17

—¡Nicholas!

Honor alzó la cabeza al escuchar su nombre y vio a un enorme policía negro con una particular barba incipiente salpicada de canas que parecía ser una de sus señas de identidad.

—Santiago —dijo. Había trabajado con él en un caso un par de años antes, una de las pocas veces que le habían asignado un trabajo en Manhattan—. ¿Qué tienes?

—Esto.

Pasó bajo la cinta amarilla del escenario del crimen y se agachó junto a un cadáver situado a caballo entre la acera y la calle. Levantó la lona que cubría a la víctima y le hizo un gesto con la cabeza para que ella se acercara a verlo.

—Parece que le haya atacado un perro —señaló Honor.

El cuerpo de la víctima, un hombre joven, parecía desgarrado a mordiscos.

Santiago soltó un gruñido.

—Sí, pero da la casualidad de que los únicos lugares donde lo han mordido son el cuello y la parte interna del muslo.

La carótida y las arterias femorales.

Honor se inclinó más para examinar ambas heridas. La víctima tenía los pantalones bajados hasta los tobillos, pero todavía conservaba los calzoncillos, así que el ataque había sido por sangre. Aunque su atacante había desperdiciado un montón, a juzgar por el charco formado en torno al cadáver.

—No soy forense, pero me da la impresión de que la herida es demasiado fea para asegurar que ha sido cosa de un vampiro.

Las marcas de colmillos se habían perdido en medio de la carne desgarrada.

—Un cazador nato podría determinar la esencia de la piel —añadió Honor un momento después—, y ver si existe algún rastro vampírico. No sé con seguridad si Elena está en la ciudad, pero Ransom sí. Llamaré al Gremio para averiguar si alguno de ellos puede pasarse por aquí. —Nada encajaba en aquel escenario. Cualquier observación que pudiese realizar otro cazador sería bienvenida—. Las salpicaduras de sangre indican claramente que fue asesinado aquí —murmuró un instante después de realizar la consulta—. Seguramente de noche.

—Sí, pero los negocios de esta calle abren casi todos de día. No hay restaurantes, y tampoco bares —señaló Santiago, cuyas cejas canosas habían formado un ceño pronunciado sobre sus ojos castaños—. El personal del bar se marchó después de limpiar, sobre las tres y media, según el gerente a quien acabo de despertar. La lavandería que hay calle abajo abre a las seis y media. Dada la hora a la que llamó nuestro testigo anónimo para denunciar la presencia del cadáver, apostaría a que esto ocurrió entre las cuatro y las cinco.

—Antes de que amaneciera. —Honor asintió con la cabeza—. De lo contrario, habría habido unas cuantas personas en el paso subterráneo.

—Así es. Haré que mis hombres peinen la zona mañana por la mañana, a ver si podemos detener a alguno de los transeúntes habituales. —Levantó la vista para contemplar las sombras que volaban sobre ellos.

Un instante después, un ángel aterrizó cerca de donde se encontraban. Sus alas poseían una maravillosa gama de tonos que empezaba por un negro extraordinario y continuaba por el azul medianoche y el índigo, y luego se degradaba hasta adquirir un color que a Honor le recordaba el del amanecer. Las últimas plumas eran de un esplendoroso blanco dorado. Alta, con un cuerpo musculoso y esbelto, Elena poseía la clase de elegancia que solo se adquiría cuando uno sabía cómo enfrentarse a oponentes más grandes y más rápidos.

Honor había visto algunas fotos suyas, por supuesto, pero comprobar que una de sus compañeras cazadoras tenía alas resultaba surrealista.

—Sé que me he quedado mirándote embobada, Elena… —dijo para romper el silencio—, pero ¡es que tienes alas!

Elena se echó a reír. Sus ojos parecían plateados bajo aquella luz, y su cabello platino estaba recogido en una trenza de espiga.

—Yo misma me sorprendo a veces cuando me despierto —aseguró, aunque su expresión perdió la alegría cuando se volvió hacia Santiago—. Comprobaré si hay alguna esencia.

Aquellas alas increíbles se extendieron sobre el suelo sucio cuando se arrodilló sobre el asfalto, aunque Elena no pareció preocuparse. Retiró la lona que cubría el cuerpo para examinar primero el cuello y luego la herida del muslo.

—Ninguna de las esencias es vampírica. —Su voz sonaba segura—. Me esperaba algo más fuerte, dado el tiempo que el atacante pasó con la víctima. —Levantó la vista para observar a Honor, y la piel dorada de su frente se llenó de arrugas—. Este tipo es muy extraño. Un humano con dientes afilados, ¿quizá?

Dientes afilados.

Era la pista que el cerebro de Honor necesitaba. Recordó el artículo de un informativo del Gremio que había leído mientras estaba en el hospital.

—Santiago, ¿podríamos moverlo un poco para echarle un vistazo a la parte de atrás del hombro derecho?

—Claro, no hay problema.

El detective metió las manos enguantadas por debajo del cadáver y lo colocó de lado. Elena se puso los guantes a toda prisa para poder ayudar a sostener el cuerpo mientras Honor le subía la camiseta. Ni el policía ni la cazadora alada dijeron una palabra, pero Honor podía saborear la tensión en el aire.

Decidió fingir que no había notado que tenían un problema privado y desnudó el hombro de la víctima.

—Mierda, en realidad esperaba no encontrar esto.

Dos cabezas se acercaron para examinar su descubrimiento. Era un pequeño tatuaje en el que aparecía una letra V dentro de un anillo del que salían un par de alas.

Elena frunció el ceño.

—No me suena de nada.

—La edición del noticiario del Gremio en la que aparecía este tatuaje salió mientras a ti te crecían las alas.

—¿De verdad lees el noticiario? Creí que la gente como tú era una leyenda urbana.

—Digamos que solo le eché un rápido vistazo —dijo Honor con una sonrisa auténtica—. Por lo visto, este «movimiento» —señaló el tatuaje con el dedo— se originó en Londres. Y parece que ya ha atravesado el Atlántico.

Santiago dejó el cadáver en el suelo una vez más y se incorporó. Sus articulaciones crujieron como la leña seca.

—Háblame de esto.

Honor se puso en pie también mientras Elena plegaba las alas a la espalda y la imitaba.

—Mi información está desfasada, pero se trata de un grupo clandestino iniciado por adolescentes mayores y jóvenes de veintipocos. Imitan el «estilo de vida vampírico». —Hizo un gesto negativo con la cabeza y bajó la vista para contemplar el bulto que había bajo la lona, entristecida por la pérdida de una vida que apenas acababa de empezar—. La mayoría lo utilizan como excusa para practicar sexo.

—A esa edad, cualquier excusa para eso es buena —murmuró Santiago.

Honor nunca había sido tan joven, así que no podía imaginarse lo que era ser tan inocente.

—Sí, debería ser algo inofensivo… pero algunos de los miembros llevan las cosas más allá y beben la sangre de otros compañeros.

—Me tomas el pelo… —dijo Santiago.

—Me temo que no.

—Los vampiros pueden beber de los donantes porque sus cuerpos eliminan sin problemas cualquier posible afección que haya en la sangre —dijo Elena, cuyos ojos se habían oscurecido hasta adquirir el tono de una tormenta—. Estos chicos se la están jugando con muchas enfermedades.

—Si es que llegan a digerirla —señaló Honor, incapaz de ver el atractivo de una vida gobernada por la sangre.

Santiago echó hacia atrás los faldones de su chaqueta para apoyarse las manos en las caderas.

—¿Me estáis diciendo que deberíamos buscar vómitos?

Fue Elena quien respondió.

—Depende de cuánto bebieran, pero sí.

—Genial, eso les alegrará el día a los polis de uniforme, seguro.

—Es posible que algunos de estos chicos empiecen a creer que son vampiros de verdad —añadió Honor mientras Santiago llamaba a un oficial joven. El agente compuso una mueca al escuchar la orden, pero empezó a investigar alrededor del escenario—. Yo buscaría a los colegas de este muchacho. Parece que jugaba a ser el donante de alguien y que las cosas se les fueron de las manos.

—A juzgar por la localización de los mordiscos —dijo Elena—, yo apostaría a que el sexo tenía un papel importante.

Santiago se frotó la cara con una mano y la barba le raspó la palma.

—Sexo a la antigua usanza y violencia.

Honor estaba a punto de mostrar su acuerdo cuando su móvil empezó a vibrar para indicar la llegada de un mensaje.

—Perdonadme un momento. —Se alejó un poco, aunque todavía podía oír a Santiago y a Elena.

—Conseguí el arnés —dijo el policía con un tono brusco.

Elena guardó silencio un instante antes de responder.

—Yo tampoco esperaba verte.

—Ya, bueno… —Se oyó el ruido del roce de la ropa y de un zapato que era arrastrado sobre el asfalto—. Supongo que es cuestión de adaptarse… Los perros viejos aún pueden aprender unos cuantos trucos.

La contestación de Elena fue muy tranquila.

—Gracias.

Hubo una larga pausa.

—Este caso es lo último que necesito —señaló Santiago con su tono de voz normal—. El de ese asesino en serie nos está dejando sin recursos.

—¿El tipo que busca mujeres jóvenes mestizas?

—Sí. No han aparecido los cadáveres, pero el instinto me dice que están muertas.

Cuando Honor volvió a reunirse con ellos, la tensión había sido sustituida por una cautelosa familiaridad, la de dos personas que han trabajado muchas veces juntas intentando encontrar un nuevo punto de equilibrio. Los miró a ambos antes de empezar a hablar.

—Tengo que ir a la Torre.

El mensaje de Dmitri era breve: «Me he enterado de que ya estás despierta. Yo también. Vámonos».

Situada en medio de un bosque denso, la cabaña era un edificio encantador construido con troncos que tenía la típica mecedora en el porche. En esos momentos, la mecedora permanecía inmóvil, y el bosque estaba muy silencioso, como si ni siquiera las hojas se atrevieran a moverse. Daba la impresión de que hasta los árboles conocían el horror que había tenido lugar en aquella preciosa casa sacada de una postal.

En otoño, pensó Honor, el suelo estaría cubierto de hojas de todos los colores propios de la estación, pero estaban en plena primavera y las hojas brillaban verdes en lo alto. El cielo tenía un tono dorado, pero las densas copas de los árboles filtraban la luz, de modo que a la altura del suelo la atmósfera tenía un siniestro matiz grisáceo.

—Cuando era niña —le dijo al vampiro que caminaba junto a ella—, soñaba con ir de vacaciones a un lugar como este. Me parecía algo típico de las familias.

Dmitri la miró un instante. Sus rasgos tenían un aspecto más duro, más definido, bajo aquella luz.

—¿Alguna vez has intentado localizar a tus padres?

—No.

En la época en que había dispuesto por fin de los recursos suficientes para llevar a cabo la búsqueda, Honor ya sabía que no saldría nada bueno de ella, que no habría un final feliz. Sabía que no descubriría nada que borrara la soledad de su infancia y eliminara todos aquellos días de juegos y deportes escolares en los que había visto a los padres de otros chicos aplaudir y animar mientras ella permanecía apartada y fingía que no le importaba.

La decisión de no buscarlos no había llenado el vacío que había en su interior, pero le había permitido vivir la vida con libertad, sin atormentarse con ideas sobre lo que podría haber sido.

—¿Tú recuerdas todavía a tus padres? —le preguntó cuando llegaron a la cabaña.

Dmitri esquivó las manchas de sangre que alguien había dejado al arrastrar el cuerpo abatido de Tommy por la escalera, y echó un vistazo a las manchas similares que mostraba la mecedora.

—Fuera quien fuese quien ejecutó a Tommy —murmuró—, lo doblegó y lo interrogó después de dejar claro que cualquier tipo de rebeldía seria recompensada con dolor.

Era lo que el propio Dmitri habría hecho con un asno tan pomposo como Tommy. Puede que el vampiro hubiera sobrevivido cuatrocientos años, pero solo porque se había mantenido apartado de los depredadores y había jugado a ser el macho alfa con su pandilla de amigos, tan inútiles como él.

—Eso me hace preguntarme qué lo convirtió en un objetivo —añadió.

—Quizá incluyera a Evert en el juego sin permiso —dijo Honor, que tenía la mirada fija en la puerta donde habían clavado la cabeza de Tommy. Le habían metido en la boca un cuchillo largo que atravesaba la parte posterior del cráneo—. Me da la sensación que ese jueguecito era solo para los que recibían una invitación.

—De modo que, como esa segunda invitación no existía, lo más probable es que le hayamos salvado la vida a Evert. —De todas formas, no creía que el vampiro se sintiera agradecido por los largos años que viviría bajo los cuidados de Andreas—. Tengo una imagen clara de mis padres, tan nítida como si los hubiese visto ayer —dijo al tiempo que abría la puerta—. Quizá sea un efecto de la inmortalidad, pero algunos rostros nunca se olvidan.

«—¡Dmitri! —Risas, manos que empujaban su pecho—. ¡Pórtate bien o despertarás a Misha y al bebé!»

Había unos ojos de color verde oscuro conectados a los suyos mientras recordaba otros cálidos y castaños. El impacto fue mucho más intenso de lo que debería.

—Veo mucho dolor dentro de ti —susurró Honor—, mucha pérdida.

Dmitri no era un hombre acostumbrado a que leyeran sus emociones.

—No te engañes con respecto a mí, Honor —le dijo, porque aunque su intención era acostarse con ella, no quería conseguirlo con falsas promesas—. La parte humana que había en mí murió hace muchísimo tiempo. Lo que queda no se diferencia mucho de Tommy.

Cruzó el umbral y se fijó en la sangre que cubría las paredes, las alfombras y el suelo barnizado.

—Después de interrogarlo —dijo Honor a su espalda mientras recogía del suelo una PDA que, al parecer, alguien había aplastado con el pie—, el atacante trajo a Tommy aquí para jugar con él.

Para jugar, pensó Dmitri.

Sí.

Si aquello hubiese sido una simple ejecución, la cabaña no estaría llena de sangre oscura congelada. No habría rastros de manos ensangrentadas, ni en las paredes ni en el suelo.

—Le permitió creer que podría escapar. —Seguro que el pánico del vampiro se había intensificado al ver que lo torturaban de nuevo.

Dmitri aguardó para ver si sentía algún tipo de compasión. No fue así.

—Toma. —Se sacó diminuto estuche de plástico del bolsillo y se lo entregó a Honor en cuanto esta dejó la PDA destrozada—. Es una copia de la tarjeta de memoria. Mi gente la está analizando para revisar los datos.

La cazadora la cogió y se la guardó en el bolsillo de los vaqueros.

—Yo también la examinaré. Mi cerebro tiene un don para buscar patrones. —Examinó la estancia—. La violencia parece aleatoria, pero su objetivo era causar el mayor terror posible.

—¿Observaste este tipo de comportamiento en alguno de los vampiros que abusaron de ti? —preguntó Dmitri mientras observaba lo que parecía un clavo incrustado en la pared.

Honor se dio la vuelta, salió fuera y bajó la escalera que conducía hacia los árboles. Dmitri cerró la puerta de la cabaña y la siguió más despacio hacia el agradable ruido del agua. Cuando llegó a la orilla llena de piedras de un pequeño arroyo, vio que Honor se encontraba a un par de pasos a su izquierda.

Ese día llevaba una camiseta ajustada de color caqui con mangas hasta el codo, unos vaqueros ceñidos y unas botas viejas. Se veía sencilla, fuerte y hermosa. Pero incluso las mujeres más fuertes sufrían pesadillas que no podían dejar atrás en un día, ni tampoco en un año.

Dmitri se agachó sobre los guijarros sin decir nada, cogió uno y lo giró entre los dedos. El agua estaba clara y el aire fresco e impregnado del aroma de las hojas. El espacio despejado que había sobre el arroyo era lo bastante amplio para que la luz llegara brillante y el cielo tenía un asombroso tono azul. Era un lugar precioso en el que recordar la más horrible de las violencias.

—Isis —dijo mientras accedía a una zona de su memoria que se había vuelto polvorienta por el desuso— estaba acostumbrada a que la adoraran, a que la consideraran una de las mujeres más bellas del mundo.

Y lo era. Con una piel de exquisito color crema, un cabello dorado como el sol y unos hechizantes ojos broncíneos, Isis personificaba a la perfección la idea que los mortales tenían sobre la raza angelical. Hombres y mujeres habían corrido a verla cuando se detuvo en su pueblo. Aquella visita formaba parte de un organizado plan de venganza contra Rafael, pero Dmitri no lo descubrió hasta mucho más tarde.

«—¿Sabes cuál es mi crimen, Dmitri? —La voz de Rafael resonó en la fría cámara de piedra situada bajo el torreón—. Me oyeron decir que preferiría acostarme con una serpiente que con Isis.»

Vanidosa, cruel y muy inteligente, Isis no se había contentando con capturar y torturar a Rafael por aquel comentario absurdo. No, había intentado corromper a sus amigos mortales para que se sumaran a la causa contra el arcángel. Había elegido a Dmitri porque la amistad de Rafael con su familia se remontaba varias generaciones atrás.

Y fue entonces cuando conoció a Dmitri.

—Al principio se tomó con buen humor mi educado rechazo. Pensó que solo estaba jugando, que quería que me cortejara. —Dejó caer el guijarro, pero siguió en cuclillas—. Le encantaba que fuera un hombre tan orgulloso. Era una novedad para ella. Día tras día, llegaban a mi pequeño pueblo carnes exóticas, carísimas especias y tapices extraordinarios que nadie había visto jamás.