21

—Todo el que quiera salir de esto con vida —dijo Dmitri en voz baja después de ordenarle a Jewel que cerrara la boca—, que salga y espere en la propiedad. Si queréis hacerme muy feliz, intentad huir.

Los guardas salieron a trompicones y, dicho sea en su favor, fueron a comprobar cómo se encontraban los otros dos. Dejaron al que tenía el cuello roto, lo que quería decir que era demasiado joven para recuperarse de una lesión semejante, pero arrastraron al chófer con ellos. Y todo en absoluto silencio. Jewel Wan, entretanto, se arregló el cabello con los dedos y se puso en pie con dificultad. Le sangraban las rodillas bajo el vestido ceñido de seda negra, y tenía arañazos en las palmas de las manos a causa de la caída.

Nada de eso paliaba su arrogante elegancia.

—Así que has venido —le susurró a Honor—. Qué bocadito tan delicioso…

Honor deseaba tanto disparar que le temblaba todo el cuerpo, pero no lo hizo.

—No te mataré. No te pondré las cosas tan fáciles —dijo. Se obligó a avanzar y a sentarse en el capó de la limusina sin techo, con los faros bajo las piernas—. ¿Dmitri? —El vampiro se acercó y apoyó la mano en el montante del techo antes de inclinarse hacia ella—: Ni un solo pedazo de tu alma —le dijo en un susurro.

Dmitri estaba tan cerca de ella que Honor pudo notar la piel áspera de su mejilla y ver su sonrisa… Y vio también el terror que borró la maltrecha elegancia de los rasgos de Jewel Wan. Pero la vampira era una mujer de negocios.

—Puedo proporcionarte información.

—Lo dices como si tuvieras algo con lo que negociar. —Dmitri apoyó la espalda en el coche. Los músculos de sus hombros se movieron con fluidez, y Honor inhaló su pecaminosa esencia con cada respiración—. Ambos sabemos que me contarás todo lo que quiero saber antes de que esto acabe.

Jewel enseñó los colmillos.

—Soy una vampira de cuatrocientos cincuenta años. ¿Pretendes sacrificar semejante experiencia por…? ¿Por qué? ¿Para que esta mortal se divierta un poco? Ya la he poseído, y te aseguro que no es tan…

Dmitri avanzó para darle una bofetada con el dorso de la mano, tan fuerte y tan rápido que la vampira se estrelló contra un árbol y cayó al suelo hecha un guiñapo, con la nariz ensangrentada y un corte profundo en el labio.

—Ahora —dijo Dmitri con un tono de voz tan racional que a Honor se le erizó el vello de la nuca—, cuéntamelo todo. Si te portas bien, quizá no le ordene a Andreas que te dedique una atención especial.

Se oyó una súplica sollozante de la vampira, que parecía indefensa, frágil. Pero Honor sabía que no lo era. Jewel siempre sería un monstruo. Un monstruo con un envoltorio que parecía inofensivo. Mostrarle piedad sería sentenciar a otra víctima al horror al que Honor había sobrevivido a duras penas.

—Dmitri —dijo, porque aunque el vampiro era una criatura peligrosa y letal, era suyo y lucharía por él—, ¿qué es lo que te he dicho?

—Lo siento. —Sonrió. Resultaba increíble lo guapo que estaba a pesar del hedor rancio del miedo y la sangre que los rodeaba—. Me he dejado llevar. —Volvió a concentrarse en Jewel—: ¿Por qué no hablas? —le preguntó en un tono casi desinteresado… Con el mismo tipo de desinterés que mostraría un león por la presa que pensaba desgarrar en cuanto tuviese hambre.

—Recibí una invitación —dijo la vampira de inmediato. Su boca no dejaba de sangrar—. Está en el estudio de mi casa. En el escritorio. —Alzó el brazo para limpiarse la sangre que goteaba desde su nariz, y el gesto dejó un rastro rojo oscuro en su piel de porcelana—. Tommy era uno de ellos. Insinuó algo en una fiesta e hice que lo siguieran. Ese estúpido nunca tomaba precauciones.

Razón por la cual, pensó Honor, a Tommy le habían retirado la invitación de por vida.

—No nos has contado nada que no sepamos ya —le dijo Honor.

La vampira la fulminó con la mirada.

—Cierra el pico, mortal.

Dmitri retrocedió para apoyarse de nuevo en el coche y echó un vistazo a Honor.

—¿No puedo tocarla ni un poquito? —Cuando miró de nuevo a Jewel, su sonrisa era puramente sexual… Si a uno le gustaba el sexo mezclado con mucho dolor… o gritar hasta destrozarse la garganta—. Tu piel parece muy suave, Jewel… —murmuró, y aunque no había nada amenazador en sus palabras, si le hubiera hablado a Honor en ese tono, lo habría cosido a balazos y se habría largado a toda velocidad.

Fue entonces cuando el vampiro sacó el cuchillo.

Jewel se apretó contra el árbol y empezó a gimotear.

—Seguro que Evert sabe algo. Tommy y él lo hacían todo juntos, pero no formaban parte del núcleo. El que organizó esto se aseguró muy bien de ocultar su identidad, pero corre el rumor en ciertos círculos de que una vez trabajó en la Torre. ¿Cómo si no conocería los apetitos de tantos vampiros?

—En ciertos círculos… —dijo Honor, que puso la mano en el hombro a Dmitri para recordarle que no merecía la pena perder otro pedazo de alma por Jewel—. ¿Cuáles?

Bastó una sonrisa de Dmitri para que la vampira dijera tres nombres.

Después de quince minutos más de interrogatorio, quedó claro que no sabía nada más. Aunque Dmitri no había vuelto a ponerle la mano encima, la vampira estaba como petrificada; le castañeteaban los dientes y no paraba de mover los ojos hacia los lados.

Por un instante, Honor sintió lástima por ella.

—Basta, Dmitri.

El vampiro se movió a una velocidad sobrehumana y le rompió el cuello a Jewel antes de que esta tuviera la oportunidad de coger aire o gritar.

—No está muerta —dijo después de hacerlo—. Con su fuerza, lo único que la mataría sería la decapitación. Veneno la llevará a casa de Andreas en el helicóptero.

—Creí que la idea de que la torturaran haría que me sintiera mejor —dijo Honor, desconcertada por la brutal rapidez del castigo—, pero no es así.

—No podemos mostrar piedad. —Eran las palabras de un ser que había contemplado el paso de muchos siglos y ríos de sangre empapando la tierra—. Si se corriera la voz de que nos limitamos a llevar a cabo ejecuciones limpias, los Convertidos perderían el miedo que les impide hacer cosas como estas más a menudo. —Envió un mensaje a Veneno mientras hablaba—. Para los antiguos, la muerte no es una amenaza. Pero el dolor… Todo el mundo teme el dolor.

Honor lo entendía, y desde luego no sentía ningún tipo de lealtad hacia Jewel, pero aun así…

—Me parece tan…

—¿Inhumano? —Esbozó una sonrisa siniestra—. Nosotros no somos mortales, Honor. Nunca lo seremos.

La cazadora se preguntó si le estaba haciendo una especie de advertencia. Si ese era el caso, resultaba innecesaria.

—Siempre te he visto tal como eres, Dmitri. —Estaba segura de que había algo más en él, pero aquella faceta de su oscuridad estaba tan integrada en su naturaleza que resultaba imposible ignorarla.

En ese instante comenzó a oírse el ruido de las aspas del helicóptero. Veneno aterrizó unos instantes después. El vampiro soltó un silbido al ver la carnicería, pero no dijo nada. Se limitó a recoger el cuerpo de Jewel Wan y a meterlo en el helicóptero con la misma delicadeza que si se tratara de un saco de patatas.

—¿Queréis dar un paseo?

—No, iremos en el coche.

Veneno miró a Honor con expresión valorativa, pero se subió al helicóptero sin decir nada y se elevó en el aire.

Dmitri y ella dejaron las limusinas donde estaban y regresaron juntos al coche de alquiler. Un par de llamadas más tarde, Dmitri había arreglado la desaparición de los coches y de los guardias.

—¿Qué les pasará a ellos? —le preguntó la cazadora.

—Siempre que demuestren que no sabían lo que hacía Jewel, a los dos que no me amenazaron con un arma no les pasará nada. El otro sufrirá un castigo. —Sus ojos se clavaron en ella durante un instante—. Al desobedecerme, desobedeció a Rafael. Y eso no se puede permitir.

Si pasaran por alto cosas así, muchos de los Convertidos romperían sus contratos, se rendirían a la sed de sangre y comenzarían a cazar presas vivas.

—¿Conoces los tres nombres que te dio Jewel?

—Sí. Forman parte del mismo círculo social que ella y los demás.

—Es tan zorra que podría haber incluido un nombre que no esté involucrado solo por despecho.

—Lo averiguaremos muy pronto. He dado órdenes de vigilarlos. Los llevarán a la Torre mañana por la mañana para interrogarlos.

—Solo quiero acabar con esto —dijo Honor después de un largo suspiro. Quería seguir con la vida que había decidido vivir.

—Lo harás.

Sentada en el asiento del acompañante, Honor contempló el paisaje que dejaban atrás mientras Dmitri la consolaba con una esencia sensual e irresistible a base de chocolate y pieles. El movimiento del coche resultaba relajante, y la arrulló hasta que se quedó dormida.

«—Eres mi esposa.

—Y tú eres un hombre celoso. —Se enterró las manos en el pelo y soltó un suspiro—. Si hay alguien con motivos para tener celos soy yo.

—Sabes que jamás tocaría a otra mujer.

—¿Y crees que yo sí tocaría a otro hombre?

Silencio y un rostro lleno de sombras.

—Otros hombres te desean.

Ella sacudió la cabeza y extendió el brazo para acariciarle la mejilla, cubierta de barba incipiente.

—No soy ninguna belleza.

Él le rodeó la muñeca con los dedos y le colocó la otra mano en la cintura.

—Tú no lo ves, pero yo soy un hombre y me doy cuenta.

En ocasiones se preguntaba cómo era posible que él la quisiera, aquella criatura tan hermosa a la que todas las mujeres del pueblo miraban con admiración. Parecía que supieran cómo se movía cuando estaba dentro de una mujer, cómo jugaba con el cuerpo femenino hasta que una estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él deseara. Pero estaba segura de que no lo sabían. Porque él la había esperado, a pesar de que su cuerpo exigía satisfacción y sin duda había recibido ofertas de mujeres que no honraban a sus esposos.

—Tú eres mi corazón —le dijo al tiempo que le cogía la mano para colocársela sobre su órgano palpitante—. Daría igual que otro hombre me hiciera un millar de promesas, porque soy tuya.

—¿Para siempre?»

—Para siempre.

—Honor…

Hizo caso omiso de la voz masculina que intentaba sacarla del mundo de los sueños y luchó con todas sus fuerzas para aferrarse a él… porque la mujer que era en aquel lugar neblinoso amaba y era amada con tal intensidad que resultaba incluso aterrador.

—Honor… —Sintió una caricia de orquídeas y oro. Decadente, exuberante, provocadora.

Se incorporó de golpe en el asiento y descubrió que ya estaban en el garaje que había bajo su edificio.

—Me he quedado dormida.

En un coche. Con un hombre. No, con un vampiro.

—Estabas sonriendo.

—Solo era un sueño. —Uno tan vivido que casi podía sentir la barba incipiente de la mandíbula de su amante en la palma de la mano—. ¿Tú sueñas?

Dmitri aparcó el todoterreno y luego estiró el brazo para deslizar un dedo por las líneas que se le habían marcado en la mejilla mientras dormía.

—En sueños, recuerdo cosas ocurridas hace muchísimo tiempo.

Honor inclinó la cabeza hacia la mano que la acariciaba. Tenía una extraña sensación de déjà vu.

—¿Cosas buenas? —preguntó, pero la sensación se desvaneció tan rápido como había aparecido.

Las densas pestañas negras del vampiro descendieron un instante antes de alzarse de nuevo.

—Hay ocasiones en las que ni siquiera los buenos recuerdos son bienvenidos. —Sus palabras parecían distantes, pero no rompió el contacto.

Un instante después los faros de un coche iluminaron el garaje, destruyendo la intimidad del momento… aunque ninguno de ellos se movió.

—Sube conmigo.

Unas semanas atrás ni siquiera se habría planteado formular una invitación así. Pero en aquel entonces era una mujer muy diferente.

Dmitri le acarició la barbilla con el pulgar antes de apartar la mano, pero Honor no necesitaba palabras para interpretar la siniestra pasión que veía en sus rasgos. De pronto, los labios del vampiro esbozaron una sonrisa sensual, erótica y tentadora.

Honor, que sentía el pulso descontrolado en la garganta, salió del coche y lo guió hasta los ascensores, consciente en todo momento de las hebras de esencia que él tejía a su alrededor. Puesto que no era lo bastante susceptible para que la obligaran a nada, se permitió disfrutar de la deliciosa sensación.

El vampiro recibió una llamada justo antes de entrar en el apartamento. Honor no consiguió enterarse de nada, pero él le contó los detalles en cuanto colgó.

—Veneno me ha confirmado que dos de los nombres que nos dio Jewel ya se encuentran bajo vigilancia. Está rastreando al tercero. —Dejó el teléfono móvil en la mesita de café y añadió—: Creo que por el momento será mejor que nos limitemos a vigilarlos.

Por más satisfactorio que fuera precipitar las cosas, lo de la vigilancia continuada tenía más lógica.

—Llamé a Sara para decirle lo que averiguamos sobre una posible segunda víctima. Todo el personal del Gremio está avisado.

También le había enviado un mensaje a Ashwini, y se había quedado mucho más tranquila al saber que su mejor amiga trabajaba en un caso con Demarco. Sería muy, muy difícil atrapar a dos cazadores.

Dmitri asintió con la cabeza.

—Me aseguraré de que Veneno mantenga informada a la directora del Gremio. —Se acomodó en el sofá e hizo un gesto con el dedo índice—. Ven aquí.

Honor se quitó el calzado y los calcetines y estiró la espalda con languidez, tanto para aflojar la tensión de los músculos como para complacer a Dmitri, que la observaba con abierta admiración. Una vez que se estiró bien, le devolvió el favor. Había muchas cosas deliciosas que admirar en él. Vaqueros negros, un cinturón sencillo con una hebilla gastada, una sencilla camiseta negra… aquel tono austero resaltaba aún más su intensa sensualidad.

Ninguna mujer lo echaría a patadas de su casa, y mucho menos de su cama, pensó Honor.

Avanzó por la alfombra para situarse entre sus piernas.

—Perderé los papeles —le dijo. Le hería el orgullo admitir algo así, sin embargo la otra opción era ocultarlo, y Honor no quería volver a ser una conejita asustada, como la llamaba Dmitri.

Él señaló la cartuchera del hombro y las fundas de los cuchillos.

—Quítatelas.

Desde el secuestro, Honor llevaba armas encima en todo momento, tanto despierta como dormida: bajo la almohada, escondidas a un lado de la mesita de noche, en la parte de atrás del cabecero… La idea de deshacerse deliberadamente de todas ellas en compañía de un vampiro tan poderoso como Dmitri hizo que se le desbocara el corazón, que se le secara la boca y que se le cerrara la garganta.

—¿Quieres conservar un cuchillo? —preguntó él en un murmullo grave.

Honor lo pensó con seriedad mientras dejaba la pistola y el arnés para dejarlos en la mesita de café. Los siguientes fueron la funda del muslo, la linterna que llevaba a la espalda y la afiladísima daga que guardaba en el cinturón. Lo dejó todo, incluido el cinturón, junto a la pistola. Dmitri la miró intrigado cuando se llevó el brazo a la espalda y sacó un largo cuchillo de una vaina oculta; la hoja tenía la anchura de la uña de su dedo meñique. La única daga que le quedaba era la de la funda del brazo.

Al tocarla, miró a la criatura peligrosa y sensual que estaba en el sofá. Cuando pensó en cortarlo de nuevo… notó una sensación de rechazo tan intensa que la habría desconcertado de no ser porque con Dmitri ya había tenido un montón de reacciones inexplicables.

—Nada de armas —dijo mientras dejaba el último cuchillo en la mesa—. Dame las tuyas.

Tanto si era un vampiro como si no, Honor sabía que podría utilizar las armas de Dmitri contra él.

Él empezó a entregárselas y a Honor le llegó el turno de contemplarlo. Una vez que ambos acabaron, el montón de cuchillos y pistolas que había encima de la mesita de café parecía una armería.

—Creo que tenemos un problema, Dmitri.

—Todavía no he acabado. —Desabrochó la hebilla del cinturón y empezó a quitárselo.

Honor bajó la mirada. Quizá fuera porque tenía los ojos vendados mientras Tommy y los demás la torturaban, pero no tenía problemas para admirar un buen cuerpo masculino. Y el de Dmitri… Qué maravilla…

—¿Es como el mío? —preguntó mientras lo acariciaba con la mirada. La camiseta negra se tensaba sobre unos abdominales duros como piedras.

—Echa un vistazo.

Honor cogió el cinturón y vio el delgado alambre incrustado en el cuero. Podría sacarlo de un tirón y utilizarlo como un estrangulador letal.

—Muy listo.

—Me lo dio Illium hace un par de años.

—No me parece propio de él… —deslizó los dedos por el cuero, suavizado por el uso—, pero conozco a muchos cazadores que también parecen inofensivos.

—Deja el cinturón, Honor. —Esbozó una sonrisa sexy—. A menos que pienses utilizarlo.

Con un nudo en el estómago, Honor soltó el cinturón y volvió a situarse entre sus piernas abiertas.

—Creí que te gustaban las correas y las cuerdas.

Cuando se inclinó hacia delante y le subió la camiseta, Dmitri no cambió de posición. Parecía un pachá esperando a que lo sirvieran. La piel de su abdomen tenía el mismo tono bronceado que el rostro.

—¿Toda tu piel tiene el mismo tono?

—Solo hay una forma de que averigües la respuesta.