... estas rosas no tardarán en marchitarse

A la mañana siguiente, justo en el instante en que abrí los ojos, encontré de nuevo intactos todos mis problemas.

Estaba despistado, distraído, irritable, descortés. Ya no era yo.

Como siempre, fue Chriss la que se dio cuenta. Más que una colega era una verdadera amiga, generosa, siempre dispuesta a socorrer a los demás, jamás se echaba atrás. La vida no había sido generosa con ella: primero la separación del marido, después una hija inquieta que le imputaba la pérdida del padre, dos cosas que la habían marcado. Una vez perdida la alegría, sólo le restaba la abnegación en el trabajo. En su sonrisa se entreveía una sombra imborrable.

—¿Algo va mal? —me preguntó, discreción de una pregunta retórica.

—Es un mal momento...

—Ya me he dado cuenta. ¿Lea?

No le contesté, pero mi silencio era un sí inequívoco.

—Si tienes ganas de hablar, yo estoy aquí.

—Gracias, eres una querida amiga... Pero es demasiado largo y complicado y, además, es demasiado tarde.

Pasé el resto de la mañana pasando documentos de un lado a otro del escritorio. No conseguía concentrarme, los historiales clínicos se deslizaban por delante de mis ojos como si estuvieran escritos en arameo. ¿Cansancio? No, el único motivo era que no me había resignado. Sin más.

Debía detenerme, necesitaba fumar un cigarrillo y dar dos pasos, a ser posible vaciar la mente. Busqué el tabaco. La cajetilla estaba vacía, la inexorable ley de Murphy. Escarbé en el cajón para encontrar el de emergencia, el habitual desorden, o la consabida atracción molecular, me pusieron en la mano dos trozos de papel: las entradas de la Pinacoteca De Nittis. Parecía ya tan remoto ese día con Lea...

Las pequeñas cosas constituyen unos recuerdos preciosos, ésos, en cambio, me causaron dolor. Me metí las entradas en el bolsillo y salí.

No podía terminar ahí, de esa forma. Y, además, ese beso... ¿Qué había significado ese beso? ¿Tan sólo un adiós? ¡No, se trataba de algo más! ¡Debía de serlo! Mas era inútil, Lea era demasiado decidida, inflexible, la había perdido. Lo único que podía hacer era darle a entender que sobrevivía y que aceptaba. Lo único que me restaba era darle, yo también, mi beso de despedida.

Salí del Policlínico y deambulé buscando una floristería.

La primera no me gustó, tuve más suerte con la segunda. Compré un ramo de rosas té, en una ocasión me había dicho que era su flor preferida.

—¿Quiere escribir algo? —preguntó el florista tendiéndome una cartulina blanca con un sobre. Empecé a garabatear unas palabras. La rompí y saqué del bolsillo las entradas de la pinacoteca. Detrás de ellas escribí: «Ese beso fue una auténtica crueldad... No será fácil olvidarlo. Tuyo, Pier.»

¿Eso era todo? No, no podía serlo. Añadí un post scriptum.

«Estas rosas no tardarán en marchitarse, como los sentimientos que no se nutren. Conserva una, un día comprenderás por qué, y te alegrarás de haberlo hecho...»

Escribí la dirección, pagué y salí de la tienda. Se había acabado, esta vez de verdad.

Esa ilusión duró apenas unas cuantas horas. Por la tarde el timbre del móvil me avisó de la llegada de un mensaje.

«Eres un hombre dulce, gracias.»

Lástima que no sea suficiente...

Delante de Libeccio, en su consulta.

—¿Por qué las mujeres de las que me enamoro no me quieren?

—Porque eres... demasiado.

—¿Demasiado?

—Sí, demasiado culto, demasiado refinado, demasiado sensible, demasiado complicado, demasiado enamorado, demasiado casado, demasiado padre, demasiado todo. Ellas necesitan cosas más sencillas. Cuando te enamoras les abres el corazón de par en par y eso juega en contra tuya. Las desorientas con algo demasiado grande y arduo.

—¿Y eso las hace escapar?

—Los hombres como tú funcionan en los sueños, en la vida real no. Las mujeres desean a alguien que les escriba poemas, pero cuando les ocurre se asustan.

—¿Lea también?

—Lea también.

—Pensaba que con ella podía ser distinto...

—Las mujeres se enamoran de los poetas, pero se casan con los banqueros.

—¿Qué debo hacer?

—Lea no ha confiado en ti, debes olvidarla. Lea es una persona razonable, debes olvidarla. Ha evitado que te embarcases en un transatlántico de sufrimiento. Ahora tienes que recomponer los pedazos a los que se ha reducido tu vida. Y para poder hacerlo debes, ante todo, olvidarla.

Proverbio: Los consejos que no se pagan no se escuchan...

Y Libeccio, como buen amigo que era, jamás permitió que le pagase.