Memorias de Adriano
Tampoco ese consejo lo pagué, ni lo seguí.
Mi alma se consumía y se destruía tocando cualquier cosa. La apatía se había transformado en irritabilidad y todos sufrían las consecuencias, yo en primer lugar.
Alessandra y yo no sabíamos qué hacer, por dónde empezar, o si debíamos terminar y, en ese caso, cómo hacerlo. Nos sentíamos desorientados en esa situación imprevista. Alejados de la otra persona que, de repente, parecía diferente a la que siempre había estado a nuestro lado.
Cuando no sabes qué hacer te resignas a la única cosa que te sale espontánea: esperar, a fin de cuentas no cuesta nada. Das tiempo al tiempo, dejas pasar los días aguardando a que ocurra algo, a que el viento se alce de nuevo, sin importar cuál sea. Decidimos no decidir.
Por desgracia, es el mejor sistema para equivocarse. Quinto corolario de la ley de Murphy: «Cuando las cosas se dejan a su aire suelen ir de mal en peor.»
Alessandra me había dado tiempo a mí. Yo se lo había dado a Lea, confiando en que algo cambiase. Esperaba y nada más. Engañaba los días con mi habitual y ordenadísima vida, y me engañaba a mí mismo.
Partido de tenis con Roberto y Elio, como todos los jueves por la tarde. Jamás perder las costumbres, ya sean malas o buenas.
Al tenis se juega entre dos o entre cuatro. Nosotros siempre habíamos sido tres.
Por turnos si estábamos cansados, de no ser así dos contra uno. ¡Esa hora era nuestra, exclusivamente nuestra, prohibido el acceso a los extraños!
Esa vez, después del partido, nos habíamos sentado para recuperar el aliento y para beber el consabido Gatorade.
—¿Se puede saber quién es esa mujer que está haciendo saltar por los aires tu familia? —preguntó Roberto de buenas a primeras. Volea.
—¿Por qué quieres arruinarme la tarde? —Respuesta del revés.
—¡Porque nunca te hemos visto así! —Punto de Elio.
—Es una historia acabada, no sirve de nada hablar de ella.
No tenía ningunas ganas, ni siquiera con mis hermanos de siempre.
—¡No es una historia acabada, se ve a la legua! ¡Estás insoportable, esta tarde has jugado de pena!
Partida con tres jugadores, dos contra uno.
—Todo se ha terminado, chicos. ¿De qué sirve hablar ahora?
—¿Cómo va en casa? —acosó Elio.
No tuve el valor de contestarle.
—Entonces, ¿ves que no se ha acabado? —Ataque de Roberto.
—Pero ¿qué coño estáis diciendo? ¡Ni que fuera una bombilla que se apaga apretando el interruptor!
—¿Cómo se llama?
Estaba acorralado.
—Lea, se llama Lea... —murmuré.
Roberto se puso blanco.
—¿Lea es el diminutivo de Léontine? —preguntó con un tono igualmente pálido.
Asentí con la cabeza.
—La conoces, ¿verdad?
—Pues sí, amigos comunes...
Se detuvo. Acto seguido prosiguió:
—Quítatela de la cabeza, Piero... Haz caso a tu hermano, quítatela de la cabeza.
Tuve la impresión de que había algo más que no lograba decirme. En cualquier caso, el suyo era otro consejo que recibía sin pagar, sabía ya que no le haría el menor caso.
Esa tarde, el tema quedó zanjado así.
Los días pasaron más deprisa de lo que me esperaba, pero en cualquier caso menos de lo que pretendía. Luego, casi por sorpresa, llegó mi cumpleaños.
Alessandra hizo todo cuanto pudo para esconder el cadáver, me refiero al de las relaciones entre los dos, y mimetizar el estado de no beligerancia que vivíamos por acuerdo recíproco. La consabida escena del «¡Feliz cumpleaños!» con Sveva como cómplice ajena a todo. Comida con la decimoquinta Lacoste adjunta, que, sin embargo, en primavera nunca está de más.
Dejemos que trascurra el tiempo, tarde o temprano algo sucederá.
Esperé durante todo el día una llamada de Lea. ¿Llegará? ¿Se acordará? Y, en caso de que se acuerde, ¿tendrá ganas de llamarme? ¿O preferirá ahogar con un cojín una tentación delicada que ya está fuera de plazo?
Deseaba esa llamada de felicitación como un ungüento sobre una herida.
El ungüento no sirve para nada, para las heridas infectadas hacen falta antibióticos. Pero la inmediata sensación de bienestar que produce, el aroma que emana, la inmotivada esperanza de curación... El ungüento es poesía.
Al final recibí la llamada.
—Hola, Lea.
—Hola, Pier, ¿cómo estás?
—¿Tienes una pregunta de reserva?
—Eso es un golpe bajo... Sólo quería felicitarte.
—Gracias, eres un cielo, por un momento he temido que no me llamases...
—¿Me consideras tan cruel?
—Sí.
—Ahora el cruel eres tú y, además, no te he eliminado de mi vida...
—Tienes razón, perdóname, hace tiempo que la conexión entre mi lengua y mi cerebro no funciona como debiera. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
—La vida de siempre... Los ancianos a los que cuidar, las amigas en crisis existencial, el jardinero que nunca viene.
—Te envidio.
—¿Por qué?
—Por tu vida de siempre...
—¿Cómo estás pasando tu cumpleaños?
—Considerando que a los cuarenta y cinco no hay mucho que celebrar, considerando que en casa no hay humor para festejar nada, considerando que en el instituto están casi todos enfermos o en luna de miel, me he ofrecido como voluntario para el turno de noche en la clínica. Con eso salvo a la vez las apariencias y mi conciencia.
—Lo siento, Pier.
—No te preocupes. En el fondo tienes razón tú, pasará.
—Te quiero mucho...
—Te quiero mucho...
Fin de la comunicación.
Me quedé con el móvil en la mano, como un gilipollas.
¿Adónde habían ido a parar todas las cosas maravillosas que quería decirle? ¿Las frases efectistas, los golpes bajos, las delicadezas para darle a entender que estaba mal, o que estaba bien y había superado todo? ¿Adónde habían ido a parar las mil ideas que habían poblado mi mente y habían ahogado mi corazón? ¡Adónde!
Nowhere man, nowhere land, nowhere plans, for nobody... ¡Los Beatles ya habían dicho todo y esto sólo era una vieja película que estaba volviendo a ver por duodécima vez!
Pero yo adoro las viejas películas americanas en blanco y negro en las que aparecen Cary Grant o Gary Cooper. Al día siguiente la llamé.
—Disculpa por la llamada de ayer. Me comporté como un imbécil, como de costumbre, no estaba preparado...
—No te preocupes, lo entiendo. Me produjiste una gran ternura...
Dulce y cruel, como siempre. Los demás hombres desencadenan el deseo, yo sólo un poco de ternura.
—Oye, Lea, ¡ayer pasé un cumpleaños de mierda! ¡No era lo que había imaginado en las últimas semanas! ¿Me ayudas a recuperarlo?
—¿Cómo?
—Me gustaría celebrarlo contigo.
—¿Qué quieres celebrar?
Estaba angustiada y se tomaba su tiempo.
—Celebrar mi cumpleaños, celebrar y punto...
—No insistas, Pier, no es necesario añadir nada más. Ya nos hemos dicho lo que debíamos decirnos.
—A decir verdad hiciste todo tú, pero la cuestión no es ésa. Es que ayer me gustó volver a hablar contigo y me gustaría verte... Al menos una vez más.
—Está bien, ¡pero sólo porque es tu cumpleaños!
¡No debía decirlo! No de esa forma. No con ese tono. Pese a que lo que le había pedido era, sin lugar a dudas, una obra de caridad, no debía decírmelo.
—¡En ese caso no! Si lo interpretas así no quiero... ¡No te he pedido un regalo!
—Tienes razón, perdona. ¡Venga, te espero a las nueve!
—Está bien, a las nueve.
Por segunda vez me quedé como un idiota con el teléfono en la mano esperando que el sistema de ahorro energético apagase la pantalla.
Era únicamente una vulgar y asquerosa concesión... ¡No la quería!
Quería otra cosa. Quería su corazón. ¡Quería a Lea! Pero no podía tenerla, lo único que le inspiraba era ternura.
Rabia, amargura, deseo y orgullo, frustración y esperanza. Todo se confundía en una única constatación final: ya no tenía ganas, no me apetecía, ¡si las condiciones eran ésas, no!
Trabajé durante toda la tarde, distraído y desganado. Luego me metí en el coche y deambulé un poco, no me apetecía mínimamente volver a casa. No podía pasear, llovía, y, además, me venía a la mente otro de mis estúpidos poemas. Decidí recurrir a la medicina tradicional, exceptuando los cigarrillos: me metí en la librería Laterza, un refugio seguro. Apenas sirvió para nada. Con el alma dividida entre la apatía y la rabia, lo que leía —los títulos de los libros, las solapas, las contraportadas— me resbalaba por las pupilas sin llegar al cerebro.
¡No! ¡Si las condiciones eran ésas, no! Seguía repitiéndome.
¡Mejor rendirse! Cogí el móvil y le mandé un sms: «Esta noche no puedo. Disculpa. Hasta pronto.»
Enviar. Golpe asestado, efecto desconocido.
¿Y si volvía a llamarme? No, no tenía ningunas ganas de hablar, de discutir, de explicar. Apagué el móvil y volví a casa.
Pasé la velada en el piano. Rachmaninov, Concierto n.o 2 opus 18, segundo movimiento. El piano es único, consigue abstraerme, vaciar mi mente incluso de los malos pensamientos. Pero esa noche no pudo. Deseo, rabia, extravío, todo volvía a brotar al cabo de un rato.
Sentí varias veces la tentación de volver a encender el móvil para ver si Lea había llamado, pero logré resistirla.
En el fondo Rachmaninov es un buen compañero para la soledad.
No obstante, a la mañana siguiente descubrí que Lea no me había llamado y me arrepentí del arrebato. No había servido para nada. Quizá sólo para que me mandase a tomar por culo.
Tardé medio minuto en comprender que me había comportado como un imbécil maleducado. Había sido tan sólo un desquite. Pero ahora ya no tenía solución y tal vez había perdido irremediablemente incluso la última ocasión.
Pero, al menos, una disculpa se la debía.
A eso de las siete de la tarde pasé por su despacho y la llamé al móvil.
—Me gustaría pedirte perdón... Estoy aquí abajo. ¿Me dejas subir o me mandas a la mierda?
Me la imaginé sonriendo.
—Sube... —dijo.
La encontré vestida con la bata, esperándome en la puerta. No me dio un beso en la mejilla, se limitó a saludarme con un ademán de la cabeza y con los ojos.
—Entra.
En la sala de espera quedaban todavía un par de pacientes que me miraron irritados.
Estaba enfadada y no lo estaba. Estaba enfadada porque había sido impulsivo y maleducado. No lo estaba porque... le producía ternura.
—Quería disculparme por lo de ayer y hacerlo en persona. Me comporté como un estúpido.
—Sólo eres un hombre... ¡Y, por si fuera poco, aries! —La necesidad de burlarse era más fuerte que ella—. ¿Qué te pasó?
—La versión oficial es que tuve un montón de problemas en el trabajo, cansancio, discusiones interminables en casa... La verdad es que deseaba un regalo, pasar otra noche contigo, y no una limosna.
—Yo también me equivoqué, no pretendía herirte...
—¿Hacemos las paces?
—¡De acuerdo!
Se acercó a mí.
—Ahora puedo felicitarte en persona.
Me dio un beso muy casto en la mejilla.
—¡Feliz cumpleaños, Pier!
—Gracias, Lea, es la felicitación que más deseaba.
Esbozó una sonrisa. A continuación escarbó por unos instantes entre los papeles en desorden que había en el escritorio hasta encontrar un paquete envuelto con el inconfundible papel de regalo marrón con dibujos liberty: librería Laterza. ¡La atención por los detalles! Lea sabía de sobra que, en mi caso, no era lo mismo recibir un libro de Laterza que de cualquier otra librería.
—Te había comprado un detalle... Espero que no lo hayas leído ya, y que te guste.
Lo desenvolví con voracidad, ¡porque era un libro y un regalo de Lea!
Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar.
¡Me quedé estupefacto! ¿Cómo era posible que conociese mi secreto?
—¡Eres realmente increíble! ¡Siempre consigues dar en el clavo! —le dije.
—¿No lo has leído?
—No, no lo he leído, pero con este libro he madurado una extraña relación. Hace veinte años que lo considero y jamás he tenido el valor de comprarlo, no sé por qué. Cada vez que sale una nueva edición y estoy en una librería lo miro, lo toco, lo saco con cautela de la estantería, lo hojeo, leo alguna que otra frase, el prólogo, quizá... Luego lo vuelvo a dejar en su sitio. Jamás he tenido el valor de comprarlo, no sé por qué.
Lea me escuchaba atentamente, como siempre, perpleja, tal vez le divertían mis excentricidades. Unos instantes de silencio.
—Temo encontrar algo que debería haber comprendido hace ya varios años, y que ahora sea demasiado tarde. O puede que encuentre lo que sólo puedo percibir en este momento, pero que sea, en cualquier caso, demasiado tarde. Lo leeré y puede que entienda el motivo de mis miedos. Gracias, Lea, sólo tú podías regalármelo.
Estaba desconcertada. Me dio un beso en los labios y me marché.
Esa noche no dormí, devoré las páginas.
El sofá, mi habitual refugio a esas alturas, albergó un cuerpo cansado y un alma solitaria, pero también el deseo insatisfecho de dar un sentido pleno a mi vida, una vida que, de repente, recordaba a la frase entrecortada escrita por un niño de segundo de primaria.
Pero ¿qué podían tener en común la vida de un viejo emperador romano en su melancólico ocaso y la de un médico del siglo xxi en plena crisis existencial? Lo percibí poco a poco, una página tras otra, una emoción tras otra.
Descubrí tres almas entrelazadas en una única maraña, indisolublemente humana, absolutamente mía.
Una era la figura del emperador inalcanzable, el guerrero indiferente al espectáculo de la sangre, el caudillo iluminado, víctima de su propio destino, «... el cuadro de mis días como las regiones de montaña, compuesto por materiales diferentes mezclados desordenadamente. Reconozco en él mi condición, formada a partes iguales por naturaleza e instinto...».
Otra, tal vez la que más me impresionó, la del intelectual refinado, que había bebido de una fuente tan sublime como inextinguible; el helenista, el esteta, el humilde cultivador de la palabra y del pensamiento que disfrutaba con sus espacios ilimitados, «... los poetas nos trasladan a un mundo más amplio o más hermoso, más ardiente o más dulce que aquel en que vivivimos; un mundo, en cualquier caso, distinto y casi inhabitable en la práctica».
Por último, el hombre, víctima del amor, sacudido por las pasiones del alma y de la carne, «... este instrumento de músculos, de sangre, de epidermis, esta nube roja cuyo fulgor es el alma...», destrozado por el dolor debido al sacrificio de su Antinoo, vencido por la proximidad de la muerte, por la ineluctable condena que lo iba a transformar en polvo, que resta utilidad a cualquier motivo de lucha, que convierte la rendición en una última esperanza de paz.
En el fondo, la vida es así desde la noche de los tiempos, jamás se ha producido nada nuevo, sólo ha cambiado la intensidad, el vestido.
Miré el reloj: eran casi las seis de la mañana. Tenía el cuerpo y la mente agotados. Las Memorias me habían vaciado el alma a la vez que me colmaban el corazón.
Sentí la irrefrenable necesidad de compartir ese estado emocional de semialucinación. ¡Tenía que decírselo! ¡Tenía que acariciarla! Tenía que sentirla próxima, por un solo instante más... Me habría gustado despertarla y darle un beso para agradecerle la alegría, el tormento que me había regalado. Pero Lea no estaba acurrucada a mi lado, estaba lejos, en otro lugar.
Deseo irreprimible. Encendí el móvil: crea mensaje, ok.
«Noche de insomnio. He devorado las Memorias. Es una auténtica obra de arte, quizá la más hermosa... Gracias, Lea. Un beso.»
Busca número, Lea, envía, ok.
Me levanté, abrí la ventana y salí para respirar un poco de aire gélido confiando en que fuese capaz de calmarme. Encendí un cigarrillo, el primero desde hacía varias horas, y di una profunda calada.
A lo lejos, el cielo empezaba a abrirse y las nubes se iban tiñendo con el tenue color de la aurora. Seguía pensando en ella.
Silenciosa termina la noche
el abandono del sueño se apaga ,
llena mis ojos cansados
y el alma inconsciente .
Apenas un instante .
Veo aclararse el horizonte lejano
y un deseo nocturno desvanecerse .
Siento que un canto brota
del corazón adormecido
y la alegría inocente
de este breve momento de paz
vuelve a llenar mis ojos .
Apenas un instante ,
veo la aurora morir
en la luz cegadora de la nueva mañana .