27
—Yo me encargaré de esto —dijo Dmitri, porque aunque Honor le había pedido que no la protegiera, su necesidad de hacerlo era algo profundamente arraigado en su interior.
Ella lo taladró con la mirada.
—Está bien.
La cazadora adoptó una posición que le permitía vigilar la puerta y cubrirlo a él al mismo tiempo. Hizo un breve movimiento negativo con la cabeza cuando sus miradas volvieron a encontrarse, y Dmitri supo que nada de lo que dijera conseguiría echarla de aquella habitación. Tenía fuerza más que suficiente para obligarla a ceder, pero no podía utilizar la fuerza con aquella mujer.
Habría sido sencillo excusar su renuencia a hacerlo como parte del plan para llevársela a la cama, pero esa mentira no le serviría de nada… no cuando ella lo entendía mejor que ninguna otra mujer. Ingrede, su dulce, adorable y valiente Ingrede, no habría entendido la oscuridad que moraba en su interior ahora, pero Honor sí.
Pensar algo así le parecía una especie de traición al recuerdo de su esposa, pero era cierto.
—¿Estás segura?
Ella respondió sin vacilar.
—Sí.
Dmitri observó la pared y deslizó los dedos sobre ella hasta que encontró una pequeña muesca. En cuanto la apretó, una sección del muro se abrió para dejar a la vista un enorme arcón refrigerador. El charco de agua que crecía por debajo ponía de manifiesto la falta de electricidad. Intentando pasar por alto el hedor que pertenecía a carne en estado de putrefacción, Dmitri alzó la tapa y la apoyó contra el muro.
Luego bajó la vista.
Y vio los cuerpos.
El refrigerador era tan grande que Amos ni siquiera había tenido que amputar las extremidades o cortar a las víctimas por la mitad. Se había limitado a colocar los cuerpos en posición fetal y a apilarlos como si fuesen trozos de carne.
—El detective Santiago trabaja en el caso de los secuestros de chicas mestizas altas y delgadas en Nueva York, ¿no? Específicamente, mujeres con un progenitor de raza negra y otro de raza blanca.
Honor se acercó para echar un vistazo al refrigerador y su expresión se llenó de horror.
—Sí. Todo el mundo cree que se trata de un criminal humano, ya que no hay rastros de sangre ni pruebas de mordiscos en los escenarios. Las mujeres desaparecen sin más.
Dmitri recorrió con la vista el cadáver que estaba más cerca de la parte superior. A pesar de la putrefacción, la estructura ósea era evidente, y había suficiente piel sana para poder asegurar el color de su piel.
—Cuánto odio… —dijo mientras repasaba todo lo que sabía sobre Jiana y Amos—. Hacia el único ser que siempre lo ha protegido.
—¿Estás seguro?
Dmitri había llevado a cabo una discreta investigación cuando se hizo obvio el vínculo antinatural que compartían madre e hijo, y se convenció de que aquellos lazos eran el resultado de la locura de Amos, que Jiana solo hacía todo lo posible por proteger a su hijo. Sin embargo, en aquellos momentos se preguntaba si no habría pasado por alto algo mucho más siniestro.
—Ya no estoy tan seguro como antes. —Bajó la tapa del arcón.
—Llamaremos a Santiago para involucrar a la policía en esto.
Todo el mundo asumiría que Amos se había vuelto loco con la edad. Esa faceta de la longevidad era bien conocida, aunque no intimidaba a ninguno de los que querían ser convertidos. Doscientos años vividos como un vampiro cuerdo y joven superaban con creces la esperanza de vida humana.
—Cuanta más gente lo busque, más probabilidades habrá de atraparlo.
Honor asintió con la cabeza, pero no respiró con normalidad hasta que salieron de nuevo al pasillo y cerraron la puerta.
—¿Por qué me eligió a mí? No encajo en el perfil.
La furia empezó a correr por las venas de Dmitri al recordar lo que Amos le había hecho a la cazadora, pero meditó su pregunta con seriedad.
—Según parece, odia a su madre, pero también desea complacerla.
Tuvo un recuerdo repentino. Jiana en una fiesta que había ofrecido cuatro veranos atrás.
«—Me alegro mucho de que hayas venido, Dmitri. —Lo obsequió con una sonrisa elegante y un beso en la mejilla—. ¿Conoces a Rebecca? —En esta ocasión, la sonrisa de sus labios tenía un toque de sensualidad.
—Es un placer —dijo él antes de inclinar la cabeza para saludar a la belleza morena llena de curvas y piel dorada que parecía pendiente de todo lo que Jiana decía.»
—Tú —le dijo a Honor— no eres su tipo, pero sí el de Jiana.
—Eso es asqueroso… y si tenemos en cuenta todo lo demás, surgen algunas preguntas. —Echó un vistazo a la puerta que revelaba la sexualidad enfermiza de Amos—. Salgamos afuera para llamar a Santiago.
Dmitri dejó que lo precediera hasta la puerta de atrás. El sol brillaba con fuerza y el calor caía a plomo. Mientras la observaba, Honor se acercó a la zona de césped y sacó el móvil para llamar al policía que siempre conseguía cerrar los casos relacionados con inmortales. Mientras estaba ocupada, Dmitri realizó también algunas llamadas, incluida una a un vampiro antiguo que estaba bajo sus órdenes.
—Asegúrate de que Jiana no sale de la casa —ordenó—. Tengo que hablar con ella. —Colgó y esperó a que Honor regresara a su lado.
La cazadora se detuvo a un paso de distancia. Dmitri avanzó ese paso y la estrechó con fuerza, aunque tuvo cuidado de no aprisionarla. Sin embargo, ella no se asustó; en lugar de eso, se relajó y le devolvió el abrazo. Permanecieron allí en silencio durante varios minutos, y lo único que percibía Dmitri era el pulso firme de Honor, que atronaba en sus entrañas vampíricas.
La última vez que Dmitri había hecho aquello, abrazar a una mujer porque le parecía lo correcto, era todavía mortal.
—A mi esposa —dijo, pronunciando unas palabras que nadie más había oído— le encantaba el sol. Solía acompañarme a los campos, y mientras yo trabajaba ella… —«mecía a nuestro bebé»— se ponía a coser. Siempre me rompía las camisas.
Honor soltó una suave risotada.
—Una esposa maravillosa —dijo con voz dulce.
—Lo era —continuó Dmitri, consciente de que aunque el hombre al que amaba Ingrede era tan distinto de él como la noche y el día, jamás había dejado de añorar la pérdida de su sonrisa—, pero a veces también me volvía loco. Le decía que arreglaría algo de la cabaña cuando regresara a casa, y cuando volvía de los campos, ella ya lo había hecho y tenía varios cardenales que lo demostraban. —Estuvo a punto de sufrir un infarto el día que la vio subida al tejado—. Y no sabía cocinar.
Honor lo miró con un brillo especial en los ojos.
—¿Se lo dijiste alguna vez?
—Debes de tener mi inteligencia en muy poca estima. —Se inclinó para unir su frente con la de ella—. Ella fingía que le encantaba cocinar y yo fingía que me encantaba cómo cocinaba, pero los dos ansiábamos que llegaran las fiestas del pueblo para poder comprar comida en los puestos.
La carcajada de Honor fue un sonido ronco y profundo que se le metió en la sangre. Y por un momento… Dmitri fue feliz, feliz como no lo había sido desde el día en que la cabaña quedó reducida a cenizas y el fuego destruyó su corazón.
—Eres una bruja —le dijo antes de agachar la cabeza para darle un beso que tenía la suavidad del sol… y una buena dosis de sexo animal—. En mi cama, Honor. Te quiero en mi cama.
Ya estaba oscuro cuando llegaron a la Torre. Veneno los estaba esperando.
—Esto ha llegado por correo hoy. —Le pasó un sobre.
Dentro había una nota escrita con el mismo código que el tatuaje por el que Honor acudió a la Torre la primera vez.
—Me marcho ya. Tengo que encargarme de la vigilancia de Pesar dentro de quince minutos —dijo Veneno mientras Honor examinaba la nota—. ¿Quieres que le encargue ese trabajo a otro y vaya al Enclave del Ángel para vigilar a los polis?
—No. Illium ya está allí.
Honor, que ya había empezado a descifrar el código en su mente, dejó de prestar atención a la conversación. No tardaría mucho en traducir aquello, pensó, no después de lo mucho que había avanzado con el tatuaje.
Una hora más tarde, se incorporó en el sofá del despacho de Dmitri y le pasó la traducción.
«Tú me arrebataste lo que más amaba. Ahora yo te arrebataré tu tesoro.»
Honor se frotó la cara con las manos mientras Dmitri leía el mensaje en silencio.
—Parece que sabe lo que te hizo Isis, y aun así…
—Por lo visto, el amor es ciego —dijo Dmitri. Soltó el trozo de papel y cogió el teléfono—. Jason —dijo cuando el espía respondió—, descríbeme a Kallistos. —Una pausa—. Sí, sin lugar a dudas.
Honor esperó a que colgara el teléfono.
—¿Kallistos era el amante de Isis?
—Sí, aunque entonces tenía un nombre diferente. Era muy joven, tanto que solo había cumplido unas décadas del Contrato. Cuando lo encontramos, se estaba desangrando gracias a las atenciones de su «diosa». —Dejarlo con vida había sido una decisión fácil—. Lo tomamos por otra de sus víctimas.
Pero, al parecer, Kallistos amaba a su dueña a pesar de su crueldad.
—Ha desaparecido un ángel joven en la corte de Neha —dijo Dmitri, que escogió muy bien las palabras para no arriesgarse a que le borraran la memoria a Honor, como había ocurrido con la amante mortal de Illium—. Nadie sabe con seguridad cuándo desapareció. Pregúntame el nombre del vampiro antiguo que estaba a cargo de él.
—Kallistos —dijo Honor, que dejó escapar un suspiro—. Así es como está creando a esos protovampiros. —En sus ojos había una pregunta—. Sé que no vas a contarme cómo es el proceso, ya que incluso a los Candidatos les inducen el sueño durante las etapas iniciales, pero todo el mundo sabe que son los ángeles quienes crean a los vampiros. Siempre pensé que eran los de más edad.
Aunque los ángeles no negaban ese rumor, en realidad eran los adultos más jóvenes los que acumulaban la toxina en sus cuerpos con mayor rapidez. Los ángeles de más edad tenían un mayor nivel de tolerancia… aunque ni siquiera los arcángeles eran inmunes, como había demostrado Uram.
—Jason acaba de decirme que la última vez que alguien vio a ese ángel (aparte de Kallistos), fue hace un año —dijo, aunque eso no respondía a la pregunta implícita de Honor—. Si asumimos que lo raptaron poco después y teniendo en cuenta su edad, podría haber Convertido con éxito a un único vampiro.
—Kallistos intentó crear más —dijo Honor mientras se acercaba al ventanal. La lluvia que había empezado a caer unos cuarenta minutos antes había transformado la ciudad en una especie de espejismo neblinoso—, y diluyó el efecto. —Volvió a cruzar la alfombra con el ceño fruncido.
—Es muy probable. —No solo eso. Además, Kallistos no había seguido el procedimiento adecuado, y de ahí que existiera una mutación en las células sanguíneas de los cadáveres encontrados—. Debería ser más fácil dar con él ahora que tenemos un nombre y un rostro.
Honor, que se había situado a su lado, se apoyó en el escritorio y asintió con la cabeza. Sin embargo, tenía una expresión preocupada.
—No puedo dejar de pensar en Jiana. Parecía tan cariñosa, tan maternal…
—Todavía no tenemos nada que pruebe que no lo sea. Puede que la locura de Amos no sea culpa suya.
Sin embargo, Dmitri lo dudaba mucho, porque según la experiencia que había adquirido en sus muchos años de existencia, aquella extraña mezcla de odio y amor tenía origen en algo que jamás debería haber ocurrido, en algo horrible enterrado muy profundamente en el alma.
Unos ojos verde oscuro se enfrentaron a los suyos, unos ojos que lo hechizaban y le prometían un sueño imposible.
—Tú no lo crees.
Dmitri se acercó a ella y le acarició la mandíbula con los dedos. La suavidad de su piel era una tentación irresistible.
—¿Crees que sabes lo que pienso?
—Creo —dijo ella al tiempo que le sujetaba la muñeca— que te conozco mucho mejor de lo que debería.
Sí. En demasiadas ocasiones, Dmitri había visto una sabiduría en sus ojos que no debería estar allí; había percibido cierta familiaridad en sus besos y su risa le hacía daño… Se preguntó si no se estaría volviendo un poco loco él también. Con todo, no conseguía alejarse de ella, distanciarse.
—Esta noche no podemos hacer nada más.
La llamada telefónica a Jason había puesto en marcha la búsqueda de Kallistos, y en cuanto al hijo de Jiana, Dmitri ya había puesto a toda la región en alerta.
A veces un hombre debía aprovechar el momento sin tener en cuenta las consecuencias. Si lo dejaba pasar, podría no volver a presentarse nunca.
«—Dmitri, ven a bailar conmigo.
—Me duelen los pies de trabajar en el campo, Ingrede. ¿Te parece bien que bailemos cuando regrese del mercado?
Mostró una sonrisa que iluminó la estancia, aunque el miedo acechaba como un silencioso intruso en sus ojos.
—Cuando vuelvas, entonces.»
Pero los hombres de Isis lo habían capturado en el camino de regreso. En el último recuerdo que tenía de su esposa la veía abrazando a sus hijos e intentando no demostrar el terror que había oscurecido sus cálidos ojos castaños hasta darles un tono ébano imposible.
Nunca podría volver atrás, nunca bailaría con Ingrede mientras Misha reía y la niña sacudía las piernecitas en el aire, pero sí podía besar a esa mujer que de algún modo se había convertido en parte de él. A esa mujer con una mirada llena de misterios que él estaba decidido a resolver.
—Ha llegado el momento, Honor.
Al ver la expresión tensa de la cazadora, Dmitri supo que ella temía que le entrara el pánico y lo apuñalara en medio de un estallido de violencia, pero su respuesta fue sencilla, poderosa.
—Sí.
Honor contempló los alrededores en silencio mientras Dmitri la guiaba lejos de la planta adornada con tonos negros siniestros y sensuales para dirigirse al nivel más alto de la Torre.
Dicho nivel tenía una moqueta blanca con hebras de oro y paredes níveas con motas doradas. Las obras que lo adornaban eran una extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno: un colorido tapiz que mostraba un paisaje de montaña en el que las viviendas tenían puertas que se abrían al vacío; una resplandeciente espada, tan afilada como una hoja de afeitar, y un póster enmarcado de la ridícula serie de televisión La Presa del Cazador, en el que aparecían un musculoso protagonista y su rebelde compañera vampira.
—Illium lo compró para Elena —dijo Dmitri cuando siguió su mirada—. Me habría encantado ver su reacción.
Honor esbozó una sonrisa.
—Son buenos amigos.
Una sombra atravesó el rostro de Dmitri, pero lo único que dijo fue:
—Sí. —Y luego añadió—: Los aposentos de Rafael ocupan la mitad de la planta y el resto se divide entre las habitaciones de los Siete, aunque las mías son el doble de grandes que las de los demás, ya que yo paso mucho más tiempo en la ciudad.
Honor vaciló.
—¿No tienes otro hogar?
—Nunca me ha parecido necesario.
Honor percibió un montón de cosas implícitas en aquel comentario, y comprendió que la idea de tener un hogar le provocaba un dolor que jamás querría revivir.
—No te preocupes —dijo Dmitri antes de que ella pudiera abrir la boca—. Los apartamentos tienen más metros cuadrados que la mayoría de las casas, y las paredes están insonorizadas para garantizar una total intimidad.
Honor no tenía nada en contra de aquel arreglo entre ellos, y estaba bastante segura de que el apartamento del vampiro era diez veces más grande que su casa. Pero…
—No, Dmitri. Aquí no.
—¿Por qué? —Formuló la pregunta con una fría sofisticación que antes la habría intimidado, pero en esos momentos solo se preguntaba por qué Dmitri había levantado tantos escudos, qué era lo que no quería que ella viera.
—No me parece bien. —Se mantuvo en sus trece. La vocecita en su interior le susurraba que aquel instante era crítico, que marcaría la opinión que Dmitri tenía de ella—. Me niego a ser una más de las mujeres que acaban en tu cama.
Dmitri le frotó los nudillos con el pulgar. En su rostro no había ni el menor rastro de emociones.
—¿Crees que es la cama lo que marca la diferencia?
Honor se dio cuenta de que Dmitri estaba furioso. En esas condiciones, podría hacerle mucho daño si se largaba como si le importara un comino.
—Puede que para ti no —susurró, consciente de que ya era muy tarde para intentar protegerse, para alejarse de él—, pero para mí sí.
Hubo un silencio. Un silencio tan tenso y peligroso como el cordón de acero incrustado en el cinturón del vampiro.