31

La arrogancia puede resultar reconfortante, el creerse que uno es una flor de inteligencia que brota del estercolero de la estupidez puede ser un buen elemento de aislamiento emocional. Pero es una ilusión arriesgada, que lleva a una falta de preparación, a una repentina pérdida del equilibrio, cuando la realidad se presenta de sopetón y el ser listo ya no es bastante.

Este fue el tipo de vértigo que hizo que Souza se tambalease a la vista de la policía, con su autoconfianza de leguleyo desmoronándose como un castillo de arena batido por las olas. Pero su recuperación fue rápida y, al cabo de unos momentos, sus facciones se habían recompuesto con una máscara digna, tan fría e inmóvil como los bustos que dominaban los rincones de aquella sala.

—¿Qué significa esto, sargento? —le preguntó a Milo.

—Cabos sueltos —le dijo el detective. Llevaba un gran maletín y, cuando entró en la sala, tendió la mano hacia el reóstato que había junto al marco de la puerta y lo giró. Al ir incrementándose el número de watios, la habitación quedó como desnuda, transformada de un mundo privado y recogido a cuatro paredes repletas de vulgaridades caras, con cada mancha, desgarrón o imperfección confesando su existencia bajo la catarata de incandescencia.

Cash entró y cerró la puerta, dejando a los uniformados fuera. Se quitó las gafas de sol, las plegó y guardó, se arregló el nudo de la corbata y miró apreciativamente por la habitación, descansando la vista en un grabado que había sobre la chimenea.

—Currier e Ives —dijo—. Muy bonito.

Milo se había colocado justo tras Souza y el detective de Beverly Hills fue a ponerse tras los Cadmus, haciendo un recorrido táctil a lo largo del camino, con sus inquisitivos dedos acariciando los pulimentados contornos del mármol, la porcelana, la madera noble y los dorados, antes de bajar a descansar junto al borde inferior de su chaqueta.

Los Cadmus habían reaccionado de modo característico a la intrusión, con Dwight ensombreciéndosele el rostro por el asombro y el enojo. Heather sentada muy erguida y silenciosa y, exteriormente, tan controlada como la reina de una promoción estudiantil. Vi que se atrevía a darle una mirada rápida a Souza, y que luego volvía de inmediato su atención al tembloroso perfil de su esposo. Mientras contemplaba cómo las mandíbulas de él se estremecían, una delicada mano alzó el vuelo y se posó sobre su brazo. Él no pareció darse cuenta.

—Horace —dijo Dwight—. ¿Qué es esto?

Souza lo acalló con el alzamiento de una ceja, volvió a mirar a Milo y le señaló las botellas talladas.

—Caballeros, les ofrecería bebidas, pero sé que eso va contra su reglamento.

—Si tiene usted agua de soda sin nada más, yo me tomaría un poco —le dijo Milo—. ¿Qué quieres tú, Dick?

—La soda me va bien —aceptó Cash—. Con hielo y unas gotitas de limón.

—Sí, claro —dijo Souza, sonriendo para ocultar su mal humor y sirviendo los tragos.

Los detectives tomaron los vasos y encontraron sitio donde sentarse. Milo se dejó caer entre Souza y yo, colocando su maletín en el suelo al lado de mis piernas. Cash se situó junto a Heather y escrutó ansiosamente sus joyas, pasando luego su escrutinio a la prominencia de sus senos. Ella pretendió no darse cuenta, pero, al seguir él con su escrutinio, no pudo evitar un débil estremecimiento reflejo. Dwight notó el movimiento y giró la cabeza. Cash le devolvió la mirada desafiante, luego hundió su sonrisa burlona en burbujas. Dwight apartó los ojos furioso, consultó su reloj y me lanzó una mirada asesina.

—Les ha llamado usted, ¿no es así, Delaware? Ha jugado a hacerse el héroe sin dárnoslo a saber y todo en base a una teoría idiota —se puso las gafas y le ladró a Souza—. Horace, lo primero que quiero que hagas mañana por la mañana es ponerle una demanda por práctica deshonesta a este…

—Dwight —le dijo Souza en voz baja—. Cada cosa a su tiempo.

—Muy bien. Pero quiero que sepas lo que yo pienso de todo esto —miró despectivamente a Milo—. Tenemos que irnos pronto de aquí, agente. Hay una función benéfica importante en el Biltmore y yo soy uno de los que tienen que hablar.

—Ya puede olvidarse de lo de esta noche —le dijo Milo.

Dwight se lo quedó mirando incrédulo.

—Hey, espere un momen…

—De hecho —añadió Cash—, ya puede olvidarse de un montón de próximas noches.

Las uñas de Dwight se clavaron en el posavasos. Empezó a alzarse.

—Siéntese, señor —le dijo Cash.

—Cariño —le dijo Heather, ejerciendo una sutil presión en el brazo de su esposo—. Por favor.

Dwight se hundió. Los contornos gélidos que la ira había grabado en su rostro comenzaron a fundirse por los bordes, convertidos en barrillo por una repentina tormenta de miedo.

—Horace —dijo—. ¿De qué diablos están hablando?

Souza trató de calmarlo con una genial sonrisa.

—Sargento —le dijo a Milo—. Yo represento los intereses legales del señor y la señora Cadmus. Estoy seguro de que, si hay que hablar de algo, puede usted hacerlo conmigo y permitirles a ellos cumplir con sus obligaciones sociales.

Milo no había tocado su soda. La alzó, miró a su través, como inspeccionando su tonalidad, y la volvió a dejar.

—Lo lamento —dijo—. Eso sí que sería en contra de las normas.

—Me temo que no le entiendo —dijo con frialdad el abogado.

En lugar de contestarle, Milo se alzó, abrió las puertas y se hizo a un lado, mientras un joven agente uniformado entraba un monitor de vídeo, colocado en una mesilla sobre ruedas. Encima del monitor había un magnetoscopio Betamax. Tanto el monitor como el magnetoscopio estaban conectados a una batería.

—Colócalo allí —le dijo Milo, señalando el extremo más alejado de la mesa. El agente le obedeció, trabajando rápida y competentemente. Cuando hubo acabado, le dio a Milo un control remoto y le preguntó si tenía algo más que ordenarle.

—Nada por ahora, Frank. No te vayas muy lejos.

—Sí, señor.

Dwight había seguido la instalación con mirada asombrada. Al cabo, llenó su vaso con escocés y lo vació de un trago. Su esposa le miró beber, permitiéndose una momentánea mueca de desprecio. Borrándola con rapidez, sacó un pañuelo de seda blanco del bolso, se secó los labios y lo sostuvo a esa altura, velando la parte inferior de su rostro. Los ojos grises, visibles por encima del velo, estaban inertes, pero dilatados por el interés. Pero ese interés no era causado por su esposo, pues cuando este habló, no le miraron.

—Esto es realmente ultrajante —dijo él, tratando de sonar autoritario. Pero su voz había crecido de tono, agudizada por la ansiedad.

Milo apretó un botón y el monitor se iluminó, lo apretó de nuevo y la cinta comenzó a rodar. La pantalla se llenó con una serie de números: los códigos del Departamento de policía de Los Ángeles, que dieron paso a un plano medio de una pequeña habitación amarilla, desprovista de muebles, excepto una mesa y una silla metálicas.

En la mesa había un cenicero y un montón de fotos Polaroid. En la silla estaba sentado Tully Antrim, vestido con un chandal azul, los ojos furtivos, con un cigarrillo ardiendo entre los dedos de una de sus manos; la otra yacía plana sobre la mesa, una mano de grandes huesos, con cicatrices, terminando en unas puntas de dedos romas, cubiertas por uñas sucias. En el borde superior derecho de la imagen había una borrosa y oscura forma de proporciones vagamente humanas: la nuca de alguien.

Antrim se llevó el cigarrillo a los labios e inhaló. Sopló el humo por los orificios de la nariz, miró al techo, se quitó algo del rabillo del ojo. Tosió y se estiró.

—Vale, Tully —dijo la sombra, hablando con la voz de Milo—. Vamos a revisarlo otra vez: ¿Quién fue el primero?

Antrim tomó una foto y jugueteó con ella.

—Este.

—Acabas de identificar a Darrel Gonzales.

—Quien sea.

—¿No sabías su nombre?

—No.

—¿Ni que le llamaban el Pequeño D? ¿O Campanilla?

Antrim chupó humo y negó con la cabeza.

—Nunca oí ninguno de esos nombres.

—¿Dónde lo encontraste?

—En el barrio donde están los prostitutos, en Boystown.

—¿En qué lugar de Boystown?

Antrim mostró los dientes, divertido.

—Creo que fue cerca de Larabee. Justo junto a Santa Mónica. ¿Es esto lo que dije la primera vez?

—Háblame de cómo lo contactaste —le dijo Milo.

Antrim bostezó.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—Vale. Fuimos recorriendo Boystown en coche, buscando a alguien a quien liquidar. Uno bien pasota, que estuviera de viaje, para que así no hubiera problemas para meterlo en la camioneta, ¿me entiende? Encontramos a este, nos pusimos de acuerdo en el precio, y subió al vehículo.

—¿Y entonces qué?

—Y entonces fuimos por ahí, le hicimos que se pusiera ciego con calmantes, jugamos con él y lo acabamos dentro de la camioneta.

—¿Skull y tú?

Algo salvaje apareció en los ojos de Antrim. Se sacó el cigarrillo de los labios, lo apagó, aplastándolo contra la mesa, y se inclinó hacia adelante, con las manos cerradas en garras y la mandíbula inferior extendida.

—Ya le he dicho antes —dijo entre dientes—, que yo lo hice todo, amigo. Lo único que ella hizo fue conducir la camioneta. ¿Lo captas?

Milo emitió un sonido gutural, se miró las uñas y esperó a que Antrim se hubiera relajado lo suficiente, antes de hacerle la siguiente pregunta.

—¿Cómo lo mataste?

Antrim asintió con la cabeza aprobando la pregunta.

—Primero lo rajé un poco —dijo ensoñadoramente—. Luego usé la seda para ahogarlo; después lo corté un poquito más… Esas eran mis órdenes; hacerlo aparecer como la obra de un loco. Luego lo tiré por ahí.

—¿Dónde?

—En algún callejón, travesía de Santa Mónica. Cerca de Citrus, creo.

—¿Por qué allí?

—Esas eran las órdenes: entre tal y cual calles.

—¿Qué calles?

—La Brea e Highland.

—¿Esa era tu zona de abandono de los cadáveres?

—Justo.

—¿Fue siempre igual para los otros asesinatos?

—Sí. Excepto las calles, que cambiaban para cada uno.

Milo sacó un mapa, lo desplegó ante Antrim y señaló con un dedo.

—Esos puntos son donde se encontraron los cadáveres. Los números indican la secuencia de los asesinatos: uno para el primero, dos para el segundo, etcétera. Los fuiste abandonando del este al oeste.

Antrim asintió con la cabeza.

—¿Y cómo es eso?

—Esas eran las órdenes.

—¿Y tienes idea del motivo?

Una negativa con la cabeza.

—Nunca pregunté —dijo, encendiendo otro cigarrillo.

—¿Y nunca te preguntaste por qué?

—No.

Milo recogió el mapa y dijo:

—¿Qué me dices de la sangre?

—¿Qué hay que decir?

—Hablo de la sangre en la camioneta. ¿Cómo la hacías desaparecer?

—Poníamos lonas. Las que no podíamos lavar las quemábamos. Y lo que quedaba en el metal lo sacábamos a manguerazos. No fue ningún problema.

—¿Quién fue el segundo?

Antrim examinó las fotos y tomó un par.

—Uno de estos. Todos me parecen tener la misma cara.

—Míralos mejor. A ver si te puedes acordar.

Antrim bajó la cara, se mordisqueó el bigote y sacó la punta de la lengua mientras se concentraba. Un mechón de cabello le cayó sobre la frente.

—Este —dijo, dejando caer una de las fotos sobre la mesa y blandiendo la otra—. Este, el mayor.

Milo examinó la foto.

—Acabas de identificar a Andrew Terrence Boyle.

—Si usted lo dice, jefe…

—¿Tampoco sabías su nombre?

—No. No sabía el nombre de ninguno, excepto del negrata.

—Rayford Bunker.

—No ese nombre, Salero.

—¿Y cómo es que sabes ese apodo?

Antrim sonrió.

—Era un tipo muy chuleta, ¿sabe? No dejaba de fanfarronear, de jugar a mover las pestañas y canturrear: «Soy Salero. Se me ve el plumero. Te la chuparé por dinero». O alguna mierda parecida —Antrim lanzó una mirada desaprobadora, le dio una calada a su cigarrillo—. Un jodido engreído de mariquita negro. Lo rajé más que a los otros, antes de ahogarlo. Para darle una buena lección, ¿entiende lo que le quiero decir?

Hubo un sonido raspante, un brazo que se movía. Milo acabó de escribir y preguntó:

—¿Quién fue el número tres?

Antrim barajó el montón de fotos.

—Este. Me acuerdo de sus pecas. Parecía un crío.

—Rolf Piper —dijo Milo—. Tenía dieciséis años.

Antrim se alzó de hombros.

—Eso debe ser.

Siguió de este modo durante un tiempo, con Milo interrogando y Antrim respondiéndole con aire casual sobre las circunstancias de los crímenes. Luego el interrogatorio empezó a profundizar en los detalles: fechas, horas, armas, la ropa de las víctimas.

—¿Alguno de ellos luchó por defenderse, Tully?

—No.

—¿Ninguno de ellos resistió ni un poquito?

—Demasiado pasados.

—¿Con tranquilizantes?

—Con tranquilizantes, con hash, con vino, con lo que fuese.

—¿Cuál de ellos bebió vino?

—No me acuerdo.

—Piensa un poco.

Pasó un minuto. Antrim se limpió la nariz con la manga.

—¿Te acuerdas de algo?

—No.

—¿Qué era lo que hacías luego, Tully?

—¿Luego?

—Luego de haberlos tirado.

—Limpiaba la camioneta, como ya he dicho.

—¿En dónde?

—En la cabaña.

—¿Qué cabaña?

—Usted ya ha estado allí.

—Cuéntamelo de todos modos.

—En Tujunga. Arriba, más allá de La Tuna.

—¿Quién es el dueño de esa cabaña?

—Souza.

El abogado se agitó ante la mención de su nombre, pero siguió despreocupado, con las manos anudadas ante él. Dwight se volvió y le miró con ojos desorbitados, pero Souza le ignoró.

—¿Horace Souza? —preguntó Milo—. ¿El abogado?

—Eso.

—¿Te la alquiló Souza a ti?

—No. Vivíamos allí sin pagar nada.

—¿Y cómo era eso?

—Formaba parte del trato, ¿no se acuerda? —Antrim se lamió los labios y miró en derredor. Aburrido.

—¿Tienes sed, Tully?

—La boca seca. De tanto hablar.

—¿Qué te parecería una taza de café?

—¿Tienen sopa?

—Creo que una de las máquinas vendedoras sirve sopa.

—¿De qué tipo?

—Creo que es caldo de pollo. ¿Quieres un poco?

Antrim se lo pensó.

—¿No hay de verduras? —preguntó.

—Puedo mirarlo. ¿Y si solo hay de pollo?

Antrim estudió las posibilidades.

—Entonces me tomaría un buen vaso de agua.

Milo se fue del campo de la cámara. Antrim se enfrentó a la soledad a base de cerrar los ojos y dormitar en la silla. Minutos más tarde Milo regresó y le entregó un vaso de papel.

—No hay sopa, Tully. Aquí tienes el agua.

—Ya vale —dijo Antrim, tragando con gorgoteos. Dejó el vaso vacío, con una exhalación satisfecha.

—¿Quieres más? —le preguntó Milo.

—No.

—De acuerdo, volvamos al asunto. Me has dicho que, después de que os deshacíais de los cadáveres, Skull y tú limpiabais. ¿Cómo?

—Echábamos agua con mangueras, quemábamos todo aquello que hubiera que quemar.

—¿En dónde lo quemabais?

—En la vieja barbacoa que había junto a la cabaña. La que ya le mostré.

—¿Y después de la limpieza? ¿Qué hacíais entonces?

Antrim pareció perplejo.

—¿Algo te preocupa, Tully?

—No. Pero es difícil acordarse.

—¿Y cómo es eso?

—Porque no siempre hacíamos lo mismo después. A veces comíamos, a veces teníamos una fiesta. Dependía, ¿sabe?

—Comíais y hacíais fiestas después de tirarlos.

—Ajá. En una ocasión, después del negrata, fuimos al centro y vimos una película.

—¿En qué cine?

—Uno que hay en Spring. Cerca de la Quinta, creo.

—¿Fuisteis con la camioneta?

—No, con la gorrina.

—¿Con vuestra Harley?

—Justo.

—¿Qué película visteis?

—Alguna de esas de joder. Los malhablados. O Hablando mal. Algo así.

—De acuerdo —dijo Milo—. ¿Hay algo más que quieras contarme acerca de los asesinatos?

Antrim se quedó pensativo.

—Solo que no fue nada personal —dijo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no conocíamos a esos maricas. Que estábamos haciendo un trabajo, eso es todo.

—Siguiendo órdenes.

—Ajá.

La pantalla se oscureció, y entonces surgió otra serie de números. Cuando apareció la habitación, Cash y Whitehead estaban en ella, en pie a un lado, tomando notas.

—La fecha es jueves, diez de diciembre de 1987. Esta es la cuarta de una serie de entrevistas con el sospechoso William Tull Bonney, también conocido por William Antrim, referente a su participación en una serie de homicidios, cuyos detalles han sido enumerados en una grabación anterior. La presente entrevista está siendo efectuada en Parker Center. Al señor Bonney se le ha informado de sus derechos y ha afirmado conocerlos. Se le ha ofrecido repetidamente la posibilidad de consultar a un abogado, y la ha rehusado en cada ocasión. Ha sido examinado psiquiátricamente y se le ha hallado mentalmente competente para participar en las cuestiones referentes a su defensa. Ha consentido, por escrito, a someterse a estas entrevistas y a su grabación en audio y vídeo. ¿Algún comentario, señor Bonney?

—Ya lo ha dicho todo usted, jefe.

—¿Y sigue sin querer un abogado?

—Ni hablar. Fue un abogado quien me metió en esto, ¿no es cierto?

—Señor Antrim, si cambia usted de idea, infórmenos de inmediato, y le facilitaremos un abogado.

—No lo haré. Acabemos con esto.

Milo siguió recitando:

—Están presentes en la entrevista el diputado del sheriff del Condado de Los Ángeles, Calvin W. Whitehead, y el sargento detective Richard A. Cash, del Departamento de Policía de Beverly Hills —a la mención de su nombre, Cash se tocó la frente con el índice e hizo un pequeño saludo—. Yo soy el sargento detective Milo B. Sturgis, del Departamento de Policía de Los Ángeles, División del Oeste de Los Ángeles.

Antrim parecía más animado que en la grabación anterior, cambiando su posición. Posando. Encendió un cigarrillo, se pasó los dedos por el cabello y sonrió. Haciendo el mono para la cámara.

—De acuerdo, Tully —le dijo Milo—, en anteriores entrevistas nos has dicho cómo y cuándo mataste a Darrel Gonzales, Matthew Alan Higbie, Rolf Piper, John Henry Spinola, Andrew Terrence Boyle y Rayford Antoine Bunker.

—Esos son.

—Ahora hablemos de los otros asesinatos. De Richard Emmet Ford e Ivar Digby Chancellor.

—Seguro —aceptó Antrim—. ¿Qué es lo que quiere saber?

—Todo —gruñó Whitehead.

Antrim le miró, luego miró de vuelta a Milo, como diciéndole: «¿Cuál es el problema?» Sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca.

Milo se lo encendió y le dijo:

—¿Por qué no empiezas por el principio?

—Hay un montón de principios.

—¿Como cuáles…?

—El principio del trabajo fue cuando sacamos al chico del hospital, el principio de las rajadas fue…

—¿A qué chico te refieres?

—Al chico Cadmus. A ese al que encerraron.

—James Cadmus.

—Justo.

—Empecemos con él —pidió Milo.

—Vale. Yo fui hasta el hospital…

—¿Cuándo? —preguntó Whitehead.

—No sé cuándo fue…, ¿hace cuatro o cinco semanas?

—¿Qué día de la semana era? —le preguntó Cash.

—El jueves.

—¿Y cómo lo sabes? —inquirió Whitehead.

—Porque todo pasaba los jueves.

—¿Y por qué era esto?

—Esas eran las órdenes. Ve el jueves y liquida a un marica.

—¿Y no preguntaste por qué? —preguntó escéptico Whitehead.

Antrim negó con la cabeza.

—¿Por qué no? —insistió el investigador de la Oficina del sheriff.

Antrim estrechó los ojos y sonrió.

—Solo estaba haciendo mi trabajo, jefe.

Whitehead puso una cara como si acabase de tragar leche echada a perder. Cruzando los brazos ante el pecho, miró desde arriba a Antrim y resopló burlonamente.

—¿Qué es lo que pasa? —dijo Antrim, pareciendo dolido—. Les he estado dando todo lo que querían y ustedes no dejan de presionarme.

Whitehead se inclinó hacia él.

—Eres una mierda, Tully. Quizá yo tenga que estar cerca de ti, pero eso no quiere decir que tenga que gustarme el olor.

La mandíbula inferior de Antrim avanzó. Una mano se apretó en un puño. Presionó con la otra encima de esta, como quien retiene a un animal enfurecido. Su rostro se puso rígido, sus ojos destellaron venenosamente.

—Vamos —le dijo Whitehead, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Haz que este sea un buen día para mí.

Cash y Milo lo miraron.

—Basura —espetó Whitehead.

Antrim escupió en el suelo y les dio la espalda a los tres detectives.

—Llévenme de vuelta —pidió.

Nadie le contestó.

—Vamos, Tully —le dijo Milo, al cabo de un rato.

—¡Joder, llévenme de vuelta, tíos! Ya no quiero hablar más.

—¿Es por algo que yo haya dicho? —se burló Whitehead.

La pantalla se oscureció por un momento. Cuando volvió a encenderse, Milo estaba a solas con Antrim, que estaba sentado encorvado sobre la mesa, tomándose con cuchara algo que había en un cuenco. Sorbió, se limpió la boca, y dejó la cuchara. El cenicero estaba rebosante de colillas. Junto al mismo había una lata de Pepsi.

Milo volvió a hacer su discurso, hizo que Antrim repitiese su negativa a consultar con un abogado y preguntó:

—¿Dispuesto, Tully?

—Ajá. Solo ha de mantener alejado a ese estúpido jodemierdas, amigo. Si entra aquí, cierro la boca.

—De acuerdo, Tully. Será solo entre tú y yo, ¿eh?

—El estúpido jodemierdas tiene una actitud que va a hacer que alguien le limpie esa jodida cara un día.

—¿Más sopa? —inquirió Milo.

—No, gracias. Adelante.

—Estábamos hablando acerca de las muertes de Richard Emmet Ford e Ivar Digby Chancellor. Me estabas diciendo cómo fuiste en coche hasta el hospital para sacar de allí a James Cadmus. ¿Qué hospital era?

—La granja de majaras en la que él estaba. Allá en Agoura.

—¿Recuerdas el nombre?

—Canyon Oaks.

—Sigue.

—Fui allí hacia las dos.

—¿Del día o de la noche?

—De la noche. Llegué tarde. La autopista estaba atascada, por algún choque. Yo tengo una radio de las que captan la emisora de la poli en la camioneta, así que lo oí, me salí en Canoga Park y fui por calles normales. Me costó un tiempo hallar un lugar seguro en el que aparcar, pero lo encontré. Entonces esperé. El plan era que Skull dosificase al chico con algo que le pusiera la cabeza en las nubes, pero que le dejase caminar. De ese modo, ella podría llevarlo de la mano derechito a la camioneta. Cuando entró en la habitación de él, parecía estar durmiendo, así que le quitó las correas antes de pincharle. Pero, en cuanto le clavó la aguja, él tuvo un ataque y se la arrancó. Le dio un golpe en la cabeza que le hizo perder el sentido. Sólo por un momento, pero lo bastante como para que cuando se despertó, él ya se hubiera ido. Lo buscó y lo encontró en una de las salas de conferencias, hablando por teléfono con ese comecocos.

—¿Qué comecocos?

—Delaware.

—¿Cómo sabes que era con el doctor Delaware?

—Ella le oyó llamarlo por ese nombre. Sonaba como si estuviera intentando lograr ayuda. Así que se puso tras él, le echó un brazo al cuello y le volvió a clavar la aguja. Con fuerza. Pero debía de haber demasiada cosa en la jeringuilla o algo así porque perdió totalmente el sentido y ella tuvo que arrastrarlo afuera. La vi llegar, salté de la camioneta y me lo eché a la espalda. Era un peso muerto, delgado pero pesado, ¿sabe lo que le quiero decir? Me llevó un tiempo meterlo en la camioneta y atarlo y amordazarlo, pero al fin lo logré. Y me fui de allá a toda leche.

—¿Ibais Skull y tú?

—No, yo solo. Ella vino luego. Nos encontramos cerca de la casa de Chancellor.

—¿Y cuándo fue eso?

—¿Cuándo nos encontramos?

—No, ¿cuándo saliste de Canyon Oaks?

—Quizá sobre las tres treinta.

—¿Y cuándo os encontrasteis?

—Quizá sobre las cuatro treinta.

—¿Cómo logró Skull sacarlo a rastras sin que nadie la descubriese?

—No había nadie por allí. Le habían pagado a la puta que mandaba para que no hubiera problemas. Diez de los grandes: cinco y cinco. Lo sé, porque fui yo quien le llevó la pasta a su casa.

—¿De qué puta hablas?

—La Vann. Un mal bicho. Trataba a Skull como si fuera una basura —cerró los ojos por un segundo y sonrió ensoñadoramente—. Teníamos planes para ella.

—¿A dónde fuiste después de salir de los terrenos del hospital?

—Regresé hacia Los Ángeles.

—¿A algún lugar en especial?

—Sí, a donde están los prostitutos, a Boystown.

—¿Recuerdas el camino?

—Ajá. La autopista seguía embotellada, así que tomé calles laterales hasta Reseda, allí me metí en la autopista y salí en Laurel. Fui hasta Santa Mónica y giré a la izquierda.

—Al este.

—Justo.

—Sigue.

—Andé por Santa Mónica y recogí al prostituto…, a Ford.

—¿Dónde lo encontraste?

—En una esquina, cerca de Western.

—¿Qué hiciste con él?

—Lo mismo que con los otros: hablar de dinero, meterlo en la camioneta, darle una dosis y luego ahogarlo.

—¿Hasta matarlo?

—Solo hasta dejarlo inconsciente. Luego lo amordacé y lo até, colocándolo junto a Cadmus —Antrim se echó a reír.

—¿Qué es divertido? —preguntó Milo.

—Yo antes conducía un camión frigorífico para una compañía de salchichas, allá en Vernon. Cargaba canales de cerdo. Y esto fue, más o menos, lo mismo.

—¿A dónde fuiste después de que atacaste a Ford?

—A casa de Chancellor.

—¿Recuerdas el camino?

—Por Santa Mónica hasta Sunset, al oeste por Beverly Hills hasta el hotel, luego hacia el norte y por el sendero privado. Es un gran edificio blanco entre muros.

—¿Dónde estaba Skull?

—En una calle lateral, cerca de Doheny. La recogí allí.

—¿Qué es lo que hicisteis cuando llegasteis allí?

—El sitio estaba cerrado, tiene una verja eléctrica. Teníamos un plan para entrar allí…, formaba parte de las órdenes. Hay un interfono. Tuvimos que apretar el botón un montón de veces antes de que Chancellor nos contestase. Sonaba como si estuviera en la luna, como si se acabase de despertar. Dijo: «¿Quién es?», y Skull le contestó con voz de cría.

—¿Con voz de cría?

—Eso. Como si fuera una chavala de dieciséis años. Daba la impresión de serlo, ¿sabe? Tiene talento para ese tipo de cosas —añadió, orgulloso—. Imita las voces de Bugs Bunny, de la ratita Minnie, de Elvis. Tendría que oírla.

—Seguro que lo hago —afirmó Milo—. ¿Qué es lo que le dijo a Chancellor?

—Le dijo que era una amiga de Jamey, que había habido un accidente y que estaba allí con ella, malherido. Uno podía oír a Chancellor poniéndose muy nervioso, jadeando por el interfono. Dijo que llegaba de inmediato. Saqué el cuerpo de Jamey de la camioneta y lo dejé tendido frente a la puerta. Skull dio marcha atrás, alejándose del lugar, conduciendo lentamente; uno no puede aparcar por la noche en Beverly Hills, y no queríamos llamar la atención. Yo esperé junto a la puerta, oculto a un lado. Tras unos minutos pude oír a Chancellor llegar. Se abrieron las puertas y salió en su bata de marica. Cuando vio a Cadmus, lanzó un alarido. Yo le salté encima, le pegué con fuerza y lo ahogué…, justo para dejarlo sin sentido, como con Ford. Luego Skull volvió con la camioneta. Y yo cargué a Chancellor y Cadmus en ella. Até a Chancellor y entramos muro adentro. Cerré la puerta y los llevamos a todos dentro de la casa. Él era muy pesado.

Antrim se desperezó, sacó un cigarrillo y lo encendió, contento, como si se diera a sí mismo una recompensa por un trabajo bien hecho. Cuando no mostró intenciones de decir nada más, Milo le preguntó:

—¿Qué es lo que hicisteis cuando los tuvisteis a todos dentro?

—Los llevamos por la casa hasta el lugar preciso.

Antrim lanzó anillos de humo hacia el techo.

—¿Y entonces qué?

—Dosificamos a Cadmus, yo estrangulé a Ford y Chancellor con la seda, los rajé a ambos, y colgué a Chancellor del techo.

—¿Por qué lo colgaste?

—Esas eran las órdenes: atarlo como un salchichón con la cuerda de la piscina y subirlo a lo alto. Era un trabajo para romperse la espalda, amigo. Era muy grande el tío ese.

—¿Y qué me dices de la posición de sus manos?

—¿La qué?

—La forma en que le colocaste las manos después de colgarlo. ¿También eso formaba parte de las órdenes?

—¡Oh, eso! Ajá, así es: había que atarlo y ligarle las manos alrededor de lo que quedase de polla.

—¿Alguna idea del motivo de esto?

—No —dijo Antrim—. Quizá para él eso sea un chiste divertido.

—¿Para quién?

—Para Souza. Aunque lo cierto es que nunca le he visto hacer chistes.

Milo apagó el monitor y pasó la vista en derredor de la mesa. Dwight estaba tan blanco como una sábana. Heather seguía empleando el pañuelo como un velo. Souza seguía sentado, tan impasible como una estatua.

—¿Algún comentario? —le preguntó Milo.

—Ni el más mínimo.

—Horace —le dijo Dwight con voz estremecida—. Lo que ha dicho ese…

—Es una absoluta tontería —escupió Souza—. Tully siempre ha sido una persona inestable, dada a tener unas fantasías alocadas. Lo sabía cuando lo contraté, pero me dio pena y además pude mantenerlo a raya. Hasta hoy.

Dwight miró a Milo.

—Es una persona altamente creíble —dijo el detective con calma—. Conoce detalles que solo podría haber conocido o un partícipe o un observador. La evidencia física lo apoya en un ciento por ciento. Y Marthe Surtees lo corrobora todo, de un modo independiente.

—Dwight —intervino Souza con aire tranquilizador—, esto es absurdo. Una farsa que será debidamente aclarada. Entre tanto, te aconsejo seriamente, como tu abogado…, y como tu amigo, que no digas ni una palabra más.

—No puede funcionar como abogado en este caso —dijo Milo—. Él es uno de los sospechosos.

—Y tampoco se puede decir que sea muy buen amigo —comentó Cash.

Heather dejó caer su velo y tocó la mejilla de su esposo con las yemas de los dedos.

—Cariño —le pidió—. Escucha a Horace.

Cariño —la imitó Cash—. ¡Esa sí que es buena!

—No hable de ese modo a mi esposa —exigió Dwight.

Cash le miró despectivamente, se volvió hacia Milo y sonrió:

—La gente rica —dijo—. Húndelos en mierda hasta el cuello, y pensarán que es un hermoso baño.

—Horace —inquirió Dwight—, ¿qué infiernos está sucediendo?

Yo le voy a decir lo que está sucediendo —le interrumpió Milo. Y se alzó, tomó su maletín y caminó con el mismo al extremo más lejano de la mesa. Luego dijo—: En la superficie es muy complicado, pero cuando uno ahonda un poco, con lo que se encuentra es con otra vil y miserable rencilla familiar. Cosas como las de los serialones televisivos. Probablemente, el doctor Delaware podría darles las motivaciones psicológicas del asunto, pero yo me voy a ajustar a los hechos.

Abrió el maletín, sacó algunos papeles y los extendió sobre la mesa.

—Nunca conocí a su padre —le dijo a Dwight—, pero, por lo que he sabido, parece un hombre al que le gustaban las cosas simples.

Alzó un montoncito de papeles.

—Tomemos como ejemplo su testamento: con una herencia de ese tamaño uno se imagina que podría ser una cosa complicada. Pues no, tenía dos hijos, así que lo dividió todo por la mitad…, casi. El cincuenta y uno por ciento para el hermano de usted, el cuarenta y nueve para usted —hizo una pausa—. Debió de haberle parecido injusto, ¿no? Esencialmente viendo que usted era un chico tan obediente y Peter tan bala perdida.

—Al final padre habría terminado por cambiar su testamentó —dijo Dwight con aire reflexivo. Como si fuera una frase muchas veces ensayada—. Si hubiera vivido lo bastante.

—Chitón —le ordenó Souza.

Milo sonrió:

—Supongo que puede usted creerse eso, si le hace sentirse mejor.

Heather volvió a dejar caer el velo. El rostro que había detrás estaba tenso por la ira. Agarrando a su esposo por el brazo, dijo:

—No le respondas, cariño. No dejes que te rebaje de esa manera.

—Ya lo han rebajado demasiado —comentó Milo—. Y no he sido yo.

Ella soltó el brazo y no contestó. Su silencio hizo que Dwight volviese la cabeza para mirarla.

—Necesito saber lo que está sucediendo —dijo con voz débil.

Ella evitó su mirada, girando la cabeza. El bolso de fiesta estaba ante ella, sobre la mesa; hundió sus dedos en los pliegues cubiertos de lentejuelas del mismo y comenzó a juguetear nerviosamente.

—De cualquier forma —le dijo Milo a Dwight—, no vale la pena especular acerca de lo que pudo haber sucedido. Lo cierto es que su padre no vivió lo bastante como para cambiar su última voluntad y Peter acabó con la parte mayor. Lo que podría haber sido un auténtico desastre, a pesar del duro trabajo que usted llevaba a cabo y de la ayuda del leal amigo Horace, aquí presente. Porque, en cualquier momento, de haberlo deseado, Peter podría haberse hecho cargo de la empresa, vendérsela a un extraño, arruinarla, cualquier cosa. Afortunadamente para usted, tuvo la buena idea de morir prematuramente.

Dwight se volvió del color de la colada sucia. Alzó un dedo y lo apuntó a Milo.

—Si está usted sugiriendo que consideré que la muerte de mi hermano fue un acontecimiento afortunado para mí, es usted un maldito…

—Tómeselo con calma —le dijo el detective—. Yo no estoy sugiriendo nada… Solamente usted sabe lo que sintió al respecto. Sigamos ajustándonos a las evidencias —dejó los papeles que sostenía y tomó otros—. Como es el testamento de Peter. Tan directo como el de papá: todo pasa al único heredero de Peter, James. No obstante, aquí hay una cosa curiosa. Todos y cada uno de los demás documentos de la familia Cadmus, que he podido encontrar, han sido realizados por la Souza y Asociados. Pero este fue ejecutado por un abogado de San Francisco llamado Seymour Chereskin.

—Uno de los amigos hippies de Peter —explicó Dwight—. De cabello largo y barba, vestido con trajes de ante y usando collares.

—Ahora es catedrático de leyes —le dijo Milo—. En la Universidad de California en Berkeley. Y tiene un claro recuerdo de cuando realizó este testamento. Especialmente de las presiones que sufrió de Souza para no hacerlo. Que llegaron al punto de ofrecerle cinco mil dólares como incentivo.

Dwight miró a Souza.

—Tenía sentido el que nuestra empresa fuera la que se ocupase de eso —le explicó el abogado—. Las propiedades de Peter estaban muy enmarañadas con las tuyas y las de vuestra empresa, Dwight. Yo quería mantener las cosas en orden. Evitar un desastre. Chereskin tenía un aspecto parecido al de Charles Manson. ¿Quién sabía lo que sería capaz de hacer?

—Es un graduado de Harvard —dijo Milo.

—Eso no significaba demasiado en aquellos días, sargento. Estaba preocupado porque no nos hiciese alguna jugarreta de hippie.

—Él lo cuenta de modo distinto. Que tenía muy claro lo que iba a hacer y que se lo explicó todo a usted. Que incluso le mandó una copia. Pero que usted siguió presionándole. Hasta llegó usted a volar allí, para presionarle en persona. Tuvo la clara impresión de que usted quería controlar ese documento.

—Eso es ridículo. Peter tenía un historial de dejarse engañar por todo tipo de gente poco recomendable, y yo sólo estaba intentando protegerlo de él mismo.

—¡Qué noble por su parte! —dijo Milo, tomando el documento de nuevo—. Mi consejero legal me dice que Chereskin hizo un trabajo de primera, muy simple y sensato.

—Fue un trabajo competente —aceptó Souza.

—Simple y sensato —repitió Milo—. La herencia fue dispuesta como un fondo irrevocable a ser recibido por Jamey, con su tío como albacea. Los pagos debían empezar a la edad de dieciocho años y continuar hasta los treinta y cinco. A los treinta y cinco, se produciría la transferencia total de la propiedad. Con las cláusulas estandars sobre despilfarro y mala salud. Chereskin incluso recomendó que usted se ocupase del seguimiento, dados los nexos de unión con los asuntos de la empresa. Así que supongo que sus miedos no tenían fundamento, ¿eh? A menos, claro está, que usted tuviera otra cosa en mente.

—¿Como cuál?

—Dígamelo usted.

—Sargento —dijo Souza—, entra usted aquí y arruina nuestra velada con la excusa de revelar hechos de importancia. Pero todo lo que he oído hasta el momento son sobras viejas recalentadas y suposiciones malintencionadas.

—Ostras —exclamó Milo—. Lo lamento.

—Ambos lo lamentamos —dijo Cash.

Souza se sentó confortablemente, luchando por poner cara de no importarle lo que sucedía. Se echó aún más hacia atrás y la luz derramó brillantes rayas, como de tigre, sobre la rosácea superficie de su cráneo.

—Sigamos —dijo Milo—. Después de que Peter muriera, entró en funcionamiento el testamento, convirtiendo a un niño pequeño en el propietario principal de la Cadmus Construction. ¿Qué tal le supo esto, señor Cadmus?

—¡Me pareció muy bien! —dijo Dwight con voz pastosa—. Es un negocio familiar. Tenía que quedar dentro de la familia.

—Lo entiendo —aceptó Milo—. Pero ¿no le importó el que, después de todo su trabajo, volviese a encontrarse usted en la segunda posición? ¿El que un día Jamey sería capaz de llegar de improviso y quitarle el poder?

Dwight se alzó de hombros.

—Pensé en ello cuando aún era un niño, y me dije que ya cruzaríamos ese puente cuando llegáramos a él.

—Fue muy considerado por parte de él eso de volverse loco y cruzar el puente él solo.

—¿Qué está diciendo usted?

—La cláusula de mala salud —le explicó Milo—. En el caso de incompetencia mental, el control revierte al albacea…, usted. Hace un mes usted hizo que Souza pusiera en efecto esa cláusula. Eso le dio a usted el control de la fortuna familiar al cien por cien.

—¡Yo no he hecho esa maldita cosa!

—¿Está seguro de eso?

—Pues claro que estoy seguro.

Milo regresó a su maletín y tomó otro papel.

—Tenga, dele una ojeada a esto.

Se lo pasó a Dwight, que lo leyó con la boca muy abierta.

—No lo había visto nunca antes —afirmó.

—Pues lleva su firma. Y está registrado notarialmente.

—Le digo que jamás lo firmé.

Ahora le tocó el turno de arrellanarse a Milo.

Dwight siguió mirando el documento, como esperando que pudiera explicarse por sí mismo. Finalmente lo dejó sobre la mesa, agitando la cabeza y mirando a los que había en la habitación.

—Yo lo firmé en tu nombre —le dijo suavemente Heather.

—¿Cómo?

—Para ahorrarte problemas, cariño. Era solo cuestión de tiempo el que hubiera que hacerlo.

—¿Y lo hiciste sin consultármelo?

—Sabía que sería algo muy duro para ti. Estaba tratando de ahorrarte ese dolor.

Dwight agitó la cabeza, incrédulo.

—¿Y cómo pudisteis hacerlo registrar notarialmente?

Ella se mordió el labio.

—El fiel amigo Horace presionó a uno de sus asociados para que lo hiciese —le explicó Milo—. Para el bien de usted, naturalmente.

Dwight miró con mal semblante a Souza, luego contempló a su esposa, como si la estuviera viendo por primera vez.

—¿Qué es lo que está pasando, Heather?

—Nada, cariño —le respondió ella, tensa—. Por favor, no sigas haciéndole caso. ¿Es que no ves lo que está tratando de lograr?

—No hay nada como una buena sorpresa, ¿eh? —comentó Milo—. Pues no se marchen, que tengo más.

—Entonces, escúpalas de una maldita vez —le pidió Dwight.

—¡Hey! —exclamó Milo—. No le culpo porque esté usted irritado. Si me encontrase en su situación, también yo lo estaría. Se rompe usted el culo para conseguir que la empresa siga funcionando y el cincuenta y uno por ciento de los beneficios son para un hermano playboy que jamás movió un dedo para ganarse el sustento. Luego él se muere y todo ese dinero pasa a su chaval…, que además le toca a usted criar.

—Eso no fue molestia alguna —afirmó Dwight—. Él era de la familia.

—Suena bien —aceptó Milo—. Pero ¿qué opinaba al respecto su esposa?

Heather miró con odio a Milo.

—Después de todo —continuó el detective—, el criar a ese chaval no debió de ser ninguna ganga… Demasiado listo para su propio bien, con muy mala lengua, antisocial. Y, para acabarlo de arreglar, marica. Cuando empezó a ir con Chancellor debieron de pasar ustedes por la clásica fase de «¿dónde nos habremos equivocado?», ¿no?

—Usted debe saber mucho de ese tipo de cosas, sargento —dijo Souza secamente.

—A pesar de todo —prosiguió Milo—, todo esto podría haber sido tolerado. Pero no la amenaza de hundirles financieramente.

La incomprensión se extendió por el rostro de Dwight como una urticaria maligna.

—No sé de qué está usted hablando —dijo estremecidamente.

—Claro que sí. Es la misma historia… El jugar limpio y encontrarse con que la mala suerte lo echa todo abajo. Se metió usted en el negocio de Bitter Canyon, creyendo que se trataba de uno de esos negocios que solo se dan una vez en la vida. Papi había dejado una gigantesca parcela de terreno, madurita para su desarrollo económico. Una perita en dulce como jamás se hubiera visto otra. Podía venderle el terreno al Estado lo bastante barato como para poder licitar con una oferta triunfadora a la contrata de construcción y aún así lograr unas tremendas ganancias. Era como jugar al póker con usted mismo…, no podía perder. También Digby Chancellor pensó que era una perita en dulce: compró una participación muy importante de los bonos a la par y luego se quedó a la espera de contar los beneficios. ¡Imagínese cómo se pondría cuando se enteró de que había invertido en gas venenoso!

—De acuerdo con los informes de que yo disponía, ese terreno estaba limpio —dijo Dwight—. No había modo de saberlo.

—Deja de charlotear —exclamó Souza furioso—. No tienes ninguna necesidad de estarte defendiendo.

—No, no había modo de saberlo —se conmiseró Milo—. Como ya he dicho, fue mala suerte. Y si Jamey no hubiera encontrado un viejo diario de su abuelo, nadie lo hubiera sabido. Pero lo encontró, y se lo contó a Chancellor. Quien le apretó a usted las tuercas.

Dwight lanzó una risa amarga.

—De modo que así fue —comentó—. Un diario. Sabía que padre llevaba uno.

—¿Dónde le dijo Chancellor que había logrado la información?

—Él…

—¡Oh, por Dios, calla! —le ordenó Souza, disgustado.

Dwight miró al abogado con ojos fríos. Jugueteó con sus gafas y dijo:

—Afirmó que había logrado hacerse con ciertos viejos archivos comerciales. No quiso decirme cómo, pero yo sospeché de Jamey, porque siempre fue un trapero… Siempre andaba metiendo las narices donde no debía. Cuando le pedí una prueba, me entregó una fotocopia de la descripción del almacenamiento del gas, hecha por padre. Luego me exigió que le recomprase los bonos, con beneficios. Le dije que estaba loco. Me amenazó con hacerlo todo público si me negaba, prometiéndome acabar con la empresa. Yo traté de marcarme un farol, diciéndole que jamás haría esto, porque también se hundiría él; pero me contestó que me pondría un pleito por fraude y que lo ganaría. Que haría que Jamey actuase como colitigador a su favor y que el tribunal disolvería la empresa y les entregaría a ellos los bienes de la misma. A ellos, como si estuvieran casados. Era un bastardo implacable y pervertido.

—¿Quién más sabía de esa presión de Chancellor? —inquirió Milo.

Dwight miró fijamente a Souza.

—Horace lo sabía. Acudí a él para pedirle consejo acerca de cómo enfrentarme a aquello. Le dije que todavía no habíamos empezado a mover tierra y que aún había tiempo de salirse de aquello.

—¿Y qué fue lo que él le aconsejó?

—Me dijo que el abandonar le haría un daño permanente a la empresa. Me dijo que siguiera adelante, como si no hubiera pasado nada. Que ya encontraría él un modo de salir de aquello; pero, que mientras tanto, debería empezar a pagarle a Chancellor.

—¿Lo hizo usted?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Sobre un año.

—¿Con qué frecuencia hacía los pagos?

—No era una cosa regular. Digby me llamaba y hacíamos un intercambio.

—¿Dinero en efectivo por bonos?

—Así es.

—¿Cómo tenían lugar las transacciones?

—Yo tenía diversas cuentas en su banco. Nos veíamos en su oficina, yo le firmaba un impreso de retirada de fondos y él hacía lo demás.

—¿Y qué pasaba con los bonos?

—Hallaban su camino hacia mi caja fuerte.

—Debió serle doloroso —comentó Milo.

Dwight parpadeó.

—Hacia el final se hizo peor —explicó—. Seguía exigiéndome más y más.

—Además de Souza, ¿quién lo sabía?

—Nadie.

—¿Nadie de la empresa?

—No. Era una cuenta privada.

—¿Ni su esposa?

—No.

—¿Una cosa tan grande como esta y no lo comentó nunca con ella?

—Yo manejo las finanzas de la familia. Jamás hablamos de negocios.

—¿Cuándo decidió usted deshacerse de Chancellor?

Dwight saltó en pie.

—¡Yo no sé ni una maldita cosa de eso!

Se apartó de la mesa, derribando en el proceso su vaso. En pie, apretado contra la pared, volvió su cabeza de lado a lado, como buscando un camino de huida. Cash miró con complicidad a Milo, quien hizo una afirmación con la cabeza. El detective de Beverly Hills siguió en su lugar, pero sus ojos estaban vigilantes.

—¿Por qué no se sienta usted? —le sugirió Milo.

—Lo único que yo hice fue ceder ante el chantaje —afirmó Dwight—. Me explotaron. Pero no tuve nada que ver con ninguna otra cosa.

—Dos personas amenazan con arruinar su vida. De repente, una está muerta y la otra encerrada en el manicomio. Muy conveniente.

Dwight permaneció silencioso por un momento. Luego puso una sonrisa extraña y dijo:

—Creí que me merecía algo de buena suerte.

Milo le miró, luego se alzó de hombros.

—Infiernos —dijo—. Si usted puede soportarlo, yo también.

Tomando un magnetófono del maletín, lo colocó sobre la mesa. Un toque a una palanca provocó un siseo de estática y, por encima, el sonido de un teléfono sonando. Al tercer timbrazo contestaron.

—Hola —dijo una voz familiar.

—Soy Tully, señor Souza.

—Hola, Tully.

—Solo le llamaba para decirle que todo fue perfectamente.

—Me alegra oírlo.

—Ajá, han sido dos pájaros de un tiro. La tipa esa, la Vann, estaba durmiendo con Mainwaring. Nos ocupamos de ambos…

—No es necesario entrar en detalles.

—De acuerdo, señor Souza. Solo quería que supiera que todo ha sido muy limpio, con las manos, sin ar…

—Ya basta —estalló Souza.

Silencio.

—Gracias por llamar, Tully. Lo has hecho bien.

—¿Hay algo más que quiera que haga, señor Souza?

—No por el momento. ¿Por qué no te tomas un pasar de días de descanso? Relájate, reposa.

—Sí que me iría bien un poco de descanso, señor Souza. Tengo muy doloridos los nudillos —una risa llena de flemas.

—Estoy seguro de que los tienes, chico. Estoy seguro.

—Adiós, señor Souza.

—Adiós.

Milo apagó el magnetófono.

—¡Maldito bastardo! —dijo Dwight y empezó a ir hacia Souza. Cash saltó en pie, lo agarró por los brazos y lo retuvo.

—Siéntese —le ordenó, y llevó a Dwight hasta el extremo más alejado de la mesa, cerca de la pantalla del vídeo. Con una firme mano en un tembloroso hombro, le obligó a sentarse en una silla. Quedándose en pie tomó una posición de guardia tras el airado hombre.

Dwight amenazó con un puño a Souza y repitió:

—¡Bastardo!

Souza le contempló, como divertido.

—¿Tiene ahora algún comentario que hacer? —le preguntó Milo.

Souza negó con la cabeza.

—¿Quería hablar con un abogado antes de que sigamos adelante?

—Ni hablar. Sin embargo, me iría bien un martini. ¿Puedo prepararme uno?

—Como quiera —le dijo Milo.

—¿Desea alguien un trago? —ofreció Souza.

Nadie le contestó, así que sonrió y se inclinó sobre la mesa, mezclando ginebra y vermut, lentamente. Tomando una oliva de un platito de plata, la dejó caer en la bebida, la vio hundirse y se arrellanó de nuevo. Dando un sorbito, se pasó la lengua por los labios, la imagen misma de la satisfacción.

—¡Maldito seas, Horace! —graznó Dwight—. ¿Cómo infiernos…?

—¡Oh, cállate ya! —le respondió Souza—. Te estás poniendo pesado.

—El porqué es bastante habitual —le dijo Milo—. Por dinero, por poder; las cosas normales. Es el cómo lo que nos traía por el camino de la amargura. Hasta que descubrimos lo del talento especial que tiene la señora Cadmus para las drogas.

Una nueva oleada de horror pasó por el rostro de Dwight. Miró, por encima de la mesa, a su esposa, suplicando una negativa. En lugar de esto, ella bajó el velo y le lanzó una desafiante mirada de frío desdén.

—¿Cuándo se le ocurrió esa idea? —le preguntó a ella Milo. La señora Cadmus le ignoró, así que él continuó—: Tal como yo lo veo, usted llevaba mucho tiempo odiando a Jamey. Había estado pensando en modos de deshacerse de él. Y cuando Souza le contó lo del chantajillo de Chancellor, entre los dos decidieron que había llegado el momento de eliminar a Jamey.

La boca de Heather comenzó a temblar y pareció estar a punto de decir algo. Luego Souza se aclaró la garganta y ella se volvió hacia él. La mirada que pasó entre ambos renovó la resistencia de la mujer, y sus ojos se estrecharon y endurecieron, oscureciéndose hasta el color de las nubes de tormenta. Sentándose más tiesa, cruzó su mirada con la de Milo sin pestañear, para acabar mirando a su través, como si no existiese. Todo esto no había durado más de un segundo, pero no se le había escapado a Dwight. Lanzó un sonido bajo y ahogado, y se derrumbó en su silla.

—Hablando de matar dos pájaros de un tiro —prosiguió Milo—. Probablemente pensaron ustedes en eliminarlos a los dos sin más, pero decidieron que sería demasiado espectacular, que eso quizá hiciera que nosotros husmeásemos un poco por la fortuna familiar. Para no hablar del problema del testamento, de los impuestos sobre herencias… Al asesinar a Chancellor y atrapar a Jamey como asesino psicótico, lograban que su buen esposo tuviera acceso a ese dinero, sin pasar por todas esas molestias. Un año más tarde Jamey podía morir en el patio de la cárcel o de algún manicomio; en ese punto la cosa ya no importaría. Un par de años después, su amante esposo habría tenido un desafortunado accidente… Quizá incluso se habría vuelto loco y suicidado, ya que estas cosas son muy propias de la familia, ¿no es así? Dejándola a usted con toda la fortuna.

Heather rio despectivamente.

—Ridículo —sentenció Souza.

Milo me hizo un gesto con la cabeza.

—Si alguien sabe cómo volver a alguien loco, esa es usted —le dije a Heather, recitándole un resumen de su tesis doctoral. Pareció no estar afectada por mi exposición. Pero, por el aspecto enfermizo y anonadado del rostro de Dwight, estaba bien claro que jamás se había tomado la molestia de leer la aportación de su mujer a la ciencia, no viéndola nunca como otra cosa que la compañera familiar.

Seguí:

—Lo hizo usted de un modo muy sutil. Lo envenenó lentamente, a lo largo de un período de un año, con clones de la belladonna, poniéndole las drogas en la comida, la leche, la pasta de dientes, el líquido para enjuagarse la boca. Elevando gradualmente las dosificaciones. Su conocimiento de los anticolinérgicos orgánicos le permitió el tomar las drogas y mezclarlas, para que provocasen exactamente el tipo de síntoma que usted deseaba: agitación un día, depresión al siguiente. Paranoia, alucinaciones auditivas, perturbaciones visuales, estupor… Aprendió cómo lograr todo esto de los indios de la jungla. Y, si quería algo diferente, siempre había el aditivo ocasional de un agente sintético: el LSD, el PCP, las anfetaminas. El presentarse como voluntaria para el centro de rehabilitación de drogadictos le dio la oportunidad de acceder a las drogas callejeras. La policía ha encontrado a dos chicos, hasta el momento, que han admitido haberle vendido drogas.

Ella parpadeó rápidamente. No dijo nada.

—¡Oh, Dios! —exclamó Dwight. Cash lo vigilaba sin perderle de vista.

—El historial psicológico de Jamey le puso las cosas fáciles —continué—. Nunca había estado bien ajustado, así que nadie se sorprendería cuando cayese al abismo. Usted lo llevó hasta el punto de la psicosis grave y luego lo hizo encerrar. Eligieron Canyon Oaks, porque Souza sabía que Mainwaring podía ser manipulado a base de dinero. Y usted no perdió el tiempo, aprovechándose de ello en seguida: Marthe Surtees fue llevada allí como enfermera privada de la familia, y ella se hizo cargo de seguir con el envenenamiento… bajo su dirección. Mientras tanto, Mainwaring estaba tratando lo que él suponía esquizofrenia con fenotiacinas las que, al ser combinadas con los anticolinérgicos, aún provocaban mayor toxicidad en el sistema nervioso de Jamey. Surtees dice que le daba a usted un informe diario del estado del chico. Cuando las cosas parecían muy graves, usted la hacía frenar, cuando parecía empezar a estar mejor, le daba otro sacudón. Ni siquiera su detención y encarcelamiento en el bloque de Alta Potencia puso un fin a esto. Surtees tenía que salir del escenario, pero alguien tomó su lugar. Alguien que tenía una razón válida para visitarlo frecuentemente. Alguien que podía estar con él durante largos períodos de tiempo sin atraer una atención no deseada. Colocar un brazo paternal alrededor de su hombro y darle sorbitos de zumo. Alguien que se suponía era su abogado.

Lancé una mala mirada a Souza.

—Absurdo —dijo él—. Una loca especulación.

Heather asintió su acuerdo, pero lo hizo con aire distraído, como si cumpliese con un deber y nada más.

—Ustedes dos son toda una pareja —dije, dirigiéndome a Souza—. Mientras ella trabajaba en Jamey, usted hacía que Antrim cometiese los crímenes del Carnicero Lavanda. Esos siete chicos fueron sacrificios humanos, elegidos al azar, tirados luego como basura. Murieron para que usted pudiera presentar a Chancellor y Jamey como asesinos sexuales, y hacer que la muerte de Chancellor pareciese una fiesta que se había estropeado. Los cadáveres fueron abandonados en un sendero hacia el oeste, que se invirtió cuando Chancellor fue asesinado…, para hacerlo parecer como una cadena que se había roto. Los asesinatos tenían lugar los jueves, porque Chancellor tenía que ser asesinado un jueves, el día en que su guardaespaldas tenía fiesta. Incluso facilitaron una pista que podía llevar directamente a Jamey: los trozos de seda con los que se estranguló a las víctimas, trozos de seda cortados de un vestido color lavanda de Heather, un vestido que ella se cuidó muy bien de subrayar que Jamey le había robado. Todo estaba funcionando tal como había sido planeado, hasta que el chico consiguió dejar sin sentido a la Surtees y llamarme.

—Doctor Delaware —resopló Souza—, se da usted demasiada importancia a sí mismo.

—Realmente no —le dije—. Sé que yo no era otra cosa que un peón más del tablero. Usted sabía que yo había sido el terapeuta de Jamey, le habían dicho que él hablaba muy bien de mí, y no estaba usted seguro de que él no hubiera balbuceado algo realmente importante aquella noche. Así que decidió llevarme a su bando…, jugar conmigo. Porque esa es su visión de la vida: la considera un juego. Un gran torneo, en el que los caballeros son de usar y tirar. Y, una vez acepté unirme a su equipo, se cuidó usted muy bien de enfatizar que cualquier cosa de la que yo me enterase sería confidencial, ostensiblemente para proteger a Jamey, pero en realidad para protegerse usted mismo.

—Yo simplemente le recordé principios éticos bien establecidos —afirmó Souza—. Principios que usted ha violado a mansalva.

—Me estuvo usted soportando —continué—, hasta que estuvo seguro de que no sabía nada incriminante. Entonces me despidió. Y, lo más curioso es que, al contratarme, se atrajo usted nuevos problemas: Erno Radovic.

La mención del nombre del guardaespaldas hizo que los ojos de Dwight se agrandasen. Cash lo miró vigilante.

—Nunca sabremos el porqué Radovic decidió husmear —le dije—. Quizá fue por lealtad a su jefe; más probablemente debió ser porque oiría a Jamey y Chancellor hablar de Bitter Canyon, y decidiría enterarse de lo bastante como para poder hacer un chantaje por su cuenta. Quizá incluso supiera lo del diario y lo buscó, pero sin poderlo hallar. Cuando usted me contrató, hizo algunas averiguaciones respecto a mi historial y descubrió que yo había sido psicoterapeuta de Jamey, y sospechó lo mismo que usted: que yo poseía información secreta. Así que empezó a seguirme y yo le llevé, sin saberlo, hasta el diario. Cuando lo leyó, se dio cuenta de que tenía algo grande y llamó a Dwight, pidiéndole dinero y haciéndole saber que la cosa iba en serio a base de concertar el pago en el mismo Bitter Canyon. Dwight le llamó a usted, y usted envió a Antrim y la Surtees para ocuparse de ese asunto.

—Eso es conspirar para cometer un crimen —le dijo Milo a Dwight, quien evitó su escrutinio cubriéndose la cara con las manos—. ¿Qué es lo que pensó usted cuando se enteró de que a Radovic lo habían destripado, Dwight? ¿Algo más de buena suerte?

No hubo respuesta.

El silencio se estiró como un chicle. Souza lo rompió.

—Sargento —dijo, dejando su martini—, todo ha sido muy intrigante. ¿Podemos irnos ya?

—¿Irse?

—Salir. Marcharnos. Cumplir con nuestras obligaciones sociales.

Milo ocultó su incredulidad tras una risa irritada.

—¿Es esto todo lo que tiene que decir?

—Desde luego —le contestó el abogado—, ¿no querrá que me tome todo esto en serio?

—No está impresionado, ¿eh?

—Difícilmente. Entra usted con sus aparatitos y todo ese batallón y nos presenta un inconexo paquete de suposiciones, hipótesis y locas especulaciones, el tipo de caso por el que yo ya lograría un sobreseimiento en las vistas preliminares.

—Ya veo —dijo Milo, y le leyó sus derechos.

Souza le escuchó, asintiendo aprobadoramente, como un maestro de escuela llevando a cabo un examen oral, permaneciendo inmutable incluso cuando Milo le hubo llevado los brazos hacia atrás y esposado. Fue entonces cuando me di cuenta de lo enorme de su perturbación.

Yo no debiera de haberme sorprendido, porque llevaba hirviendo en su interior, a fuego lento, desde hacía cuarenta años: el dolor y la humillación de vivir a la sombra de otro hombre. De perder a una mujer que le fue arrebatada por él, solo para verla atrofiarse y morir. De correr como un perro faldero tras la hermana, para ser rechazado de nuevo. De ansiar ser socio en igualdad de condiciones, solo para tener que conformarse con recompensas puramente simbólicas. El ser constantemente relegado al segundo puesto.

Black Jack Cadmus había entendido lo que podía provocar este tipo de situación, y le había preocupado.

«Así que me imagino que, muy dentro de él, debe de odiarme a muerte, y me pregunto qué puedo hacer para quitarle mecha a este problema», había escrito. Su solución había sido cínica y muy pensada en su propio beneficio: «Un poco de caridad disimulada de gratitud puede llegar muy lejos. Tengo que mantener a Horace en su lugar, pero también debo de hacerle sentirse importante».

Pero, al final, era Souza quien había acabado por quitarle la mecha al problema, al luchar contra sus sentimientos a base de prostituirse emocionalmente, deificando al hombre al que inconscientemente había aborrecido y sirviéndole religiosamente, manteniendo esta adoración incluso después de su muerte: el fiel servidor Horace, sin familia propia, siempre disponible para las crisis que parecían afectar a los Cadmus como alguna morbosa alergia a la vida. En servicio de día y de noche, siempre dispuesto a ayudar.

Formación de reacción, así era como Freud lo había llamado: el abrazar nobles causas para ocultar espúreos impulsos. Era una defensa difícil de mantener, como caminar hacia atrás por el alambre flojo. Y se había convertido en el modus operandi de la vida adulta de Souza.

Pero su ira, cuando yo le había preguntado acerca de su relación con la familia Cadmus, era una buena prueba de que la coraza que rodeaba sus defensas había comenzado a desmoronarse. Reblandecida por el calor de la rabia contenida. Erosionada por el tiempo, la oportunidad y la disponibilidad de otra mujer Cadmus. La liberación de sus pasiones le había convertido en un asesino, un quitador de vidas de tremendas proporciones, pero, como todos los seres grotescos, no había querido contemplarse al espejo.

Ahora el espejo estaba siendo sostenido ante sus ojos, y él se había retirado tras un muro de negativas. Era una belle indifferénce de la que se hubiera sentido orgullosa María Antonieta.

Milo acabó la lectura y miró de Heather a Dwight.

—Pito pito colorito —dijo Cash, leyéndole la mente.

Pero, antes de que pudiera decidirse, se abrió la puerta y entró Cal Whitehead, vestido con un traje color verde botella, con las solapas ribeteadas de blanco y llevando una maleta de brillante piel de cocodrilo, con su asa envuelta en plástico y etiquetada. Consiguiendo masticar chicle y sonreír al mismo tiempo. Colocando la maleta sobre la mesa, dijo:

—¿A qué vienen esas caras tan largas?

—Estamos acabando ya —le explicó Milo—. El señor Souza no está impresionado con nuestro caso.

—Vaya vaya —dijo Whitehead—. Quizá esto nos sirva para lograrlo.

Se colocó guantes plásticos de cirujano, sacó una llave, también con etiqueta, de su bolsillo y la metió en la cerradura de la maleta.

—Es usted una dama muy confiada —le dijo a Heather—. ¡Mira que dejar esto en el mismo cajón de su armario, oculto bajo toda esa bonita ropa interior de seda! Justo al lado de su diafragma.

Un tirón de su mano abrió la maleta. El interior era de grueso terciopelo lavanda. En el mismo habían sido hechas veinte depresiones hexagonales. Ocupando cada una de ellas se veía una pequeña botella de cristal, mantenida en su lugar por una correa de terciopelo. Las botellas contenían polvos grises y marrones y sustancias más burdas que parecían ser hojas secas y ramitas. Sujeto al borde de la maleta había un mortero y su almirez, un plato, todo ello en porcelana, tres agujas hipodérmicas metálicas y un encendedor de platino.

—Es el laboratorio portátil mejor organizado que he visto —comentó Whitehead—. Muy femenino.

Heather se volvió a subir el velo. Miró su bolso de noche, Souza miraba al techo, aparentemente no dándose cuenta de nada de lo que pasaba. Un tronco chasqueó en el fuego.

—¿Aún no están impresionados? —dijo Whitehead con fingido dolor, que de repente se convirtió en auténtica molestia. Rebuscó en el interior de su chaqueta y sacó un montón de fotos.

—Detective Whitehead —dijo Milo. Pero, antes de que pudiera acabar la frase, el investigador de la Oficina del sheriff había extendido las fotos como si fueran un mazo de naipes y comenzado a servir. Primero a Souza, quien las ignoró, luego a Heather, quien dio una ojeada y lanzó un gemido agónico, un sonido crudo y gorgoteante que surgía de lo más profundo de su tripa, tan primigenio y lleno de dolor que casi bordeaba en lo insoportable.

Tratando de romper las fotos con manos que temblaban inconteniblemente, solo logró doblarlas. Gimiendo de nuevo, bajó la cabeza de modo que su frente se quedó al nivel del tablero de la mesa y comenzó a tener arcadas.

—¿Qué es eso? —dijo secamente Dwight.

—¿También quiere verlas usted? —le preguntó Whitehead.

—Cal —dijo Milo en tono de advertencia.

Whitehead le hizo callar con un gesto de la mano.

—Seguro, ¿por qué no?

Y le lanzó un montón frente a Dwight, que las recogió, las inspeccionó y comenzó a temblar violentamente.

Comprendía las reacciones, porque había visto antes las fotos: en blanco y negro, con mucho grano y tomadas subrepticiamente por entre rendijas de puertas o tras cortinas de encajes, pero lo bastante nítidas como para provocar daño… Heather y Souza haciendo el amor. En la oficina de él, con ella yaciendo tripa abajo sobre el escritorio de madera, con la falda subida por encima de sus delgadas caderas, plácida y satisfecha, mientras él pistoneaba desde atrás, con una mueca en la cara y los ojos entrecerrados. En el dormitorio de ella, en la cama con baldaquino, ella tomando el sexo de él en su boca, con los ojos muy abiertos y una mano como pata de araña apretando una carnosa nalga. En el asiento trasero del Rolls, una bestia de dos espaldas contorsionándose entre un lío de ropas apresuradamente desabrochadas. Y así. Una crónica gráfica de adulterio, repugnante, pero sin embargo poseyendo ese atractivo morboso de la pornografía artesanal.

Su póliza de seguros, había llamado Antrim a aquellas fotos. Una sucia colección, acumulada durante un período de dos años. Convertida en posible por el hecho de que él era un sirviente y los sirvientes son psicológicamente invisibles. Tal como había sido pasada por alto su presencia durante la falsa notarización del documento invocando la cláusula, también habían despreciado sus ojos hambrientos, de animal de presidio, en el calor del acto sexual.

Heather de nuevo tuvo otra arcada.

Dwight se puso en pie y la amenazó con un dedo:

—¡Maldita prostituta! —gritó desde el otro lado de la mesa—. ¡Desgraciada puta mentirosa!

Los epítetos la hicieron erguirse rígida. Se logró poner, temblorosa, en pie. Con los ojos desorbitados, las mejillas tintadas de color, el cabello soltándosele por un lado, los dedos agarrando con fuerza el bolso. Sollozando. Jadeando, al borde de la hiperventilación.

—Mala mujer de lengua falsa —le escupió Dwight, agitando un puño en su dirección.

—¿Tú… —dijo Heather, sollozando, sorbiendo aire—… tú tienes…, el valor…, de recriminarme…, a mí…?

—¡Ramera de dos caras! —rugió él—. ¿Este es todo el agradecimiento que me tienes? ¡Perra jodedora!

—¿Quién…, eres tú…, para juzgar…? —aulló ella, alzando los brazos, con las manos como garras.

Él alzó una de las fotos.

—¡Me mato a trabajar por ti, y estas son las gracias que me das!

—¡No te…, debo…, nada…!

Él tendió la mano, tomó la botella de la mesa y le lanzó whisky a la cara.

Ella se quedó allá, empapada, temblando, con la boca moviéndose sin pronunciar sonido.

—¡Basta! —ordenó Milo.

—Vamos —dijo Cash, reteniendo a Dwight—. Tranquilícese.

—¡Jodida puta frígida! —chilló Dwight, tratando de abalanzarse sobre ella.

Ella lanzó un alarido y sacó algo de su bolso: un pequeño revólver brillante, no mucho mayor que un Derringer. Plateado, grabado, casi un juguete. Asiéndolo con ambas manos, encañonó a su esposo.

Tres 38 especiales aparecieron en un abrir y cerrar de ojos, apuntados hacia ella.

—Deje esa pistola —le ordenó Milo—. ¡Déjela!

—So gusano —le dijo ella a Dwight, aún luchando por conservar el control.

—Espera un segundo —dijo él débilmente, al tiempo que retrocedía un paso.

—¡El valor que tienes…, al recriminarme! ¡Gusano! —y, sin dirigirse a nadie en especial—: Es un gusano. Un gusano malvado.

La pistola tembló.

—¡Déjela! ¡Ahora! —le ordenó Milo.

—Vamos, Heather —le dijo Dwight, sudoroso, llevándose una mano al pecho en un fútil gesto de autoprotección—. Acaba ya. No hay necesidad de…

—Oh —se rio ella—. Ahora está asustado. Ahora quiere dejarlo. Es un gusano sin cojones, castrado —de nuevo sin dirigirse a nadie en particular—. Es un eunuco. Y además un asesino.

—Por favor —le pidió Dwight.

—¿Qué otra cosa se le puede llamar a alguien que se encuentra a su hermano…, a su propio hermano…, ahogándose colgado… Jugando al juego del ahorcamiento y ahogándose…, muriéndose? ¿A alguien que ve esto y no baja a su propio hermano de la horca? ¿A alguien que lo deja morir así? Ahorcado…, ¿cómo llamarían a alguien que hace esto?

—Yo diría que es un tipo que ha caído muy bajo —comentó Whitehead, que dejó su 38 sobre la mesa y se colocó, despreocupadamente, entre ella y Dwight. Sonriendo, masticando chicle.

Milo maldijo entre dientes. Cash mantuvo rígido el brazo de la pistola, colocó su mano sobre la cabeza de Dwight y se dispuso a empujarlo al suelo.

—No trate de salvarle la vida —le dijo Heather—. O también lo mataré a usted.

Cash se quedó helado.

—Deje esa pistola —le dijo ella.

Cash negó con la cabeza:

—Eso no lo puedo hacer.

La negativa no pareció preocuparla.

—Gusano —resopló—. Se emborracha y me lo confiesa: «Yo maté a mí hermano. Yo maté a mi hermano». Lloriqueando como un bebé: «Tengo que compensarle, cuidándome de su hijo. Tengo que arreglarlo con Jamey».

Alzó la voz hasta que fue un alarido insoportable:

—¿Y quién crio a ese pequeño bastardo, tú? ¿Quién soportó sus malos modos, su sucia boca? ¡Él era tu penitencia, pero yo fui quien resultó crucificada!

Equilibró su arma.

—Vamos, damisela —Whitehead sonrió—. Las armas de fuego no les van bien a las bellas damitas…

—¡Cállese! —le dijo ella, tratando de ver más allá de su fornido cuerpo—. A quien quiero cargarme es al gusano.

Whitehead rio de buena gana.

—Vamos, vamos —dijo.

—¡Cállese! —le dijo ella, aún más fuerte.

Whitehead frunció el ceño irritadamente. Pero forzó una sonrisa.

—Vamos, a ver, dulzura. Toda esa palabrería tan dura es buena para la tele, pero aquí no queremos tener problemas, ¿a qué no?

—¡Cállese, so idiota!

El rostro de Whitehead se coloreó por la ira. Dio un paso hacia adelante.

—Corte ya las mamonadas, señora…

Ella le miró con aire de no comprender, y luego le pegó un tiro en la boca. Apuntó la pistola a Dwight, pero fue derribada por un trueno: bala tras bala golpeó su grácil cuerpo, despedazándolo, lanzándolo de una parte a otra. Agujeros humeantes perforaron su vestido, con el chifón azul enrojeciendo húmedamente, luego oscureciéndose mientras se desplomaba.

Las puertas del comedor se abrieron de golpe. Una oleada de azul. Uniformes, hombres armados con escopetas. Expresiones horrorizadas, rostros que se alargan. Milo explicándoselo, mientras corría a examinar la forma caída de Whitehead. Llamando una ambulancia. El ladrido de la estática. El zumbido de los procedimientos oficiales. Cash silencioso, de rostro ceniciento, entregando a Dwight a un par de agentes. Enfundando su arma. Aflojándose la corbata. Dwight contemplando el cadáver de su esposa. Salpicaduras escarlata en la madera encerada. Un charco de sangre brillando obscenamente sobre la mesa. Dwight desplomándose en un desmayo repentino. Siendo llevado fuera.

Souza había permanecido durante todo aquello sentado, en silencio, ausente. Dos pares de manos lo agarraron por los sobacos y lo pusieron en pie. Contempló la carnicería y chasqueó la lengua.

—Vamos —le dijo uno de los policías.

—Un segundo, jovencito —lo imperioso de su voz hizo que los policías se detuviesen.

—¿Qué pasa?

—¿A dónde me llevan?

—A la cárcel.

—Eso ya lo sé —dijo, irritable—. Pero ¿a qué cárcel?

—A la del condado.

—Excelente. Antes de que nos vayamos, quiero que haga usted una llamada telefónica por mí. Al señor Stanford Hauser. De la empresa Hauser, Simpson y Bain. El número está en una tarjeta que tengo en mi cartera. Infórmele que ha sido cambiado el lugar de nuestro desayuno, que en lugar del California Club, será la Cárcel del Condado. Y dígale que traiga un bloc. Será una reunión de trabajo. ¿Lo ha entendido?

—¡Oh, seguro! —dijo el policía, alzando los ojos al cielo.

—Entonces repítamelo. Solo para estar seguros.