El imborrable color de los recuerdos

Incorporarla al periodo de prácticas no me resultó difícil, de forma que Lea empezó a frecuentar el instituto en diciembre. Más de una vez me pregunté si estaba haciendo lo que debía y, sobre todo, por qué lo estaba haciendo; pero cada vez que me planteaba esta pregunta la relegaba mecánicamente a los recovecos más ocultos del cerebro. Ya no tenía remedio, las prácticas estaban a punto de empezar y Lea estaba encantada.

El primer día vino a saludarme y a agradecerme una vez más la inesperada oportunidad que le había ofrecido. Nos encontramos en el pasillo al que daba mi despacho. El voluminoso chaquetón y la bolsa enorme que llevaba a cuestas entorpecían sus movimientos, pero saltaba a la vista que estaba encantada.

—Hoy se empieza —dijo. Parecía una novata.

—¿Contenta? —le pregunté.

—¡Contenta!

—¿Nos vemos más tarde para tomar un café? —le propuse.

—De acuerdo, pasaré a buscarte apenas tengamos un momento de pausa.

Esos cafés no tardaron en convertirse en una agradable costumbre. Lea llegaba a eso de las diez y media y me sacaba del laboratorio. Empezamos con el distribuidor automático de bebidas de la planta baja, que estaba en un escuálido rincón con las paredes desconchadas. Luego decidimos dedicarnos más tiempo y nos alejamos hasta el bar que estaba nada más salir del Policlínico. Lea me contaba lo que hacía durante el día y me hablaba de los colegas que frecuentaban el curso, todos agradables y simpáticos, y más jóvenes que ella.

—Supongo que se preguntarán qué hago con ellos. Es más, alguno me lo ha dicho expresamente —me contó en el curso de una de nuestras primeras pausas para el café mientras me miraba con complicidad.

—¿Y tú qué le has contestado?

—¡Que saqué la licenciatura a plazos!

No hablábamos sólo de trabajo. Una vez agotados los consabidos temas empezamos a contarnos otras cosas, al principio un poco triviales como, por ejemplo, lo que habíamos hecho durante el fin de semana, o si nos había gustado o no una película que habíamos visto últimamente; en ocasiones compartíamos la alegría propia de los aficionados a la lectura —«¿sabes?, estoy leyendo un libro espléndido...»—. Luego, poco a poco, tanteando recíprocamente el terreno del otro para evitar incursiones desagradables, nos adentramos en los temas más íntimos. Nos estábamos presentando, nos estábamos estudiando, si bien de una manera inocente, sin segundas intenciones. No creo que tuviésemos muy claros los motivos de ese juego de partes. Nos gustaba estar juntos, sin más.

El curso se celebraba tres veces a la semana, dos por la mañana y una por la tarde. Como no podía ser menos, decidimos aprovechar también la tarde. En realidad fue Lea la que tuvo la idea; un día, a eso de la una y media, llamó a la puerta de mi despacho. No esperaba verla, pero he de confesar que me alegré.

—¿Te apetece que comamos juntos? —preguntó—. Tengo tiempo para un bocadillo antes de entrar en clase.

La idea me gustó. Más tarde, mientras volvíamos al instituto, le propuse que lo repitiésemos la semana siguiente. Lea me concedió el bis.

Fue como volver a fumar: empiezas con un cigarrillo de cuando en cuando, convencido de que controlas la situación, luego pasas a uno al día, después de cenar, después dos, y más, hasta que acabas fumando de nuevo un paquete. Sin darte cuenta.

Y, de hecho, yo no me estaba dando cuenta de nada. Fue mi querida y siempre sabia amiga Chriss la que me dio la señal de alarma.

—¿Tengo que empezar a preocuparme? —me preguntó un día indicando a Lea, que se acababa de despedir de mí. Sonreía, pero hablaba en serio. Sacudí la cabeza y sonreí a mi vez, pero era únicamente una demostración del estúpido orgullo masculino.

Navidad llegó justo a tiempo para permitir que arrinconase (estaba a punto de decir eliminase, pero eso habría sido una mentira) esas extrañas, inesperadas y cada vez más incontrolables emociones que sentía por Lea.

Sí, la Navidad. En la vida no existe una certeza más granítica que la Navidad, con sus anexos y conexos. Sirve para reordenar por dentro el alma, para restituirnos la serenidad perdida, para sentirnos mejores con todos, incluso con nuestra esposa. La Navidad tiene sus ritos precisos, sus ceremonias, sus ritmos cadenciosos, todo contribuye a hacernos recitar cierto papel —un papel que, quizá, creías perdido— en el escenario de la vida. Sirve para devolverte la tranquilidad que alguien te había robado, tú mismo, quizá. Te hace creer que eres feliz. La ilusión de los regalos, de los atracones en familia, de la abundancia de bondad, de las sinceras felicitaciones a todos. Dura unos cuantos días; cuando te despiertas te vuelves a sentir deprimido.

Ese año no fue diferente a los demás. Alessandra y yo caminamos por las calles del centro, rebosantes de gente, buscando algo para Sveva. ¿Desde cuándo no salíamos los dos a pasear sin rumbo fijo? Solo la ilusión de la Navidad podía inducirnos a hacerlo todavía.

Luego salimos Sveva y yo para comprarle un regalo a Alessandra.

—¿Qué crees que le gustaría, papá? ¡Mamá tiene ya de todo!

Todos los años la misma tragedia.

—No lo sé, veremos... —solía responder yo, que no tenía la menor idea.

Al final encontrábamos siempre algo; puede que inútil, pero, al menos, original. Luego les llegaba el turno a Sveva y Alessandra, que cargaban con el enésimo suéter —¡esta vez de cachemira, menuda novedad!—, y yo cada vez desenvolvía el paquete dispuesto a simular un estupor y un placer inmorales... Lo mandaba el guión y no había que salirse de él.

El guión establecía también con precisión lo que ocurría en el trabajo: las felicitaciones a los colegas de la facultad, el habitual discurso bondadoso de Marco Tedeschi, una botella descorchada a toda prisa para acompañar el panettone y luego la libertad para todos; unos se iban en seguida a casa para preparar la cena, otros salían para las últimas compras y los últimos regalos.

En cuanto a nosotros, la regla establecía desde hacía años que la cena de Nochebuena se celebraba en casa de Roberto, en tanto que la comida de Navidad en la nuestra, o al contrario. Fuese como fuese, las comilonas se sucedían durante tres días seguidos, inaugurados con marisco crudo acompañado de salmón ahumado, cosas, ambas, que no tenían nada que ver con nuestra tradicional Navidad, pero que eran chic, y luego más pescado, pescado hasta reventar.

El recuerdo más bonito que conservo de las Navidades de mi infancia no tiene nada que ver con los regalos que recibía, sino con el mercado del pescado de la plaza Ferrarese, al que acudía con mi padre la noche del 23. El imborrable olor a algas y suciedad; las cajas que se descargaban sin cesar cubiertas de hielo; los gritos en dialecto cerrado, incomprensibles para un niño de buena familia como yo; la luz de las lámparas, cegadora en el corazón de la noche. Y además la gente, tanta y feliz de tomar parte en esa orgía alimentaria que duraba hasta la mañana. A saber si seguirá siendo así. Una y otra vez me empapaba el abrigo con el agua que caía de los puestos, o metía los zapatos en algún charco. Mi padre no me decía nada; en el fondo era él el que insistía todos los años para que lo acompañase. Claro que habría sido más fácil ir al día siguiente a la pescadería que había debajo de casa. Sólo que habría sido distinto, el pescado de Nochebuena no habría tenido el mismo sabor. Y hoy mis recuerdos no tendrían el mismo e imborrable color. Por aquel entonces no lo entendía, pero con esas visitas mi padre me estaba enseñando la diferencia entre prosa y poesía.

La Navidad es una estafa con mucho estilo. Es como es y hay que aceptarla sin más, no tiene vuelta de hoja. Es más, nos gusta, hasta el punto de que la esperamos con ansiedad. Ese año también fue así. Durante esos días me sentí menos desorientado. Me lancé de lleno a la fiesta; en el fondo era un espectáculo bien construido y yo representaba el papel del protagonista. Alessandra, Sveva y yo, felicitaciones, regalos, árbol y pesebre, cena y champán, partida de cartas con los niños, bacará con los amigos y, por la mañana, cruasanes calientes recién salidos del horno. Todo tan cierto, tan insustituible. Caminos ya recorridos y fiables, horizontes conocidos y tranquilizadores, riesgo mínimo de perderse. Momentos que, para mí, constituían auténticos valores. O, al menos, así lo creía.

No vi a Lea ni hablé con ella, ni durante esos días ni durante los sucesivos. Probé a llamarla varias veces el día de Nochebuena, pero no me respondió. Luego, por la noche, recibí un sms.

«Caro Pier —era la primera vez que me llamaba así—, estoy fuera de Bari. Hablamos en unos días. Feliz Navidad.»

¡Coño! ¡Al menos podría haberse molestado en llamar! Tardé un poco en responderle, estaba irritado.

«Felicidades... diviértete.»

Estaba claro que yo no le interesaba. Mejor así. Mejor hundirse en el vientre cálido y reconfortante de la Navidad.