Eran las once de la mañana cuando se despertó. Encendió un cigarrillo y trató de poner orden en su cabeza. Habían pasado ya dos días (había sido un lunes, y por la mañana) desde su entrevista con el hombre importante. Hoy, entonces, era miércoles. Estaba viviendo en un residencial cuya propietaria se llamaba Garland y tenía que matar a un hombre de apellido Külpe. Eso era todo. Y también estaba la mujer de las Barrancas y el chico con el triciclo. Y Cecilia, también Cecilia.
Se levantó de la cama y tuvo un sobresalto cuando vio en el espejo su cuerpo desnudo. ¿Qué tenía que ver él con la imagen allí reflejada? Observó sus brazos, su vientre, las piernas. De modo que así había dormido, completamente desnudo. Volvió a pensar en Cecilia. ¿Estaría aún con Külpe o ya se habría ido? Decidió que no le importaba.
Acercó aún más su rostro al espejo y miró sus ojos. Así era él. Después miró sus cabellos (cada vez más escasos y menos oscuros), su nariz, las arrugas junto a su boca. Y nuevamente su cuerpo, su vientre, los vellos blancos que habían comenzado a crecerle en el pecho, su sexo adormecido y sus piernas cortas. Eso era él. Se sintió menos duro, menos fuerte que antes. Volvió a recordar que estaba por cumplir cincuenta años. Y le parecieron muchos.
Se vistió velozmente y fue hasta la planta baja. Pidió autorización a la señora Garland para utilizar el teléfono. Acababa de recordar que (con el de hoy, miércoles) llevaba ya tres días encargándose de su trabajo y aún no había establecido comunicación con el hombre llamado Peña. La señora Garland le alcanzó el aparato y lo dejó solo en la recepción. Discó un número que ya le habían entregado en trabajos anteriores y esperó largamente. Una voz le preguntó con quién quería hablar y contestó que con Peña.
—Soy Peña —dijo la voz.
—Soy Mendizábal —dijo él.
—Lo estaba esperando —dijo Peña—. Tendría que haber llamado ayer.
—No pude —dijo Mendizábal—. Pero no se queje de vicio que tanto no tardé. Ahora tengo que verlo.
—Está bien —dijo Peña—. Diga dónde.
—Cerca de donde está usted —dijo Mendizábal—. En Lacroze y Cabildo. Hay un grill allí, se llama Albor.
—Está bien —dijo Peña—. Lo conozco. En una hora estoy.
Colgó.
Una hora. Mendizábal permaneció en silencio sosteniendo todavía el auricular. Una hora. Después colgó. Había pensado tener antes o después esa entrevista, pero no así, casi en seguida. Volvió a su habitación. Una hora, ¿qué hacer hasta entonces?
Miró hacia las persianas de Külpe y las encontró entreabiertas. Seguramente habría salido ya. Abandonó su habitación y fue en busca de su auto.
Eran las doce. Recordó que, el día anterior, Külpe y la mujer con el chico del triciclo se habían encontrado bajo el sol perpendicular de las Barrancas. ¿Ocurriría lo mismo hoy? Averiguarlo era la mejor manera de cubrir esa hora que lo separaba de su encuentro con Peña.
No demoró en llegar. Estacionó el Renault frente a la placita con el busto de Belgrano y comenzó a caminar lentamente hacia la glorieta. ¿Por qué estaba tan seguro de encontrarlos? No lo tenía claro. Pero sospechaba que Külpe y la mujer de los cabellos insidiosos tenían muchas cuentas que arreglar entre ellos, un montón de canalladas puntualmente cometidas durante años. Y de las cuales el chico del triciclo era apenas una más.
Allí estaban: en el mismo y amplio banco de madera. Ella había recogido mejor su pelo, dejaba reposar sus manos sobre la falda y parecía más firme y serena que el día anterior. Mendizábal debió confesarse que eso le gustaba. Ya no se la veía, por ejemplo, claudicante y menesterosa. Ahora parecía decidida a defender lo suyo, a vender caros los restos de su honor.
Les tomó varias fotografías. Estaban tan embebidos en su conversación que no existía la menor posibilidad de que lo vieran. El chico, que había atado un globo rojo al manubrio de su triciclo, se acercó a Külpe y le señaló la presencia de un heladero. Külpe asintió con la cabeza y compró helados para los tres.
Había muchos pájaros y el cielo estaba claro. Seguía haciendo calor. Külpe tomó ahora una de las manos de la mujer y la retuvo entre las suyas. Mendizábal los vio mirarse durante un largo momento. Algo continuaba vivo entre ellos.
¿Conocería esa mujer la existencia de Cecilia? Quizá de ella habían comenzado a hablar ahora, pues Mendizábal los vio separar sus manos y enfrentarse nuevamente, erizados. Dedujo que Külpe le estaba confesando su pasión por Cecilia. Dedujo también que la mujer no iba a aceptar que las cosas fueran de ese modo, que su orgullo maltratado superaría totalmente a su pasión por ese hombre.
Así fue. Cuando él intentó volver a tomar sus manos, ella las retiró como quien teme contaminarse. Estaba herida, pero entera. Külpe repitió su gesto y ella volvió a rechazarlo. Quedaba claro que se sabía la mujer fundamental de su vida, y que no estaba dispuesta a recibir limosnas.
Permanecieron en silencio. Todo, sin embargo, había sido distinto hoy entre ellos. Quizá terminaran por separarse para siempre, pero todo ocurría ahora como si hubieran aprendido a enfrentarse como dos personas, sin que ninguno abandonara su dignidad ante el otro.
Külpe acababa de extraer su billetera y le estaba entregando dinero. Ella lo aceptó con naturalidad. El la besó en la mejilla (casi junto a la boca, le pareció a Mendizábal), se puso de pie y llamó al niño.
—¡Sergio! —se escuchó la voz de Külpe.
Mendizábal dio un respingo. Así era la voz de su víctima: no muy potente, pero clara y penetrante. Y ése era el nombre del chico: Sergio. Después, Külpe se despidió haciendo un gesto con la mano y Mendizábal lo vio tomar el mismo colectivo del día anterior.
La mujer quedó sola. Mendizábal se dedicó a observarla con total detenimiento. Llevaba poca pintura en el rostro y vestía con sencillez. No era bella, pero en modo alguno fea. Se preguntó cómo sería en la cama y la imaginó sensual, estridente.
¿Por qué no acercársele?
La idea le pareció atinada. La circunstancia, además, era perfecta: ella estaba sola, herida en su orgullo, viviendo como madre y no como mujer. ¿Podía sucederle algo mejor que encontrarse con alguien dispuesto a aliviar su soledad?
Por otra parte, él no corría ningún riesgo. Era altamente improbable que ella le confesase a Külpe una relación con algún hombre. Para irritarlo, quizá, para provocarle celos o vengar su orgullo. Pero no. Más le importaba —dedujo Mendizábal— torturarlo con su papel de madre doliente, de hembra abandonada pero digna.
Miró su reloj. Faltaban apenas quince minutos para la cita con Peña. Hoy no iba a ser posible, pero la decisión ya estaba tomada: habría de convertirse en el cálido amigo de esa mujer, en su confidente y, por supuesto, en su amante.
Sería otra manera de atrapar a Külpe.