24

Vestido con una inmaculada camisa blanca abierta en el cuello y unos pantalones negros de vestir, tenía el aspecto de un alto ejecutivo de camino a una reunión matinal. Llevaba los ojos cubiertos con unas gafas de sol de espejo que Honor deseó quitarle para poder interpretar su mirada.

—Todavía no he conseguido lo que quiero de ti.

Podía ser una broma… y también la verdad.

—¿Has comido algo? —preguntó el vampiro mientras se adentraba en el tráfico.

—Sí. —Hablando del desayuno…—. ¿De quién te has alimentado tú?

—Cuidado, Honor. —Dio una entonación a sus palabras que a ella no le gustó en absoluto—. Podría empezar a pensar que eres una mujer celosa y posesiva.

Nunca lo había sido, pero claro, nunca se había obsesionado con ningún otro hombre. A primera hora de aquella mañana, no había soñado con su amante de ensueño sin rostro, sino con Dmitri, con sus manos expertas y sus caricias indecentes.

—Sí —replicó, a sabiendas de que le estaba pidiendo algo que quizá él no pudiera darle—. Creo que lo soy.

Dmitri viró para esquivar una limusina que intentaba abrirse camino entre el horrible tráfico y se tomó un tiempo para responder.

—Anoche se me ofreció una rubia particularmente sensual. Me llamó cuando me marché de tu apartamento.

Honor se aferró a la puerta y apoyó el brazo sobre el borde. Sabía que la estaba provocando a propósito (estaba de buen humor, eso era evidente), pero aun así no fue capaz de reprimir una violenta reacción posesiva.

—Creí que con Carmen ya habías aprendido una lección sobre las rubias —dijo con una serenidad deliberada.

Dmitri giró para dirigirse al túnel Lincoln en lugar de a la Torre.

—Ya, pero el sabor dulce y cálido de la sangre enmascara las cualidades menos atractivas. —Sin impacientarse con la retención de coches que había a la entrada del túnel, se quitó las gafas y las guardó en un compartimiento situado bajo el salpicadero—. Honor…

La furia ardía en las venas de la cazadora, pero cuando se volvió hacia él contuvo el aliento. Su sensualidad resultaba embriagadora. El sol del amanecer, el tráfico… nada de aquello atenuaba la intensidad de sus ojos oscuros, de los rasgos marcados de su atractivo rostro.

—Yo también soy posesivo, conejita —concluyó Dmitri con una voz tan suave como la seda—. Hasta un punto letal.

La ira de Honor se transformó en algo mucho más visceral.

—Eso no me asusta —dijo al tiempo que le ponía la mano en el muslo para sentir cómo se contraía bajo la palma—. Pero ya he visto cómo se comportan los vampiros de tu edad.

—¿No me digas? —Una pregunta convertida en un lento ronroneo que le cortó la piel como un cuchillo.

—Estás gracioso hoy, ¿eh? —No hubo respuesta. Dmitri se limitó a seguir avanzando con el coche—. Sé que los encuentros sexuales son mucho más… relajados —añadió.

Una vez, durante una caza, se había encontrado por casualidad en una orgía… Miembros enredados en pleno abandono sexual, cuellos arqueados esperando un mordisco y susurros en un ambiente perfumado con el aroma del sexo. Fue una experiencia muy erótica, pero no sintió ningunas ganas de unirse a la fiesta… ni siquiera cuando se lo propuso una pareja formada por dos gemelos escandinavos rubios que parecían salidos de una fantasía femenina.

—Yo no soy así—dijo, porque aunque esas fantasías eran divertidas, lo cierto era que ella era partidaria de una fidelidad absoluta—. Esto que hay entre nosotros ha sobrepasado la línea. —Una línea que le daba derecho a exigir lo que estaba a punto de exigir—. Nunca aceptaré que puedas tener otras amantes (ni por sexo ni por sangre), y si esperas que lo haga, tendremos que dejar las cosas aquí y ahora.

Separarse de Dmitri destruiría algo vital en su interior, pero sería mucho peor ver cómo acercaba la cabeza al cuello de otra mujer.

—Mientras estemos juntos —y no era tan ingenua como para creer que podría retener a un hombre como Dmitri para siempre—, la relación tendrá que ser exclusiva.

Cuando intentó apartar la mano de su muslo, Dmitri se la sujetó unos segundos.

—Parece que las rubias han perdido su atractivo —dijo, y aumentó la velocidad cuando el tráfico empezó a ser más fluido.

A Honor empezó a dolerle el pecho, y solo entonces se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento.

—Sé que no es justo, porque tal vez no sea capaz de soportar que te alimentes de mí—dijo tras soltar el aire.

Un vampiro le había dicho una vez que la sangre obtenida de las venas era tan diferente de la sangre embolsada como una estupenda tarta de chocolate de una galletita de arroz.

Dmitri se limitó a encoger aquellos hombros que Honor deseaba ver desnudos otra vez.

—Me resulta bastante fácil conseguir sangre. —Salió del túnel y se dirigió a los barrios residenciales de las afueras—. Pero me moriría sin sexo.

Honor le clavó las uñas en el muslo y soltó una risotada. Al ver que los labios de Dmitri se curvaban en una sonrisa que hacía pensar en cosas perversas, decidió seguirle el juego. Subió la mano y deslizó los dedos por la cremallera de los suaves pantalones negros. Dmitri soltó una maldición, pero consiguió no dar un bandazo con el coche.

Le había provocado una erección con una simple caricia, y eso hizo que Honor se mostrara más atrevida aún.

—Intenta no ponerte junto a un camión o una furgoneta —dijo al tiempo que lo rodeaba con los dedos y lo apretaba lo justo para que Dmitri tensara la mandíbula— si no quieres que nos vean.

—Joder… —El vampiro pulsó algún botón del salpicadero y la capota del coche los cubrió con un zumbido electrónico en menos de medio minuto. Pulsó otro botón y las ventanas se subieron y se volvieron opacas.

Dios mío…, pensó Honor.

—¿Cuánto cuesta este coche?

Dmitri colocó la mano sobre la suya y la instó a aumentar el ritmo.

—No puedes quedártelo. No por un trabajito manual. Quizá si usas la boca…

El deseo de Honor se convirtió de repente en una entidad líquida y caliente dentro de su abdomen.

—No puedes correrte —le advirtió mientras subía y bajaba la mano—, o tendrás que regresar para cambiarte.

Dmitri aferró el volante con fuerza y soltó un suspiró.

—No olvidaré esto, Honor.

Era una amenaza. Una amenaza que le endureció los pezones y los apretó contra el bonito sujetador de encaje que llevaba bajo la camiseta. No obstante, lo cierto era que Honor ni siquiera se había planteado parar. Quería hacerlo, vivir una experiencia que la mujer destrozada que era antes de aceptar aquel trabajo ni siquiera se habría planteado.

—Mira —dijo—, esa es la entrada de una especie de parque. —Vio hierba verde y unas cuantas mesas de picnic.

Dmitri giró el volante y aparcó en una pequeña zona de estacionamiento. A esa hora del día, era demasiado tarde para los paseadores de perros y los corredores, y demasiado temprano para todos los demás. Honor se quitó el cinturón de seguridad sin apartar la mano del regazo del vampiro. Luego desabrochó el de Dmitri y se inclinó para mordisquearle la oreja. Al ver que se estremecía, supo que había encontrado otro de sus puntos débiles.

—¿El parabrisas no se vuelve opaco también?

Sin mediar palabra, Dmitri estiró el brazo para tocar algo en el salpicadero. El parabrisas se volvió negro un segundo después.

—¿Eso es legal? —Le lamió el lóbulo de la oreja y acercó la mano libre al cuello abierto de la camisa para deslizar los dedos por el hueco de la base del cuello. Notó cómo se tensaban los músculos de Dmitri.

—Los agravios se van acumulando. —Eran palabras oscuras y peligrosas.

Unas palabras que hicieron que Honor apretara los muslos mientras imaginaba los más eróticos castigos. Dmitri no sería un amante dulce. Al igual que el hombre sin rostro de sus sueños, sería exigente, controlador y posesivo.

—Tú… —murmuró mientras utilizaba ambas manos para desabrochar la hebilla del cinturón— eres el hombre más sexy que he conocido jamás. —El vampiro le hacía pensar en cosas malas solo con respirar.

Después de quitarle el cinturón y desabotonarle el pantalón, le bajó la cremallera. Y luego metió la mano por dentro para rodear la carne caliente y endurecida cubierta por una piel aterciopelada. Dmitri echó la cabeza hacia atrás para poder apoyarla en el asiento; tenía una mano aferrada al volante, y con la otra tiraba de la parte posterior de la camiseta de Honor. La línea tensa de su garganta era una tentación irresistible. Honor continuó acariciándolo con movimientos firmes que hacían que los tendones de su cuello se volvieran blancos bajo la piel cálida, y besó todos aquellos tendones… antes de morderlo.

La mano de Dmitri se extendió un momento sobre su espalda antes de volver a cerrarse sobre el tejido de la camiseta. Un instante después, se estaban besando. Y en esa ocasión no fue un mero roce ni un contacto de tanteo. Fue un beso húmedo de lenguas y dientes. El beso de un hombre que pensaba en una relación sexual potente, sudorosa y sucia; de un hombre que sabía lo que deseaba y quería que ella lo supiera.

Honor interrumpió el beso, tomó aliento y empezó a acariciarlo más rápido y más fuerte. Una vez. Dos. Los ojos de Dmitri brillaban.

—Si no supiera que no es posible —dijo—, pensaría que has estado tomando clases para saber cómo complacerme.

—Después de este comentario, debería parar ahora mismo… pero te llevo en la sangre, Dmitri. —Sin permitir que el miedo se desbocara, agachó la cabeza y se introdujo su miembro en la boca.

—¡Joder! —Dmitri agarró su camiseta con fuerza, pero no hizo ademán de empujarla ni de dirigirle la cabeza, como si supiera que ella caminaba sobre una cuerda muy floja.

Dmitri había saboreado todos los placeres sexuales que existían. Se había acostado con reinas y emperatrices, había estado en camas con más de una persona, había recibido placer a manos de las más experimentadas cortesanas y las más disolutas inmortales. Durante un breve instante de tiempo, la depravación le había servido para olvidar.

Luego se había convertido en un juego. Quería averiguar hasta dónde podía llegar, cuántos excesos podía aguantar sin destruirse del todo. Sin embargo, durante los últimos siglos ni siquiera la sensualidad había llegado a satisfacerlo. Había jugado, sí, pero de un modo frío y calculador, sin pasión. Ahora, no obstante, no recordaba siquiera haberse sentido aburrido jamás. Le costaba muchísimo esfuerzo no enterrar la mano en el pelo de Honor para mostrarle cómo le gustaba exactamente.

Mantener las manos donde las tenía fue un ejercicio de máximo autocontrol. Ni siquiera se atrevía a bajar la vista; no quería ver aquella boca maravillosa moviéndose con tanta confianza. En ese instante, Honor contrajo la parte posterior de la garganta y Dmitri arqueó la espalda mientras su verga liberaba una cascada brutal.

Ella no apartó la boca, y lamió el semen con tanta sensualidad que Dmitri se preguntó quién había sido aquella mujer cuando estaba entera, antes de que la torturaran. La habían roto, pensó, pero ya no tenía brechas; tan solo finísimas cicatrices.

Su pecho subía y bajaba con fuerza cuando ella apartó la boca con un último chupetón.

Honor apoyó las manos en su muslo y se incorporó para mirarlo. Tenía las mejillas ruborizadas, un brillo apasionado en los ojos verdes y los labios hinchados y enrojecidos. Dmitri le soltó la camiseta y la observó mientras ella lo observaba a él. En el momento en que acabó de abrocharse el cinturón, ella saltó por encima de la consola que había entre los asientos y se acurrucó en su regazo. Le apoyó la cabeza en un hombro y trazó con los dedos los contornos del otro por encima del fino tejido de la camisa.

Dmitri la rodeó con un brazo y apoyó la mano libre en su muslo.

—La última vez que lo hice en un coche, no existían los coches.

Había sido en un carro lleno de verduras. De algún modo consiguió convencer a su escandalizada y reciente esposa para que se acostaran en la parte de atrás, donde se habían dado un revolcón de lo más satisfactorio.

Sin embargo, su recuerdo favorito era el de Ingrede tendida en el carro un día soleado, con una invitación en los ojos castaños que nunca llegó a pronunciar en voz alta. No entonces, al menos. Más tarde, cuando ya llevaban casados varios años y Misha ya caminaba, a veces su esposa le susurraba al oído perversas insinuaciones.

Ahora, era otra mujer la que le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.

—Quiero sentir tu boca sobre mí, Dmitri —le dijo en un susurro grave y ronco que casi era una caricia—. He soñado con eso, y me he levantado con las sábanas enredadas en las piernas y la mano entre los muslos.

Dmitri subió la mano por su muslo y la acercó a la entrepierna. Honor se estremeció, pero no protestó. En lugar de eso, hizo lo que hacía siempre: después de rodearle el hombro con un brazo, utilizó la mano libre para sujetarle la barbilla y tiró de él para acercarlo a ella.

Dmitri la besó muy despacio mientras presionaba con la palma de la mano para apretar la costura de los vaqueros contra su clítoris. Solo eso. Nada más. Una sencilla aunque inexorable presión que le aceleró la respiración e hizo que empezara a restregarse contra él.

—¿Quieres que te frote, Honor? —preguntó al tiempo que disminuía la presión—. Pues sé una buena chica y pídemelo.

Ella le mordió el labio inferior. Con fuerza.

Sonriente, Dmitri comenzó a frotarla con pequeños movimientos de arriba abajo que la hicieron retorcerse. El cálido aroma de su excitación impregnó el ambiente del coche. Puesto que era muy sensible a las esencias, Dmitri sabía que percibiría la suya durante días. Y estaba seguro de que tendría una erección cada vez que eso ocurriera.

—Dmitri…

Honor le aferró el cuello con la mano y se puso rígida.

Dmitri casi podía notar las oleadas de placer que recorrían su cuerpo, y se prometió que la observaría cuando llegara al orgasmo desnuda en la cama, muy pronto.

Cuando Honor se relajó entre sus brazos, apoyó la espalda en la puerta y dejó que ella ocupara las dos butacas, con una pierna flexionada en el asiento del acompañante y la otra en el suelo. Sus pechos sonrojados subían y bajaban a un ritmo frenético… el más potente de los afrodisíacos.

Al ver que tenía los ojos nublados por el placer, Dmitri extendió la mano sobre su abdomen. No hubo respingos ni muestras de miedo, así que subió la mano para cubrirle un pecho, pero lo hizo sin dejar de mirarla a los ojos, para que ella supiera que era él y no otro quien lo hacía. Honor soltó un jadeo entrecortado y cerró la mano con fuerza a un costado.

—Te gusta presionar, ¿eh?

—Si no lo hago —ronroneó Dmitri mientras se inclinaba para besarla sin dejar de acariciarle el pecho con aire posesivo—, ¿cómo podré llevarte a un punto en el que me permitas atarte y utilizar el látigo contigo?