15
—Todavía no.
Dmitri fijó la vista en el pene del hombre, arrugado y encogido a causa de la muerte. Un hombre normal no se habría paseado por ahí con la polla fuera. Sin embargo, dado que Pesar no recordaba nada, no había forma de saber si había hipnotizado al humano a fin de que este se acercara lo suficiente para matarlo o si solo se había defendido.
Fue entonces cuando Honor se puso en pie con una sonrisa en la cara.
—Creo que sé quién es. —Le pasó su Smartphone.
Dmitri lo cogió y echó un vistazo al artículo sobre Rick Hernández, un violador en libertad condicional. La foto del arresto se había publicado siguiendo la política del periódico de alertar a los vecinos sobre los delincuentes sexuales que rondaban por las cercanías. Tras leer más a fondo el artículo, descubrió que lo habían condenado por atacar a dos mujeres de baja estatura y de ascendencia asiática.
Le pasó el teléfono a Pesar y vio que ella empezaba a temblar.
—Yo me encargaré de esto —aseguró Dmitri. Acarició con delicadeza el cabello de la joven y sintió que algo dentro de él se rompía y volvía a recomponerse—. Veneno te llevará a casa.
—Veneno no está aquí y yo sí —dijo Honor—. Dame las llaves del coche.
—Pesar no es humana.
—El hecho de que le haya roto el cuello a un hombre que le dobla el tamaño ya me lo ha dejado claro. —Cruzó los brazos, pero no había vestigios de agresividad en sus ojos llenos de misterio. Lo único que Dmitri vio en ellos fue una fuerza serena y una inexplicable ternura que le atravesaba el corazón y lo hacía sangrar—. Estoy armada, y ella es joven.
—Quédate con ella hasta que llegue Veneno. —Dmitri le arrojó las llaves del coche.
En lugar de esquivarlo rodeando el cadáver del asaltante de Pesar por el otro lado, la cazadora se acercó tanto a él que los dorsos de sus manos se rozaron. Era la primera vez que Honor hacía un esfuerzo consciente por tocarlo.
El cuerpo de Dmitri estalló en llamas.
Honor no tardó mucho en llevar a Pesar a casa.
—Vamos —le dijo a la joven, que permanecía sentada, totalmente muda y abatida, como una marioneta con las cuerdas rotas.
Honor se veía reflejada en ella, en la persona que era antes de que Sara la llamara… antes de Dmitri. Aún sentía en la piel el calor del vampiro, y se preguntó si él sabía lo que significaba para ella que la necesidad de tocarlo fuese más intensa que las cicatrices que le había dejado el secuestro.
—Entremos y tomemos un té —añadió mirando a la chica.
—No tengo té. —Hizo una pausa. La mirada triste y vidriosa de Pesar se alzó un poco, como si luchara por librarse del shock—. Pero tengo café.
—Eso servirá.
Los movimientos de Pesar todavía eran torpes y descoordinados cuando comenzaron a avanzar hacia la casa. Una vez dentro, aquella mujer que no era del todo humana empezó a preparar el café con gestos breves y rápidos.
—Uram —dijo sin previo aviso—. Yo fui una de sus víctimas. —Metió el café molido en la cafetera y llenó el recipiente del agua—. Nos atrapó cuando íbamos al cine.
Según los medios, el arcángel Uram había acudido a Nueva York para intentar apoderarse del territorio de Rafael. Sin embargo, si no le fallaba la memoria, se habían oído rumores de que Uram tenía algo que ver con una serie de desapariciones ocurridas en la ciudad en esa misma época. No obstante, aquellas especulaciones murieron en el instante en que se encontró un sospechoso más viable. Nadie quería creer que un arcángel pudiera volverse tan loco.
—Fuiste la única superviviente —conjeturó Honor.
—Sí. —Soltó una risa tan amarga como el café que caía en el recipiente de cristal de la encimera—. Aunque no tengo claro si a esto se le puede llamar sobrevivir. No siempre fui Pesar. —La cafetera se apagó tras su enigmático comentario. La joven sirvió una taza y la deslizó hasta Honor antes de ponerse otra para ella—. Nunca antes había matado a un hombre.
Honor dio un sorbo del líquido caliente antes de responder. Se sentía muchísimo mayor que aquella chica, a pesar de que la diferencia real no era de más de seis o siete años.
—Matar te arrebata algo —dijo, porque sabía que Pesar no necesitaba mentiras—. Algo que nunca recuperas.
La primera persona a la que Honor había apuñalado había sobrevivido, pero nunca olvidaría la sensación del cuchillo deslizándose a través de la carne y la grasa, el intenso aroma del hierro en el aire.
—Sin embargo —continuó—, a veces es necesario matar a algunas personas. —Aquel hombre pretendía abusar de ella… Honor se había percatado de sus intenciones al ver la sonrisa amarillenta que había esbozado el tipo en cuanto se marchó la trabajadora social.
Su «padre» de acogida había tenido la poca vergüenza de llamar después a la policía exigiendo a gritos que la arrestaran. Sin embargo, el detective, un fumador compulsivo, se había concentrado en el hecho de que la «víctima» había sido apuñalada a las tres de la madrugada en el dormitorio de una niña. En ocasiones, el sistema funcionaba.
Se oyó una breve llamada a la puerta seguida de unos pasos firmes que se adentraban en la casa. Era el vampiro al que nunca había visto sin gafas de sol. Llevaba otro impecable traje negro, aunque esta vez la camisa tenía un tono gris metálico.
—Así que estás aquí, Pesar. —Fue un comentario casi amable, con tan solo un leve matiz de burla—. Parece que voy a tener que vigilarte más de cerca.
Tras guardar la pistola en la funda, Honor observó al vampiro, que se estaba quitando las gafas. Aquellos ojos de color verde intenso y de pupilas rasgadas eran los de una víbora.
—Vale —dijo sin dejar de mirarlo fijamente—, esto sí que no me lo esperaba.
Debían de ser auténticos, y de ahí que llevara siempre las gafas. Pero aun así, a su cerebro le costó bastante asimilar lo que veía.
El vampiro esbozó una sonrisa lánguida. Su piel canela oscuro insinuaba una calidez que no encajaba con sus ojos, pertenecientes a una criatura de sangre fría. Sin embargo, las palabras que le dirigió a Pesar fueron despiadadas.
—La próxima vez que escapes de los guardias, te buscaré una celda bonita y confortable en alguna parte. O quizá una jaula sea lo mejor.
La joven frunció los labios en una mueca antes de arrojar la taza de café a medio terminar hacia la cabeza del vampiro.
—Muérdete el culo, Veneno.
El vampiro sorteó el proyectil con un rapidísimo movimiento reptiliano y soltó un siseo cuando la taza se estrelló contra la pared y el café salpicó su perfecto traje. Honor ya lo estaba apuntando con la pistola antes de que se incorporara tras agacharse para esquivar la taza.
—Basta—dijo, dirigiéndose a ambos—. Pesar, limpia todo ese estropicio. Veneno, lárgate de aquí.
En el rostro del vampiro, que en esos momentos estaba cubierto en parte por varios mechones de cabello negro y que resultaba asombrosamente atractivo a pesar de su «peculiaridad», mostró una sonrisa.
—Una pistola de juguete no te servirá de nada.
Honor ni siquiera lo vio parpadear, pero de pronto Veneno se encontró delante de ella, y sus dedos, largos y fuertes, estuvieron muy cerca de sus costillas.
Aquello fue demasiado.
Apretó el gatillo.
El ruido resultó ensordecedor en aquel reducido espacio, y el grito de Pesar resonó en las paredes. Veneno se agachó aferrándose el muslo. Tras guardarse la pistola en la funda, Honor cogió de nuevo la taza de café, sorprendida por su propia calma.
—No se te ocurra tocarme. Jamás.
El vampiro compuso una mueca y apoyó la espalda en la pared, todavía agachado, sin dejar de aferrarse el muslo. La sangre que manaba de la herida habría sido una promesa de muerte para cualquier mortal.
—¿Sabes cuánto cuesta este puto traje?
Al otro lado de la encimera, Pesar se inclinó sobre el fregadero con las mejillas sonrojadas.
—Quiero aprender a hacer eso —dijo con los ojos clavados en Honor—. Quiero aprender a defenderme.
El vampiro, que ya había empezado a curarse, soltó un resoplido.
—Según he oído, te has defendido muy bien hoy, gatita. —El gruñido de Pesar reverberó en la estancia—. Deberías haberle arrancado las pelotas antes de matarlo, ¿sabes? —dijo Veneno con tono pensativo—. Eso duele una barbaridad.
Honor esbozó una sonrisa.
—Buen consejo. —Dejó la taza en la mesa mientras Pesar limpiaba el café derramado.
La chica fulminó a Veneno con la mirada cuando el vampiro cogió un trozo de taza para dárselo.
—No estaba consciente —dijo la joven después de un rato—. No sé cómo lo he hecho… No soy más que una niñata estúpida.
Ninguna mujer debería estar indefensa jamás, pensó Honor. Una idea que surgió de un recóndito lugar de su mente.
—Yo te enseñaré —le dijo, y fue una decisión que no le hizo falta meditar.
Veneno se incorporó, aunque seguía sin apoyar mucho peso en la pierna herida.
—¿Seguro que te merece la pena malgastar tu tiempo? Lo más seguro es que Pesar viva muy poco…
Tras tirar a la basura los pedazos rotos que había recogido, la chica le dirigió a Veneno una mirada escalofriante. Una delgada línea verde resplandecía alrededor del iris castaño de sus ojos.
—Algún día —dijo con una voz tan serena como un lago de alta montaña— te romperé el cuello. Y luego te lo arrancaré con una sierra, para poder disfrutar un buen rato.
Veneno esbozó una amplia sonrisa.
—Sabía que tenías agallas, gatita.
Dmitri se encargó del incidente de Hernández, y ya estaba en su despacho cuando Honor aparcó el Ferrari en el garaje de la Torre. Al verla entrar en la sala, rebosante de poder femenino y fuerza seductora, casi no pudo recordar a la mujer aterrada y abatida que conoció el primer día. Con todo, aquel terror aún vivía dentro de ella… Había percibido su sabor rancio en el aire mientras le acariciaba la nuca aquella misma mañana.
—¿Y Pesar?
—Lo lleva mejor de lo que me esperaba. —Le dirigió una mirada incisiva—. Veneno es increíblemente inteligente.
—Forma parte de los Siete por una buena razón. —Dmitri extendió sobre el escritorio unas cuantas impresiones a color y le hizo un gesto para que se acercara—. Acabo de recibir un correo electrónico del hombre a quien ordené investigar la cabaña de Tommy. —Las imágenes hablaban por sí solas.
El cuerpo de Honor rozó el suyo cuando la cazadora se situó de pie a su lado. Dmitri se preguntó si ella se habría atrevido a acercarse tanto si supiera lo mucho que le costaba no inclinar la cabeza y besar la delicada piel de su nuca. Estaba seguro de que sabría a sal y a flores silvestres. Su feminidad era como el canto de una sirena para el hombre que se ocultaba tras una fachada civilizada.
—Su atacante—dijo ella, concentrada en la foto en la que aparecía la cabeza de Tommy clavada en la puerta principal de la cabaña como si fuera un trofeo de caza— quería cerrarle la boca.
—Literalmente. —Satisfecho con la idea de que algún día sería suya, Dmitri apartó la mirada de la piel vulnerable que tenía tan cerca y dio unos suaves golpecitos en la imagen con el dedo—. Le cortaron la lengua.
El cuerpo de Honor se apretó un poco más contra el suyo cuando se inclinó para coger otra fotografía.
—El lugar está cubierto de sangre.
Envolverla con una voluta de esencia tan intensa y embriagadora como el brandy fue para él tan natural como respirar.
—He enviado a un equipo a investigarlo.
—Dmitri… —lo riñó con voz ronca aunque calmada—. Yo estoy lista, así que podemos ir cuando quieras…
—Estás agotada. —El vampiro se fijó en los círculos negros que había bajo sus ojos, en su palidez, y sintió una fría oleada de ira—. Si hoy te encontraras con alguno de ellos, acabarías siendo su mascota de sangre otra vez.
Las mejillas de Honor se ruborizaron.
—Tal vez puedas darle órdenes a toda la gente que te rodea, pero ni se te ocurra intentarlo conmigo.
A algunos hombres les gustaban las mujeres que se sometían; a otros, las que se rebelaban. Dmitri no tenía preferencias en ese sentido. Lo contrario significaría que le importaban las féminas más allá de una efímera relación sexual. Sin embargo, a Honor quería desnudarla en más de un sentido, desentrañar el misterio que suponía para él.
—Bastaría una llamada —murmuró sin apartar la vista de las curvas llenas de sus labios en una provocación deliberada— para que Sara te declarara incapacitada para este trabajo.
La boca que contemplaba se cerró con fuerza.
—¿Crees que eso me detendría?
—No. Pero sí el hecho de que no sabes dónde se encuentra la cabaña de Tommy. —Esbozó una sonrisa al ver la expresión pensativa de Honor. La cazadora tenía un rostro de lo más expresivo. Nunca sería capaz de ocultarle nada al hombre que supiera cómo interpretarlo—. Y no te molestes en pedirle a Vivek que lo descubra a menos que quieras que se convierta en un invitado permanente de la Torre.
—¿Ahora me amenazas, Dmitri? —En cierto modo, era una pregunta íntima, ya que había pronunciado su nombre de una forma tan perfecta que casi parecía una caricia.
—Siempre has sabido que no soy un tipo agradable —replicó él. Deseaba escuchar esa voz en la cama, en el cálido arrullo de una noche cuajada de placeres—. Vete a casa. Duerme. Sé una buena chica —se acercó lo suficiente para que sus alientos se mezclaran, tanto que habría bastado inclinar un poco la cabeza para besarla—, y te permitiré acompañarme en el helicóptero mañana por la mañana.
—Si lo que me contaste sobre Isis no era una patraña —dijo Honor, cuya voz vibraba con la fuerza de las emociones contenidas—, sabes exactamente cómo me siento ahora. Lo sabes.
Dmitri no tuvo piedad al responder.
—También sé que si esos cabrones se te escapan porque estás demasiado débil, los remordimientos te arrancarán más sangre que cualquier posible herida.
Honor cruzó los brazos y se acercó a la ventana.
—¿Tú podías dormir?
No era una pregunta lógica. No tenía nada que ver con la razón.
—No —respondió el vampiro al tiempo que se situaba tras ella. Era peligroso, musculoso, inamovible—. Pero yo no era mortal. —Su voz carecía de emociones.
Isis, pensó Honor, le había hecho algo mucho peor a Dmitri que convertirlo y acostarse con él.
—He venido para decirte —sentía una cólera profunda e inexorable que no tenía nada que ver con su pelea, y todo con un ángel muerto hace mucho— que he descifrado el tatuaje cuando regresaba de casa de Pesar.
Se dio la vuelta y clavó la vista en aquel rostro sensual que la había atormentado desde la primera vez que lo vio. Sabía que no había manera de protegerlo de aquello, pero sentía la desesperada necesidad de intentarlo, tanto que era una agonía desgarradora en su interior.
—Dice: «Para recordar a Isis. Un regalo de homenaje. Para vengar a Isis. Un ensañamiento de sangre». Está claro que alguien quiere vengar la muerte de un monstruo.
Honor no subió a su apartamento cuando llegó al edificio. Sus emociones eran un caleidoscopio de pedazos rotos: furia, dolor, irritación, una extraña y profunda desolación… y una necesidad que parecía hacerse cada vez más fuerte. Pensó que era posible que Ashwini aún estuviera en la ciudad, así que llamó a la puerta de la otra cazadora, que la invitó a tomar un helado y a ver una película.
—Hepburn —dijo Ashwini mientras hundía la cuchara en el cubo de helado de menta con pepitas de chocolate que habría defendido a muerte si a Honor se le hubiese ocurrido mirarlo con ojos codiciosos—. Un clásico.
Verse obligada a esperar para continuar la caza hacía que la frustración la reconcomiera por dentro, pero debía reconocer que Dmitri tenía razón. Estaba agotada y tenía la mente embotada después de varias noches de pesadillas. Así pues, cogió del congelador el helado de vainilla y nueces pacanas, que era su favorito, dejó las botas en la puerta y se acomodó en el confortable sillón que su amiga tenía desde que la conocía.
—Esta ya la hemos visto.
—Me gusta.
—¿Por qué estás en pijama? —La otra cazadora llevaba puesta una vieja camiseta gris y unos pantalones de felpa desgastados con un estampado de ovejitas que bailaban—. Son las dos de la tarde.
—Hoy estoy de vacaciones.
No se oía nada salvo los ruidos de disfrute del helado y las conversaciones de los actores de la pantalla. Muchos se habrían sorprendido al ver lo tranquilo que era pasar el rato con Ashwini. La gran mayoría no la había visto nunca sin la espinosa armadura emocional que Honor había identificado desde el principio, cuando se conocieron en un bar del Gremio situado en Ivory Coast. La gente no se daba cuenta de que era una persona muy tolerante, de las más tolerantes que ella hubiese conocido jamás. Defectos, cicatrices… nada asustaba a Ash.
—No te vas a creer lo que ha hecho Janvier esta vez —dijo Ash mientras llenaba otra cucharada de menta y chocolate.
—No puede ser muy malo, ya que no me has invitado a su funeral.
Ashwini y el vampiro de dos siglos mantenían una relación muy complicada.
Ash estiró el brazo hasta el otro lado de la mesa y cogió una cajita para pasársela a Honor. Contenía un asombroso colgante con un zafiro de talla cuadrada engastado en platino. El engaste estaba algo mellado, y quizá un poco descentrado… como si la persona que lo hubiese enviado supiera que las cosas demasiado perfectas no encajaban con Ash.
Un punto para ti, cajún, pensó Honor.
—¿Piensas ponértelo?
—Con eso solo conseguiría darle alas.
—Ah, entonces ¿te parece bien que le pida una cita? —bromeó—. Está como un tren, cher.
—Qué graciosa… —Ash la apuntó con la cuchara—. Háblame de Dmitri.
Estaba claro que su mejor amiga lo había adivinado.
—Me siento como una polilla atraída por la luz del fuego.
El contacto le dolería, podría resultar letal, pero no podía detenerse. No sabía si era una obsesión o una compulsión; lo que sí sabía era que acabaría en la cama de Dmitri antes de que aquel asunto terminara… o uno de los dos derramaría la más oscura de las sangres.