28
Fue el ruido que hicieron las puertas del ascensor al abrirse lo que pareció convencer a Dmitri.
—Sí, aquí es mucho más probable que nos interrumpan.
Era una razón demasiado práctica, pero Honor estaba más que dispuesta a aceptarla en esos momentos.
Dejaron la Torre y fueron en coche hasta el edificio de apartamentos que, poco a poco, Honor estaba convirtiendo en su hogar. Eso hacían los cazadores. El apartamento de Ashwini era un lugar lleno de colores: cojines con bordados de seda dorada, esculturas adquiridas aquí y allá, postales de puestos de especias de mercados lejanos. El de Honor era menos exuberante, pero ya había sacado sus recuerdos personales de las cajas (los que Ash había dejado como estaban) y había empezado a desenvolverlos.
Ahora había fotos enmarcadas en una de las paredes del salón (una abuela sonriente a la que había fotografiado durante una caza en México; una tormenta de montaña en Colorado; un alce en la nieve de Alaska), y su querida y vieja cámara estaba en la mesa del comedor, lista para la revisión de rigor tras tanto tiempo de desuso. También había empezado a decorar el dormitorio. Las sábanas eran de un delicado algodón azul, y en las paredes de color crema había más fotografías de su colección personal.
—Flores silvestres —dijo Dmitri, que se detuvo en el umbral—. No estaban aquí la última vez.
A Honor le sorprendió que se hubiese fijado en las fotografías cuando la tensión sexual entre ellos había alcanzado un punto febril.
—Acabo de colgarlas. Hace unos años, mientras rastreaba a un vampiro por toda Rusia, me encontré por casualidad con este prado. —El recuerdo de aquel lugar la había obsesionado durante meses, hasta que colgó las fotos en un sitio donde pudiera verlas antes de cerrar los ojos y también al despertarse.
Dmitri se situó delante del conjunto de fotografías enmarcadas en negro y deslizó el dedo por una en particular que mostraba una flor azul en el rincón.
—Aquí hubo ruinas una vez.
Honor sintió un cosquilleo en la espalda y se acercó a él.
—Tuve el extraño presentimiento de que ahí hubo algo en su día, aunque no encontré ni el menor rastro. —También había tenido la molesta sensación de que perturbaría algo precioso si atravesaba el límite trazado por las diminutas flores azules que separaban una pequeña sección del prado del resto.
—¿Cómo lo descubriste, Honor? —Los ojos de Dmitri eran negros como piedras, y hablaba con el mismo tono que había utilizado con Valeria y con Jewel Wan.
Habían soltado las armas al entrar, ya que ninguno de ellos deseaba una interrupción violenta, pero en esos momentos el instinto de cazadora la llevó a pensar en cuánto tardaría en coger el cuchillo que guardaba a un lado de la mesilla.
—Conducía por una zona casi deshabitada y me perdí —dijo, reprimiendo sus impulsos.
Lo cierto era que se había desviado de la carretera a propósito para seguir un camino agreste sin ningún tipo de indicaciones. Fue incapaz de reprimir el doloroso impulso que la apremiaba a seguir adelante.
—Conduje durante horas… y me detuve aquí. —Se encogió de hombros en un intento por restarle importancia a la experiencia que la había marcado como un hierro al fuego. Había llorado durante horas después de regresar a la civilización—. Jamás he visto un lugar tan hermoso. —Tan inquietante, tan conmovedor.
Dmitri la miraba fijamente, y en sus ojos había tanto peligro que a Honor le costó un verdadero esfuerzo quedarse donde estaba y no lanzarse hacia la cama para hacerse con el cuchillo.
—¿Qué ves en las fotos? —le preguntó al vampiro. Le daba la sensación de estar al borde de un precipicio, de que su vida pendía de un hilo—. ¿Dmitri?
Con el rostro desprovisto ya de toda sofisticación y transformado en el de un depredador letal, Dmitri estiró el brazo para meterle unos mechones de pelo por detrás de la oreja.
—Si esto es un juego, lo pagarás muy caro.
A Honor se le erizó el vello de la nuca. Esta vez sí retrocedió, aunque no cogió el arma. No pudo. Tenía que confiar en él, porque si no… Si no podía confiar en él, su mundo se haría pedazos.
—No me excitan las amenazas. —No hagas esto, por favor…, pensó—. Lárgate y llévate tu malhumor contigo.
En lugar de eso, Dmitri se acercó a ella muy despacio y la acorraló en el rincón. El cuerpo que Honor ansiaba acariciar unos momentos antes se había convertido en un muro rígido. Sin embargo, cuando el vampiro agachó la cabeza y colocó la boca sobre la zona de su cuello donde latía el pulso, ella no pudo soportarlo más.
Le clavó los dedos en la parte lateral del cuello que quedaba expuesta.
O lo habría hecho si Dmitri no le hubiera sujetado la muñeca con la efectividad de un grillete de acero.
¡No, no, no!
Aquella restricción la llevó de vuelta al foso en el que había pasado tantas semanas, al foso del que, como comprendió en esos momentos, jamás había logrado escapar. No obstante, mezclada con el miedo había una aplastante sensación de traición.
«Mi Dmitri no. Este no es él.»
Y un momento después, se acabaron los pensamientos.
Dmitri jamás se había sentido tan furioso como en esos instantes. Lo único que deseaba era hacer daño a la mujer que tenía entre los brazos. No sabía a qué juego estaba jugando Honor, pero le sacaría la respuesta aunque para ello tuviera que convertirla en un millón de pedazos. Aquel prado, lo que representaba, era intocable.
Le retorció la muñeca cuando ella empezó a forcejear y se inclinó para acariciarla con los colmillos en un acto de deliberada crueldad… porque estaba claro que ella había jugado con él desde el principio. Era imposible que hubiera encontrado aquel prado por casualidad. El prado donde habían muerto su esposa y su hija. El prado donde había llevado a su hijo más tarde, para que no estuviese solo. El prado donde los había llorado durante un año entero.
«—Mi hermoso Dmitri… —Lo miró con sus ojos castaños llenos de preocupación—. No dejes que ella te cambie. No permitas que te convierta en alguien cruel.»
Las palabras de Ingrede no habían impedido el cambio, no después de su muerte. Y nada podría revenirlo. Así que lo aprovecharía.
La cazadora que lo había tomado por un tonto intentó escapar.
Dmitri la inmovilizó contra la pared sin esfuerzo. Pero Honor no dejaba de luchar. Se retorcía con tanta fuerza que, si no se detenía pronto, acabaría por romperse algo.
Cuando Dmitri le sujetó los brazos por encima de la cabeza y utilizó su cuerpo para aplastarla contra la pared, ella le mordió el cuello. Con la fuerza suficiente para hacerle sangre. Dmitri se apartó al instante y cerró con más fuerza la mano que le sujetaba las muñecas.
—¿Ya empezamos con los preliminares, Honor?
No hubo respuesta, tan solo un forcejeo brutal, a pesar de que ella sabía que no podía escapar. No emitió ningún ruido y mantuvo la respiración muy controlada.
Fue entonces cuando Dmitri se hundió en sus ojos verdes llenos de misterios.
Allí no había nadie.
No había personalidad, ni el menor rastro de la mujer alegre que con tanta confianza lo había llevado al orgasmo aquella misma mañana. No había nada salvo el instinto animal de supervivencia. Y supo que ella estaba dispuesta a morir para liberarse.
«—Tengo miedo, Dmitri.
—Yo nunca te haría daño. Confía en mí.»
Temblando al escuchar el susurro de ese recuerdo, un recuerdo que no pertenecía a Honor y que aun así hablaba de ella, Dmitri le soltó las manos y se apartó un poco. La cazadora se abalanzó sobre él hecha una furia, le dio un codazo en la cara, un puñetazo en la laringe y una patada en la rodilla.
Dmitri cayó de espaldas sobre la cama y bloqueó algunos de los golpes más brutales, pero no hizo nada por detenerla. Honor descargó su ira sobre él y le dejó la nariz y la boca ensangrentadas, además de varios cardenales en el cuerpo que sanaron casi tan pronto como aparecieron.
—Cabrón… —Era lo primero que decía desde que la acorraló en el rincón—. Maldito cabrón de mierda… —Le dio un puñetazo brutal en la mandíbula que hizo que le entrechocaran los dientes.
Bloqueó el siguiente golpe, la miró a los ojos… y vio que Honor regresaba de nuevo a su lado. El color verde estaba cubierto por una película húmeda y el ataque siguiente no fue tan fuerte como los anteriores. Empezó a aporrearle el pecho con las dos manos una y otra vez.
—¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! —Era una furiosa letanía que acabó en intensos sollozos. Sollozos que revelaban una angustia inimaginable. Se derrumbó contra su cuerpo antes de susurrar de nuevo—. Te odio.
Y en ese instante Dmitri se odió a sí mismo.
Permaneció inmóvil hasta que ella dejó de moverse y los desgarradores sollozos se convirtieron en lágrimas silenciosas contra su pecho. En aquel momento se atrevió a acariciarle los rizos enmarañados. No sabía qué decirle, cómo explicarle la furia que había despertado en él.
Pero en realidad solo podía decir una cosa, algo que no le había dicho a una mujer desde hacía casi mil años.
—Lo siento, Honor. Perdóname.
Sentada en el lavabo del gran cuarto de baño de su dormitorio, Honor observó en silencio cómo Dmitri le ponía desinfectante en los nudillos, llenos de arañazos y moratones. El escozor estuvo a punto de arrancarle una exclamación, pero la contuvo y posó la vista en el corte que él tenía en el labio, en los cardenales de su rostro. Una parte de ella, horrorizada por su propia violencia, deseaba cubrir aquel rostro tan masculino y atractivo con las manos y besar cada morado a modo de disculpa. Sin embargo, el resto de su interior se había encogido hasta formar una bola diminuta, recelosa y desconfiada.
La luz arrancó destellos a su cabello negro mientras la curaba, y Honor recordó lo suave y sedoso que era al tacto. También recordó la fuerza con la que le había inmovilizado los brazos contra la pared.
—Te he llenado de magulladuras —dijo Dmitri mientras le acariciaba las muñecas. Su piel parecía más oscura en contraste con la de ella… ahora llena de bandas rosadas.
Puesto que quería ser justa, rompió el silencio.
—Lo mío ha sido peor. —Lo había golpeado con tanta fuerza que, aunque era un vampiro muy antiguo, los cardenales tardarían al menos una hora en desaparecer. Además, el corte del labio era un tajo profundo y los desgarrones del hombro de la camisa dejaba expuestas unas pálidas marcas rojas que ya casi se habían curado, pero en conjunto…—. Yo he salido mejor parada que tú.
Los ojos negros de Dmitri se clavaron en los suyos.
—Las heridas físicas no son el problema, ¿verdad?
A Honor se le hizo un nudo en el estómago y sintió el escozor amargo de la bilis en la garganta.
—Creo que todo lo que habíamos conseguido hasta ahora —dijo con una voz ronca a causa de los sollozos previos—… ha desaparecido.
Su personalidad se había derrumbado debido a la conmoción y el terror, que la habían transformado en un animal furioso con garras y dientes, en una criatura atrapada convertida una vez más en una víctima indefensa.
Dmitri se había mofado de la fuerza que tanto le había costado adquirir, había aplastado la confianza que tenía en sí misma y, lo más importante, le había arrebatado el orgullo que había conseguido reconstruir pedazo a pedazo… No estaba segura de poder perdonarle aquello.
El vampiro terminó de curarle todos los arañazos y tiró a la basura la bola de algodón. Luego, sin mediar palabra y poniendo mucho cuidado en no invadir su espacio vital, salió del baño. Estremecida por una sensación de pérdida que la dejó vacía, como si hubieran borrado toda su vida de un plumazo, la cazadora avanzó con torpeza hacia el salón, hacia el ventanal desde el que se veía la ciudad azotada por la lluvia.
Las luces parecían apagadas y borrosas tras la cortina de agua. De pronto, tuvo la sensación de que estaba sola en el mundo, atrapada en una jaula de cristal. Era una sensación que le resultaba de lo más familiar. Los amigos y las relaciones que había forjado conseguían que la soledad resultara tolerable, pero aquella extraña nostalgia siempre había estado allí, dentro de ella. Era Dmitri quien había llenado ese vacío, pero también quien lo había hecho más grande.
Percibió un vestigio de la más oscura de las esencias y supo que él había entrado en el salón sin hacer ruido. Sin embargo, no se acercó a ella, y un minuto después Honor oyó jaleo en la cocina. Echó un vistazo a la zona, separada del salón por una encimera curva, y vio que Dmitri cogía un plato para llevarlo a la mesa, donde lo dejó después de apartar la cámara.
El vampiro rodeó la mesa para aproximarse un poco, pero mantuvo las distancias, y eso hizo que el hielo del pecho de Honor se enfriara aún más… Fue entonces cuando ella supo que se le había congelado el corazón.
—Come, Honor —le dijo—. Hace horas que no comes nada.
La voz de Dmitri tenía un matiz que no lograba interpretar, un elemento que no había percibido nunca antes. Honor cambió de posición para poder verle bien la cara, pero solo percibió los escudos de una criatura casi inmortal que había vivido más tiempo del que ella podía llegar a imaginar.
—Deberías marcharte.
No podía soportar verlo allí cuando había un abismo insalvable entre ellos. Era una idiotez sentirse así por la pérdida de una relación que en realidad jamás había llegado a comenzar, pero tenía la sensación de que Dmitri se había colado en su alma con el único fin de pisotearla.
Había una sombra apagada en aquellos ojos castaños tan oscuros que parecían negros, unos ojos que habían visto un milenio.
—Me alejas de ti.
«¿Me alejarías de ti?»
Honor parpadeó ante ese extraño eco que resonó en su mente y se concentró en el hombre que estaba tan cerca y a la vez tan lejos.
—Tengo que hacerlo. —Para sobrevivir, para conservar los magullados restos de orgullo que le quedaban. Para recomponerse.
Él permaneció en silencio durante un rato. Lo único que se oía era la melodía de la lluvia que golpeaba el cristal, un sonido que siempre le había parecido tranquilizador y que ahora le resultaba enervante, demasiado irregular para sus sentidos hipersensibilizados. Cuando Dmitri alzó una mano y luego la bajó, Honor sintió la pérdida como una puñalada en el corazón, y comprendió que el vampiro podía hacerle aún más daño del que ya le había hecho.
Sin embargo, Dmitri hizo algo que ella nunca, jamás, habría esperado.
Sin dejar de mirarla a los ojos, acortó la distancia que los separaba, se puso de rodillas y alzó su atractivo rostro lleno de cardenales para mirarla.
Cuando le rodeó la cintura con los brazos y apretó la cara contra su abdomen, Honor empezó a llorar de nuevo, lenta y silenciosamente. Dmitri no inclinaba la cabeza ante nadie, jamás cedía ni se rendía. Pero en esos momentos estaba arrodillado delante de ella, expuesto a las patadas, a las puñaladas en el cuello y al más violento de los rechazos.
—Ay, Dmitri… —Temblando, Honor enterró los dedos en el cabello de aquella criatura a la que habían hecho tanto daño. Una criatura que había convertido la desconfianza en una respuesta instintiva.
Ella sabía que el vampiro se había encolerizado al ver las flores silvestres en el dormitorio, pero aún no tenía ni idea de por qué. De todas formas, no era el mejor momento para preguntárselo. Ahora debía decidir.
—Perdóname.
¿Podría hacerlo? ¿Tendría la fuerza necesaria para perdonarle el horror que le había hecho revivir justo cuando había comenzado a creer que había vencido a sus torturadores? ¿Podría perdonarle el daño emocional y, sobre todo, la humillación de verse reducida a un animal rabioso?
Honor apresó el cabello de Dmitri en el puño.
La lluvia seguía cayendo fuera, pero en su interior solo había silencio… y una absoluta claridad de ideas. Sabía que la decisión que tomase en ese instante, sobre aquel hombre, repercutiría, en el resto de su vida. Si se apartaba del precipicio en el que se encontraba en esos momentos, quizá quedara destrozada para siempre… o quizá encontrara el camino a casa.
Casa. Hogar.
Muchos dirían que aquella idea no era más que una fantasía construida por su intensa e inexorable soledad. Pero ellos no comprendían la inconcebible intensidad de lo que sentía por el hombre que se había arrodillado ante ella para darle algo que no le había dado jamás a nadie.
Honor lo había buscado durante toda la vida, incluso cuando aún no conocía su nombre. No era quien ella se imaginaba… era una criatura mucho más letal, mucho más dura.
«Aún es el mío. Aún es mi Dmitri. Herido, cambiado, pero no perdido. No lo daré por perdido.»
Honor no luchó contra aquella voz que no era la suya y que, aun así, salía de su alma. A esas alturas, ya se había convertido en una locura familiar.
Dmitri extendió la mano en la parte baja de su espalda.
—No acabes con esto.
—¿Te marcharías? —le preguntó ella, que aflojó la mano para volver a acariciarle el sedoso cabello negro mientras se secaba las lágrimas con la otra.
Hizo una pausa muy, muy larga.
—Sí. —Era una única y durísima palabra—. Si quieres libertad, te la concederé.
Así que… la decisión era suya, y solo suya.