La Forcatella
A finales de febrero finalizó el periodo de prácticas y yo perdí mis cafés con Lea, las frugales comidas juntos, el tiempo que dedicábamos a estudiar los casos y los historiales médicos o, simplemente, a sonreírnos. Descubrí que lo echaba de menos. No pude por menos que reconocerme a mí mismo que esperaba con ansiedad (quizá decir con ansiedad resulta excesivo, mas, en cualquier caso, lo esperaba) ver aparecer el rostro de Lea que se asomaba a mi puerta: «¿Estás listo?», decía, y me sustraía al deber para regalarme unos minutos apacibles y todavía inocentes. Cuando estaba con ella me sentía bien. Manifestaba una sensación de ligereza que yo no poseía y que le envidiaba, una nota de libertad que yo había perdido a saber cuándo, un soplo de independencia que deseaba más que nunca.
¡Caramba! Siempre cometo el mismo error: aliño mi vida con un exceso de idealismo y con un romanticismo más bien soso. Tal vez lo único que me condicionaba eran las hormonas y lo que deseaba era sencillamente un par de tetas bien torneadas y un bonito culo. ¿Cínico? No lo sé. La verdad, en el fondo, estaba a mitad de camino, pero yo, como siempre, procuraba evitarla. Cada vez que afloraban esas ideas, esos deseos, los reprimía. Y me preguntaba una vez más si debía seguir cultivando esa relación, sin importar en qué podía convertirse, o abandonarla.
Dudas al ataque: «Quizá sea una película que me estoy proyectando, ella no siente el menor interés por mí, de no ser así lo habría mostrado, habría sido más explícita. En el fondo, las mujeres cuando se proponen algo lo consiguen... ¿La habré desanimado o no la habré animado bastante? Tal vez le haya hablado en exceso de Sveva, del afecto que siento por ella y del que ella siente por mí, de los deberes que hacemos juntos, del piano; también le había contado cómo pasábamos la Navidad en familia, la comida, el rito de los regalos... Y no le oculté los problemas que tenía con Alessandra, mi esposa... Sí, una esposa. Como usar un extintor para apagar una minúscula llama. Y, a decir verdad, yo soy un hombre cabal: casado, integrado, con amistades sólidas y costumbres sanas. ¡Qué coñazo! La fascinación es otra cosa. No, jamás podrá existir algo entre nosotros...
Pero la añoraba...
«Entonces inténtalo, imbécil —me decía—. ¡En el peor de los casos te dirá que no!¡No es la primera vez que lo haces y siempre te ha ido bien!»
Era cierto, sólo que esta vez era distinto, tenía la impresión de estar entrando en un campo minado. ¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro!
¡Nada que hacer! Era inevitable. Como dice un famoso adagio: Dios creó al hombre y lo dotó de un cerebro y de un pene, pero no de sangre suficiente para hacerlos funcionar simultáneamente. Cogí el móvil y la llamé.
—¿Cómo estás? —respondió de inmediato sin darme ni siquiera tiempo a decirle hola.
—Bien, pero me he tenido que beber solo el café...
—Yo también...
Pausa.
—Escucha, hoy tengo un poco de tiempo libre a la hora de comer. ¿Te apetece que nos escapemos a la Forcatella para probar los primeros erizos de la temporada? Hace un día espléndido...
Por suerte no me dio tiempo a terminar, me sentía cohibido y no sabía qué decir.
—¡Eres un médico extraño! Fumas, bebes, comes marisco, ¡en fin, te gusta vivir peligrosamente! Estoy convencida de que a la mesa el colesterol te importa un comino y que en verano tomas el sol sin crema protectora.
¿Cómo lo había adivinado?
—En cualquier caso, es una invitación que no se puede rechazar —añadió—. Pasaré a recogerte a la una. Lo único es que a las tres tengo que volver al estudio. Hasta luego.
Estaba desconcertado: ¿primero me toma el pelo y después acepta la invitación? Y, además, ¿había aceptado por mí o por los erizos? Misterios eleusinos... Me ilusioné pensando que había aceptado por mí.
Como de costumbre, llegó puntual, una sonrisa y, a continuación, el trayecto en coche a toda velocidad. Teníamos poco tiempo y queríamos disfrutarlo al máximo.
—¡Has tenido una idea estupenda! Y, por si eso no bastase, el día es espléndido, el aroma de la primavera...
Lea era así, le entusiasmaban las pequeñas cosas. Sabía dosificar los placeres del día, y vivir. Yo hacía ya mucho tiempo que había perdido esa capacidad.
La Forcatella era un lugar de otros tiempos. Por eso me gustaba ir allí. Cuando era joven me pasaba el día en la playa de Capitolo y, a continuación, iba allí con mis amigos a gastarnos las pocas liras que teníamos en el bolsillo para atiborrarnos de erizos, pan y queso provolone.
No había cambiado: un viejo edificio ruinoso, cuatro mesas con vistas a la escollera, servilletas de papel, vasos inastillables (de esos que ya no se encuentran), pan fresco, vino de mala calidad y el viejo mostrador detrás del cual Nanuccio se pasaba la vida abriendo erizos.
Ya antes de llegar percibimos el fuerte olor salobre del mar espumoso. Soplaba un mistral helado del que me protegí levantándome el cuello de la cazadora, ya que el sol invernal no calentaba lo suficiente. El viento agitaba el pelo de Lea en todas direcciones. Ese recuerdo no se me borrará nunca de la mente: el viento, su pelo, Lea que habla de no sé qué, el fragor y el aroma de mi mar.
Nos sentamos a una mesita tambaleante al amparo de una pared blanca y desconchada. Ese día ni siquiera habían sacado las servilletas de papel, hacía demasiado viento. Y sólo había otros dos clientes.
No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero lo hicimos con mucha complicidad. Apenas nos trajeron los erizos abiertos cogió uno, lo vació con la miga del pan y me apoyó el bocado sobre la boca. Lo acepté sorprendido. Qué tierna... Siempre me han gustado las pequeñas atenciones.
Le devolví el gesto con una sonrisa.
Esa hora pasó demasiado deprisa. Se había hecho tarde y nos vimos obligados a escapar, pero con la promesa de volver con más calma. Una promesa que no mantuvimos.
—Dentro de dos semanas voy a Roma para participar en un curso de actualización —dijo cuando ya casi habíamos llegado.
—¿Sobre qué?
Estaba muy, pero que muy interesado...
—El médico generalista y la fisiopatología de la menopausia.
—¿De verdad participas? —le pregunté con una sonrisa sardónica.
—¡Por supuesto! Me interesa, por un lado se celebra en Roma y, por otro, gano unos cuantos puntos.
—Eso significa que me tendrás como profesor... ¡Sorpresa!
—¿De verdad? No me lo creo —dijo estupefacta, pero contenta.
—Te aseguro que sí.
Mientras tanto habíamos llegado.
—Gracias por la compañía —le dije—, nos vemos en Roma.
Mirada intrigante. Un beso en la mejilla y adiós. Siempre me han gustado las salidas de escena espectaculares.
Los días sucesivos transcurrieron rápidamente, como suele suceder cuando esperas algo agradable. Y, como de costumbre, Alessandra se lamentó de mi enésima ausencia.
—Pero ¿es que esos congresos no se van a acabar nunca? ¡No te dejan en paz! ¡Y nosotras, como siempre, nos quedamos solas!
Gruñidos, gruñidos y más gruñidos. De forma que al final acabé negociando un fin de semana en Amalfi con las dos. La idea era que me reuniera con ellas el viernes por la tarde, al volver de Roma, y que después nos quedásemos en Costiera hasta el domingo. Asunto zanjado. Armisticio sellado.
Unos días antes de partir me pregunté si debía llamar a Lea para ponernos de acuerdo sobre el viaje, o para quedar. Pero no lo hice. Espera a que te llame ella, me dije. No lo hizo. Lo que confirmaba que no sentía el menor interés por mí. Simulé que me resignaba.
El jueves por la mañana cogí el primer avión para Roma.
Siempre me ha gustado levantarme temprano por la mañana (si bien, desde hace varios años, con todos los mejunjes que me da Libeccio, me cuesta dios y ayuda salir de la cama). Silencio absoluto en casa, fuera todavía está oscuro, pese a que la aurora empezaba a manifestar sus primeros síntomas. Primer café solo, primer cigarrillo en santa paz. Y mientras te afeitas en el cuarto de baño te bullen mil ideas en la cabeza, restos enloquecidos de los sueños nocturnos. Te miras en el espejo, solo contigo mismo. Te ves.
¿Qué veía yo? No era un hombre atractivo, aunque tampoco desdeñable. Cuarenta y cuatro años, setenta y tres kilos, un metro y setenta y cinco de estatura, un cuerpo delgado, las primeras arrugas, la nariz demasiado prominente, una boca simpática, unos ojos de mirada profunda, el cabello corto y entrecano. El gris ya no me asustaba: al principio había sido una tragedia, luego me había acostumbrado e incluso me había convencido de que, a fin de cuentas, envejecer no era tan terrible. Un buen médico, un buen padre, un buen marido. Consagrado, apreciado, con muchos amigos y dinero más que suficiente. ¿Y además? Y además... ¿Qué era lo que no se veía? ¿Por qué me atormentaba con poemas que únicamente hablaban de soledad? ¿Por qué pasaba solo el día y no lo compartía con nadie? ¿Por qué ya no quería a mi esposa y me consolaba con coartadas como, en el fondo, les sucede más o menos a todos al cabo de ciertos años? ¿Por qué tenía la cabeza ocupada por mil pensamientos y mi cerebro no se paraba ni siquiera un momento? Sueños, ideas, fantasías, recuerdos y nostalgias. ¿Qué futuro me esperaba? Libeccio tenía razón: había iniciado una trayectoria peligrosa, estaba alimentando una suerte de regresión de la sociabilidad. Cada vez estaba más solo, no tenía otra compañía que la de mi persona, y los placeres y dolores que surgían poco a poco con el pasar de los días, de las semanas, eran míos, exclusivamente míos. ¿Por qué? ¿Qué dirección había tomado mi vida? ¿En qué me iba a convertir? ¿En un viejo verde? ¿En un asocial? Mejor en un viejo verde.
Cerré los ojos para no verme más y deslicé lentamente la hoja de la navaja de afeitar en la oscuridad. Frío en la garganta, escalofrío, excitación erótica.
Crucé la ciudad medio desierta. En el aeropuerto miré alrededor esperando ver a Lea, pero todo fue en vano. Decepción. ¿Y si hubiese decidido no presentarse? Imposible, me habría avisado. Esperanza.
En el avión, como suele ocurrir, di unas cabezadas. Me despertó la sacudida del tren de aterrizaje. Los teléfonos nuevamente encendidos, la pasarela helada, los graznidos de los altavoces, la multitud, las escaleras móviles, las puertas deslizables de la salida —¡por fin un cigarrillo!—, la carrera hasta la fila de taxis, la cola. Por fin había llegado a Roma.
Pues bien, creo que todo empezó ahí, durante los dos días que duró el prosaico curso de actualización sobre fisiopatología de la menopausia. La primera vez que estuvimos solos en Roma. Lea y yo. Su ironía, mi melancolía, nadie más alrededor.
—¡Hola, Emilio!
Emilio Genchi. Lo saludé con el afecto que se merecía. Hacía años que éramos amigos. Una persona dotada de una simpatía extrema. Bajo, de tez olivácea, pelo azabache, apasionado de las motos; tenía siete de las cuales cuatro eran de época; en cualquier caso, la última era siempre la mejor, la top, el no va más. Hacía tiempo que había creado una empresa que organizaba congresos, reuniones y eventos de todo tipo. Le iba bien gracias, en parte, a una absurda ley que imponía a los médicos que enseñaban y a otros profesionales a participar en cursos de actualización y en congresos para ganar una serie de puntos. ¡Obligar a las personas a mejorar a la fuerza, vaya locura!
—¡Ilustre profesor! ¡Usted nunca falla! Siempre en el último momento...
Tenía razón, pero, aun así, llegaba puntual. Nos abrazamos.
—¿Cuántas personas participan esta vez? —Campo minado. Se requería discreción.
—¡Doscientas cincuenta, una buena hornada! —respondió.
—¿Tienes la lista? Quizá conozca a alguien... —solté. Una puesta en escena indigna.
Emilio me dio la lista. Simulé hojearla distraído, pero lo cierto es que sólo buscaba un nombre. ¡Ahí estaba! Qué alivio.
Debía dar mi lección a primera hora de la mañana, además de un apéndice conclusivo al día siguiente, antes del acto final.
Me había preparado con el esmero habitual. Durante unos minutos escruté al público buscando su rostro, pero fue en vano. Me olvidé de ella y me concentré en las cosas que debía decir, en la manera de exponerlas, en las diapositivas que pensaba proyectar. Numerosas preguntas, respuestas escuetas. Antes de mediodía había terminado. Aproveché el momento de pausa para salir a fumarme un cigarrillo.
Como de costumbre, Lea me pilló por sorpresa.
—¡Por fin nos vemos!
—¡Hola! ¡De forma que al final has venido! Dado que no nos hemos vuelto a ver ni a hablar, temía que no coincidiéramos.
¿Demasiado explícito? Lea me saludó con un beso en la mejilla.
—No, si no hubiera venido te habría avisado. En realidad llevo aquí dos días. ¡He aprovechado la ocasión para ver a viejos amigos y para disfrutar de unas breves vacaciones!
Ataque de celos.
—Me alegro de verte —añadí al cabo de unos minutos.
—Yo también...
—¿Quieres que comamos juntos?
—¡Por supuesto!
El trabajo empezaba de nuevo. Entramos y memoricé su puesto.
La comida fue decepcionante. Nos reunimos con otros colegas de los que no había logrado deshacerme y acabamos hablando de trabajo. Aburrimiento. Lea apenas abrió la boca en todo el tiempo, quizá también ella se había imaginado otra cosa. Paciencia.
La desilusión me había puesto de mal humor. Dividía la mirada entre las caras de mis amigos catedráticos y la sala semicircular que tenía delante de mí, decorada con un color beis ya desgastado, simulando a duras penas interés. A las cuatro estaba hasta el gorro, no iba a llegar entero al final. Me levanté y, procurando ser discreto, me acerqué a Lea. Tuve suerte: el silloncito que había a su lado estaba libre, así que me senté.
—¿Qué te parece si nos escapamos?
—¡No puedo irme ahora! No me darán los puntos.
—Yo me encargaré de eso. En el Claustro de Bramante hay una exposición de Gustav Klimt. ¿Quieres verla conmigo?
Asintió levemente con la cabeza y me siguió.
—¿Firmas por mí la hoja de asistencia esta tarde? —le pregunté a Emilio, que respondió guiñándome un ojo con una sonrisa burlona.
Pocos minutos más tarde un taxi nos dejó justo a la entrada del Claustro. Es un lugar delicioso, uno de los menos conocidos de Roma. Lea nunca había estado allí.
—¿Te gusta Klimt? —pregunté.
—Conozco sus cuadros más famosos... Ya sabes, los que aparecen en los pósters o en las portadas de los cuadernos. Me atrae, pero reconozco que no sé demasiado sobre él.
—¡Entonces hoy tendrás todo un experto a tu disposición!
Dejamos atrás la taquilla y entramos.