35
Regresó junto a Dmitri y le susurró al oído lo que había descubierto. El aroma del vampiro le resultaba familiar, muy agradable.
—He visto una luz hace apenas un segundo. Una luz parpadeante, como la de una vela. —Tenía un resplandor difuso que ninguna lámpara eléctrica podía imitar—. Parecía estar en las profundidades de la casa.
Dmitri alzó una mano… para señalar una de las gárgolas del tejado.
Unas alas se extendieron e Illium voló en silencio hacia la parte delantera, preparado para evitar cualquier intento de fuga.
—Podría tratarse de una maniobra de distracción —dijo ella. El corazón le latía a toda velocidad debido a la descarga de adrenalina que le había causado aquella visión inesperada—. Quizá Kallistos nos espere al otro lado de la puerta.
Dmitri hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No huelo nada que indique eso, y mis sentidos son muy agudos. —Extendió el brazo y giró el pomo de la puerta con mucho cuidado. Cuando se abrió sin problemas, añadió—: Pues sí que es una trampa. —Esbozó una sonrisa—. Procura que no te hieran, Honor, o te despertarás con colmillos.
Ella se quedó paralizada.
—No me han hecho las pruebas.
Todos los Candidatos eran sometidos a exámenes secretos durante el proceso de aceptación. Los rumores sobre dichas pruebas abarcaban todas las posibilidades, pero las pruebas en sí eran obligatorias.
—La sangre —murmuró Dmitri— no es difícil de conseguir, sobre todo cuando se trata de la de algún cazador en activo.
—¿Sabes siquiera lo que significa la palabra «privacidad»? —masculló la cazadora entre dientes mientras él empujaba la puerta y se colaba en el interior.
Honor lo siguió hacia la oscuridad impenetrable. La luz que había atisbado quedaba oculta por la disposición de las paredes. Dmitri avanzó con zancadas seguras hacia el pasillo. Honor se convirtió en su sombra y se alzó de puntillas cuando él acercó los labios a su oreja.
—Mantente fuera de la vista. No hay razón para hacerle saber que te he traído conmigo. —Al ver que ella asentía, añadió—: Y, para que lo sepas, la privacidad es un concepto muy moderno.
Honor decidió que ya le gritaría más tarde y se esforzó al máximo para intentar ocultar su presencia mientras avanzaba por el pasillo. Dmitri hizo todo lo contrario: caminó con pasos ruidosos hasta que la luz quedó a la vista.
El resplandor procedía de una estancia que se extendía desde el pasillo hasta la parte delantera de la casa y se había reflejado en un espejo ornamental que había en la pared de enfrente.
Ese espejo, con un marco dorado tallado con racimos de uvas y criaturas míticas, no mostraba nada más que la llama de una vela cuando Dmitri atravesó el umbral hacia la oscuridad. Honor apoyó la espalda en la pared, lista para entrar en cuanto fuera necesario.
—Dmitri —dijo una voz áspera, ronca y profunda.
—Parece que tu garganta nunca llegó a recuperarse.
—No debería haberla disgustado tanto. —Se oyó un sonido que podría haber sido un suspiro.
—Tu ama no era famosa por su paciencia… ni por el cuidado con el que trataba a sus juguetes.
A Honor se le erizó el vello de la nuca al escuchar aquella conversación aparentemente civilizada. Sabía con seguridad que escuchaba a dos depredadores que se estudiaban el uno al otro.
Solo uno de ellos sobreviviría aquella noche.
Kallistos no había perdido ni un ápice de su belleza con el paso de los años, más bien todo lo contrario. Sus ojos del color del cobre estaban enmarcados por una estructura ósea de extremada delicadeza, y poseía unos labios tan suaves y bien formados que más de un ángel se había quedado hechizado por su perfección. Su cuerpo también era hermoso: esbelto, pero bien musculado; un cuerpo que parecía deslizarse a través del aire y avanzar con los delicados pasos de un bailarín.
«Una criatura exquisita.» Así lo había definido Isis el día que se llevó a Dmitri a la cama… y obligó a Kallistos a observarlos.
—He sido un anfitrión lamentable. —Kallistos hizo un gesto con la mano para señalar una bandeja en la que había un decantador de cristal. El recipiente estaba lleno de un líquido rojo sangre que brillaba a la luz de la vela—. Somos dos hombres refinados, ¿no es así?
Dmitri se fijó en el rubor que teñía las mejillas de Kallistos y en el brillo intenso de sus ojos cobrizos.
—¿Cuánto hace que no duermes?
El otro vampiro se apoyó en la pared que había junto a la gigantesca chimenea. Se metió las manos en los bolsillos de unos pantalones de vestir de un marrón tan oscuro que parecía negro, e inclinó la cabeza para mostrar al máximo sus encantos. Dmitri sabía que era un gesto automático, pero no inconsciente; él mismo había aprendido a utilizar las esencias como un arma de ataque, y Kallistos usaba su cuerpo y su rostro del mismo modo.
En esos momentos, el vampiro entreabrió un poco sus labios perfectos.
—Hay una cama enorme arriba… lista para usar. —Sus palabras estaban cargadas de sensualidad. Poseía el inconfundible aplomo de una criatura que había sido capaz de hacer que se postraran de rodillas hombres y mujeres durante siglos.
Incluso Isis, pensó Dmitri, se había mostrado indulgente con él cuando no lo torturaba. No era de extrañar que los jóvenes a los que el vampiro había atraído a su guarida recibieran la muerte de una manera tan dulce y le ofrecieran sus cuerpos para que él hiciera con ellos lo que deseara.
—Fracasaste en tu intento de crear vampiros,
—Pensé en formar un ejército. —Tenía una sonrisa diseñada para que la audiencia sonriera con él, para que lo viera como un bonito adorno carente de peligro—. Una idea estúpida, como comprendí muy pronto, pero ¿por qué no utilizar los esclavos que ya tenía? Fue divertido dejarte regalos en el umbral.
Se apartó de la pared con expresión satisfecha y rodeó el sofá con pasos elegantes hasta que ambos se encontraron a escasos pasos de distancia.
—Y de pronto me di cuenta de una cosa: no necesitaba un ejército para destruirte. —Extendió las manos—. Lo único que tenía que hacer era arrebatarte a alguien a quien amaras y obligarte a mirar mientras la asesinaba.
Los recuerdos, dolorosos y brutales, amenazaron con subir a la superficie, pero Dmitri había tenido casi mil años para aprender a pensar aun con el dolor.
—Cuando te encontramos, nadabas en un charco formado por tu propia sangre. —Era un recuerdo sereno, una buena elección—. Ella te desolló la espalda con el látigo y luego te folló mientras gritabas.
La furia inundó los rasgos impecables del rostro de Kallistos.
—Tú no la entendías porque no eras más que un simple campesino.
—Y tú no eras más que un juguete bonito para ella —señaló Dmitri con una brutal sinceridad—, algo que quizá le habría apenado romper, pero solo hasta que encontrara una golosina nueva.
El color cobrizo de sus ojos se puso al rojo vivo, pero Kallistos no atacó, no reaccionó.
—Ella rompió tu juguete, ¿no es cierto? —Esbozó una sonrisa perversa—. Según dijeron, tu esposa chilló como un cerdo mientras la montaban.
La ira hizo hervir la sangre de Dmitri, pero jamás le daría a Kallistos la satisfacción de saber el sufrimiento que le provocaba pensar en los momentos finales de su dulce y amada Ingrede.
—¿Todavía la amas, Kallistos?
Hubo un silencio siniestro seguido por una respuesta breve.
—Sí.
—En ese caso, no hay más que decir. —Dmitri atacó con la cimitarra con la intención de decapitarlo.
Sin embargo, Kallistos ya no estaba allí. Con la gracia animal de un felino, se había escudado tras el sofá.
—Ten cuidado —dijo el vampiro mientras sacaba una espada oculta junto a un gran mueble—, o jamás descubrirás dónde está ella.
Dmitri respiró hondo y captó la esencia de Honor junto a la puerta.
—No tienes nada.
Le ofreció una sonrisa burlona.
—No fue difícil capturarla. Lo único que tuve que hacer fue llamar por teléfono amenazando a sus hermanos pequeños. —Kallistos estaba tan satisfecho consigo mismo que resultaba escalofriante—. Esa cosita deliciosa esquivó a tus guardias y cayó directamente en mis brazos.
Honor no tiene hermanos pequeños. Pero Pesar sí.
Se le heló la sangre.
—Ríndete ahora —dijo Dmitri al captar inesperados vestigios de una esencia que indicaba que Kallistos aún tenía a unos cuantos protovampiros a sus órdenes—, y te daré una muerte rápida. —Honor estaba fuera sola, pero acercarse a ella solo serviría para darle a su oponente un nuevo objetivo.
Kallistos se echó a reír. Era una carcajada áspera, rota y lacerante.
—Me divierte saber que pasarás el resto de tu vida sabiendo que tu amiguita murió de una forma lenta y dolorosa… después de servirme hasta que me harté de ella. Es una lástima que no llegaras a casa una hora antes. —Tenía una sonrisa diseñada para arrancar sangre—. Al final gritó tu nombre.
Dmitri atacó a Kallistos sin previo aviso, empujando la furia ciega que lo embargaba hacia un rincón oculto de su mente. Ya se encargaría de ella después. Una vez que Kallistos estuviese muerto.
El otro vampiro esquivó la estocada letal, se retorció y casi voló por encima del sofá antes de aterrizar al otro lado.
—Neha —dijo Kallistos mientras Dmitri rodeaba el diván para enfrentarse a él— es muchas cosas. Entre ellas, una experta en el arte de la espada.
—Su habilidad no le sirvió para salvar a su hija —lo provocó Dmitri, consciente de los ruidos en el pasillo. Los cuerpos se amontonaban tras él en un intento por bloquearle la salida.
—Anoushka era muy arrogante. —Kallistos se acercó a toda velocidad y trazó una línea en la camisa de Dmitri que no tardó en teñirse de sangre—. Yo, por el contrario, no me molesto en hacer alardes. Solo quiero causar dolor.
Dmitri lanzó una nueva estocada, pero resbaló con una de las gruesas alfombras. Kallistos aprovechó la oportunidad para hacerle un corte profundo en la espalda, donde la hoja se deslizó dolorosamente sobre la columna.
—¿Qué se siente al ser el más débil, Dmitri? —Era una pregunta sibilante—. Ella te suplicó que le perdonaras la vida. ¡Te lo suplicó!
Diez jóvenes protovampiros con pistolas. Ningún otro ruido en el pasillo.
—Era una zorra que se merecía morir.
Tras esas frías palabras, Dmitri aumentó el ímpetu de sus movimientos, pero en lugar de dirigirse a Kallistos, corrió hacia los límites de la estancia para atacar a los protovampiros que pensaban abatirlo a disparos. Pero Dmitri era demasiado rápido. Su espada hendió el aire y salpicó de sangre las paredes mientras Kallistos gritaba y se abalanzaba sobre él.
De modo que el antiguo amante de Isis siente una especie de amor retorcido por sus criaturas, después de todo…
Dmitri se impulsó con el pie para apartarse de una pared manchada de sangre, se volvió hacia Kallistos y se agachó para esquivar la andanada de balas. Sin embargo, una de ellas le acertó en el brazo. Haciendo caso omiso del dolor, lanzó una nueva estocada con la cimitarra y le amputó las piernas a su oponente a la altura de las rodillas. El vampiro era demasiado joven, demasiado reciente para sobrevivir; sus alaridos fueron interminables.
Los supervivientes seguían disparando… pero sus disparos se volvieron erráticos cuando alguien les destrozó los corazones desde atrás. Una cazadora cuyos ojos verde oscuro tenían un brillo feroz.
Al alzar la cabeza, Dmitri vio que Kallistos se lanzaba a por Honor. Arrugó los labios en una mueca y cambió de posición para bloquear al otro vampiro. El estruendo metálico del acero resonó en la sala e hizo vibrar su brazo herido, pero Dmitri ya había luchado cuando le faltaban varias partes del cuerpo. Aquello no era nada.
Le dio una patada en las rodillas a Kallistos y lo rozó con la espada mientras el otro vampiro se retorcía para apartarse. Sin embargo, no corrió hacia la puerta, sino hacia las antiguas ventanas de cristal grueso que daban a los jardines. Sin aminorar el impulso de la carrera, Kallistos atravesó el cristal y cayó a la hierba en medio del estrépito de los cristales rotos y la sangre.
—¡Honor!
—¡Estoy bien! ¡Vete!
Dmitri atravesó el agujero de la ventana y rodó por la hierba antes de incorporarse. Estaba frente a Kallistos, cuyo rostro mostraba una sonrisa llena de sangre.
—Muy listo, Dmitri… Me has manipulado para que te mostrara mis cartas… aunque tal vez te haya manipulado yo. —Se llevó dos dedos a la boca y silbó.
Los ladridos llenaron el aire y, de repente, dos perros negros como la noche salieron del bosque en dirección a la parte delantera de la casa. Tenían los colmillos afilados como cuchillos y su objetivo estaba claro. Rodearon a Kallistos y se acercaron a Dmitri… pero no todos ellos. Una parte de la manada se dirigió a la casa, como si los atrajera la sangre derramada. O la esencia de Honor. Porque Kallistos se reía, y la expresión de sus ojos decía a las claras que acababa de jugar su última mano.
Al ver un destello azul con el rabillo del ojo, Dmitri gritó:
—¡Dentro!
Al mismo tiempo, lanzó una estocada a los perros que cortó sus musculosos cuerpos por la mitad. Pero seguían apareciendo más entre los árboles. Si caía al suelo, lo harían pedazos, y al final conseguirían decapitarlo, que era lo único que podría poner fin a su vida casi inmortal.
—Es una lástima que no haya podido matar yo mismo a tu zorra —señaló Kallistos con tono despectivo—. No obstante, disfrutaré igualmente imaginando su cuerpo destrozado.
Dmitri se deshizo de varios de los perros. El montón de cadáveres a su alrededor era cada vez más grande.
No te atrevas a morir, Honor.
Sabía que Illium haría todo lo que estuviese en su poder para protegerla, pero lo angustiaba pensar que, una vez más, sería incapaz de socorrer a la mujer que amaba. Fue entonces cuando oyó una serie rápida de disparos en el interior de la casa y recordó que, aunque Honor lo acariciaba con la misma delicadeza que Ingrede, era una cazadora experta. No era ninguna víctima.
Enseñó los dientes en una sonrisa feroz.
Mi Honor.
Lanzó una estocada con la cimitarra mientras sacaba la pistola con la otra mano, y acabó con tantos perros de una sola tacada que los demás se volvieron cautelosos.
No lo bastante para retroceder, pero sí para vacilar.
Aprovechando su titubeo, Dmitri levantó la pistola y le pegó un tiro en la cara a Kallistos.
Su oponente gritó y se puso de rodillas. Era obvio que no había esperado el ataque de un arma moderna. Dmitri se abrió camino a mandobles a través de la horda de perros y apoyó el arma en la sien de Kallistos.
La demencia del vampiro tenía raíces demasiado profundas; jamás se recuperaría.
Había sido Isis quien le había hecho aquello, de modo que Dmitri se mostraría clemente.
Sin embargo, antes de que pudiera apretar el gatillo, Kallistos lanzó un zarpazo que le arrebató el arma de las manos y lo desequilibró lo suficiente para hacerle caer al suelo.
Un instante después, Dmitri tenía el rostro mutilado de Kallistos encima. Soltó la cimitarra, que no le serviría en la batalla cuerpo a cuerpo, y luchó con las manos desnudas mientras Kallistos lo cortaba y desgarraba con unos dedos que no eran humanos.
Al sentir el metal que destrozaba su carne, Dmitri comprendió que el otro vampiro había ocultado algún tipo de arma que cubría sus nudillos de hojas dentadas y afiladas. En esos momentos se comportaba como una trituradora de papel y hacía trizas el pecho y un lado del cuello de Dmitri. Dmitri bloqueó a Kallistos cuando el vampiro medio ciego intentó rodearle la garganta con la mano y, tras sacarse una daga corta del cinturón, le rebanó el pescuezo a su oponente.
La sangre cálida le cayó en la cara, pero Kallistos era dos décadas mayor que él y no se rindió. En lugar de eso, le aferró el cuello con la mano libre y lanzó una nueva estocada con aquella arma letal.
—Acabaré contigo. —La saliva burbujeaba alrededor de su boca y formaba una delgada capa de espuma roja—. Como tú acabaste con ella.
Dmitri consiguió sujetarle la muñeca y detener el golpe. Fue entonces cuando sintió los dientes de un perro en el pie, detrás de Kallistos, que se había sentado a horcajadas sobre él.