Altamura

Había advertido a Marco Tedeschi y a Chriss que no podía ir al instituto porque debía asistir al funeral del padre de Elio, que se celebraba en Altamura. Con Roberto había quedado directamente allí.

El viaje fue particularmente pesado. Y no debido a la habitual fila de camiones que se suele encontrar en esa carretera demasiado estrecha y llena de tráfico, sino por la infinitud de pensamientos y recuerdos que pueblan la mente cuando estás turbado, y yo tenía más de un motivo para estarlo.

Por si fuera poco, nunca he podido soportar los funerales, tampoco las bodas. Exceso de falso dolor: cuando uno muere de repente se vuelve maravilloso, perfecto, bueno, aunque en vida fuese un canalla. No logras interiorizar del todo, mitigar, el auténtico dolor, aunque sólo sea un poco. El falso es un insulto.

La impotencia frente al espectáculo de la muerte y del dolor aniquila. Quería mucho al padre de Elio. Siempre había sido una presencia discreta y estimada, sabia en los momentos de necesidad. Un caballero de los que no abundan.

De nosotros tres, Elio era el único que todavía tenía a su padre con vida. Yo había perdido al mío demasiado pronto, cuando era apenas un muchacho, antes incluso que el de Roberto abandonase a toda la familia para marcharse a Venezuela con un nuevo trabajo y una nueva compañera. Nadie había vuelto a saber de él desde hacía mucho tiempo.

Ese último adiós me turbaba. Sólo valoramos las cosas y las personas cuando las perdemos. Un destino amargo para todos, pero sobre todo para los hombres de cierta categoría. Y el padre de Elio lo había sido.

Aparqué el coche en Porta Bari y avancé por la avenida. Hacía veinte años que no había estado en Altamura, desde que había muerto mi abuela Maria, y había perdido todos los lazos con los lugares de mi infancia. Mejor dejar estar los recuerdos en su sitio. Hay que actualizar periódicamente las carpetas, los programas y el antivirus en el disco duro. En el corazón no, al corazón hay que dejarlo en paz.

Pasé por delante de San Nicola dei Greci, quizá la iglesia más bonita de Altamura, que, como siempre, estaba cerrada. A unos cuantos metros se encontraba la catedral: una obra de arte del románico, una de las numerosas joyas que Federico había diseminado distraídamente. Demasiado imponente para un funeral.

Roberto ya estaba allí, con Elio y Andrea, su hermano, que acababa de llegar de Milán. Los abracé.

—¿Y tu madre? —pregunté a Elio.

—Ha entrado ya, te acompaño.

La señora Giulia estaba sentada cerca del altar. Me pareció menuda, indefensa, embutida en un abrigo pasado de moda, recibiendo el vano consuelo de los que no podían entender lo que significaba para ella perder al compañero con el que había transcurrido toda su vida.

—Piergiorgio... Gracias por haber venido, gracias —dijo llorosa mientras me daba un abrazo.

—No podía faltar...

Me habría gustado quedarme a su lado, pero tuve que dejarla para que los demás le diesen el pésame.

Miraba los numerosos rostros silenciosos, la tristeza haciendo cola diligentemente, esperando con paciencia que llegara el momento de añadir dolor al dolor. Miraba a la señora Giulia. Cada nuevo abrazo era un penoso recuerdo que emergía de un pasado que se había acabado para siempre, para siempre, para siempre. Cada rostro, cada beso, cada lágrima, cada inútil palabra de afecto era una nueva espina que desgarraba el alma y renovaba el tormento de un corazón que se había quedado desesperada e irremediablemente solo.

Formaban una bonita pareja. Habían tenido suerte. Se habían querido mucho, habían aceptado con paciencia los defectos recíprocos y puede que, incluso, hubiesen llegado a encariñarse con ellos; habían superado juntos las dificultades y las alegrías, las angustias y las satisfacciones, cogidos de la mano. Un largo camino.

Hacía un par de años habíamos pasado un domingo de sol en su casa de campo. Un bonito día, como tantos otros. Me entretuve con la cámara fotográfica y los niños. Después, en la luz agonizante del atardecer, los vi sentados uno al lado del otro en un banco de piedra. Bromeaban y jugaban. Tenían setenta años, pero parecían dos estudiantes del instituto en una de sus primeras citas. Se reían. Él quería darle un beso, ella lo apartaba. «¡No hagas tonterías, pueden vernos!», le decía con la mirada y con las manos. Se reían.

Yo estaba a cierta distancia, no se percataron de mi presencia. Cargué la cámara y activé el teleobjetivo. Él intentó abrazarla, con los ojos rebosantes de afecto y de alegría, ella lo volvió a rechazar sin dejar de reírse, serena. Disparé.

Una fotografía, una sola entre miles, la más bonita de todas: en una fracción de segundo aparecía representada toda una vida, una vida feliz.

Y ahora ella estaba allí, tras haber perdido a su compañero de forma irremediable.

Escuchamos la misa en silencio, incluido el insoportable sermón del cura que quiso consolar a toda costa a la inconsolable. Basta tan poco para sentirse cerca de Dios, basta un poco de silencio...

A mis espaldas la gran tabla del siglo xix de Morelli, La conversión de San Pablo. El santo estaba allí, se arrastraba por el camino polvoriento que conducía a Damasco, con el brazo tendido hacia mí y la mirada apagada. Suplicaba ayuda, auxilio para soportar la luz cegadora que tenía detrás de él. Una luz que yo nunca he visto.

Cuando era niño me aterrorizaba ese cuadro bellísimo y desconocido. La criada de mis abuelos, una solterona de mediana edad de Rovigo a la que la miseria del Veneto de esa época la había obligado a emigrar al sur de Italia, iba todas las tardes a la catedral para asistir al único entretenimiento de sus días: el rosario. Era un periodo en que las mujeres se cubrían la cabeza con un velo negro cuando entraban en la iglesia. «No hay que hacer caer en la tentación a los ángeles», decía.

A menudo me arrastraba a ese rendez-vous de beguinas. Yo miraba ese cuadro, esa mano desesperada, tendida hacia mí, que intentaba salirse de la tela para cogerme, para secuestrarme, e invariablemente me invadía un gran pánico. Cada vez que entrábamos en la iglesia me aferraba a la criada y trataba de que fuéramos a la otra nave, porque estaba seguro de que quería raptarme, apartarme de mi mundo feliz. Pero nunca lo lograba, las beatas se congregaban siempre allí, a los pies de ese hombre desesperado que acababa de encontrar la Luz.

Quizá comenzó justo en ese momento. Me refiero al temor a acercarme a Dios... Y jamás me ha abandonado.

Al finalizar la ceremonia Roberto y yo volvimos a abrazar a Elio, a su hermano y a la señora Giulia.

—Gracias, muchachos... —Para ella no habíamos dejado de ser unos críos—. Os quería mucho...

—Y nosotros a él... —le dije—. Considero un privilegio haber conocido a su marido...

No quedó sino el silencio, y la tristeza.

A continuación escuchamos el doloroso relato del calvario por el que había pasado ese hombre durante los últimos meses. El consabido mal canalla. El consabido via crucis y tanto, inenarrable, sufrimiento.

Roberto y yo echamos a andar por la avenida.

—«Dios mío, líbrame del dolor físico, que del moral ya me encargo yo» —dijo.

—Oscar Wilde... —añadí. Por una vez la cita erudita no la había soltado yo.

—¿Cómo van las cosas con Alessandra? —me preguntó. Le había insinuado algo por teléfono; la noche anterior me había llamado para preguntarme por Elio y yo, en cambio, le había hablado de mí.

—Un desastre, y no sé qué hacer.

—Si te quiere comprenderá que es un desliz, tarde o temprano nos sucede a todos.

—Tengo miedo de que no sea un simple desliz.

—¡Coño! ¿Y quién es? ¿La conozco?

—No tengo ganas de hablar de eso, Roberto, ahora no. Una de estas noches nos vemos y me echas una mano.

—Como quieras...

Nos despedimos y cada uno se fue por su camino.

¿Me equivoqué de calle por casualidad o fue una cuestión de atracción molecular?

De repente me encontré en la avenida que llevaba a la vieja casa de mis abuelos. Sentido único hasta el fondo, inútil buscar alternativas. Y ella seguía allí, podía verla ya: una casa de principios del siglo xx que desentonaba por completo con los edificios modernos de siete pisos que la rodeaban, un testimonio melancólico de un pasado abandonado de manera desoladora. ¿Se ocuparía alguien de ella? ¿Cuánto tiempo tardaría en derrumbarse?

Pero a medida que me iba acercando y frenaba para observar mejor el feliz escenario de mi infancia me di cuenta de que ya no estaba abandonada: la fachada había sido restaurada, las persianas ya no estaban bajadas, y el portón no estaba hecho trizas.

«Dirección General Asl Ba/3», decía una placa en el exterior. Movido por el impulso aparqué el coche y me apeé para echar un vistazo. Confirmado: la casa había sido rehabilitada y transformada en oficinas.

El deseo de volver a ver esas habitaciones me envolvió con dulzura. Toqué el telefonillo. Cuando era pequeño sólo había un badajo. Nadie contestó.

Me resigné por unos instantes, luego llegó con parsimonia un empleado con una carpeta llena de documentos bajo el brazo.

—Las oficinas no están abiertas al público —me dijo.

—Comprendo, pero, ¿sabe?, ésta era la casa de mis abuelos, hacía años que no la había visto, sólo quería dar una vuelta, unos minutos...

Vi que me miraba maravillado, quizá también se había conmovido.

—Venga conmigo... —dijo tras sopesarlo por unos momentos.

Nada más entrar el olor penetró de golpe en mi nariz y me aturdió. ¿Cómo era posible? Después de tantos años, después del abandono y la degradación, después de las obras de restauración y de los nuevos inquilinos ese olor inconfundible que siempre me había hecho sentir en casa había permanecido intacto. Vértigo.

La escalera interior seguía en su sitio, el resto había cambiado por completo: tapiada la puertecita por la que se accedía al inmenso jardín, al igual que la ventana de mi cuarto desde la que se podía ver el porche.

Me enfrenté a los escalones que había subido mil veces ayudando a mi abuelo y me encontré en un ambiente desconocido. Nuevas paredes divisorias, nueva disposición de las habitaciones, nueva decoración, moderna. Por un instante me sentí extraviado. No, todavía quedaba algo del pasado. Las viejas puertas de madera y de cristal opaco, el piso decorado con flores burdeos y verde oscuro. Entré en una estancia: escritorios, ordenadores, empleados atareados. Sólo la reconocí mirando el techo: los frescos, apenas restaurados, densos de colores intensos. El Carro de Febo era la primera imagen que me daba los buenos días por la mañana y que, de noche, en caso de que me hubiese despertado debido a una pesadilla sin poder recordar dónde me encontraba, me recordaba de inmediato que estaba allí, cerca de la abuela, protegido.

Pasé a otra habitación. La cocina de los ladrillos de cerámica se había convertido en un archivo con una fotocopiadora anexa. El comedor en una antesala con silloncitos de alcántara. El salón bueno con las paredes tapizadas en raso rojo era ahora el despacho del Director General. Sólo los frescos habían permanecido intactos. Salí sintiéndome perdido a la terraza.

Del inmenso jardín no quedaba ya ni rastro; en su lugar, una serie de edificios horrorosos. Ni uno solo de los pinos seculares que flanqueaban la avenida, sólo unas plazas de aparcamiento delimitadas por unas franjas blancas perfectamente alineadas. Vi de nuevo a un niño trepando a los melocotoneros, cogiendo y mordiendo los frutos maduros del verano. Cerré los ojos, inspiré profundamente los recuerdos.

Volví a entrar. Uno de los empleados me observaba perplejo. Crucé un pasillo corto, siempre un poco desorientado. Y una vez que llegué al fondo la volví a ver.

Vi la ventana que daba a la avenida, la vieja mesita coja, la silla de paja donde esperaba, esperaba y escuchaba el pasar lento de las horas, y de los días, divididos entre la costura y el rosario por la noche. La abuela Maria estaba allí, sonriente, con su pelo cano, su corazón bueno y generoso, seguía esperándome allí, esperando la alegría de un niño que se perdía entre sus brazos.

El resto carecía de importancia. Me marché.

Esa inesperada desviación al pasado me había hecho feliz; me había emocionado, calmado, alejado de las pasiones y de la angustia intensa de esos días.

Subí de nuevo al coche y enfilé el camino de vuelta. Pero no, no quería que el hechizo acabase así, tenía otra cosa que hacer. A escasos kilómetros de Altamura emboqué un camino de tierra. Lo recorrí hasta el final, el coche daba sacudidas. Como no podía ser menos, la puerta estaba cerrada. Trepé por el muro y salté.

Veinte años, puede que más, que no atravesaba la era de esa casa de campo. Era la granja del abuelo, nuestro paraíso. Estaba abandonada. Sólo habían apuntalado de alguna forma el cuerpo central para evitar que se viniese abajo. En la fachada se vislumbraban todavía los letreros de antaño. Centro empresarial Curtaniello — Finca n.o 3. Y algo más abajo: Altimetría 420 metros. El orgullo y la meticulosidad de un abuelo que únicamente había conocido el trabajo.

Deambulé un poco. Los establos y los heniles, que en su día habían conocido la abundancia, estaban ahora desoladoramente vacíos, cerrados, en estado ruinoso, con las vigas podridas. Y, sin embargo, aquél había sido un lugar feliz, había producido sudor, fatiga, sufrimiento, pero también pan, serenidad, confianza en el futuro; y, por si fuera poco, a nosotros nos había regalado un sueño.

En el portal de la pequeña iglesia de paredes desconchadas todavía se podía leer, si bien con dificultad, la oración del campo: Benedicite omnia germinantia in terra, Domine. Forcé la puerta, que cedió con facilidad, y entré. Qué extraño, los ladrones y los vándalos no la habían tocado. Sólo el tiempo había sido inmisericorde. Reconocí la cúpula estrellada, y las miradas de los santos desconocidos en las paredes.

Salí de nuevo, di otra vuelta y percibí con fuerza el aroma de la Murgia. La ajedrea, el hinojo, el tomillo silvestre, el calamento y la hierba húmeda se mezclaban haciendo flotar en el aire un aroma inconfundible, sólo allí, sólo en primavera.

Me quité el abrigo azul y lo extendí en la hierba. Me tumbé sobre él cruzando las manos detrás de la cabeza para disfrutar de ese momento de serenidad. Para nosotros, los niños, esa casa marcaba el inicio del verano. La era y los campos circundantes eran ilimitados, al igual que nosotros. Hacíamos volar en el cielo las cometas, o perseguíamos a los pavos reales maravillándonos en cada ocasión cuando, de repente, abrían la cola y cien ojos hipnóticos nos contemplaban... Todos los días vivíamos una nueva aventura. La trilla, una fiesta pagana a la que no podíamos faltar. Después del crepúsculo decenas y decenas de campesinos con sus familias —y el cansancio de la jornada en la espalda— se reunían en la era atestada de gavillas. Las hogueras, los carros, la tenue luz de las lámparas de gas, el pan caliente recién sacado del horno...

¡Es cierto, soy un hombre afortunado! He visto un mundo que ya no existe. No era ni mejor ni peor, sólo distinto. Pero inolvidable.

Hiedra trepadora

sobre los muros blancos y resquebrajados

de mi pasado ,

la vida que resbala

entre los dedos cansados ,

las lágrimas ,

que se deslizan y brillan

con la luz tenue del día

agonizante .

Cuando me desperté había oscurecido ya y no pude moverme. La humedad de la tierra me había penetrado en los huesos, o quizá sólo fuese el hechizo del cielo nocturno, terso, estrellado. Permanecí unos instantes perdido en la oscuridad. El Gran Carro resplandecía delante de mí. Mizar la luminosa y luego, alineadas, Merak y Dubhe. Tracé la línea recta que todos los marineros conocen desde hace milenios y crucé la Estrella Polar, el Norte seguro, inmutable y perenne.

Pero yo no sabía ya cuál era, dónde estaba, adónde habían ido a parar mis estrellas.

Hacía frío, me levanté el cuello del abrigo. Recorrí la era guiado por la tenue luz de la luna, salté el muro en seco, volví al coche. La llave en el salpicadero, rápido control del ordenador de a bordo, bruuum. El zumbido del motor me devolvió a la realidad.

El sueño había terminado.