13. EL PROCESO DE LA UNIDAD ALEMANA
Lo mismo que en el caso de Italia, la revolución de 1848 señaló la explosión irreversible del movimiento nacionalista alemán; y lo mismo que en Italia los resultados no estuvieron de momento a la altura de las esperanzas. El fracaso se debe en parte a la doble condición, política y nacional, del movimiento. Las interminables discusiones en el parlamento de Frankfurt condujeron a muy pocos resultados concretos. Quizá el logro más importante fue la creación del Zollverein o unión aduanera, que fue entrando en vigor poco a poco. Un mercado común alemán puso en contacto a los diversos estados y contribuyó a crear intereses comunes.
Pero las dificultades eran grandes. Alemania estaba dividida en treinta y nueve soberanías distintas, muchas más que las de Italia, y celoso cada príncipe por mantener aquella soberanía frente a cualquier intento de debelarla. Los alemanes querían la unificación, los príncipes y muchos de sus políticos o de sus funcionarios, no. Otro tema en discusión era el referente a la forma política: ¿una federación de Estados liberales o democráticos, o un solo poder unificado fuerte, incluso autoritario? Es preciso contar también con la protesta social, presente en unos países que se estaban industrializando rápidamente. O con las diferencias religiosas y culturales entre los católicos del oeste, más liberales y abiertos, y los protestantes del este, más rígidos y jerarquizados mental y socialmente. Quizá la duda principal se planteaba a la hora de escoger el núcleo medular de la futura unión. Desde el primer momento se dibujaron dos modelos contrapuestos: a) la Gran Alemania, presidida por Austria, cabeza del secular Imperio. Esta solución abarcaría a todo el mundo alemán, pero supondría la convivencia bajo el mismo poder con pueblos no alemanes —magiares, bohemios, polacos, sureslavos—;b) una federación presidida por Prusia que aglutinaría a los pueblos alemanes del Norte, pero dejaría fuera a Austria, que era no solo un país netamente germano, sino símbolo, de aquel secular imperio. En la Dieta de Frankfurt se discutió entre la Gran Alemania y la Pequeña Alemania, entre la unión férrea y la federación. Cuando al fin se decidió la solución puramente germánica con cabeza en Prusia, Federico Guillermo IV no quiso aceptar una corona imperial procedente de una asamblea, y el proyecto de momento se vino abajo. Pero la idea de unificar Alemania perduró a aquella coyuntura histórica, y era tan fuerte por lo menos como la que animaba a los italianos. En adelante, todos los factores apuntaban a la unificación. El Zollverein permitió la formación de empresas auténticamente «alemanas» mucho antes de que la unidad política fuese un hecho consumado. También se potenció la unidad cultural, y las universidades fueron una de las instituciones que más pesaron en la creación del pangermanismo. Por otra parte, los brotes de la protesta obrera o los movimientos republicanos unieron a la burguesía y fueron creando, por reacción, un ambiente favorable a un poder fuerte. La unificación se realizaría así, como en Italia, por obra de un núcleo dominante, en este caso Prusia. y bajo la dirección de un político de extraordinaria energía, pero también de extraordinaria inteligencia como el canciller Otto von Bismarck, un típico «junker» o miembro de la pequeña nobleza prusiana, educado en un ambiente de autoridad y en un espíritu militar de servicio disciplinado, exigente con uno mismo y con los demás. Bismarck, el «canciller del hierro», fue el equivalente de Cavour en Italia, pero con un carácter más dominante y enérgico, y prototipo también, según siempre se ha dicho, de la nueva concepción política positivista.
En 1861 murió Federico Guillermo IV de Prusia y le sucedió Guillermo I, autoritario pero al mismo tiempo prudente y realista. Dejó hacer al canciller Bismarck, y Bismarck unió a Alemania «por el hierro y el fuego», como él decía, esto es. mediante la guerra, pero haciendo gala de magníficas dotes diplomáticas. La unificación de Alemania no precisó de ninguna guerra ajena a ella, como la de Italia. Napoleón III apoyó las pretensiones de Prusia frente a las de Austria, pensando que así debilitaba al enemigo más fuerte, y, como en otros principios de su política exterior, se equivocó. Cuando se dio cuenta de su error, era demasiado tarde.
La guerra de los Ducados
La unificación de Alemania fue también producto de tres guerras exteriores, aunque la que decidió la unión definitiva de todos los estados de la Confederación fue la última.
En 1863 se planteó un problema sucesorio en los ducados de Schleswig-Holstein, vinculados hasta entonces a la corona danesa. Se disputaban la herencia Christian IX de Dinamarca y Federico de Augustenburgo. Los prusianos apoyaron a este último, lo mismo que el imperio austrohúngaro, decididos unos y otros a extender el ámbito de los dominios germanos. Fueron los soldados prusianos los que invadieron los ducados, utilizando por primera vez el ferrocarril como medio masivo de transporte de tropas. Realmente. Los territorios disputados no fueron nunca para Federico de Augustenburgo, sino que se los repartieron prusianos y austriacos; Schsleswig para los primeros y Holstein para los segundos. Era un avance del mundo germano, pero también un motivo de discordia entre Austria y Prusia, que se manifestaría bien pronto.
La guerra austroprusiana
La discordia estalló en 1866, aunque estaba claro que en el fondo su causa no radicaba en la administración de los ducados, sino en las pretensiones, tanto de Austria como de Prusia de arrogarse el papel de núcleo unificador de Alemania.
Napoleón III, que seguía pensando que su adversario más poderoso era el imperio austriaco, apoyo moralmente a los prusianos. Sin embargo, se aliaron con Austria Baviera, Baden-Wurtenberg y otros principados del Sur de Alemania. Teóricamente, las fuerzas de Francisco José llevaban ventaja, y toda Europa temió el engrandecimiento de Austria. Sin embargo, Prusia contaba con un ejército admirablemente organizado, y dirigido por uno de los estrategas más grandes del siglo, Von Moltke. El secreto de la victoria prusiana estuvo en su mayor rapidez de movilización y en sus desconcertantes movimientos. Los soldados de Moltke penetraron inesperadamente en Bohemia, y plantearon la múltiple batalla de Sadowa como una partida de ajedrez. El ejército austriaco quedó virtualmente fuera de combate, y la paz de Praga selló el predominio de Prusia sobre Austria y triunfaba el norte sobre el sur, y con ello el plan de la «pequeña Alemania» o Alemania exclusivamente germana a partir de aquel momento, Austria, sin papel alguno que jugar en el mundo alemán, buscaría su destino por la cuenca del Danubio.
La guerra francoprusiana
Desde entonces Bismarck trató de asimilar a Prusia los distintos estados, alemanes, y se constituyó la Confederación del Norte (Baviera fue la que más tenazmente se resistió a la hegemonía prusiana, y se negó, con algunos pequeños estados vecinos, a entrar en la confederación). Estaba claro que la unificación definitiva no podría llegar sino merced a una nueva guerra. Y mejor que una guerra civil era preferible una guerra exterior, capaz de entusiasmar a todos los alemanes.
Napoleón III había apoyado a Prusia frente a Austria, y Bismarck había seguido inteligentemente el juego, sin poner trabas a una eventual anexión de Bélgica por Francia. Ahora, dominador de la mayor parte de Alemania, se opuso repentinamente a tales pretensiones. En realidad, ni Francia ni Prusia teman motivos de especial enemistad: la guerra que iba a estallar entre ambas potencias era, si cabe decirlo así, de pura conveniencia, y ambas partes la deseaban, o la estimaba necesaria: Prusia para coronar la unidad alemana, y el imperio napoleónico para mantener su un poco maltrecho prestigio. Napoleón III iba perdiendo influjo en Europa y popularidad entre los franceses. Creía que podía recuperarlos con una espectacular victoria militar.
Así se explica que la guerra estallara por un motivo bien fútil. En España, la revolución de 1868 había destronado a Isabel II, y ahora el presidente del gobierno, el general Prim, buscaba un nuevo rey. Uno de los candidatos era Leopoldo de Hohenzollern, sobrino de Guillermo I de Prusia. Éste nunca dio su visto bueno a la combinación, pero Francia exigió a Prusia una garantía total. Guillermo I mantuvo una postura prudente, pero se negó a ceder incondicionalmente ante las presiones francesas. Bismarck desfiguró ligeramente la actitud del monarca en una nota, a la prensa —el famoso «telegrama de Ems»—; Francia entendió un gesto de desprecio, y declaró la guerra a Prusia. Los franceses aparecían como agresores, que era lo que deseaba Bismarck: iba a aprovecharse así de «la cólera del pueblo alemán».
Todos los estados alemanes participaron en la cruzada contra Francia, aunque el peso de las operaciones recayó fundamentalmente sobre Prusia. De nuevo se puso de manifiesto la superioridad técnica, que no numérica, de la maquinaria militar prusiana. Moltke, en una serie de movimientos bien concertados, cercó al I Ejército francés en Metz. Napoleón III acudió en su ayuda con el II Ejército, y antes siquiera de que pudiese darse cuenta, quedó cercado a su vez en Sedan (septiembre de 1870). Días más tarde, enfermo y desengañado, se rendía.
Mientras en Francia estallaba una revolución republicana con grandes indentaciones sociales, Guillermo I era proclamado Kaiser, Emperador de toda Alemania, en medio del orgullo y entusiasmo de los vencedores. La unificación alemana fue históricamente más operativa que la de Italia: no sólo por su mayor potencia demográfica y económica —las diferencias existían, pero no eran abismales ni mucho menos—. sino por su mayor capacidad de cohesión. En este caso, el núcleo unificador no era el más desarrollado y más culto: más bien al contrario potencia industrial e intelectual del oeste se unió a la potencia militar del este, y a su vez la enriqueció: ambas partes se complementaban en su misión histórica, en vez de contraponerse. En este caso también el genio unificador no había muerto prematuramente, como Cavour en Italia. Alemania, bajo la égida de Guillermo I y Bismarck quedaba desde 1870 convertida en la primera potencia de Europa.