8

El gimoteo del hombre se transformó en pánico cuando reconoció la voz de Dmitri. Puesto que no tenía ojos (las cuencas eran dos enormes agujeros negros en su rostro), se guiaba únicamente por los sonidos.

—¡No sé nada! ¡Te lo diría si lo supiera!

Dmitri lo creía… El vampiro era débil y habría cantado al primer síntoma de dolor. Sin embargo, había una posibilidad de que hubiese visto algo sin saberlo.

—Contádmelo todo —les dijo a ambos—. Desde el primer momento en que contactaron con vosotros. Si sois útiles, quizá no continúe con vuestro castigo.

El terror los volvió incoherentes durante varios minutos. Dmitri se limitó a esperar. Favashi le había dicho una vez que tenía el corazón frío, pero, puesto que era una zorra que solo quería utilizarlo, no les había prestado mucha atención a sus palabras. Aun así, la acusación era cierta: su conciencia rara vez lo molestaba, y menos cuando castigaba a aquellos que habían maltratado a mujeres o niños.

—Basta —soltó de pronto al ver que los sollozos y las súplicas no terminaban.

Los vampiros contuvieron el aliento y se hizo el silencio de inmediato. Casi medio minuto después, el primero a quien se había dirigido empezó a hablar.

—Yo trabajaba como guardia de seguridad privada cuando un día recibí una llamada. El tipo al otro lado de la línea dijo que me había visto en una fiesta importante y que le había gustado mi forma de trabajar. Me preguntó si quería ganarme un dinerillo extra libre de impuestos.

—¿En qué fiesta?

—No me lo dijo, pero trabajábamos sobre todo en grandes eventos. De vampiros ricos.

Aquello no le daba ninguna información a Dmitri, pero pondría a alguien a revisar las listas de invitados en las que aquel vampiro había trabajado.

—¿Y?

El vampiro estiró la pierna y luego se sacudió violentamente cuando algo grande y negro aterrizó sobre su carne desnuda.

—Era muchísimo dinero, así que le dije que sí. —Tragó saliva—. Luego le pregunté a Reg si quería unirse, puesto que el cliente había dicho que necesitaba a dos personas.

Reg, un tipo delgado y rubio, no había dejado de llorar en silencio.

—Ojalá me hubiese negado, joder.

Eso pensaba ahora, se dijo Dmitri. Pero no había pensado lo mismo cuando desgarró la carne de Honor, cuando la tocó como ningún hombre debe tocar a una mujer sin su consentimiento. Se acercó al rubio y le dio un bofetón con el dorso de la mano con la fuerza suficiente para romperle un hueso. Se oyó un sonoro crujido.

—¿De verdad crees que me importa una mierda? —preguntó en voz baja, contenida—. Ahora responde a mi pregunta.

El tipo escupió un diente y balbució unas cuantas palabras.

—El tipo se puso en contacto con Leon. Yo solo hice lo que él me dijo.

Leon empezó a hablar antes de que Dmitri pudiera recordarle por qué no era una buena idea hacerlo esperar.

—Siempre por teléfono —señaló con voz ahogada—. Jamás nos encontramos cara a cara. Depositaba el dinero en mi cuenta bancaria y yo le daba su parte a Reg.

Dmitri no dijo ni una palabra.

—El cliente —continuó Leon con palabras entrecortadas— dijo que la chica era su novia, que ella tenía la estúpida fantasía sexual de que la secuestraran y… —Su piel se crispó y su corazón empezó a latir con más fuerza, como si de repente se hubiera percatado de lo que Dmitri deseaba hacerle—. Él dijo que era cosa de la chica.

Dmitri detectó el temblor que yacía bajo el irritante gimoteo.

—¿Y cuándo intuiste por primera vez que no era así?

Fue Reg quien respondió.

—¡Cuando le rompió la nariz a Leon! Le dije que algo iba mal, pero estaba tan cabreado que le dio un puñetazo y la dejó sin sentido.

Dmitri extendió la mano y flexionó los dedos.

—Tú eres el mayor, Reg. ¿Por qué no se lo impediste? —preguntó con una voz tan suave como la nieve recién caída.

Reg empezó a sacudirse entre arcadas.

Dmitri no abrió la boca hasta que los espasmos se detuvieron. Luego se acercó para acariciar con la mano el rostro del vampiro.

—Responde a mi pregunta.

El rubio, cuyas sienes presentaban regueros de sudor, tragó saliva con fuerza.

—El dinero. Quería el dinero.

—Bien. —Le dio unas palmaditas en la mejilla al vampiro y lo dejó temblando mientras se aproximaba a su compañero.

Leon trataba de liberarse de la cuerda que le rodeaba las muñecas en un vano intento por escapar. Parecía una marioneta rota. Dmitri buscó en el bolsillo de su abrigo, sacó un cuchillo y presionó el metal frío contra la piel nueva y rosada que tenía delante de él.

—Cuéntame el resto. —Hizo un tajo profundo en mitad del pecho de Leon.

La sangre, roja y oscura, manó del corte mientras el vampiro lloriqueaba.

—Se supone que no debíamos dejarle marcas, y yo le había puesto el ojo morado, así que la atamos, la dejamos donde nos dijeron y salimos de allí pitando.

—No os mantuvisteis mucho tiempo alejados. —Hizo otro corte, esta vez horizontal y lo bastante profundo para rozar los órganos internos.

Sin embargo, el vampiro no dejó de hablar, ya que sabía que Dmitri podía hacerle cosas mucho peores.

—Siete semanas después, el cliente volvió a llamarme, me dio una dirección y dijo que quizá nos apeteciera unirnos a la fiesta.

Dmitri retorció la hoja, la arrastró hacia arriba y le perforó un pulmón.

—Sigue hablando. —Los vampiros de la edad de Reg no necesitaban respirar… no muy a menudo, al menos.

—Fuimos allí—dijo entre desagradables intentos de coger aire—, y no había nadie más que la cazadora, pero resultaba evidente que más de un vampiro se había alimentado de ella. El cliente nos dejó una nota en la que nos invitaba a disfrutarla. La nota desapareció. Me deshice de ella.

Dmitri sacó el cuchillo.

—¿Y qué hicisteis? ¿Os divertisteis? —Eran preguntas retóricas. Los habían encontrado con Honor alrededor de una semana después, con la boca llena de su sangre—. Y también invitasteis a algunos amigos, ¿no? —Los dos vampiros asesinados durante el rescate trabajaban para la misma compañía de seguridad—. ¿A quién más?

—A nadie —respondió Leon—. Te lo juro. Solo estuvimos los cuatro.

Estaban demasiado aterrorizados para mentir, así que Dmitri aceptó su palabra al respecto.

—Bien.

Sus gritos finalizaron cuando les extirpó la laringe. Sin embargo, los dejó con vida. Rafael le había dicho una cosa hacía mucho, muchísimo tiempo. Algo que le había dicho su madre, Caliane.

«Tres días en el transcurso de una vida mortal pueden ser como tres décadas.»

Quizá la madre de Rafael se hubiese convertido en una anciana demente, pero en ese punto Dmitri estaba completamente de acuerdo con ella. Se aseguraría de que Andreas supiera que no debía dejar morir a Reg y a Leon. En cuanto a los demás… cuando los encontrara, desearían la muerte todas las noches durante los próximos dos siglos.

Dos meses, después de todo, eran mucho más que tres días.

Eran ya las nueve de la noche y Honor no sabía por qué estaba allí.

—Siento haber cancelado el resto de nuestras citas, y le agradezco que haya venido a pesar de la hora que es.

Anastasia Reuben le dedicó una sonrisa. Tenía el cabello gris recogido en un pulcro moño.

—Llevo trabajando con cazadores más de veinte años, Honor. Sé muy bien que para vosotros acudir a un terapeuta es mucho peor que una extracción dental.

Honor se echó a reír. O más bien intentó hacerlo, porque le salió un ruido ronco y torpe.

—Bueno, ¿cómo se hace esto?

—Aquí no hay presiones, ni reglas —dijo la doctora Reuben con expresión amable—. Si solo quieres hablar del último episodio de La presa del cazador, eso será lo que haremos.

A Honor le dio la sensación de que no era un ejemplo hipotético.

—He venido porque… —Negó con la cabeza y se puso en pie. Todas sus células estaban llenas de adrenalina—. Siento haberle hecho perder el tiempo.

La doctora Reuben también se levantó.

—Me alegra que hayas venido. —Estiró el brazo hacia la alacena y sacó un librito en cuya cubierta aparecían espirales blancas y doradas—. Algunos cazadores nunca hablan, pero he descubierto que les sirve de ayuda plasmar lo que piensan en el papel.

Honor cogió el diario, aunque no tenía intención de usarlo.

—Gracias.

—Es solo para tus ojos. Quémalo después si quieres.

Honor asintió con la cabeza y salió del pequeño y discreto despacho, situado a dos manzanas del cuartel general del Gremio.

Solo una vez que estuvo de vuelta en su apartamento, con el archivo del tatuaje abierto en el ordenador portátil, se permitió pensar en los motivos por los que había acudido a la consulta. Quizá había sido por el lento despertar de la furia en su interior, una emoción fría y desconcertante llena de dientes y garras afiladas. Quizá había sido porque se había dado cuenta de que, fuera una estupidez o no, deseaba saborear el siniestro pecado de los labios de Dmitri. O quizá había sido por las pesadillas.

Toda la vida había estado sola, desarraigada. Aunque en esos momentos tenía amigos, fuertes y leales, había un enorme vacío en su interior… como si hubiese perdido algo terrible y precioso. Cuando era niña pensaba que lo que echaba en falta era a una gemela; estaba segura de que su madre se había quedado a una de sus hijas y había abandonado a la otra. Sin embargo, ya de adulta, reconocía que la sensación de pérdida se debía a otra cosa, a algo ajeno a ella. Y aquella extraña e intensa sensación de soledad siempre era mucho más aguda después de una pesadilla… tanto dormida como despierta.

—Ya basta —murmuró—. Es hora de trabajar.

Y trabajó hasta que la ciudad empezó a latir a un ritmo tranquilo, hasta que el cielo adquirió ese tono opaco impenetrable que aparece entre la madrugada y el amanecer. No debería haber cedido al sueño, pero estaba cansada y le escocían los ojos después de varias noches en vela, así que la inconsciencia cayó sobre ella sin que se diera cuenta.

Despertó sobresaltada al oír los interminables y desgarrados gritos de una mujer. Estaba hecha una bola en el sofá, sacudida por los sollozos, y los alaridos de angustia de la mujer aún le partían el alma. Incapaz de soportarlo, caminó con torpeza hasta el cuarto de baño y se salpicó la cara con agua helada. Su rostro era el de una mujer angustiada por un sufrimiento intenso. Nunca había sentido nada parecido. ¿Cómo era posible? La habían torturado y destrozado… pero aquella angustia procedía de otro lugar; de un lugar tan, tan profundo que carecía de nombre.

Tragó saliva para aplacar el ardor de la garganta y, antes de que la tristeza volviera a apoderarse de ella, se quitó la ropa para meterse en la ducha. Solo eran las cinco de la madrugada, pero las tres horas que había dormido aquella noche superaban con creces los sesenta minutos que había descansado la noche anterior. Se enjabonó para quitarse los restos de sudor y luego apoyó la cabeza en los azulejos para dejar que el agua cayera libremente sobre ella.

Siempre le había encantado el agua. Parte de los motivos por los que había acabado en Manhattan era que estaba rodeada de agua. Presentar la solicitud de ingreso a la Academia había sido una decisión deliberada. Siempre había querido estudiar lenguas antiguas, y sabía que el Gremio se encargaría de costearle los estudios si firmaba un contrato por el que se comprometía a permanecer en activo durante al menos cuatro años después de la graduación.

Los cuatro años ya habían pasado, pero jamás había considerado la posibilidad de dejarlo. No solo porque los demás cazadores habían llegado a convertirse en su familia, sino porque sus conocimientos sobre lenguas y culturas antiguas eran requeridos continuamente en un mundo gobernado por inmortales.

Aquella idea llevó sus pensamientos de nuevo hasta la Torre, hasta el vampiro que siempre había sido su más secreta y oscura debilidad.

Cerró el grifo de la ducha, salió para secarse y obligó a su cerebro a concentrarse en la tarea que la había dejado con un terrible dolor de cabeza la noche anterior. Fuera lo que fuese lo que estaba tatuado en el rostro del vampiro (y en la parte posterior de su hombro derecho, de acuerdo con las fotos que había recibido del forense), era tan peculiar que desafiaba cualquier explicación lógica. Con todo, Honor sabía que había una explicación. Porque, sin tener en cuenta cómo había llegado la cabeza a manos de Dmitri, el cuerpo era un mensaje inconfundible.

Ataviada con unos vaqueros y una sencilla camiseta blanca, se dirigió a la cocina conectada con la sala de estar para prepararse un té. La visión desde aquella sección del apartamento era siempre la misma: la Torre. Llena de luces, destacaba sobre el oscuro cielo del alba, y llamaba la atención como la estrella polar.

Se acercó a la zona de las ventanas con el té en la mano y observó a un ángel solitario que aterrizaba. A aquella distancia no se apreciaba más que su silueta, pero aun así, su elegancia resultaba extraordinaria. No era uno de los ángeles «normales», pensó. Aquel se parecía al ángel de alas negras con el que Dmitri había hablado en la terraza de su despacho.

La llamada a la puerta fue tan inesperada que ni siquiera se asustó; tan solo se limitó a mirarla fijamente. Cuando volvió a sonar, dejó el té, sacó la pistola y caminó en silencio hasta la mirilla. El vampiro que había al otro lado era un esbelto depredador a quien debería haber disparado de inmediato. En lugar de eso, abrió la puerta.

—Dmitri.

Vestido con unos vaqueros negros, una camiseta del mismo color y un abrigo de suave cuero negro que le llegaba a los tobillos, era la más pecaminosa fantasía que Honor hubiera visto jamás. El tipo de fantasía que dejaba a las mujeres húmedas y dispuestas. Respiró hondo para tranquilizarse y percibió vestigios de esencia que evocaban placeres extraordinarios y sexo peligroso.

No eran aquellas esencias las que habían causado su reacción, sin embargo, la excitación que añadían no la ayudaba en nada. Menos mal que no era una auténtica cazadora nata… porque el vampiro era muy potente.

—¿Tienes por costumbre hacer visitas a estas horas?

—Pasaba por aquí. —Se apoyó en el marco de la puerta y alzó el gran sobre de manila que tenía en la mano.

Los matices intensos de su aroma se volvieron letales y se abrieron paso hasta invadir los sentidos de Honor con un erotismo mortífero. De pronto, lo único que lograba ver en los ojos de Dmitri era una amenaza tan sensual como una caricia en la oscuridad, tan letal como un estilete.

—¿Qué es lo que has hecho? —La pregunta iba más allá de lo que se consideraba socialmente aceptable.

—Nada que no fuera necesario hacer. —Dmitri se apartó del marco cuando ella dejó de sujetar la puerta y retrocedió para permitir que entrara en el apartamento.

Honor le arrebató el sobre en cuanto la puerta estuvo cerrada. Luego guardó la pistola y se permitió disfrutar de la maligna y hermosa esencia del vampiro.

—¿Más fotos de los tatuajes de las víctimas? —le preguntó.

—No.

La cazadora abrió el sobre y sacó varias hojas de papel junto con unas cuantas ampliaciones fotográficas. Al principio no entendía lo que estaba viendo, y cuando lo hizo, le hirvió la sangre.

—Este es mi informe médico.

En especial, el del humillante examen que le habían hecho después del rescate. El médico y la enfermera habían sido muy amables, pero una vez que estuvo en la sala de reconocimiento ya no había forma de fingir que aquello no había ocurrido, que no la habían convertido en…

Ahogada por el flujo de recuerdos, se concentró en el presente, en la furia incandescente que le nublaba la visión.

—¿De dónde has sacado esto? —Le temblaban las manos por la necesidad de hacerle daño a aquel vampiro que la trataba como si fuera un juguete.

Dmitri se acercó a la ventana junto a la que ella había estado un momento antes.

—Esa no es la cuestión.

No, no lo era.

—Cabrón… —dijo Honor antes de arrojarlo todo sobre la mesita de café. El placer que había sentido en su presencia se desvaneció bajo el hielo de la voz del vampiro, un implacable recordatorio de que él no era humano, de que no tenía conciencia—. ¿Qué te da derecho a invadir mi intimidad?

—Quiero las fotografías que te hicieron —dijo Dmitri sin volverse.

A Honor se le hizo un nudo en el estómago.

—Sabía que te gustaba el dolor, pero no me había dado cuenta de que te iba la tortura.

Dmitri la miró un instante por encima del hombro.

—De las marcas de los mordiscos, Honor. —Su nombre sonó como la más decadente de las tentaciones, matizada por una sensualidad que era tan natural en él como respirar… incluso cuando estaba envuelto en una capa de hielo que Honor reconoció como ira, atemperada y letal.

Las marcas de los mordiscos.

Su propia furia se calmó bajo el gélido estallido de la de Dmitri. Cogió de nuevo el taco de papeles y empezó a pasar las hojas hasta que encontró las páginas que enumeraban los mordiscos presentes en su cuerpo, asociados con imágenes.

—De aquí no podrás sacar nada. —Al fin y al cabo, la habían tratado como si fuera un trozo de carne. Tenía cortes y desgarrones en todo el cuerpo.

—Te sorprenderías.

Dmitri se dio la vuelta, se quitó el abrigo y lo lanzó hacia el respaldo de uno de los sofás. El vampiro tenía unos brazos musculosos libres de armas, salvo por la finísima hoja curva que llevaba en una vaina cruzada a la espalda. Por alguna razón, a Honor no le resultó extraño que Dmitri prefiriera las espadas, aunque sabía que no tenía problemas con las armas modernas y estaba segura de que también llevaba una pistola en el tobillo.

No retrocedió cuando Dmitri se acercó a ella, pero apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un aguijonazo en el hueso. Se acabó el miedo, se juró, aunque era consciente de que la cosa no sería tan fácil. El núcleo animal de su cerebro le gritaba que huyera… o que luchara. Que disparara, cortara y pateara.

Sintió el calor que emanaba del cuerpo de Dmitri mientras él le señalaba un conjunto de tres mordiscos pequeños separados por distancias regulares. Aquellas marcas habían sobrevivido a la violencia posterior a causa de su localización; lo único bueno era que habían sanado sin dejar cicatrices, de modo que no se veía obligada a recordar constantemente cómo se los habían hecho.

—La parte posterior de mi pierna izquierda…

—A unos centímetros por encima de la rodilla —completó Dmitri.

Recordaba manos pequeñas y elegantes sobre su cuerpo; colmillos delicados hundiéndose una y otra vez en esa única zona.

—Rubí de Sangre —susurró Honor—. La vampira siempre olía a Rubí de Sangre. —El perfume de moda había formado una jaula alrededor de sus sentidos y aún le provocaba arcadas… Podía ser un desconocido en la calle, en una tienda, daba lo mismo. En cuanto percibía un atisbo de ese olor, la bilis se le subía a la garganta y su cuerpo empezaba a sudar—. Solía soñar con rebanarle la garganta y ver cómo se desangraba a mis pies mientras la ahogaba con esa mierda de perfume.

Los ojos de Dmitri… oscuros, muy oscuros… buscaron los suyos.

—¿Te gustaría hacerle una visita?