corbeta. Los mantuvo en camino hasta que sus detectores de proximidad detectaron el empuje de un dovin basal y abrieron un par de profundos agujeros en el casco de la nave.
Casi, pero no le abrieron una brecha.
R2-D2 gimió para captar la atención de Luke. Miró hacia atrás y vio dos motores, posiblemente los cuatro, ardiendo. Accionó la desconexión de emergencia, giró hacia Coruscant y se unió a la Fuerza, empujándose hacia Mara y su Ala-X que caía hacia el planeta.
«No pude llegar hasta él —le dijo a Mara—. No lo he conseguido».
* * *
Jaina despertó al oír una risa, y lo hizo con una brillante luz en los ojos y una peste semejante a la de un aseo gamorreano en la nariz. La risa era una de esas carcajadas enloquecidas que uno podía esperar oír en un antro de consumidores de ryll de Kala’uun, pero sabía que la cabeza dolorida y los hombros doloridos no eran consecuencia de un sueño de especias. Esta pesadilla era real. La fragata de Nom Anor había derribado la lanzadera robada, Jacen y los demás estaban atrapados en una mundonave enemiga. Anakin había muerto.
La carabina rugió, y otra alocada carcajada sonó en alguna parte delante de ella.
—¿Has visto eso? —sonrió Alema Rar—. Lo he partido en dos.
—Bien —carraspeó Jaina. El esfuerzo inundó su cabeza con dolor, pero lo agradeció, sacaba fortaleza de ella—. Mata algunos más.
—Guarda silencio, Jaina —dijo Zekk con un tono de condena en la voz. La luz cambió hacia su otro ojo—. No sabes lo que dices.
—¿Y tú sí? —Jaina apartó el cilindro brillante y las apestosas sales—. Ni siquiera tienes hermanos.
—Pero conozco el Lado Oscuro —dijo—. No es la respuesta.
—¿Quién ha dicho que me esté pasando al Lado Oscuro? —preguntó Jaina.
—Has usado la Fuerza para matar.
Y no dijo nada más.
Jaina apartó la mirada de los oscuros ojos de Zekk.
—Se lo merecía —su indiferencia había sido sustituida por una furia desatada, y se alegraba—. Ya viste lo que le hizo a Anakin.
—Anakin está más allá de los insultos —dijo Zekk—. ¿Y qué pasa con Vergere? También la atacaste.
—Estaba furiosa.
Jaina apretó los dientes para contener el dolor, se levantó y miró a su alrededor. El interior de la lanzadera era una masa desordenada, con una larga grieta recorriendo todo el casco y una maraña empapada de fluidos de capuchas de cognición y villip quemados dispersos por la cubierta principal. Jaina tuvo un confuso recuerdo de haber luchado con los controles para mantener el morro en alto, de rozar el borde de un cráter y caer como la piedra que era la lanzadera, de rebotar por el suelo del cráter y rodar de lado, frenando con brusquedad cuando el morro chocó con… y luego nada, sólo la vaga sensación de caer hacia delante y el sonido de voces que gritaban y una oscuridad repentina.
Al lado de Jaina estaba Tahiri, reposando en una litera junto a Anakin, con un brazo claramente roto apoyado en la vaina que contenía el cuerpo de él. Apenas estaba lúcida y seguía hablando con él, contándole como lo habían localizado en el depósito de cadáveres de los yuuzhan vong.
Lowbacca, en la parte trasera de la nave, profería un gemido grave mientras ponía algo pesado en su lugar. Farfullaba para sus adentros con la voz torpe de un wookiee con conmoción cerebral. Entonces se oyó algo parecido a una roca cayendo en un recipiente de líquido viscoso, seguido de un golpe húmedo y del distante crujido de una bola de plasma al ser disparada.
—Un poco corto —dijo Alema desde la puerta—. Un grado más arriba y los dejarás fritos y crujientes.
—Supongo que estamos siendo atacados —le dijo Jaina a Zekk.
—No exactamente, pero están en camino —confirmó Zekk—. Nom Anor quiere capturarnos vivos.
Un gesto de despreció asomó en los labios de Jaina.
—Que lo intente —balanceó las piernas fuera del lecho improvisado y cogió su pistola láser—. Voy a disfrutar con esto.
* * *
En todas las décadas que Han llevaba pateándose la galaxia, nunca había oído nada tan siniestro como el ulular de una hembra noghri angustiada. Le recordaba el sonido del duracero al arrugarse, o los chirridos del sistema de comunicación cuando una estrella emite radiación antes de convertirse en una nova. Incluso protegido del sonido por la cubierta de vuelo y la mitad de la longitud del Halcón, seguía provocándole un escalofrío y le arrancaba lágrimas de los ojos. Llevaba dieciocho años con los noghri y aún no podía decir que los entendiera, pero sabía lo mucho que les debía y siempre duele cuando alguien cae defendiendo a su familia.
Han se enjugó los ojos, apartó la vista de la lluvia de naves ardiendo que caía al otro lado de la cabina del Halcón y comprobó la temperatura de la unidad de fusión.
—Tenemos noventa segundos antes de que nos convirtamos en otra bola de fuego estrellándose contra una torre. ¿Crees que tenemos suficiente para recargar en Ciudad Imperial? ¿O mejor probamos en Cimas Calocour? —esperó un segundo, cinco, luego diez—. ¿Leia?
Como seguía sin responderle, la miró. Se sentaba muy rígida en el amplio asiento del copiloto, con las manos enlazadas en el regazo y mirándose fijamente los pies. Han se dio cuenta por primera vez de que el viejo asiento de Chewbacca eran tan grande que los pies de ella colgaban a diez centímetros del suelo.
Han le sacudió el brazo.
—Leia, despierta, te necesito aquí.
Leia levantó la mirada, pero siguió mirando fuera de la cabina, a la distante nube de humo de un destructor estelar que se estrellaba.
—¿Por qué ibas a necesitarme? Sólo consigo decepcionarte.
—¿Decepcionarme? —repitió Han—. Eso es una locura, nunca me has decepcionado.
Finalmente, Leia le miró.
—Sí, Han, lo he hecho, cuando fui a por Viqi.
—Yo también lo hice.
—Pero tú no perdiste a Ben, ni hiciste que matasen a Adarakh.
—¿De veras? —Han echó un vistazo a la temperatura de la unidad de fusión, y miró a su alrededor con gesto teatral—. Qué cosas, no los veo aquí.
—Han —Leia dijo la palabra con un suspiro y luego miró hacia fuera, sobre la línea del cielo destrozada y humeante—. Sabes a qué me refiero.
—Supongo que sí —dijo Han— sólo que pensaba que tú no te distanciarías de todo como hice yo. Te creía más fuerte.
Leia le encaró y, por primera vez, le miró realmente.
—¿Cómo puedes decir eso? —su voz sonaba tan tranquila que traicionó la profundidad de su ira—. Esto también debe de dolerte a ti, ¿o es que sólo te importan los wookiees?
—Me duele —Han consiguió dejar en suspenso su ira recordándose que la amargura de Leia era buena señal; era una reacción emocional—. Y por eso no pienso rendirme esta vez, no volveré a hacerlo. Anakin y Chewbacca habrán muerto, y puede que Adarakh, quizá hasta Ben, y Luke y Mara, pero aún nos tenemos el uno al otro.
—De eso se trata —Leia volvió a mirar hacia fuera.
—Y tenemos esperanza —insistió Han—. Mientras nos tengamos el uno al otro, habrá esperanza para nosotros, para Jacen y para Jaina, estén donde estén, hasta para la Nueva República.
—¿La Nueva República? —la voz de Leia se hizo tan aguda que rivalizó con el ulular de Meewalh—. ¿Estás ciego? La Nueva República no existe. Murió antes de que llegasen los yuuzhan vong.
—¡No murió! —respondió Han gritando, incapaz de contener más su ira—. ¡Porque de ser así, Anakin habrá muerto por nada!
Echó un vistazo a la temperatura de la unidad de fusión y vio que sólo les quedaban treinta segundos para convertirse en un cráter. Han no dijo nada; si su mujer se había rendido de verdad, él no quería seguir luchando solo.
Leia abrió la boca como si fuera a devolverle el grito, y entonces vio lo que miraba él y la emoción abandonó su rostro. Han notó que le miraba mientras él observaba el medidor. No dijo nada. El medidor subió otra barra.
—Vas de farol —dijo Leia.
—Estoy apostando —dijo Han.
Jaina y Jacen aún vivían y Leia no debía dejar que la pena le hiciese renunciar a ellos.
—Ciudad Imperial —dijo ella, mirando como la temperatura aumentaba otra barra.
Han exhaló un suspiro.
—Cimas Calocour está más cerca.
—¡Han!
Han hizo girar el Halcón e inició la cuenta atrás en silencio.
—A la plataforma de aterrizaje del Jefe de Estado —dijo Leia—. Necesitamos ver a Borsk.
—¿Crees que Borsk sigue en Coruscant? —dijo Han con un sobresalto.
—¿Dónde si no? Desde luego no irá a Bothawui —Leia sacó el datapad de la guantera de su asiento y, con la soltura de una estadista consumada, empezó a tomar notas de voz—. Hay algo que tengo que hacer por él.