Un escollo en el mar que eres tú
En medio de la noche percibí a lo lejos, como en la irrealidad de un sueño, un ruido metálico. Me giré en la almohada. Unos segundos después se volvió a producir. Me desperté de golpe. Un mensaje recibido decía la pantalla del móvil. El reloj marcaba las 05.07.
—Pero ¿quién es a esta hora? —masculló en el duermevela Alessandra.
Era Lea. Un largo mensaje de Lea que había recibido en dos veces. Simulé leerlo.
—No es nada, uno que se ha equivocado, duerme...
Apagué el aparato, pero no conseguí volver a conciliar el sueño.
A las seis y media estaba ya fuera de casa con la excusa de que tenía que ir muy temprano a la clínica. Encendí el móvil: menú, ok — mensajes, ok — recibidos, ok — Lea, 05.03 horas, ok.
«Noche de insomnio. Me ha impresionado mucho hasta qué punto tus poemas pueden emocionar, son intensos, vivos... Llegan directamente al corazón. Estoy conmovida. Gracias por regalarme estas emociones, continúa si puedes... Un beso.»
Escribí un mensaje:
«Gracias. Ahora me alegro de habértelos dado... Un beso.»
La ansiedad había desaparecido, empezaba un nuevo día.
Sábado, última hora de la tarde, muelle del Club Náutico. Nada más comer, Peppo, el marinero para todo, y yo habíamos ido a recoger el Rapsodia del astillero donde había estado ingresada durante unos días. Carena y antivegetativo, sustitución de la bomba de sentina, limpieza del motor, las cosas habituales que se hacen en primavera para poner a punto el barco después del letargo invernal. También habíamos sustituido las velas. Una breve prueba por la tarde; todo perfecto, ¡cómo se deslizaba!
Apenas acabamos de amarrarlo sonó el móvil: LEA.
—En este preciso momento me estaba preguntando cuánto habrías tardado en llamarme de nuevo... —le dije. ¡Uno a uno!
—Estúpido... —respondió con dulzura—. ¿Dónde estás?
—Si te asomas me verás. Estoy en el embarcadero del Club Náutico.
—¿Paso a verte?
—No me muevo de aquí...
Tardó media hora, el tiempo justo para que acabase de poner a punto el Rapsodia, me despidiese de Peppo y oscureciese por completo. Mientras colocaba las últimas cosas me di cuenta de que había llegado, sigilosa como siempre. Me miraba risueña.
—¡Hola! —le dije.
—¡Hola! ¿Es tuyo? —preguntó señalando el barco.
—No, es de Roberto, yo no puedo permitirme uno. Pero es como si lo fuese. Incluso el nombre, Rapsodia, lo elegí yo.
El rostro solar de Lea se ensombreció de repente. Se abrazó como si pretendiese protegerse de un frío repentino que era inexistente. Yo no entendía nada, pero eso no era una novedad.
—¡Vamos, entra! —añadí.
—No, prefiero no hacerlo...
—¿Qué pasa? ¿No te gustan los veleros?
—Éste no...
—¿Por qué?
—Una mala experiencia...
—¿Mar gruesa?
—Sí... Muy gruesa.
Se me escapaba algo, de improviso me parecía turbada.
—¿Así que conoces a Roberto?
¿Insistes? ¡Mira que eres idiota!
—Bastante. Amigos comunes...
No, así no iba bien. No entendía, mejor dejarlo estar, al menos por el momento.
Salté al muelle. Le di un beso en los labios, que no fue suficiente y que, en un abrir y cerrar de ojos, se transformó en deseo. No obstante, me arrepentí de inmediato: ¿me habría visto alguien? Miré alrededor. Empezaban los problemas. Lea se dio cuenta.
—¡Larguémonos! —le dije. Y nos fuimos de allí.
Enfilamos a pie la avenida Vittorio, la plaza Ferrarese, la Bari antigua. Todavía había poca gente, por suerte. Nos adentramos: la casa de Niccolò Piccinni, la iglesia del Gesù, callejones angostos y tortuosos, arcos y patios y ropa tendida. La verdad es que teníamos ganas de escondernos, de estar a solas.
—¿Conoces mucho a Roberto? —me preguntó.
—De toda la vida. Éramos compañeros de pupitre en el instituto, dos descerebrados. Luego llegó Elio, pero eso fue después. Son mis amigos.
—Íntimos, ¿verdad?
—Exceptuando a mi hija, solo hay dos personas por las que daría la vida: Roberto y Elio.
¿Por qué estaba triste Lea? «¡Animemos la noche!», pensé. Me puse a contarle nuestras gamberradas, las cabronadas, innumerables, que habíamos hecho juntos, ese patrimonio imborrable que genera la amistad y transforma a tres hombres en un solo niño.
—Elio llegó más tarde, lo conocí en el Conservatorio. Con él fue diferente, menos emocional, más cerebral, pero no por ello menos intenso, menos precioso.
—No entiendo...
—Con Roberto voy de putas, con Elio escucho a Mahler... Eso es todo.
No se rio, seguía estando triste.
Habíamos llegado a la catedral. Nos detuvimos ante las puertas del castillo Svevo.
—¿Te apetece una pizza rápida en Ciccio? ¡Nos la comeremos por la calle!
—¡Ok, pizza y cerveza!
Ciccio es un tugurio donde, desde siempre, se venden pizzas y empanadas para llevar. En los últimos tiempos habían puesto también dos o tres mesitas en la acera. Como no podía ser menos, no tenían autorización, pero por suerte todavía existen los policías condescendientes. No obstante, el verdadero placer consiste en comérsela en la calle, procurando que el tomate y la mozzarella no vayan a parar a los pantalones. Sólo se consigue una vez de cada tres.
Nos sentamos a horcajadas en el muro que rodeaba el foso del castillo, uno frente a otro. Lea charlaba, de improviso le habían entrado ganas de hablar sobre ella y, entre un bocado y otro, me contó lo que había hecho durante el día, la historia de una amiga en plena crisis existencial, que la calefacción de casa se había roto, que debía restaurar un mueble de su dormitorio, y el último libro de Carofiglio.
Había recuperado su levedad; la dejé a sus anchas y yo me abandoné a sus palabras. Era bonito mirarla, escuchar esa erre imperceptiblemente imperfecta, vagar, ilusionarse.
Vi la boca de Lea roja de tomate. Resultaba cómica y, además, su chaquetón corría peligro. Espera, le dije con los ojos, y le di un beso. Ternura y deseo.
—¡Qué bueno! Debemos probar más a menudo el beso al tomate...
Lea me contestó con los ojos y con otro beso.
—Te he traído... los poemas —dijo de repente señalando la bolsa de Mary Poppins.
—Quédatelos, ahora también son tuyos.
—Gracias...
—¿Qué te han parecido?
—Puñetazos en el estómago, caricias en el corazón, quizás un exceso de nostalgia del pasado... En cualquier caso tienes un don maravilloso.
La síntesis, una de las cualidades de Lea. Rara en las mujeres.
—Ya te lo he dicho, soy un hombre afortunado.
—¿Por qué los escribes?
—Es una manera de volar... Lo bonito de la poesía es su total inutilidad práctica. Es la auténtica competencia a Internet. Y, sin embargo, siempre ha existido y siempre existirá, porque está dentro de nosotros, de todos nosotros. Está en nuestras emociones, en la luz de un atardecer, en el amor por una mujer, en la pérdida de algo valioso... Sólo que los hombres no saben que la poseen o, mejor dicho, no saben expresarla. En ocasiones se produce una excepción: el poeta.
—¿Cuándo escribes?
—Cuando mi alma rebosa...
Silencio. Se percataba de mi sufrimiento.
—¿Por qué no las publicas?
—¡De eso nada!
—¿Por qué?
—Tengo miedo...
—¿De qué?
Era curiosa, saltaba a la vista.
—Todos los hombres escriben poesía hasta los veinte años, decía un filósofo. Después sólo siguen haciéndolo algunos y se dividen en dos categorías: los poetas y los imbéciles. Yo no sé a cuál de las dos pertenezco y temo descubrirlo...
—Eres un imbécil... ¡Y yo, que te escucho, también!
—No, la verdad es que se trata de cosas demasiado íntimas, muchos no las entenderían y los demás se echarían a reír.
—En ese caso, ¿por qué me las has dejado leer?
—Tú no formas parte de «los demás», ya no... Contigo es diferente, no sé si te han emocionado, pero al menos no te has reído, espero.
—Gracias, eres muy tierno...
Sabía que lo pensaba de verdad. Sabía que quería decirlo, pero que le faltaba valor. ¡Lo sabía! Y, de hecho, tras vacilar por un instante, lo dijo, ¡maldita vanidad femenina!
—¿Me escribirás alguno?
Permanecí largo rato en silencio, escrutando sus ojos claros y esa sonrisa que, de improviso, se había tornado triste, reflejando mi mirada.
—No, Lea, no escribiré nada dedicado a ti.
La había decepcionado, se veía, se esperaba otra cosa.
—Mi poesía es sufrimiento, y contigo no quiero sufrir...
—Será difícil, Pier...
Tenía razón, y los dos lo sabíamos.
Empezó a lloviznar, ¡maldito siroco! Una breve carrera, unos segundos para recuperar el aliento bajo un balcón, luego nos refugiamos en su casa. Fue dulce hacer el amor, delicado. A la pasión y al deseo se añadieron las atenciones, la lentitud con la que ambos disfrutamos de cada instante, el cuidado que pusimos en satisfacer al otro, dos bocas que bebían felicidad en una única copa. Yo estaba fuera del mundo, me había olvidado de todo, no percibía nada que no fueran esas paredes celestes y ella, Léontine, adormecida a mi lado. Calipso.
La desperté con ternura. Era una cosa preciosa, frágil, una de esas cosas que hay que manipular con cuidado, que uno siempre tiene miedo de romper.
—Tengo que marcharme, se ha hecho tarde...
—Espera un poco más...
La contemplé un rato en silencio. Luego se levantó y me acompañó a la puerta. Estaba desnuda, sólo una sarta de perlas le ceñía el cuello. La piel clara exaltaba la esbeltez de su cuerpo y el indefinido color cobrizo de su cabellera.
—Tengo que decirte algo —dijo mientras escarbaba en su bolso. Sacó un pequeño libro con la cubierta clara.
Una gota de aquel mar. Antología poética, de Vesna Krmpotic.
Lo cogí con delicadeza. Tenía una dedicatoria escrita con una caligrafía clara y precisa, típicamente femenina.
«El único modo de corresponder al precioso regalo de tus poemas es regalarte los que me habría gustado escribir a mí. Tu Léontine.»
—Es un libro que me gusta mucho... Es mi libro sobre el amor, contigo estará en buenas manos.
Un beso, dulce noche.
Había dejado de llover, pero el aire seguía impregnado de humedad. Aureola alrededor de las luces de los faroles, calle y coches mojados. Encendí un cigarrillo y hojeé ese libro de una desconocida poetisa croata. Un regalo inesperado, precioso. Un señalador me llevó a la página 77.
No hay otro camino que tú .
No hay poesía que no seas tú .
Ayúdame a descansar de ti, dame algo ,
que sea un escollo en el mar que eres tú .