Epílogo
A un hombre que, pensaba, me esperaría siempre...
La historia fue muy extraña, todo empezó lentamente, casi por casualidad, como un juego. Luego se produjo un crescendo, ritmos cada vez más acelerados y compactos, emociones cada vez más intensas y fuertes. Los hilos tejidos por el destino empezaron a entrelazarse, sentí que me ahogaba, tuve miedo. Intenté cortarlos, pero una y otra vez reaparecían para apretarme el corazón. Cuando creía que lo había logrado, que había conseguido escapar, los hilos cortados empezaron de nuevo a entrelazarse, la trama a recomponerse.
Y escapé una vez más.
Todo concluyó muy deprisa, demasiado deprisa.
Tienes razón, amor mío, tuve miedo de volar, de soñar, de despertarme por la mañana en compañía de tu sonrisa, porque sabía que jamás podría ser sólo mía. Hoy me he quedado sin nada, exceptuando el sueño alucinado de estas últimas y miserables horas.
Y estas páginas.
Esa noche no sospechaba nada.
Roberto me esperaba en la calle, tan elegante como de costumbre, quizás aún más atractivo debido a alguna nueva arruga. Era la última persona que deseaba ver e intenté ignorarlo, pero no tenía escapatoria.
Noté de inmediato su sonrisa inusualmente triste, su mirada opaca, la cara tensa. Algo iba mal.
— ¿Qué pasa? —le pregunté.
No pudo responderme enseguida. Me miró y se tomó su tiempo, hizo acopio de valor.
— Se está muriendo, Lea... —Sus ojos, los ojos de un niño, se anegaron en lágrimas—. Esta noche ha entrado en coma, quizá sólo sea cuestión de horas...
— Pero ¿de quién estás hablando?
Lo había entendido al vuelo, pero me negaba a aceptarlo, a creerlo, ¡no podía ser verdad!
— ¡De quién quieres que hable! —respondió con rabia. Luego, con más calma, añadió con un hilo de voz—: Piergiorgio... He pensado que no era justo que tú te enterases después...
Estaba anonadada.
— Hace tres meses le diagnosticaron un cáncer... El páncreas. —Escondió la cara entre las manos—. Jamás quiso que te advirtiese, no quería involucrarte...
Sentí que el viento me atrapaba, me agitaba el chal, el pelo, me alzaba en el aire, me arrojaba vertiginosamente arriba y abajo, volando, haciendo remolinos, borrando cualquier pensamiento, cualquier reacción, cualquier imagen. De repente me tiró al suelo. Un dolor desgarrador, estaba paralizada.
No recuerdo nada más. El coche de Roberto, las calles, el hospital, el olor a fármacos y a desinfectante, las paredes desconchadas, los cristales de anticorodal, desorden en los pasillos, distracción de los enfermeros, indiferencia de los médicos frente al espectáculo de la muerte.
Sola, delante de tu cama, me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Vi una larva consumida por un vil mal, vi ese cuerpo espléndido que había sido mío, apasionadamente mío, consumido ya. Y los brazos que me habían estrechado, las manos que me habían acariciado, los ojos que me habían hablado, la voz que me había contado sueños y poesías, la sonrisa melancólica, todo se había apagado ya. No era una pesadilla, era cierto, todo, todo, era absolutamente cierto.
No pude seguir conteniendo las lágrimas.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, a tu lado, arrebujándome en el chal, sin poder decir nada más, sin poder sentir nada más, pensamientos, recuerdos. Tenía frío.
Sentí que los brazos de tu hija me rodeaban los hombros. Por fin un poco de calor. Me estrechaba y me mecía, como si quisiera despertar dulcemente del sueño profundo en que se había refugiado, a una niña aterrorizada. Me estrechaba y me mecía, lentamente, lentamente.
Acercó su boca y susurró:
— Me contó todo... Le tocaste el corazón...
«Noooooooooooo...»
El alma lanzó un grito, forcejeé.
— Yo no tengo la culpa, en realidad soy la víctima, no le hice daño, soy una mujer frágil y débil, ¡tuve miedo! Sólo miedo...
Te miré durante horas, aferrada a esa cama fría, torturándome los brazos, el corazón y la mente con la añoranza, los recuerdos, la desesperación. Permanecí allí varias horas, llorando, rezando. Sí... rezando también.
Pocas imágenes: la capilla desnuda del Policlínico, las vacuas palabras del sacerdote, Tedeschi que recuerda a todos «el hombre, el estudioso, el médico...». ¡Retórica, sólo vulgar retórica! ¡Vosotros no lo conocíais! Nadie te conocía, ni siquiera yo. ¿Cuántos años has vivido en soledad, vagabundeando perdido por los caminos de una vida que ya no reconocías con la única compañía de tus tristes versos? ¿Durante cuánto tiempo buscaste un alma que te cogiese de la mano?
Y al final me encontraste. ¡Fuiste cruel, amor mío!
¿Por qué me elegiste a mí? ¿Por qué justamente yo y no otra?
Elio coge el acordeón.
— Me pidió que os hiciera escuchar por última vez esta breve melodía que le gustaba, y de despediros así, dulcemente. —Se detiene un momento para contener las lágrimas—. Se titula Oblivion, significa olvidar lentamente, sin darse cuenta. Pero nosotros no lo olvidaremos, no podremos olvidarlo... Adiós, Piergiorgio, viejo amigo, hombre melancólico y solitario, ha sido estupendo vivir a tu lado...
Las notas atormentadas me envuelven, los ojos velados por las lágrimas ya no ven nada, la mente deambula fuera, en otro lugar, en el sol, en el mar, se dirige a ese último día de felicidad, en compañía de una vieja canción.
Nosotros dos solos a bordo del Rapsodia, el último día de eternidad.
Hoy es inútil, incluso rezar se ha vuelto terriblemente inútil. Nadie te escuchó, ni siquiera yo. No te entendí, eso es todo... No entendí qué hombre eras, no entendí qué querías de mí: una mujer que te cogiese la mano mientras te marchabas.
¡Tú sabías todo, Piergiorgio! ¡Sabías todo desde el principio! Ahora entiendo el motivo de esas rosas y de la nota que las acompañaba: «Estas rosas no tardarán en marchitarse, como los sentimientos que no se nutren. Conserva una, un día comprenderás y te alegrarás de haberlo hecho.»
Tengo aquí ese capullo de rosa, que hoy pierde sus pétalos mustio entre mis dedos, y ese enigmático adiós escrito en la parte posterior de la entrada a una exposición. Es lo único que me resta, y el amor de un hombre que, pensaba, siempre me iba a esperar...
Elio vino a verme por la tarde. Estaba sola en casa.
Me trajo un paquete.
— Piergiorgio me pidió que lo guardara y que sólo te lo diese... cuando todo hubiese terminado.
Estaba desconcertada. Unos instantes de silencio para reflexionar, para imaginar. Siempre te encantaron las sorpresas. Después empecé a desenvolverlo.
— No, espera... —me interrumpió Elio—. Espera a que me vaya. Piergiorgio no quiso decirme de qué se trataba... Es sólo para ti, yo no tengo nada que ver.
Me dio un beso en la mejilla y se marchó.
Desgarré el papel rojo:
Carta a Léontine de Piergiorgio Alfonsi
No podía respirar y ya no me quedaban más lágrimas. En la segunda página, con tinta verde:
Dedicado a Lea, que no fue nada para mí,
pese a que podía haberlo sido todo...
¡Lo habías conseguido! ¡Al final habías logrado escribir tu libro! Un libro destinado a una única lectora, sólo a mí, que había sido la causa. Puede que, al menos en esto, hubiese alcanzado a darte algo, a hacerte feliz.
Inspiré profundamente con los ojos cerrados. Silencio.
Como en las tormentas de verano, cuando llueve y brilla el sol y el arco iris aparece en el horizonte, así, durante unos instantes, un rayo de luz penetró en mi corazón destrozado.
La noche no tardó en llegar y yo, envuelta en el silencio de la casa, leí de un tirón tus palabras, una página tras otra. La declaración de amor más larga e inútil que una mujer ha recibido en su vida.
Son las cinco de la mañana, todo calla durante la noche. Ahora que he vuelto a recorrer nuestros días, al dolor se ha sumado el agotamiento. ¿Dónde me equivoqué? ¿Por qué me equivoqué? ¿Fue realmente un error no creer en nosotros dos? En el fondo tus páginas hablan de un amor imperfecto, de una historia vivida como la viviste tú: de forma intensa y demasiado breve. Era el ritmo de tu vida, en la cual la inconclusión era también un valor.
¿Te acuerdas? Me lo explicaste delante de los cuadros de De Nittis. No comprendía los fondos neblinosos, vagos, indefinidos. «Contribuyen a resaltar la nitidez de la figura central, la única protagonista es Léontine. Lo inacabado también puede ser perfecto y no necesitar nada más.»
Así fue para ti. Una historia imperfecta se transformó en una obra de arte en tu corazón solitario. Si hubiésemos consumado nuestra relación como dos amantes normales, nuestro amor se habría realizado, habría concluido.
De esta forma no, permaneció en suspenso, intacto. Tú lo volviste a vivir en tu corazón, en las palabras, y en las páginas llenas de dolor. Yo, sólo hoy.
Ya, sólo hoy... Y mañana ¿qué será de mí? ¿Cómo podré vivir tras haber descubierto que te quería cuando ya era demasiado tarde? Inútil, todo es tan inútil... Tengo el corazón roto. No logro encontrar una razón, una explicación, algo que me consuele de lo que ha sucedido. Irremediable, todo es tan irremediable... Me siento prisionera de mis errores. Víctima de la estupidez del destino. Culpable de la inaceptable racionalidad de mis acciones, de la incapacidad de comprender, de gozar, de vivir el amor de un hombre excesivamente complicado, es cierto, pero que me habría hecho feliz, por poco tiempo, de acuerdo, haciendo que estos años fuesen inolvidables.
Ahora sólo me resta la amargura, el dolor, el sentimiento de culpa, los recuerdos y estas páginas que me hacen sufrir. No estaba preparada, eso fue todo... No entendí el valor que tenías para mí, hasta qué punto contabas, lo que habrías podido ser.
Yo te quería, pero sólo alcancé a comprenderlo el día que te perdí.
Y no logro perdonármelo.
Habría podido regalarte un poco de felicidad, de serenidad en el mar de soledad en que te habías extraviado. Y no lo hice.
Ahora que ya no estás, amor mío, percibo la dulzura de tu mirada y esa sonrisa amarga en tus labios. Amor mío.
Jamás te olvidaré,
¿cómo podría dejar de pensar en tu amor
que hoy me atormenta?
¿Cómo podría no recordar tus manos ,
protección inútil de mi corazón?
Quisiera que ayer jamás hubiese existido ,
quisiera no saber lo que sé hoy ,
quisiera no ver llorar tanto
a mi pobre corazón ...
Tuya,
Léontine
Hola, papá , dondequiera que estés ...
¡Al final, como puedes ver , apuré esa botella!
¡Gracias!
Raf