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—El idioma es parecido al arameo, aunque no demasiado. —La voz de Honor interrumpió el recuerdo de uno de los momentos más dolorosos que había experimentado en todos sus siglos de existencia—. Es como si alguien hubiera tomado el arameo como base para escribir una lengua propia… —Dio un suspiro que levantó los delicados mechones de cabello que habían escapado del pasador de la nuca—. Yo diría que es un código. Las líneas son un código.

Atraído por su dulzura, Dmitri se acercó un poco y vio que se ponía rígida.

—¿Podrías descifrarlo?

—Será difícil con una muestra tan pequeña —dijo ella, sin retroceder ni un ápice—, pero sí, creo que sí. Ya he empezado.

Estaba a punto de pedirle más detalles cuando sonó el móvil. Dmitri consultó la pantalla y vio que era Jason, el jefe de espionaje de Rafael y uno de los miembros de los Siete.

—Has descubierto algo —le dijo al ángel sin apartar la vista de los rizos de Honor.

—En cierto sentido… Llegaré dentro de cinco minutos para hablarlo contigo.

Dmitri colgó el teléfono y echó un vistazo al cielo a través del cristal en busca de las inconfundibles alas negras del ángel. No las encontró… aunque eso no suponía una sorpresa, dada la habilidad de Jason para volar por encima de la capa de nubes y luego descender a toda velocidad. Cuando volvió a mirar a Honor, descubrió que ella también lo miraba.

—Por lo general, cuando una mujer me mira así —murmuró con un deliberado tono provocativo—, lo considero una invitación para hacer lo que me venga en gana.

Honor aferró con fuerza el bolígrafo que tenía en la mano y se enderezó todo lo posible.

—Estaba pensando que pareces alguien capaz de romperme el cuello con la misma calma inhumana con la que sujetas el móvil.

Dmitri se metió las manos en los bolsillos.

—Me preocuparía más perder el móvil —dijo para desconcertarla, pero una parte de él no tenía claro si el comentario era cierto o no.

Honor recorrió su rostro con la mirada. Sus ojos verde bosque contenían secretos demasiado antiguos para una mortal… Pero aquella mortal había vivido una eternidad en los meses que había permanecido atrapada a merced de unos tipos sin piedad.

—Todo el mundo sabe que los vampiros fueron una vez humanos —dijo—. Pero no estoy segura de que tú lo fueras.

—Yo tampoco.

Era una mentira provocada por los últimos recuerdos. Recuerdos que incitaban la misma rabia, horror y angustia que había sentido tanto tiempo atrás, en esa época que casi era una leyenda para los mortales. Sin embargo, Honor no tenía derecho a saber eso. Solo había desnudado su alma ante Ingrede, y su esposa había muerto hacía muchísimo tiempo.

Dmitri.

Me reuniré contigo en la terraza, Jason.

Aunque sus campos de acción y sus habilidades específicas eran muy diferentes, todos los miembros de los Siete podían comunicarse mentalmente, lo que suponía una enorme ventaja estratégica en ciertas situaciones.

—No te marches todavía, Honor. Preferiría no tener que perseguirte.

Honor vio salir al vampiro por la pequeña puerta que conducía a la terraza. Un ángel con las alas tan negras como el corazón de la noche descendió un instante después para aterrizar en el mismo borde del espacio abierto. Honor contuvo el aliento al ver el tatuaje que le cubría la mitad izquierda de la cara: unas líneas espirales y motas que se arqueaban a lo largo de las curvas para crear una asombrosa obra de arte. El trazado, hermoso y hechizante, encajaba a la perfección con el rostro en el que se encontraba. Un rostro que contenía la fuerza irresistible del Pacífico mezclada con otras culturas que no lograba identificar. El cabello del ángel, recogido en una pulcra coleta, caía entre sus omóplatos hasta la mitad de la espalda. Dmitri, con su impecable traje negro combinado con una camisa azul eléctrico y el cabello de la longitud justa para incitar a una mujer a enredar los dedos en él, era tan urbanita y sofisticado como tosco era aquel ángel tatuado. Pero una cosa estaba clara: ambos eran como espadas bien afiladas, sanguinarias y despiadadas.

Jason echó un vistazo a través de los cristales del mirador.

—Honor St. Nicholas —dijo—. La abandonaron de recién nacida en la puerta de una pequeña iglesia rural de Dakota del Norte. Le pusieron el nombre de la monja que la encontró y del santo patrón de los niños. No tiene familia conocida.

A Dmitri no le sorprendió que Jason supiera tanto sobre ella. Por algo era considerado el mejor espía del Grupo.

—Doy por hecho que no has venido aquí a hablar de Honor.

El ángel plegó las alas con más fuerza cuando una ráfaga de viento barrió la terraza, suspendida sobre el ritmo frenético de la ciudad.

—Hay algo en tu voz, Dmitri.

Resultaba extraño que a Jason se le diera tan bien descubrir señales reveladoras en la gente cuando él se guardaba todo para sí.

—A menos que tengas algún interés en Honor —señaló Dmitri—, no es algo de lo que debas preocuparte.

Jason se quedó callado durante un momento en el que no se oyó otra cosa que el susurro del viento entre sus alas.

—¿Sabes lo que le hicieron?

—Puedo imaginarlo. —A diferencia de Jason, conocía a la perfección la sed de sangre de los Convertidos. Dmitri había controlado la suya desde el principio, quizá porque había descargado su furia con el cuerpo de Isis o quizá porque se había jurado que jamás volvería a convertirse en esclavo de nadie ni de nada… pero eso no significaba que esa sed no existiera—. Es más fuerte de lo que parece.

—¿Estás seguro?

—¿Por qué de repente muestras tanta preocupación por una cazadora? —Jason lo veía todo, pero prefería mantener las distancias con aquellos a los que vigilaba.

El ángel no respondió.

—Te traigo nuevas noticias del territorio de Neha.

La arcángel de la India era poderosa y, desde la ejecución de su hija, estaba al borde de la demencia.

—¿Algo por lo que debamos preocuparnos?

—No. No parece relacionado con ninguno de los asuntos que nos interesan. —Siguió con la mirada a un helicóptero que aterrizó en una azotea situada fuera del territorio de la Torre—. Por lo visto ha desaparecido un ángel. Un pipiolo de dos años procedente del Refugio.

Dmitri frunció el ceño.

—Ella no puede saber nada acerca de eso. —Los ángeles tan jóvenes solían estar en manos de otros ángeles o de vampiros antiguos.

—No. El vampiro que lo tenía a su cuidado, Kallistos, dijo que había dado por hecho que el joven había regresado al Refugio.

Eso no era de extrañar. Un vampiro antiguo perteneciente a la corte de un arcángel tenía mucho trabajo que hacer, y no era inusual que los ángeles jóvenes burlaran la seguridad del fuerte secreto angelical después de saborear por primera vez el mundo exterior.

—¿Has dado la alerta en el Refugio?

—Aodhan y Galen están investigando —dijo el ángel de alas negras, refiriéndose a otros dos miembros de los Siete.

Dmitri hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Cuando se trataba de cuidar de los jóvenes, los límites territoriales carecían de importancia.

—Hablaré con los demás segundos al mando del Grupo y veré si ellos pueden arrojar algo de luz sobre este asunto.

—Los ángeles no desaparecen sin más.

—No, pero he conocido a más de un joven que se vuelve un poco salvaje después de salir por primera vez del Refugio. —Jason se relacionaba principalmente con los ángeles más antiguos, entre los que se contaban los arcángeles, pero Dmitri mantenía el contacto con los jóvenes porque le gustaba conocer a todo el mundo que se introducía en el territorio de Rafael—. Una vez rastreé a un ángel hasta una «isla fiestera» del Mediterráneo. —Negó con la cabeza al recordarlo—. El chico estaba sentado en un árbol, contemplando a los que disfrutaban de la fiesta. Por lo visto, ni siquiera sabía que existiera ese nivel de hedonismo.

—La inocencia es así. —Jason se acercó al borde de la terraza—. Ocurre alguna cosa con Astaad —comentó—. Maya no ha podido darme ningún detalle, pero continúa trabajando en ello.

Astaad era el Arcángel de las islas del Pacífico, alguien a quien no parecían gustarle los jueguecitos políticos.

—Creía que su comportamiento estaba relacionado con el despertar de Caliane. —Siempre había efectos colaterales cuando un arcángel despertaba, y la madre de Rafael era una de las más antiguas entre los ancianos.

—Puede que no sea nada, porque los rumores se iniciaron en otro sitio. —Sin apartar los ojos de la ciudad, que resultaba cegadora bajo la luz del sol, Jason añadió—: Tú eres mayor que yo, Dmitri.

—Solo trescientos años. —Era una broma entre dos hombres que habían vivido más de lo que la mayoría podría llegar a imaginar.

—Le pregunté a Elena qué se sentía al ser mortal. Me dijo que para ellos el tiempo es valioso de una forma que ningún inmortal podrá comprender jamás.

—Es cierto. —Dmitri había sido ambas cosas, y si pudiera retroceder en el tiempo, destruiría a Isis antes de que llegara a acercarse a él y a los suyos. Lo haría sin pensárselo dos veces, aunque ello significara que él mismo moriría unas décadas después—. Sentí más cuando era mortal que en todos los siglos que han transcurrido después.

«—¿Me amarás cuando esté gorda y torpe a causa de nuestro bebé?

Puso la mano en el abultado vientre de su esposa y acarició con los labios sus párpados, la punta de su nariz, su boca.

—Te amaré incluso cuando me haya convertido en polvo.»

Honor vio que Dmitri se acercaba al ángel de alas negras y soltó un gruñido al ver lo cerca que estaba del borde sin barandilla. A diferencia del ángel, él no tenía alas que lo ayudaran a ascender si caía, y aun así permanecía junto al abismo con una confianza que decía a las claras que no le preocupaba lo más mínimo esa posibilidad.

Notó un cambio en el ambiente a su espalda.

Al volverse descubrió al vampiro de las gafas de sol envolventes junto a la puerta.

—Dmitri está fuera.

El tipo se dirigió hacia la terraza sin mediar palabra justo en el momento en que el ángel de alas negras saltaba desde el borde. Aquellas alas increíbles desaparecieron por un instante antes de elevarse a la velocidad del rayo. En cualquier otro momento, Honor habría seguido la trayectoria de su vuelo, pero aquel día su atención estaba concentrada en Dmitri… cuyo rostro se convirtió en una máscara pétrea después de escuchar lo que tenía que decirle el otro vampiro.

—Deja eso. Nos marchamos —dijo en cuanto entró.

Era una orden arrogante, pero Honor sintió la tensión del ambiente y sumó dos y dos.

—¿Habéis encontrado el resto del cuerpo? —Mientras hablaba, sacó la tarjeta de datos del portátil, por si no podía regresar de inmediato para recuperarla.

—Sí.

El teléfono de Dmitri sonó cuando entraron en el ascensor, pero no perdió la cobertura porque el vampiro mantuvo una conversación rápida y breve.

Entretanto, el otro vampiro se volvió para mirarla. No dijo nada, y las gafas de espejo hacían que resultara imposible saber qué pensaba. Honor no quería centrarse en el hecho de que estaba encerrada en una cabina de acero con dos depredadores letales, así que decidió decir algo.

—Llevar gafas de sol en la oscuridad fue una moda que pasó a mejor vida junto con las permanentes del pelo.

El vampiro mostró los dientes en una sonrisa, aunque no los colmillos.

—No te gustaría ver lo que hay detrás de los cristales, encanto. —La última palabra era una mofa del término cariñoso que le puso los pelos de punta.

—Veneno…

El vampiro volvió la vista al frente una vez más, pero las comisuras de sus labios seguían curvadas en una sonrisa.

—¿Quieres que conduzca yo?

—No, iremos en el Ferrari. Coge otro coche por si es necesario que te quedes allí.

—Podría ir más rápido a pie, y así tendría la oportunidad de observar a la gente sin que se diera cuenta.

—Adelante.

A Honor nunca le había parecido tan agradable salir a la luz artificial de un garaje subterráneo. Estaba casi segura de que si Dmitri no le hubiera dado un toque de atención, Veneno le habría enseñado los colmillos en más de un sentido.

—Ahora sé con certeza que ocupas un puesto muy importante —dijo cuando vio que el Ferrari descapotado estaba aparcado en el lugar más próximo al ascensor.

—Si has tardado tanto en darte cuenta, Honor, eres más tonta de lo que pareces.

Para ser una puya no era muy molesta, en especial porque estaba claro que Dmitri no le estaba prestando mucha atención. La cazadora se acomodó en la suavísima tapicería de cuero del asiento del acompañante y luego volvió la cabeza hacia el lugar por el que Veneno había salido del garaje.

—¿A qué vienen las gafas de sol?

—¿No lo sabes todavía? Veneno lleva en la ciudad bastante tiempo y ya se ha encontrado con unos cuantos cazadores.

—Yo no trabajaba mucho en este país… antes. —Respiró hondo por primera vez después de lo que le habían parecido horas mientras Dmitri salía de la zona de seguridad de la Torre y se sumergía de lleno en la banda sonora de Manhattan: el pitido de los cláxones, los insultos a gritos y miles de conversaciones telefónicas—. Y no tenía motivos para interactuar con el personal de la Torre cuando visitaba la ciudad.

—En ese caso —señaló él con tono divertido—, dejaré que Veneno te sorprenda.

Los ruidos de la ciudad subieron de volumen a medida que se alejaban de la Torre. La primera vez que había estado allí, recién salida de un autobús procedente de Dakota del Norte, Nueva York la había dejado abrumada. Aquel no era su hogar, ningún lugar lo era realmente, pero al menos el Gremio estaba allí. Ashwini y Sara vivían allí. Y también Demarco, Ransom y Vivek. Amigos que la habían buscado sin rendirse, que habrían muerto por ella de ser necesario. Aquello era algo. Y le proporcionaba un punto de anclaje cuando el resto del mundo giraba sin control.

—¿Dónde encontraron el cuerpo?

—En Times Square.

La incredulidad vino seguida de una súbita relación mental.

—¿En el mismo lugar donde Rafael castigó a aquel vampiro?

Aquel incidente era una leyenda. El arcángel le había roto al vampiro todos y cada uno de los huesos y después lo había dejado en medio de Times Square durante tres largas horas. Frío, calculado y brutal, había sido un castigo que nadie olvidaría jamás.

En aquellas fechas, Honor había sentido lástima por el vampiro escarmentado, pero ahora sabía muy bien lo sádicos que podían llegar a ser muchos inmortales. Sus mentes eran capaces de idear los más depravados y deshumanizados horrores. Ahora entendía que el castigo de Rafael había sido una advertencia.

—Bastante cerca. —Tras sortear un camión de reparto, Dmitri pasó por alto las recriminaciones de un taxista (que se quedó con la palabra en la boca) y observó a una ejecutiva trajeada que estaba a punto de cruzar la carretera sin mirar. La mujer se quedó paralizada y dejó caer el café al suelo sin darse cuenta—. Las condiciones en las que se encuentran las distintas partes corporales indican que no fue arrojado desde el aire —señaló después de pasar volando junto a la mujer—, así que alguien debió de acarrear los pedazos hasta allí.

Partes corporales. Pedazos.

No era de extrañar, teniendo en cuenta la cabeza decapitada.

—¿Alguna imagen de las cámaras de vigilancia? —preguntó Honor cuando entraron por fin en el maravilloso mundo de rótulos brillantes y gente apretujada que formaba Times Square.

—Estamos en ello.

Aparcó en medio de la calle, que había sido cortada. La multitud se agolpaba al otro lado del cordón policial.

Cuando Dmitri salió del coche, todos los que se encontraban a menos de un metro de distancia retrocedieron… y siguieron haciéndolo mientras él avanzaba hacia el escenario del crimen.

Honor fue tras él y se percató de que la gente observaba la daga que llevaba en el muslo. Las expresiones tensas desaparecieron, sustituidas por sonrisas cautelosas. Por lo común, la población general les tenía cierto aprecio a los cazadores, ya que sabían que si todo se iba a la mierda y los vampiros bañaban las calles de sangre, sería el Gremio quien acudiría al rescate. Incluso los vampiros más débiles presentes entre la multitud la saludaron con expresión amable; eran ciudadanos respetuosos con la ley que nada tenían que temer del Gremio.

Un minuto después, se agachó para pasar bajo la cinta policial y empezó a examinar una escena más propia de un matadero que del vibrante y caótico centro de una de las ciudades más importantes del mundo. La rodeaban un millón de esencias: el sabor dulce y meloso del azúcar procedente de la chocolatería que había al otro lado de la calle; el café, denso y amargo, del negocio de la esquina; el humo de tabaco y de los coches mezclado con el penetrante hedor del sudor humano. Sin embargo, ninguno de aquellos olores podía ocultar la húmeda pestilencia de la carne en descomposición.