30
La respiración de Honor, ya agitada, se volvió rápida y superficial mientras se acariciaba los muslos con las manos. Y luego hizo algo de lo más inesperado: pegó los brazos al cuerpo para realzar sus pechos y servírselos en bandeja. Dmitri soltó un gruñido y agachó la cabeza para succionar uno de los pezones contraídos mientras hacía girar el otro entre las yemas de los dedos.
Embriagado por el sabor de Honor, alternó entre un pecho y el otro hasta que ella le tiró del pelo.
—¿Qué? —Sabía que la pregunta había sonado arrogante, pero decidió que ella era lo bastante fuerte como para soportarlo.
—No puedo respirar.
Con la cara sonrojada, el pulso errático, el pelo enmarañado y los pezones calientes y húmedos a causa de las caricias, Honor era una fantasía sexual hecha realidad.
—No pensarás meterme prisa, ¿verdad, Honor?
Rozó el pezón con el pulgar antes de alargar el brazo hasta su espalda para desabrocharle el sujetador y dejar libres sus preciosos pechos. El color dorado de su piel se volvía crema allí, más delicado. Dmitri sabía que sus colmillos dejarían dos perfectos y diminutos cardenales en aquella carne… Era capaz de sanar un mordisco por completo, pero como ya había demostrado antes, no era capaz de controlarse con ella.
Quería que ella llevara aquella marca tan íntima, pero todavía no estaba preparada. Sin embargo, había otras formas de marcar a una mujer.
—Inclínate hacia atrás y apoya los codos en la mesa. —Era otra orden.
Y ella obedeció.
La posición no solo la dejaba a su merced, también elevaba sus pechos para que pudiera disfrutarlos a placer.
—Quiero alimentarme de ti —dijo, y vio un terror inmediato en sus ojos—, pero no lo haré. No hasta que me invites a hacerlo de una forma clara y precisa, así que quítate ese miedo de la cabeza. —Observó sus ojos verdes hasta que el terror fue sustituido por el alivio… y por una abrasadora sensualidad.
La sensualidad de una mujer que no se dejaría intimidar en la cama, que devolvería caricia por caricia, beso por beso.
—¿Honor?
—¿Sí?
—Voy a hacerte ciertas cosas que ninguna chica decente debería dejar que le hiciera un hombre.
El cuerpo de Honor se derritió al escucharlo.
Un instante después, Dmitri acercó su boca sensual y peligrosa a la parte superior del pecho y succionó con la fuerza suficiente para dejarle un pequeño morado. Luego bajó la cabeza para chuparle el pezón con fuertes tirones que le provocaron contracciones en el vientre. Si las caricias previas habían sido dolorosamente tiernas, aquello era sexo puro y duro. Nada en su forma de tocarla indicaba que la considerase una mujer débil, rota, y ella se sintió libre de un modo que nunca habría creído posible.
Honor arqueó la espalda para acercarse más a aquella boca experta y se vio recompensada con una caricia de la lengua alrededor del pezón que le provocó cosas que ni siquiera sabía que existían. Apretó el musculoso cuerpo de Dmitri con los muslos y lo observó mientras él alzaba la cabeza. El vampiro se lamió los labios antes de trasladarse al pecho que había quedado desatendido.
Un beso con dientes.
«No hasta que me invites a hacerlo de forma clara y precisa.»
Con aquella promesa en mente, Honor esquivó las lanzas del miedo para sumergirse en la marea de placer.
—No pares —dijo cuando él levantó la cabeza.
Dmitri se inclinó hacia delante para besarle la base del cuello. Sus ojos, oscuros como el pecado, tenían una expresión de satisfacción que él no se molestó en disimular.
—¿Llegas a la miel?
Honor se retorció un poco, cogió el bote de miel que él había llevado con la fruta y se lo pasó, aunque sabía que le acababa de entregar un arma con la que pensaba atormentarla aún más.
El vampiro retiró el tapón y, sin dejar de mirarla a los ojos, se agachó para lamerle el pezón… solo una vez, lo justo para provocarla, para dejarla sin aliento. Luego colocó el bote de miel boca abajo y lo apretó, pero el líquido viscoso no cayó sobre su cuerpo, como Honor esperaba, sino en la mano. Cerró el tapón en cuanto acabó y volvió a pasarle el bote.
Honor lo colocó de nuevo en la mesa sin quitarle la vista de encima.
Tras hundir un dedo en el líquido dorado, Dmitri le untó los labios de miel. Honor se metió su dedo en la boca y lo rodeó con la lengua como había hecho con su pene en el coche. Los sensuales ojos del vampiro le dijeron qué quería hacerle exactamente, pero la pasión ardía a fuego lento, y Dmitri parecía tener leña para rato.
Era una suerte para ella.
—Sigue haciendo eso… —murmuró él con un tono de voz que le acarició la piel como una estola de visón—, y te pondré de rodillas entre mis piernas para que chupes algo mucho más duro.
Honor atrapó el dedo entre los dientes a modo de reprimenda por aquel comentario, que parecía más propio de un bárbaro incivilizado.
—El suelo me haría daño en las rodillas —dijo después de soltarlo. Se sentía sexy, maravillosamente femenina—. La próxima vez que te chupe, quiero estar de rodillas en un cómodo sofá.
—Me encargaré de que tus deseos se cumplan. —Dmitri apartó el dedo húmedo de su boca, volvió a hundirlo en la miel y le untó los pezones con pequeños toques, casi delicados. Luego empezó a trazar un complicado dibujo sobre las curvas de los pechos—. No te muevas.
Era una tortura quedarse quieta mientras él la acariciaba con movimientos lentos y pegajosos del dedo. Sentía el cuerpo de Dmitri grande y duro bajo el suyo; su erección estaba tan cerca que Honor fantaseaba con arrancarle los pantalones, sentarse sobre él e introducir por fin aquella carne rígida dentro de ella.
Los ojos de Dmitri brillaban cuando sus miradas se encontraron, y Honor se preguntó qué habría visto en ella.
—Pórtate bien, Honor, o tendré que castigarte.
«Notaba una mano grande y fuerte que la azotaba con sensualidad entre las piernas. Los dedos masculinos se humedecieron con la muestra física de su necesidad mientras ella tironeaba de las ataduras que la sujetaban a la cama… y que le impedían defenderse.»
Honor se estremeció cuando la fantasía reapareció en su mente.
—Quizá yo… —Tragó saliva mientras él dibujaba una línea de miel hasta su ombligo y una espiral a medio centímetro de la cinturilla de los vaqueros— disfrute con lo que tú consideras un castigo.
—Mmm… —Dmitri volvió a subir el dedo—. Pero entonces no sería un castigo, ¿verdad? —Había una amenaza sensual en los ojos de aquella criatura que sabía cómo presionar todas las teclas del cuerpo femenino—. Ahora ven aquí. —Le rodeó el cuerpo con el brazo y extendió la mano sobre su espalda.
Honor ahogó una exclamación al sentir la miel que cubría su piel.
—Estoy toda pegajosa.
—Acércate así, toda pegajosa.
Puesto que no tenía nada en contra de quedarse adherida a su cuerpo, Honor aplastó los pechos contra su torso.
—Lo vamos a poner todo perdido. —Honor se apoderó de su boca sin poder evitarlo. Aquella boca sexy y hermosa se estaba convirtiendo en su mayor adicción.
Dmitri dejó que lo hiciera, dejó que succionara su lengua y se frotara contra su pene, aunque el tejido de los vaqueros era tan grueso que no le permitía sentirlo como deseaba. Cuando el vampiro le apretó los muslos con las manos en una orden silenciosa, Honor interrumpió el beso, separó su cuerpo embadurnado de miel con un gemido ronco y se puso en pie.
Se quitó el cinturón y lo arrojó a un lado. Luego, mientras Dmitri la observaba, desabrochó el botón de la cinturilla de los vaqueros y bajó la cremallera para dejar al descubierto las braguitas rojas. Dmitri la agarró de las caderas para atraerla hacia él y acarició el pequeño lazo negro. Honor deseó suplicarle que bajara la mano, que la frotara con más fuerza. Pero…
—¿Y si…?
Dmitri le dio un beso en el ombligo, justo por encima de las braguitas. Un beso apasionado y húmedo que hizo que se le doblaran las rodillas. La única razón por la que seguía erguida era que él la sujetaba.
—Después —dijo él, respondiendo a la pregunta que ella no había llegado a formular— volveremos a intentarlo. Lo intentaremos toda la noche, porque estoy decidido a apoderarme de lo que es mío.
Ella enterró los dedos en su sedoso cabello negro.
—Eres un poco posesivo, ¿no?
La sonrisa del vampiro tuvo un efecto letal. Honor siempre había sabido que era peligrosamente vulnerable ante él, pero fue en ese momento cuando comprendió que no podría negarle nada. Era una debilidad terrible, pero estaba tan arraigada en su cerebro que era inútil luchar contra ella o tratar de ignorarla.
«Mi Dmitri.»
Dio un paso atrás y se quitó los pantalones antes de tirarlos a un lado. Sin embargo, cuando intentó volver a sentarse encima de él, Dmitri hizo un gesto negativo con la cabeza y la empujó hacia la mesa. Sonrojada de la cabeza a los pies, Honor se sentó en la brillante mesa de pino con las rodillas juntas. El vampiro acercó la silla en la que estaba sentado y deslizó las manos por sus muslos antes de acariciarle el dorso de las rodillas y las pantorrillas, provocándole un placer estremecedor. Honor permitió que aquellas manos expertas la tocaran, que le separaran las rodillas y los muslos mientras Dmitri le apoyaba los pies en la silla, a ambos lados de su cuerpo.
Se sentía expuesta, desnuda, a pesar de que aún conservaba las bragas.
—Dmitri…
Honor recogió un poco de la miel de su propio cuerpo y trazó el contorno de los labios del vampiro con la yema del dedo. Dmitri tensó la mandíbula cuando ella le sujetó la cara para darle un beso dulce, lento y algo travieso, que acabó en un mordisco suave en el labio inferior.
Él subió las manos hasta sus muslos y se los apretó. Y luego le devolvió el mordisco.
Honor sintió una oleada de placer que recorrió todo su cuerpo. Abrió los ojos como platos y observó con detenimiento a aquella criatura, mucho más peligrosa que ningún otro vampiro al que hubiera conocido jamás. Había dado por sentado que se aterrorizaría ante cualquier cosa que se pareciera a un mordisco… Tragó saliva y bajó la vista hasta sus manos.
—Hazlo —susurró—. En el muslo.
Sin mediar palabra, Dmitri recogió un poco de la miel que le cubría el torso y trazó una línea descendente por la parte interna del muslo. Aquello la hizo temblar, pero no de miedo. Todavía no. Sin embargo, en el instante en que él agachó la cabeza hacia aquella zona, se quedó paralizada. Dmitri no se detuvo y acercó los dientes a su piel. El mordisco fue más una caricia que otra cosa, sin rastro de colmillos.
—Hazlo otra vez —dijo ella, estremecida.
Dmitri la mordisqueó de nuevo. Y luego otra vez.
Lo repitió hasta que su cuerpo no puedo aguantar la tensión y se derritió bajo su contacto, bajo el hechizo de su seducción. Lametones largos y lentos, mordiscos juguetones, succiones fuertes… le hizo de todo. Pero no le clavó los colmillos; no le arrancó sangre.
—Cuando me alimente de ti —murmuró él—, lo haré sin prisas. Pienso saborear cada apasionado instante. —Tiró de ella y alzó las manos para juguetear con las delicadas cintas negras que había a los lados de las braguitas. Tenía los labios algo hinchados por los besos, y los huesos se marcaban con dureza bajo su piel cálida y hermosa—. Túmbate.
Temblorosa tras ese oscuro juego de seducción, Honor respiró hondo y se inclinó para tumbarse en la mesa. Se echó a reír cuando sintió en la espalda la calidez de la madera.
—Está pegajosa.
Dmitri le levantó las piernas para colocárselas sobre los hombros y luego pasó el dedo por la parte central de sus bragas.
—Mmm… Sí.
El cerebro de Honor no pudo procesar el comentario, ya que sus nervios se habían cortocircuitado después de aquella caricia. Una vez más, esperó la llegada del miedo. Y, una vez más, no apareció. Fue entonces cuando lo comprendió todo. Aquello, con Dmitri, solo le proporcionaría placer.
«Perdóname.»
Jamás volvería a mostrarse cruel con ella. Lo sabía en lo más profundo de su alma; lo había percibido en la cadencia de su voz en el momento en que aquel hombre fuerte y orgulloso se arrodilló frente a ella. Aquel instante había trazado una línea entre el pasado y el futuro.
Así que ahora solo sentiría placer.
Durante el secuestro solo había sentido dolor.
—¿Estás preparada, Honor?
Sí. Pero no tuvo ocasión de responder, porque en ese momento Dmitri colocó la boca encima de sus bragas.
—Dmitri…
Una parte de Dmitri deseaba arrancar aquella última y delicada prenda y hundirse en ella de una única embestida, reclamarla de la más primitiva de las maneras. La otra parte de él anhelaba hacer uso de la destreza sexual que había adquirido a lo largo de los siglos para convertirla en su esclava.
Cuando Honor se echó hacia atrás, vio que las bragas estaban adheridas a las curvas carnosas y sonrosadas de su parte más íntima. Deslizó las manos bajo aquellos absurdos lacitos que lo volvían loco y tiró. La cazadora alzó las caderas para que él pudiera bajarle aquel retazo de encaje por los muslos. Un instante después, Dmitri se puso en pie para quitarle las bragas por completo y, cuando volvió a mirarla, supo que había llegado al límite de su paciencia. Se agachó y lamió la miel de sus pechos.
—Así que solo soy un plato servido en bandeja —dijo Honor con una sonrisa que le llegó al corazón—. Sabía que tenías motivos ocultos…
Dmitri se echó a reír (¿cuándo fue la última vez que se había reído con una amante?) antes de dejar un reguero descendente de besos hasta los rizos húmedos que había entre sus muslos. Y entonces descubrió que, después de todo, aún le quedaba algo de paciencia. Lo suficiente para colocarse bien, separarle las piernas y besarla lenta y apasionadamente, pasando la lengua con infinito cuidado sobre aquella protuberancia carnosa de su entrepierna.
Honor arqueó la espalda y clavó las uñas en la madera.
—Dmitri…
Soltó un grito jadeante cuando él situó el pulgar sobre la entrada húmeda de su cuerpo y lo introdujo un poco mientras la cubría con la boca una vez más. Con aquello bastó. Honor llegó al orgasmo en un estallido especiado y femenino que asaltó sus sentidos.
Mientras ella se estremecía con los últimos vestigios del placer, Dmitri se puso en pie, se quitó lo que le quedaba de ropa y volvió a sentarse antes de colocarla al borde de la mesa.
—Te quiero encima de mí, Honor.
—No puedo moverme —dijo en una queja sin aliento.
Dmitri besó el hueso de su cadera y sintió su estremecimiento. Tiró de ella un poco más. La cazadora cayó en sus brazos, agotada y sin fuerzas tras el placer, con las piernas a ambos lados de su cuerpo. Perezosa, lo besó antes de bajar la mano para rodear su erección con dedos fuertes y expertos.
Dmitri soltó un gemido y le apartó las manos.
—Después. —La alzó utilizando su considerable fuerza… y se hundió lentamente en su interior, caliente y tenso.
Su mente se quedó en blanco por un instante.
—Vaya… —Honor dejó escapar un gemido largo y jadeante—. Te siento tan…
La cazadora enterró las manos en su cabello mientras se colocaba mejor y luego empezó a moverse en círculos y a utilizar los músculos internos para apretar su erección.
Dmitri juró por lo bajo mientras se aferraba a sus caderas. Al ver que ella no pensaba dejar esos movimientos sensuales que amenazaban con hacer pedazos su autocontrol, agachó la cabeza y succionó la punta endurecida del pezón. Honor dejó escapar un grito y perdió el ritmo, lo que le permitió recuperar un poco de cordura. Con un último lametón, Dmitri metió la mano entre sus cuerpos para frotarle el clítoris con delicadeza mientras comenzaba a moverse lentamente dentro de ella.
—Me vas a matar… —Tras esas palabras, Honor cubrió su boca.
Perdido en la pasión del beso, Dmitri se puso en pie con ella y la colocó en el borde de la mesa, con los cuerpos aún unidos. Tenía sus piernas alrededor de la cintura, una de sus manos en la mandíbula y la otra enterrada en el pelo. Se sentía rodeado por ella, adorado. Le resultaba sorprendente… pero agradable.
Cuando ella interrumpió el beso, Dmitri deslizó la boca por su mandíbula y trasladó la mano hasta su cadera para colocarla en la posición que más le gustaba. Y luego empezó a moverse. Se miraron a los ojos. Y ninguno apartó la vista.
Los ojos de Honor eran como bosques resplandecientes a medianoche. Solo gritó una cosa: su nombre. Dmitri se corrió con ella y sintió un placer tan estremecedor que le dio la impresión de haberse roto en un millón de pedazos iridiscentes.