Compostura + Rabia = Odio

Me desperté temprano y desperté a Lea.

—Tengo que marcharme...

—Llámame...

Iba a ser muy duro. El partido estaba a punto de empezar y yo aún no sabía con qué equipo jugaba. Entre nosotros el silencio fue lo único que custodió el encanto de esa noche, que ocultó la conciencia de que los acontecimientos se estaban precipitando. Me vestí, la besé, su mirada era triste, salí.

Sólo entonces me di cuenta de que el móvil estaba apagado, a saber desde cuándo. «Introducir la tarjeta sim», decía la pantalla. El consabido y jodido contacto. Lo apagué y lo volví a encender. Al cabo de unos segundos iniciaron los fuegos artificiales. Una serie de bips incesantes: 1 llamada sin respuesta, 2 llamadas sin respuesta, 3 llamadas sin respuesta, 4 llamadas sin respuesta. Fin. Tres procedentes de casa, entre la una y las dos, una de la clínica, a las dos y diez. Empecé por la clínica; en lo concerniente a casa, no podía solucionar nada con una llamada.

Respondió Mariella, la enfermera, que todavía no había terminado el turno de noche.

—¿Alguna emergencia, Mariella? He visto la llamada.

—No, doctor... Es que su esposa le buscaba esta noche... Estaba preocupada y yo también me preocupé... Perdone que le haya llamado. —El embarazo saltaba a la vista.

Había ido peor de lo previsto, ni siquiera tenía la excusa de una emergencia en el hospital. ¡Menudo lío!

—Tranquila, dentro de nada llegaré al instituto. ¿Te marchas ahora?

—Sí...

—En ese caso nos vemos mañana.

Apenas corté el móvil volvió a sonar. Temía que fuese Alessandra, pero en la pantalla vi el nombre de Roberto. Una llamada a esa hora... malas noticias a buen seguro.

—¿Qué ocurre?

—Me acaba de llamar Elio... Su padre ha muerto esta noche.

Me quedé sin aliento. Quería al padre de Elio y, por desgracia, llevábamos esperando esa noticia desde hacía cierto tiempo. Quería a Elio, era mi amigo, me habría gustado correr a su lado, pero no podía.

—¿Está en casa?

—Creo que sí, ha pasado la noche en el hospital. Llámalo...

Lo hice sin perder un minuto, y no nos dijimos nada, porque de nada servían las palabras.

—Voy enseguida...

Sólo deseaba abrazarlo.

Antes, sin embargo, debía afrontar el tema familiar.

Uno: ya no tenía ganas de mentir, pero temía los efectos devastadores de la verdad. En cualquier caso, apenas quedaba ya nada que ocultar. Mejor plantarle cara al fuego enemigo. Heroico como de costumbre, pero estúpido.

Dos: me imaginaba a la consabida Alessandra, fría, circunspecta, dura, inamovible. Quizá si lograba hablar con ella podría poner algún parche a la situación, aunque sólo fuera provisional.

Tres: confiaba en que Sveva hubiese salido ya, que no se hubiese dado cuenta de nada, que Alessandra hubiese tenido la consideración de inventarse una excusa: una noche en la clínica, una emergencia... Quería mantenerla al margen de esa historia, al menos por el momento.

Ilusiones.

Salió todo al revés.

Alessandra se abalanzó sobre mí apenas puse el pie en casa, y tenía razón.

—¿Se puede saber dónde cojones has pasado la noche?

Dientes apretados, rabia.

—Luego hablaremos, ahora tengo que salir... Ha muerto el padre de Elio.

—¡Tú no vas a ninguna parte hasta que no me digas dónde has estado!

No se atrevía a preguntar «con quién».

No tenía valor para responderle. No sabía qué hacer, qué decir, no tenía ninguna excusa, ninguna escapatoria.

—Hablaremos más tarde... —balbuceé.

Sólo entonces vi que Sveva se había asomado asustada a la puerta de la habitación. No me saludó.

—¡Eres un canalla! ¡Por partida doble! —prosiguió Alessandra tras perder por completo el control—. ¡Uno por lo que has hecho esta noche, sea lo que sea! ¡Y dos por lo que estás haciendo ahora! ¡Me importa un carajo quién se haya muerto! ¡Nosotras somos más importantes!

Se abalanzó sobre mí y me dio un puñetazo en un hombro.

—¡Te rompería la cabeza!

La rabia la había cegado, pero al mismo tiempo tenía miedo de perder su mundo.

Sveva nunca nos había visto así. Por lo demás, jamás habíamos llegado a una escena similar, ni siquiera cuando ella no estaba presente.

—Mamá, papá, ¿qué pasa?

Terror en los ojos; algo impensable hasta hacía apenas unos instantes estaba entrando con violencia en su vida.

—Nada, amor, nada... —dije intentando torpemente de tranquilizarla. En vano.

—¡No te escondas detrás de tu hija! —gritó Alessandra.

—Hablaremos después... Está asustada...

—¡Habrase visto! —continuó ella—. ¡El bueno, el honesto, el querido Piergiorgio es tan sólo un canalla que engaña a su esposa y no tiene valor para confesarlo!

Jamás la había visto así. Dura, despiadada.

—¡Sólo eres un hijo de puta como todos los demás!

—¡Basta ya! —gritó también Sveva tapándose los oídos con las manos.

La abracé, debía tranquilizarla. Alessandra no lo entendía, seguía llamándome hijo de puta. Yo, mientras tanto, acariciaba a Sveva, a la que sentía temblar.

—No te preocupes, amor, papá lo arreglará todo... Como siempre, papá lo arreglará todo, no te preocupes...

La mecía como cuando era niña y tenía miedo de las tormentas.

Acompañé a mi hija al colegio y le prometí que volvería a recogerla. Después fui a casa de Elio.

Estaba solo. La señora Giulia, su madre, seguía descansando, estaba extenuada. El desfile de parientes y amigos todavía no había empezado, pero no tardaría en producirse. Nos unimos en un abrazo prolongado y doloroso. Elio nunca ha dejado de ser un muchacho, y quizá por eso éramos tan amigos. Lloró desconsolado, aferrándose a mí, buscando un consuelo imposible. No me sentí a la altura de sostener su pesar.

—Sé cómo te sientes... —murmuré.

—Por mucho que sepas que debe suceder, y nosotros lo sabíamos desde hace tiempo, jamás logras hacerte a la idea. Y cuando llega el momento nunca te pilla preparado...

—No será fácil resignarse... Yo necesité varios años...

—Estamos acostumbrados a pensar que hay una solución para todo, y el sentimiento de que no hay remedio, de que no podemos hacer nada, no te da tregua, te vuelve loco...

—No nos perdonamos el hecho de seguir con vida y que, en su caso, no sea así. Un cáliz amargo del que no te puedes librar...

Maria Sole, la anciana camarera filipina, nos preparó el café. Tuve la impresión de que Elio se iba calmando. Me contó que el funeral se celebraría en Altamura al día siguiente.

—Ahora tienes que pensar en tu madre, debes ser fuerte por ella...

Tras asegurarme de que se había sobrepuesto y asumía el papel que le correspondía me marché.

La vuelta no fue sencilla. Yo, que gestionaba las cosas con racionalidad, programándolas, descubrí que no estaba preparado para enfrentarme a la situación. Es más, no era capaz.

Decidí arriesgarme.

¡Eres un estúpido aries, Piero! ¡Has de hacer un gesto heroico! ¡No logras escapar del sacrificio! ¡Sólo eres un estúpido aries!

Me enfrenté al fuego enemigo.

Alessandra había recuperado la compostura, pero seguía rabiosa.

Compostura + Rabia = Odio. Las matemáticas son una ciencia exacta.

Y el odio me lo arrojó encima.

Poco a poco empecé a comprender. No era sólo a causa del engaño. Se trataba además de una carga que había ido acumulando a lo largo de los años y que yo nunca había percibido. Estaba convencido de que hasta esa noche había sido feliz. Feliz con esa vida artificial que nos habíamos construido. Pero no era así. Estaba convencida de que había hecho todo por mí, exclusivamente por mí, sacrificios, renuncias, soledad. Sí, ella también había sufrido durante esos años. Pensaba que yo era un hombre completamente realizado, satisfecho de su trabajo, de la vida social y de la serenidad familiar. Me envidiaba por eso y ahora me lo echaba en cara. La locura de no manifestar los sentimientos.

No era una mera cuestión de cuernos. Era un delito. A sangre fría.

Cuando la hiel se acabó, intenté hacerla razonar.

—Esta situación se nos ha venido encima de repente... No estábamos preparados, debemos encontrar la manera de hacerle frente... No sé qué ocurrirá entre nosotros, pero tenemos que pensar en Sveva.

Fue una tentativa inútil, la hiel tardó poco en volver a formarse.

—¿Qué ocurre en casa, papá? —me preguntó Sveva a la salida del colegio.

—Tu madre y yo estamos pasando por un momento difícil... No te preocupes, encontraremos una solución.

—¡Pero jamás habíais peleado así!

—Es cierto, y quizá sea ése el problema.

—¿Qué quieres hacer?

—Todavía no lo sé, pero no te ocultaré nada. Ya eres grande y quizá seas precisamente tú la que nos puede ayudar...

Le di un beso. Me dio un beso.