29
Milo lanceó una patata más, la pasó por la mantequilla y se la comió. Había acabado con una buena costilla de cordero y otras tres atestaban su plato. Yo me tragué un trozo de filet mignon y lo bajé con un trago de Grolsch.
Eran las diez treinta de la noche y éramos los últimos clientes de la asaduría. Pero, en la parte delantera del local, la barra estaba llena con tres hileras en profundidad de clientes, que hacían resonar sus gritos de apareamiento.
—William Tull Bonney —dijo, limpiándose los labios—. Como Billy el Niño. Afirma que es descendiente directo de él y que usaba Antrim como seudónimo, porque ese era el apellido del padrastro de Billy.
Miró a lo que le quedaba de su gin tonic, consideró si pedir otro pero se decidió, en cambio, por el agua, vaciando el vaso que tenía delante. Sacando un trozo de papel del bolsillo del pecho, lo desplegó. Se inclinó, forzando la vista y lo leyó a la débil luz de la vela metida en un protector de cristal.
—En cuanto le abrimos una ficha y la metimos en el ordenador, este empezó a imprimir y parecía que no iba a acabar. Esto es un simple extracto de la habitual historia de un chico americano que logra el éxito: nacido en Mesilla, Nuevo México, su mami una borrachina, papi desconocido. Malhechor desde la cuna. Borracho y gamberro a los once años… ¿Qué te parece esto como precocidad? Vandalismo, incendios provocados, toda una serie de robos y violencias juveniles. Un montón de violaciones no probadas y al menos un asesinato: la mutilación y muerte de una chica india… Nadie lo pudo probar, pero todos sabían que él lo había hecho. Esto fue cuando tenía dieciséis años. En un asilo del estado hasta los dieciocho. Salió de allí, se vino a California y al mes ya lo habían detenido por intento de asesinato: una pelea con navajas en un bar del Condado de Kern… Se pasó un año en la cárcel del condado, le dieron tiempo extra por atacar a un guardián y un montón de otros malos comportamientos, se metió en un programa de rehabilitación en donde aprendió mecánica de automóviles, consiguió un trabajo como engrasador cuando salió, lo perdió por darle una paliza al jefe. Lo enchironaron por una serie de robos y atracos a mano armada. Se graduó en crímenes en la prisión de Soledad, en donde se relacionó con los moteros de la Aryan Brotherhood, que le imbuyeron de su filosofía de banda motorizada. Cuando lo soltaron, se unió a una pandilla de moteros llamados los Ghouls, que están allá por Fresno, lo detuvieron por asesinato, un acuchillamiento en una guerra entre pandillas, y consiguió escapar con un juicio anulado gracias a un tecnicismo esgrimido por su abogado, un tal Horace Souza.
Dio la vuelta al papel.
—Y pasemos a la ilustre Marthe Surtees, también conocida como Wiljemina Surtees o Billy Mae Sorrel o Martha Sorrel o Sabrina Skull.
—¿Skull?
—Sí, como cráneo en inglés. Un apodo de banda motorizada. Era una de las mamás de los Ghouls. Con un historial similar al de Antrim: drogas, alcohol y arrancarles las patas a animalitos… con la diferencia de que a ella le suministraron una carretada de tratamientos psiquiátricos y que logró evitar ser detenida de adulta. Solo lo fue una vez por conducta desordenada, y el caso fue sobreseído. El único motivo por el que logré alguna información acerca de ella es porque el fiscal del distrito de Fresno tiene un dossier acerca de los Ghouls en el que ella figura prominentemente. Parece ser que le encanta hacerle daño a la gente.
—¿Es una auténtica enfermera?
—Oh, sí. Cuando salió del asilo de jóvenes, logró pagarse con una beca federal la enseñanza en una escuela nocturna, consiguiendo titularse de enfermera. Cuando no estaba de fiesta con los Ghouls, hacía horas extra en asilos de ancianos. Salió del último bajo sospecha de haber robado drogas, pero no fueron presentadas acusaciones en su contra. Entonces desapareció. Parece ser que ella y Antrim estaban viviendo en una cabaña en las afueras de Tijunga. Justo en medio de medio centenar de hectáreas de bosque propiedad de Souza. Pájaros, abejas, el retrete en el exterior, una tele portátil y muchas anfetas. Ese lugar es un chiquero, lo he visto esta mañana. En un rincón había un armario: batas blancas almidonadas en un lado, cueros negros sudados en el otro. Dos cajones debajo, repletos de maquillaje teatral, barbas, bigotes, pelucas, algunas revistas sadomasoquistas muy pornos.
—Encantador —comenté.
—Ajá. Y también muy romántico —lanzó una fría risa, tendió la mano hacia la jalea de menta y preparó otra de las costillas para el sacrificio—. Antrim se derrumbó en el mismo momento en que lo tuvimos a solas. Nos dijo que cooperaría si no éramos duros con ella; que de todos modos era él quien había manejado siempre el cuchillo. Le dijimos que había límites en la clase de flexibilidad que podíamos mostrar en este tipo de caso y que, además, ella había sido la que había envenenado al chico. El desgraciado se echó entonces a llorar, ¿puedes creértelo?
Agitó la cabeza e hizo desaparecer la carne a bocados.
—De cualquier modo, a la hora teníamos toda la historia, con fotos incluidas. Las tenía escondidas bajo una de las planchas de madera de la cabaña, junto con sus notas. Todo formaba parte de su «póliza de seguro».
Me había enseñado las fotos antes de la comida. La historia que me contaban era familiar. Pero los intérpretes habían resultado sorprendentes.
—¿Planeas usarlas? —le pregunté.
—No veo para qué las íbamos a necesitar, llegados a este punto, pero ayudan a clarificar las cuestiones, ¿no crees? Dan al caso un cierto contexto. Ahora, lo único que necesitamos son algunos números. Que nuestro invitado nos podrá suministrar —hizo aparecer su Timex de debajo de la manga—. Veinte minutos más, si es que es puntual. Acabemos.
Dieciocho minutos más tarde se abrió la puerta del bar y clamorosas oleadas de conversación se desparramaron a través del hueco. Cuando se cerró, un joven delegado se encontraba ante ella, suspendido en el silencio, con los ojos parpadeando furiosamente, tras gafas de montura de oro, para tratar de ajustarse a la penumbra del comedor. Vestía un traje oscuro y una corbata que ligaba con los sombríos paneles de las paredes y llevaba un gran maletín que era como una extensión prostética de su brazo derecho.
—Parece nuestro chico —dijo Milo, y se puso en pie para escoltar al recién llegado hasta nuestra mesa. Mientras caminaba, el hombre colocó ambas manos en el maletín para llevarlo cuidadosamente, como si contuviese algo vivo y excitable.
—Señor Balch, este es el doctor Alex Delaware. Alex, el señor Bradford Balch, abogado.
La mano de Balch era de huesos finos y fría. La solté y le dije:
—Ya nos hemos hablado por teléfono.
El abogado puso cara de no entender.
—Me llamó usted para concertar una visita a la mansión de los Cadmus.
—¡Ah, eso! —ahuecó los labios. El recuerdo de ser empleado como chico de los recados no le gustaba nada—. ¿Por qué está aquí? —le preguntó a Milo.
—Es mi consultante.
Balch me miró con desconfianza.
—Pensé que estaba usted trabajando para el señor Souza —me dijo.
—Estaba. Ya no.
—¿Para qué está aquí? ¿Para estudiarme psicológicamente?
—Ya le hemos estudiado todo lo que necesitábamos —le dijo Milo—, siéntese y vamos al grano.
—Sargento —exigió Balch—. Insisto en que hablemos a solas.
—Su insistencia es tenida en cuenta —le respondió Milo, apartándole una silla—. Siéntese.
—Lo digo en serio, sargento…
—Balch —suspiró Milo—, está metido usted en un buen problema, y le voy a dejar conseguir mucho más de lo que usted me da. Así que no me haga perder el tiempo con intentos de imponer su punto de vista, ¿vale?
Balch enrojeció y sus ojos cayeron al suelo. Se desplomó bruscamente en la silla, poniéndose el maletín en el regazo, abrazándolo. De cerca se le veía muy joven: con mejillas coloradas como manzanas y cabello color arena, corto y muy bien peinado con raya en el centro, con un mechón rebelde que se alzaba al final de la raya. Sus ropas eran caras y tradicionales, pero con un toque de no caerle bien: un cuello de la camisa media talla demasiado grande, la corbata de seda anudada un tanto torcida. Parecía aprisionado por su vestimenta, como un niño pequeño al que le han obligado a vestirse de domingo para ir a la iglesia.
—¿Un trago? —le preguntó Milo.
El abogado frunció el cejo, muy digno.
—Lo que quiero es acabar con esto cuanto antes y marcharme de aquí.
—Seguro —aceptó Milo—. Esto tiene que ponerle muy nervioso a usted.
—¿Nervioso? Es una ruptura de mi ética profesional. Violación de la confidencialidad. Si alguna vez se sabe, estoy acabado. Tendré suerte si me dan trabajo como pasante.
—No hay razón para que se sepa.
—Si usted lo dice… —unos dedos delgados, a los que habían hecho la manicura, juguetearon con los cierres del maletín.
—Es duro —aceptó Milo—. Malo si lo hace, peor si no lo hace.
—Mire —le explicó Balch—. ¿Cómo iba a saber yo que la firma estaba falsificada? El señor Souza la garantizaba, la señora Cadmus estaba presente.
Los ojos de Milo se endurecieron.
—Nadie esperaba de usted que pudiera leerles las mentes —le dijo—. Pero sí que siguiese las malditas reglas notariales: no se pone el sello a nada que uno no haya visto personalmente firmar.
—Pero no había absolutamente razón alguna para sospechar que pudiese haber una falsificación —insistió Balch sin pasión—. La provisión del albacea tenía una cláusula rutinaria para el caso de incompetencia mental: la transferencia de fondos de vuelta al guardián, a petición escrita de este. En vista del estado mental del beneficiario del testamento, no resultaba ilógico el que el señor Cadmus hiciera uso de ella.
—Por el propio bien del chico, ¿no? —le preguntó Milo.
—Acompañaban documentos certificando la incompetencia —continuó Balch, quien repitió—: No resultaba ilógico.
—No resultaba ilógico —aceptó Milo—. Solo era, simplemente, fraudulento.
—Yo no tenía conocimiento de eso.
—Le creo —le dijo Milo—. Fue usted descuidado, no criminal. Es por esto por lo que le estoy dando la oportunidad de que lo purgue.
Balch pareció sentirse mal.
—Todo el asunto de la notaría fue una verdadera molestia —afirmó—. Idea de Souza. Me dijo que una firma como la suya tenía que tener a alguien con capacidad notarial, con el fin de que las cosas fueran más fluidas. Yo pensaba que hubiera sido más apropiado usar a un profesional externo. Debería de haber insistido.
—Pero hay que hacer caso al jefe, ¿no?
—Mierda —murmuró el abogado y miró como Milo se bebía un gin tonic.
—¿Seguro que no quiere un trago? —insistió el detective.
—No… Oh, infiernos, ¿por qué no? Tanqueray con hielo y unas gotitas de limón.
Milo desapareció en el bar y regresó con la bebida. Tras abrirse un poco la corbata, Balch se tomó la copa, rápidamente.
—Fue Nixon el que echó a perder las cosas para los notarios, ¿no? —inquirió Milo—. Donando todas aquellas cosas para conseguir rebajas fiscales, inflando el valor real… ¿Cómo iba a suponer el notario que le acusarían a él? Quiero decir que se trataba del Presidente, el gran jefe.
Sonrió.
—Parece que los jefes tienen la costumbre de joderle la marrana al pobrecillo que está debajo, ¿no?
Balch se mostró irritado, claramente molesto por ser considerado un pobrecillo de debajo. Agitó el hielo de su vaso y dijo:
—Lo que quiero saber es cómo lo descubrió usted.
—Me lo dijo un pajarito de grandes orejas.
El abogado pensó un momento y luego gimió.
—¡Oh, Dios! El chófer. Estuvo allí todo el tiempo, esperando para llevarse a la señora Cadmus a casa. Nunca supuse que estuviera prestando atención a lo que estábamos haciendo. Tendría que haberme fijado en él, ese tipo siempre me pareció poco de fiar… ¿Cuánto le ha pagado para que cante, sargento?
Milo ignoró la pregunta.
—Mierda —dijo Balch, que parecía estar a punto de echarse a llorar.
—Piense en ello desde otro punto de vista —le dijo Milo confortadoramente—. Un punto de vista más positivo: usted es el primero de la empresa que se entera del inminente declive del jefe. Esto le da una buena primera posición de partida en el mercado del trabajo. ¿Dónde estudió usted?
—En Pennsylvania.
—Buena universidad. No tiene por qué tener usted problemas para encontrar empleo.
Balch se irguió y trató de aparentar dignidad.
—No me pasará nada, sargento. Y, ahora, ¿vamos al meollo?
—Seguro. Entrégueme las cosas. Una vez esté conforme con que me lo ha dado todo, nos estrecharemos las manos como perfectos caballeros.
—Antes de entregarle nada, quiero que me dé usted su palabra de que no aparecerá mi nombre en parte alguna de su investigación. Y que nadie sabrá jamás dónde obtuvo usted los documentos.
—Este caso es demasiado espinoso para que pueda prometerle otra cosa que no sea el que haré todo lo posible para respetar lo que usted me pide.
—No me basta —le espetó Balch.
Milo tomó un hueso de costilla y lo royó.
—¿Qué le parece si se lo prometo por mi honor de boy scout? —le dijo, llevándose los dedos de la mano sobre el corazón.
—¡Maldita sea! ¡Le hablo en serio, sargento!
Milo puso una palma sobre la mesa y se inclinó hacia él, blandiendo el hueso de costilla como si fuera un alfanje. Su frente se llenó de arrugas y la vela iluminó con brillos la grasa en sus labios, creando un rostro que se veía muy amenazador, como el de un pirata que olisquea un botín.
—Y también yo hablo en serio, abogado —afirmó—. Muy enserio. Ahora, abra ese maldito maletín.