La ley de Murphy
Los días siguientes fueron un auténtico caos: en mi interior, en el trabajo, en casa. Es la ley de Murphy: «Si algo puede salir mal, saldrá mal.» O su versión relativizada: «Todo va mal a la vez.» Y Murphy no se equivoca nunca.
En casa habíamos firmado una tregua provisional. No había adoptado ningún compromiso con Alessandra y ella, extraño pero cierto, ninguna decisión impulsiva. Los dos necesitábamos tiempo y nos lo concedimos, era mercancía barata. Yo, por descontado, dormía en el sofá. Y seguía pensando en Lea.
Fue ella la que puso punto y final a nuestra historia. Yo solo no habría sido capaz.
Sonó el móvil: era ella.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Guerra en todos los frentes...
—Lo siento...
—Pasará...
—Necesito verte. ¿Puedes venir a mi casa cuando acabes en la consulta?
—De acuerdo, hasta luego.
Me sentía feliz de poder ir a su casa, esperaba encontrar un poco de paz, unas cuantas horas para poder tranquilizarme fuera del mundo. No fue así.
Siempre he fantaseado sobre la evolución que desearía sobre cualquier asunto que estoy a punto de vivir. Una reunión de trabajo, una velada con una mujer, un examen en la universidad, lo que sea. Y siempre ha sucedido algo diferente, en la mayoría de los casos desagradable. Las cosas jamás salen como deberían.
Durante cierto periodo me esforcé incluso para imaginar que cierto asunto iría como no quería en absoluto que fuese, para que, en cambio, se desarrollase en la dirección que realmente deseaba. Nunca funcionó. ¡Al destino no se le engaña tan fácilmente! En cualquier caso, tampoco esa noche pude escapar de la regla del contrario.
Cuando salió por la puerta de la consulta, Lea se mostró tan dulce como siempre. Sucediese lo que sucediese, entre nosotros se había creado un vínculo indisoluble.
—Qué alegría volver a verte —le dije.
Por toda contestación Lea me dio un beso y esbozó una sonrisa triste.
—¿Cómo van las cosas? —me preguntó.
—Prefiero no hablar de eso... Es un problema mío, no te quiero involucrar...
Un par de manzanas en silencio. Luego el golpe llegó en frío.
—Tenemos que dejar de vernos, Piergiorgio... Esta historia no puede durar, no puede seguir adelante.
—No digas eso, te lo ruego...
—Déjame hablar, no me pongas las cosas más difíciles de lo que ya son.
Si bien su voz era firme, no consiguió continuar, al menos durante unos interminables segundos.
—No es por lo que ha ocurrido estos días —dijo, por fin—. Lo llevo pensando hace ya tiempo, quizás antes incluso de que empezásemos. El problema es que luego te encantas y tratas de quitártelo de la cabeza, pero no por eso deja de ser una ilusión...
—¿Y qué se supone que debo hacer para no ilusionarte?
—¡Yo no puedo hacer nada, Piero! El problema es tuyo. Ante todo debes de poner un poco de orden en tu vida, tan ordenada... Pero debes hacerlo por ti, no por mí. Tienes una hija a la que adoras, una esposa a la que no sabes si sigues queriendo, y ahora también una amante a la que no sabes si quieres todavía. Es demasiado complicado. Tienes que aclarar tus ideas, no puedes echar todo a rodar por algo que todavía no sabemos qué es y que, es más, podría ser tan sólo un error, una ilusión.
—¡Pero no es así! —protesté. Torpe intento de reacción.
—Escúchame, ¡yo no quiero seguir de esta manera! A escondidas, me refiero. Y, a la vez, no tengo ganas de transformar esta historia en algo diferente, comprometedor.
Me di cuenta de que su firmeza vacilaba, pero fue sólo por un instante.
—Cuando salimos me siento incómoda, y tú también. Nos conoce mucha gente, nos ven, se imaginan que... ¡Ya sabes lo que pasa con estas cosas! La otra noche, en Nessun Dorma hicimos daño a tres personas de un solo golpe: a mí, a ti y a tu esposa. Tú quedaste como un hijo de puta, tu mujer como una imbécil cornuda y yo como una cualquiera, si todo va bien. ¡No funciona, no puede funcionar!
—Pero podríamos tener un futuro...
Banal.
—No, Piero, ya te he dicho que no me gusta... ¡No me interesa un futuro así! No sólo no quiero parecerlo, sobre todo no me quiero sentir como una que se dedica a destrozar familias... ¡No lo soy! ¡No quiero convertirme en una tipa así!
Tregua, recuperó el aliento.
—No quiero construir mi felicidad sobre la infelicidad de los demás... Lo siento, pero no puedo...
—Lea, la felicidad hay que conquistarla, debes creer en ella, poner de tu parte...
—Sería un esfuerzo malgastado. Esta historia no garantiza nada a ninguno de los dos. Sería un calvario, un fracaso inútil, y yo pagaría las consecuencias por enésima vez.
—Pero ¿de qué garantías hablas? Depende de nosotros, ¡únicamente de nosotros!
No añadí nada más, estábamos en dos niveles diferentes, hablábamos dos idiomas distintos. Se había acabado.
—¿Entonces? —le pregunté confiando en una esperanza imposible.
—Tenemos que dejarlo...
Habíamos llegado a la puerta de su casa. Lea se percató de la desolación que reflejaba mi cara.
—No te puedes imaginar lo que me cuesta decirte estas cosas, eres un hombre fantástico, Pier, y es una locura abandonarte... No quiero perderte, me gustaría que quedase algo entre nosotros, pero esta historia no puede funcionar. Sufrir en vano es una estupidez, y yo he cometido ya demasiadas. Pasará...
La miraba aterrorizado. Jamás había sospechado que era capaz de tanta fuerza y determinación. No sabía qué añadir a esa sentencia inapelable de condena. Y, de hecho, no lo hice.
Sólo recuerdo los ojos lánguidos de Lea intentando consolarme inútilmente. No era suficiente. No era suficiente. Permanecí en silencio.
—Ven aquí... —dijo en voz baja—. Ven aquí...
No entendía. Me aferró por el cuello y me atrajo hacia ella. Fue el último beso. Un largo, interminable, apasionado, doloroso, feliz, ingenuo, lánguido, imborrable e inolvidable beso.