22
El borde norte del Valle comenzaba a desparramarse en extensiones vacías justo después de pasar San Fernando. Mientras giraba hacia la autopista de Antelope Valley, las piedras millares de la civilización de lo prefabricado: los Colonial Kitchens, Carrows, Dennys y Pizza Huts desaparecieron, y aparecieron a la vista extensiones de terreno increíblemente yermo: no muy altas colinas de piedra pómez parcheadas de blanco bajo una pelusa de creosota y artemisa, chafadas y penosas contra el lejano y negro telón de fondo de las Montañas de San Gabriel; largas hendiduras de lecho de grava maltratado, chaparrales aún chamuscados por los fuegos del pasado verano, repentinos destellos amarillo canario, de flores silvestres.
Tal como Milo había predicho, la autopista estaba casi desocupada, cinco carriles vacíos enmarcados en salidas que daban a los cañones que llevaban hasta la frontera del condado: Placerita, Soledad, Bouquet…, cuyas rocas azul herrumbroso decoraban los patios y estanques de muchas de las casas de ensueño de Los Ángeles, luego Vasquez y Agua Dulce.
El giro hacia Bitter Canyon era abrupto, una aguda rampa descendente, que depositó al Seville en una estrecha carretera serpenteante de asfalto, bordeada de peñascos y algún árbol ocasional, maltratado por el viento. Aquí, en las tierras bajas, las laderas de las colinas estaban trabajadas por el agua y eran muy recortadas, como si fueran un puzzle de marrones y rojos aguados con tonalidades de lavanda y azul. El cielo estaba cubierto con pesadas nubes grises, estratos, y de vez en cuando un rayo de luz se escapaba a través de un agujero en la capa algodonosa, lanzando un asombroso haz rosado sobre alguna sección favorecida de la roca. Una belleza increíble, que cruelmente huía de la vista.
La estación de servicio de la Texaco estaba a unos veinticuatro kilómetros carretera adelante, apareciendo de la nada, justo como si hubiera surgido de un agujero en el tiempo. Tres surtidores de los de antes de la guerra se hallaban en medio de una extensión, traicioneramente agrietada, de tierra y polvo, frente a un garaje blanco de una sola puerta de una edad similar. Ocupando el interior del garaje se veía un Plymouth verde del 1939.
Unida al garaje había una cabaña que servía como oficina, con sus sucias ventanas oscurecidas por montones de papeles. A unos metros camino abajo se alzaba un café de madera, mostrando antiguos discos de la Coca-Cola a cada lado y un cartel despintado que decía SAL’S, así como una veleta, en forma de gallo cacareante, sobre un techo de papel embreado. El gallo mantenía arrogante su posición, inmóvil en el quieto aire del desierto.
El café tenía el aspecto de no haber hecho negocio desde hacía tiempo, pero una flota de vehículos oficiales había acampado en su derredor. Metí el Seville entre un familiar Matador color bronce y una camioneta laboratorio criminal móvil, y salí.
La esquina norte de la parte de delante de la gasolinera había sido acordonada con un cordel unido a postes provisionales. Colgando del cordel había carteles de la Policía de Los Ángeles. Dentro del área acordonada los técnicos se inclinaban y ponían en cuclillas, manejando rasquetas, hipodérmicas, pinceles y material para tomar huellas en yeso. Algunos trabajaban en un RX-7 gris perla, otros en un área alrededor del coche. En tierra, cerca, había un paquete con forma de salchicha, envuelto en un saco de plástico para cadáveres. A corta distancia del saco, una mancha de color ruano extendía sus tentáculos a través del polvo. Un chino con traje oscuro se alzaba sobre el cuerpo, hablándole a una grabadora de cassette que llevaba en la mano.
Una ambulancia del condado estaba aparcada justo junto al cordel, con su motor aún en marcha. Un camillero uniformado salió de la puerta del lado del pasajero y miró en derredor. Sus ojos se clavaron finalmente en Milo, que estaba recostado contra uno de los surtidores de gasolina, escribiendo en su bloc de notas.
—¿Vale?
Mi amigo le dijo algo al chino, que alzó la vista y asintió con la cabeza.
—Vale.
El camillero hizo una señal con la mano y un segundo camillero salió del lado del conductor y abrió las puertas traseras. Apareció una camilla. En unos segundos el cadáver había sido alzado descuidadamente y depositado con un apagado sonido en la parte trasera del vehículo. La ambulancia partió, dejando tras de ella una pequeña tormenta de polvo.
Milo me vio y se guardó el bloc. Se quitó el polvo de la solapa y puso una pesada mano sobre mi hombro.
—¿Qué pasó? —le pregunté.
—Hacia las ocho de esta mañana Radovic estuvo hablando aquí con dos moteros, y luego le rajaron —señaló hacia la mancha de sangre—. Por lo que vio nuestro testigo, parece como si hubiera sido una cita preparada de antemano para acordar algún trato sucio. Pero el trato salió mal.
Miré a la mancha y luego a las vacías y secas colinas.
—¿Y por qué venir hasta aquí?
—Eso es lo que estamos tratando de averiguar. El guarda del parque tiene que llegar en unos minutos. Quizá él pueda echar alguna luz sobre el asunto.
Sacó un paquete de caramelos del bolsillo y me ofreció uno. Lo tomé y ambos endulzamos nuestro aliento.
—Tal como yo veo la cosa —dijo—, uno de los dos bandos debía de conocer la zona, el otro no, y la gasolinera fue utilizada como referencia. Lo que, bajo circunstancias normales, hubiera sido una buena idea, porque el lugar está habitualmente desierto. La gasolinera, el bar ese de mala muerte y unas veinte hectáreas de terreno a ambos lados del camino son propiedad de un viejo llamado Skaggs, que vive en Lancaster y ya rara vez se molesta en abrir. Acabo de hablar con él y me ha dicho que, hace cuarenta años, había una base militar a pocos kilómetros camino abajo, y que el café era «el sitio de moda», con un estrado para una banda al aire libre, con una carne a la plancha maravillosa y bebida ilegal. Pero hoy todo esto es un fantasma del pasado.
Haciendo pantalla con la mano sobre sus ojos, miró hacia la dirección del sol y atisbo el terreno, como buscando una confirmación a su aseveración.
—Por lo que he podido entender, considera al café como un monumento a su esposa, que se llamaba Sal. Cuando estaban en el negocio, él servía la gasolina, mientras ella cocinaba. Murió en el sesenta y siete y él nunca pudo superarlo. Así que, cuando empieza a pensar en ella y se siente muy deprimido, viene en coche aquí, se sienta al mostrador y recuerda. Que es lo que sucedió la pasada noche. Era el vigésimo aniversario de la muerte de ella. Él había estado mirando el álbum de fotos de su boda y llorado mucho. Cuando no pudo aguantarlo más, se vistió, agarró el álbum y una botella de Jack Daniel’s, vino en coche, se encerró y cogió una trompa de las buenas. No tiene mucha noción del tiempo por la mona, pero se imagina que debió llegar aquí sobre las once y quedarse amodorrado hacia la una. A las ocho le despertaron unos gritos. Al principio pensó que era una pesadilla etílica, pero cuando se le aclaró la cabeza, se dio cuenta de que fuera pasaba algo. Atisbo por la ventana y vio lo que estaba sucediendo, así que se escondió tras el mostrador. El pobre viejo estaba tan aterrado que aún seguía allí detrás tres horas después antes de decidirse a salir a llamar a alguien.
Miró al viejo Plymouth.
—Ese es su coche. No lo vieron, porque lo había aparcado dentro del garaje y cerrado la puerta.
—Tuvo suerte.
Agitó la cabeza.
—La cosa estuvo en un tris. Hallamos un pedazo de tubo de goma unido al escape del coche. Ni hay que decir que vamos a cuidar de su salud, para que no piense en volver a intentar suicidarse. No es el mejor de los testigos, pero sí es lo bastante bueno como para hacerme volver a creer en un Buen Dios.
—¿Qué es lo que vio?
—Cuando se despertó, las cosas ya se habían puesto feas. Radovic y los moteros estaban gritándose. Skaggs no está seguro, pero le parece que los chicos del cuero decían algo acerca de que Radovic no había cumplido con su parte del acuerdo, y Erno les respondió con su habitual temperamento encantador: los llenó de insultos y les mostró los puños. En ese momento las cosas aceleraron el ritmo. El motero gordo debió de haber hecho algún mal gesto, porque Radovic le atizó, tumbándolo con un puñetazo a la tripa y un gancho rápido bajo la nariz. Skaggs dice que se cayó redondo, «como un saco lleno de mierda». Pero el delgado era otra cosa. Cuando vio que tiraban al suelo a su amigo, sacó una cadena y un cuchillo de monte y se colocó en la postura de un experimentado luchador callejero. Radovic metió la mano en el bolsillo, encontramos otra Beretta en el cadáver, pero el delgaducho era demasiado rápido para él. Le envolvió el cuello de un cadenazo, lo acercó de un tirón y lo trabajó con el cuchillo. El médico estudió las heridas y afirmó que lo que buscaba era causar daño permanente: había un corte hacia adelante que perforó el hígado y varios cortes en zig-zag hacia arriba y hacia abajo. También un tajo abriéndole el cuello, que parece haber sido hecho después de que ya estuviera muerto…, el básico golpe de gracia del luchador callejero. Después el delgado revivió al gordo, y ambos se largaron. Skaggs escuchó un motor poniéndose en marcha, pero estaba escondido, así que no vio el vehículo.
—¿Un vehículo? Uno se imaginaría que había dos motos.
—El viejo dice que solo escuchó un motor, y los técnicos solo hallaron un grupo de huellas de neumáticos de otro vehículo, así que parece como si hubieran venido los dos en una sola moto. Romántico, ¿eh?
Se pasó la mano por la cara y se contempló los zapatos.
—Yo también estuve mirando el cadáver, Alex. Estaba totalmente destripado. Ya sabes lo que yo pensaba de ese tipo pero, de todos modos, ese no es modo de acabar.
Comenzamos a caminar, apartándonos del lugar del crimen, yendo hacia el camino y paseando paralelamente al mismo. Había una gran tuerca en el suelo, y Milo le dio una patada. Se alzó una bandada de cuervos, graznando, por encima de una lejana colina.
—Dime algo más de ese diorama que compró —me pidió.
—Un gran montón de plástico transparente, con todo tipo de muñecos de juguete colocados dentro, para crear una escena.
—¿Dijiste que había un muñeco Ken ahorcado?
—Colgando de un nudo de ahorcado, y con un cuchillo en el vientre. Lo que realmente me llamó la atención fue el título: El acto despreciable. Esa es una frase que empleaba Jamey para describir el suicidio.
—Y el artista es otro de esos genios de la universidad…
—Justo. Un chico llamado Gary Yamaguchi. De acuerdo con los otros, es lo más parecido a un amigo que tuvo Jamey. Y lo vieron con este Chancellor.
—Cuéntame más cosas de los juguetes puestos dentro del plástico.
Me di cuenta de que no había contemplado demasiado atentamente el diorama. Concentrándome, traté de recordar los detalles de la escena.
—Era la reproducción del cuarto de un quinceañero. Con banderines de equipos de fútbol, un diario, botellitas miniatura de píldoras…, vacías…, un cuchillo de juguete, falsa sangre.
Frunció el entrecejo.
—No parece algo por lo que valga la pena pujar dinero. ¿Algo más?
—Veamos…, algunas fotos de Barbie. Un poster de los Beatles. Cartas de amor.
—¿Qué clase de cartas?
—Miniaturas. Trocitos de papel pequeños, con escritos de «Te amo» por todas partes.
—Todo ello para arropar al muñeco Ken con el cuchillo clavado en la tripa, ¿eh? —agitó la cabeza—. ¡Arte!
Caminamos un poco.
—Los moteros —comenté—, van apareciendo por todas partes.
—Ah-ah.
—¿No echa esto una nueva luz sobre el caso del Carnicero?
—Complica las cosas; pero si lo que quieres decir es si ayuda a Cadmus, la respuesta es no. Todo lo que puede acabar resultando es que el club de los carniceros de Chancellor y Cadmus tenía dos socios más de los que pensábamos. Lo que tiene sentido, pues nunca encontramos a nadie que viera a Chancellor rondando por el barrio de los maricas, y lo cierto es que un tipo como él hubiera resultado demasiado fuera de lugar por allí. Era todo un ejecutivo, y estaba acostumbrado a delegar en los otros los trabajos de poca monta. Así que pudo haber enviado a los moteros a atraparle chicos guapos y llevárselos a la mansión, y luego haberles dejado quedarse a la fiesta.
—Lo que quiere decir que los moteros pueden haber sido quienes lo mataron.
—Encontramos el cuchillo en la mano de Jamey. ¿En qué lo convierte esto, en un inocente espectador?
—En un espectador psicótico.
—Entonces, ¿por qué no lo mataron a él también? Te estás pasando, Alex.
—Quizá —acepté—. Pero ¿cuál es la conexión de Radovic con todo esto?
—Podría ser que descubriese lo que estaba pasando en las noches en que él no se encontraba allí y que, cuando trató de chantajear a los moteros, las cosas se le escaparon de las manos.
—Entonces, ¿por qué me estaba siguiendo a mí? ¿Y por qué tenía tantas ganas de comprar El acto despreciable?
Suspiró.
—Mira, no estoy diciendo que este sea el modo en que sucedieron las cosas. Solo quiero decir que es un asunto terriblemente complicado y que, desde luego, esto no es de ninguna ayuda para Cadmus —apretó las mandíbulas e inhaló profundamente—. Quizá Radovic estuviera tratando de veras de limpiar el nombre de Chancellor, incluso los jodidos cabrones como él tienen a veces rasgos de altruismo; y tal vez pensó que tú podrías saber algo útil, porque habías sido el terapeuta de Cadmus. O puede que sus motivos fueran impuros, y que pensase que, por la misma razón, quizá tú pudieras facilitarle alguna suciedad.
—Hacía cinco años que yo no trataba a Jamey.
—¿Y cómo se supone que tenía que saberlo él? ¿Y si Cadmus balbuceó algo acerca de lo buen doctor que tú eres, Radovic lo oyó, y pensó que aún estabas en la faena?
Recordé lo que Andrea Vann me había dicho aquella primera noche en Canyon Oaks: que Jamey había hablado con cariño de mí. Cuando estaba lúcido.
—Esto sigue sin explicar el porqué los moteros destrozaron la casa de Gary.
—¿Quieres que juegue a ser profeta? De acuerdo: Yamaguchi era también otro miembro del club de carniceros.
Mi mente se rebeló ante la idea de otro de los miembros del Proyecto 160 acusado de asesinato.
—Eso es ridículo.
—¿Por qué? Tú mismo has dicho que le vieron con Chancellor y Cadmus.
—Si fuera un asesino, no lo iría revelando por ahí en un diorama.
—Eso es algo que otras veces ha sucedido. Hace unos años, uno de esos escritores británicos de novelas de crímenes presentó una buena argumentación sobre que un pintor llamado Sickert fuera Jack el Destripador. Ese tipo hacía cuadros que eran muy parecidos a algunas de las escenas de los crímenes. Y, por lo que me has dicho acerca de Yamaguchi, la racionalidad no es su fuerte. Pínchate con las bastantes anfetas y el viejo córtex cerebral empieza a tomar el aspecto de un queso suizo.
—Cuando le vi se mostraba hostil, pero era racional.
—La cosa es, Alex, que podríamos estar todo el día aquí haciendo teorías, lo que sería un excelente juego de sociedad para una tarde aburrida de cóctel. Pero sin pruebas, todo esto solo puede definirse de un modo: caca de vaca. Moteros, Cadmus, de vuelta a los moteros. Es una maldita montaña rusa. Y a mí las montañas rusas siempre me han hecho venir ganas de vomitar.
Alargó sus zancadas y se metió las manos en los bolsillos.
—Lo que realmente me molesta —me dijo—, es que ya hemos llevado a cabo una excelente labor de búsqueda tras esos desgraciados. Hemos pasado semanas siguiendo posibles pistas y escuchando a las perlas de sabiduría que destila Whitehead. Hemos visitado todos los bares sadomasoquistas de Los Ángeles y hemos visto el bastante cuero como para tapizar todo el estado. Incluso hemos sacado a la luz a un par de chicos que estaban infiltrados…, gente que los de narcóticos habían estado metiendo desde hacia tiempo dentro de las bandas de moteros. Y todo para nada.
—Ahora tenéis una descripción física que usar.
—¿Cuál? ¿Que uno es gordo y el otro delgado? Por alguna razón…, indudablemente sociológica, esos tipos raros acostumbran a caer dentro de dos categorías: los muy gordos y los anoréxicos de las anfetas. Uno gordo y uno delgado nos sirve para eliminar exactamente el cero por ciento de ese colectivo.
—El viejo les vio. ¿No os puede dar más datos?
—Seguro: el gordo era calvo, o quizá llevase el cabello muy cortito, con una barba grande, o tal vez mediana, que era negra o castaña. El delgado tenía el cabello largo que o era liso o quizá ondulado y con un bigote…, no, un momento, digamos que bigote y barba —suspiró disgustado—. Los testigos son notoriamente poco exactos en lo que se refiere a la descripción física, pero este es además un viejo depresivo de ochenta años, que estaba en plena resaca. Incluso ni estoy totalmente convencido de que oyera nada de la conversación de la que nos ha informado. Necesito algo sólido, Alex. Y he solicitado una orden para que la División de Pacific vaya a la Marina y registre el bote de Radovic. Quizá incluso hallemos ese diorama y descubramos que está repleto de esmeraldas, o de cocaína.
—Justo como en las películas.
—Hey —sonrió—. Esto es Los Ángeles. Todo es posible aquí, ¿vale?
Se le borró la sonrisa.
—Quiero hablar con Yamaguchi. ¿Dónde puedo encontrarlo?
—Anda errando por el centro. Yo conseguí contactarlo a través de la galería, pero parecía como si estuviera planeando marcharse de Los Ángeles. Quizá ya se haya ido.
Sacó su bloc y apuntó el nombre de Gary y la dirección de Voids Will Be Voids. Se me ocurrió algo:
—Con él iba esa nenita rubia que tenía un aspecto como si alguien se hubiera ocupado antes de ella.
—¿Nombre?
—Él la llamaba Slit.
—De coña: «rajita», vaya nombre. Haré una comprobación. Volvamos. Quiero hacer un par de llamadas.
Dimos la vuelta y regresamos hacia el café. Cuando llegamos al Matador, Milo se metió dentro y empezó a hablar por la radio. Mientras esperaba, atisbé al interior del café. Un hombre pequeño y arrugado, con mono de mecánico y camisa de franela a cuadros estaba tras el mostrador, limpiando los cromados con un trapo húmedo. Las banquetas del mostrador eran setas de patas cromadas y la parte superior de cuero rojo. De la nudosa pared de pino colgaba un inerte reloj de cuco de la Selva Negra, junto a un óleo de tercera clase del Lago Tahoe. Sonidos de música country, George Jones lamentándose de que su sangre podría empezar a brotar como una fuente, flotaba surgiendo de una radio de transistores barata.
La música fue ahogada por ruidos de motor que llegaban del norte. Me volví y vi a un jeep que parecía flotar sobre el horizonte. Siguió acercándose, hasta frenar ante la zona acordonada. El conductor contempló a los técnicos y luego se acercó hasta detenerse frente al café, apagó el motor y salió. El jeep llevaba la insignia del Departamento de Parques, y el hombre llevaba un uniforme de guarda forestal. Tendría la cuarentena, era delgado y estaba muy quemado por el sol, siendo sus facciones generosas, gafitas de cristales redondos y aros de hilo y una barba a lo Abe Lincoln. Mechones de cabello amarillo surgían de debajo del ala de un sombrero tipo Smokey el Oso. La parte trasera de su cuello era del color del steak tartare.
—¿El sargento Sturgis? —me preguntó.
—Es ese.
—Bill Sarna —tendió una mano tan dura y tan seca como el cuero curado.
—Alex Delaware.
—¿Sargento?
—Consultante.
Eso le dejó asombrado, pero lo solucionó sonriendo. Miré a Milo dentro del coche.
—Saldrá dentro de un momento.
Miró la abierta puerta del café.
—Voy a ver que tal le va a Asa. Entren cuando estén ustedes dispuestos.
Se quitó el sombrero y entró en Sal’s.
Algunos minutos después nos reunimos con él en el mostrador. Dentro habían más paisajes baratos, más ambiente de túnel del tiempo: una estantería llena de cristalería de tiempos de la Depresión, un calendario de una empresa de máquinas herramientas del año 1967, un menú de pared que listaba filete con huevos por 1 dólar 95 centavos y un café por cinco centavos. Las telas de araña tapizaban todos los rincones. El lugar olía a húmedo y rancio, como el mausoleo que era.
—Hola, gente —graznó el viejo. Estaba moviéndose mucho sin lograr gran cosa: correteando, caminando de aquí allá, frotando manchas inexistentes, quitando el polvo, palmeando cojines. Su rostro tenía el aspecto de haberse hundido hacia adentro, el legado de varios años sin dientes; su hiperactividad parecía teatral, una comedieta destinada a barnizar al lugar con una capa de vida.
Sarna se puso en pie. Él y Milo se presentaron.
—Me gustaría ofrecerles café o algo —dijo el viejo—, pero he estado algo descuidado con las provisiones.
—No te preocupes, Asa —dijo el guarda—. La próxima vez.
—Ya puedes apostar a que sí. Filete de pechuga de pollo frito y panecillos de manteca con guisantes y café con achicoria. ¿Lo dejamos para la próxima vez?
—Seguro —Sarna sonrió—. Ya se me hace la boca agua.
Le puso una mano en el hombro a Skaggs, le dijo que se cuidase y nos llevó fuera del café.
—¿Qué tal anda de cabeza? —le preguntó Milo.
—Bastante bien para sus ochenta y tres.
—¿Qué tal como testigo?
El guarda se colocó el sombrero y se lo ajustó.
—A veces se queda un poco perdido en sus ensoñaciones.
—Maravilloso. ¿Había mostrado tendencias suicidas con anterioridad?
Sarna pareció sorprendido.
—¿Qué quiere decir?
Mientras Milo le contaba lo de la manguera de goma conectada al tubo de escape, el rostro del guarda se fue poniendo tenso. Su barba y la ausencia de bigote le hacían parecer uno de esos patriarcas de los Amish.
—Eso es nuevo para mí. Siempre he pensado en él como un viejo sólido, con demasiados recuerdos. En cuanto a lo de ser un testigo fiable, no podría asegurarlo.
—¿Tiene alguna familia?
—No, que yo sepa.
—¿Con quién puedo hablar para que lo cuide un poco?
—Hay un grupo de ciudadanos de la tercera edad en la Iglesia Baptista, pero por lo que sé, Asa no es creyente. Si lo desea, puedo hacer algunas averiguaciones.
—Le agradecería eso Bill.
Más allá, los técnicos habían empezado a recoger sus cosas.
—Mi capitán dijo que esto había sido feo —dijo Sarna mirándolos—. ¿Navajazos de los moteros?
Milo asintió con la cabeza.
—Tenemos a unos cuantos de esos por aquí cada año. La mayoría con los colores de los Ángeles. ¿Qué banda estaba implicada esta vez?
—No lo sabemos. Skaggs no pudo identificar la insignia de ninguna de ellas.
—¿Y qué hay de la víctima?
—La víctima no era un motero.
—Humm, esto es preocupante. La mayor parte de las alertas que tenemos son el resultado de que esos pichones se cuecen con alcohol y anfetas y empiezan a despedazarse los unos a los otros. Pero, por lo general, se mantienen alejados de la gente normal. Espero que esto no sea el principio de algo. ¿Necesita ayuda en su búsqueda?
—No, gracias, la búsqueda ya acabó. Mandamos gente en todas las direcciones, hace ya horas, pero no encontraron nada. Más tarde, los técnicos nos dijeron que las huellas de las ruedas llevaban de vuelta a la autopista.
—Esto podría significar que pudieron haberse dirigido a uno de los cañones del norte o de vuelta a la ciudad. ¿Cuándo sucedió?
—Hacia las ocho de esta mañana.
—Entonces ya es demasiado tarde para hacer nada. ¿Les ha dado Asa alguna descripción física?
—El uno era gordo, el otro delgado. ¿Qué bandas merodean por aquí?
—Las principales: los Ángeles, los Mongoles, los Discípulos de Satán…, así como un montón de grupos más pequeños que van y vienen. Tienden a tener sus cuarteles generales en el territorio de la División de Foothill, en Tujunga y Sunland, y a usar el parque para sus fiestas.
—¿Es esto parte del territorio del parque?
—No. Originalmente era propiedad del Ejército. Luego fue transferido a la propiedad privada. Pero, de todos modos, de vez en cuando patrullamos por aquí. Los cañones de los alrededores han sido planificados para su uso en edificaciones secundarias y, a menos que uno vaya con un mapa, los límites son difíciles de discernir. Pero si lo que me está preguntando usted es si este lugar es centro de mucha actividad de los moteros, le diré que no.
—¿Qué tipo de actividades criminales se producen por aquí?
—¿Específicamente en Bitter Canyon? No demasiadas. De vez en cuando nos topamos con el cadáver de alguien al que mataron en otra parte y lo tiraron por aquí. Luego están las cosillas pequeñas habituales: los quinceañeros que beben alcohol, los furtivos que cazan tortugas. Nada grave.
—A lo que quiero llegar —dijo Milo—, es a que nuestra víctima podría haber estado metida en un asunto de chantaje. Y el homicidio podría haber sido el resultado de un pago que no se llevó a cabo como estaba acordando. ¿Puede imaginar alguna razón por la que alguien quiera hacer todo el camino hasta aquí, para llevar a cabo una transacción comercial?
Sarna se quitó las gafas y puso cara contemplativa.
—Solo el que quisieran estar lejos de todos los ojos curiosos. Este es un sitio jodidamente tranquilo, Milo. Nada de turismo, porque no es tan bonito como otros lugares. El lago es impresionante, pero es inaccesible para ir a pescar o para los deportes acuáticos. Últimamente ha habido algo más de tráfico por lo de la planta de energía: geólogos, arquitectos, los de la constructora…, pero, aún así, eso ha sido de tarde en tarde.
—¿Qué clase de planta de energía? —pregunté.
—Hidroeléctrica.
—¿De un lago?
Milo me miró con curiosidad, pero no intervino para cortarme.
—Es más que el lago —explicó Sarna—. En realidad, Bitter Canyon no es un verdadero cañón; es un cráter volcánico relleno de agua, rodeado por paredes de montañas empinadas y alimentado por arroyos subterráneos. Son los arroyos los que realmente importan, porque dan un rellenado constante de agua. Las estimaciones son de que hay miles de millones de litros. Que nadie aprovecha.
Había acabado por darnos una explicación de guía turístico y lo estaba disfrutando:
—Existe un plan de diez años, con dos objetivos principales: el encauzar ese agua para obtener la bastante energía como para alimentar a la parte norte del Valle y el establecer un depósito de control de emergencia de la sequía, que pueda conectarse al Acueducto.
—Suena como si se hubieran acabado los días de tranquilidad para el lugar.
—En cuanto la construcción empiece. Es una obra enorme: cuarenta y cinco millones de dólares, solo para la planta, y otros veinticinco millones para el pueblo que se supone ha de crecer alrededor. Llevaban años hablando de todo esto, pero no le dieron un empujón de verdad hasta hace un tiempo, cuando tuvimos aquella sequía y los restaurantes de lujo dejaron de servir agua con las comidas. Luego regresaron las lluvias y las cosas volvieron a calmarse. Revivieron el proyecto hace un par de años, pero se necesitó un montón de politiqueo entre bastidores para hacer pasar una ley que autorizaba una emisión de bonos para financiar la obra.
—¿Por culpa de los defensores del medio ambiente? —le pregunté.
—No. Como ya he dicho, a excepción del mismo lago, que de todos modos poca gente ve, no es muy bonito por aquí, y la gente local está más interesada en los puestos de trabajo que en conservar el hábitat de la creosota. Pero había un asunto de conflicto de intereses que llevó un tiempo resolver: la empresa que poseía los terrenos, también era la principal ofertante para construir la planta.
—¿La Cadmus Construction?
—Cierto —dijo, sorprendido. Luego nos miró con repentina comprensión—. Polis de Homicidios del Oeste de Los Ángeles. Es ese caso, ¿eh?
—Bill —le dijo Milo, inclinándose hacia él, con aire de conspirador—, aún no lo sabemos. Y agradeceríamos que esta conversación quedase entre nosotros.
El guarda forestal se trazó una línea con el dedo sobre los labios.
—Sellados.
—Muchas gracias —dijo mi amigo en español y luego sonrió—. Esos tipos de la constructora que han estado pasando por aquí, ¿a dónde van?
—Al borde norte del cráter. Es el único punto desde el que se puede ver todo el lago. Se quedan allí y trazan planos.
—¿Alguna vez bajan hasta el lago mismo?
—Nada de eso. Es un descenso de un par de días para un montañero experimentado. Con cuerdas y clavos.
—¿Qué tal si nos explica el camino para que podamos ir allá a verlo por nosotros mismos?
—¿Qué conduce usted?
Milo señaló hacia el Matador.
El guarda agitó la cabeza.
—Olvídelo, a menos que desee andar. El camino se acaba unos seis kilómetros antes del punto en que está el mirador. Es un terreno para vehículos de tracción en las cuatro ruedas. Les llevaré allí en mi jeep.
Fuimos hacia el sur por un camino en progresivo deterioro, un viaje que descoyuntaba los huesos; la vista que se divisaba a través de las ventanillas laterales del jeep era un corte horizontal de roca pálida como un fantasma, infinita e inerte. Pero Sarna le hacía adquirir vida, dándonos los nombres locales de los matorrales: madera grasa, mesquite de miel, planta del conejo; o dirigiendo nuestros ojos hacia los raros oasis de actividad: una bandada de pájaros dándose un banquete en un matorral de cerezas amargas, un lagarto correteando por entre las espinas de una palmera enana; o alabando la belleza de un solitario pino, maltratado por el tiempo, describiendo la dureza de un frío invierno en el alto desierto y la resistencia de aquellos seres que lo sobrevivían.
Durante todo aquello Milo estaba desparramado en su asiento, haciendo gestos afirmativos con la cabeza en los momentos adecuados, con su mente repleta de otro tipo de dureza y de supervivientes.
La transición del asfalto a la tierra hizo que el chasis del jeep vibrase como la cuerda de un violín. La tierra se convirtió en arena y nuestras ruedas levantaron una tormenta de polvo. Sarna parecía considerar aquello como un reto, manteniendo la velocidad y jugando con las marchas en lugar de emplear el freno. Milo y yo nos agarramos a nuestros asientos.
Subíamos y bajábamos por entre los matorrales, luego volvíamos a subir. Recordando lo que me había dicho Milo acerca de las montañas rusas, le miré y lo vi con los ojos cerrados, la boca muy apretada y la tez color verde césped.
El jeep continuaba subiendo. Sarna le dio una última apretada al gas y llegamos temblando a la cima, hasta alcanzar finalmente a una meseta sombreada. Se detuvo, puso el freno de mano y saltó afuera.
—Tenemos que hacer la última parte a pie.
Salimos y nos hallamos frente a una hilera de pinos. La mayoría de los árboles estaban muertos: huecos troncos grises con espinas secas como ramas, algunos caídos, otros inclinados de un modo imposible sobre la reseca tierra. Los vivos no parecían estar demasiado mejor. El espacio entre sus troncos estaba lleno de unos destellos de luz blancogrisácea que hacían daño a la vista y nos vimos obligados a mirar al suelo.
Sarna halló un sendero que iba por entre los árboles. Le seguimos, metidos hasta los tobillos en polvo de hojas, pisando con cuidado las ramas secas caídas, que se partían con un chasquido. En una ocasión, a Milo se le enganchó la pernera del pantalón y tuvo que inclinarse para soltarla. Aún parecía mareado, pero su color había vuelto a ser normal.
Más allá de los árboles había un claro y, mientras nos acercábamos al mismo, la luz blancogrisácea se fue haciendo insoportablemente intensa. Caminábamos tambaleantes por el desigual terreno, protegiéndonos la vista con las manos. Sarna se detuvo junto a un borde arenoso, festoneado de rocas, tras el cual el terreno se hundía. Y, más allá de ese borde, lo único que se veía era la luz, blanca cegadora.
—Resulta difícil ver a esta hora del día —nos dijo el guarda forestal—. Aunque si nos ponemos allá, posiblemente tendremos la suficiente sombra. Pero anden con cuidado, el terreno se inclina bruscamente.
Nos llevó hasta el refugio dado por una de las formaciones rocosas, un montón de peñascos coronado por una repisa de piedra pómez. Nos colocamos bajo esa repisa y miramos hacia abajo.
El lago era un ópalo gris blanquecino montado en la tierra abrasada por el sol. Su superficie era tan brillante como un espejo de cristal, tan estática que parecía artificial. Un solo paso fuera de la sombra y se convertía en un cegador disco de luminiscencia, tal como Milo descubrió en seguida.
—Jesús —dijo, tapándose la cara y regresando apresuradamente al refugio.
Sarna se bajó el borde del ala de su sombrero y asintió con la cabeza.
—El sol poniente golpea las rocas en un ángulo que produce un montón infernal de refracción. Esta es otra de las razones por las que tan poca gente sube hasta aquí.
—Es como una maldita lámina de cristal —dijo Milo, frotándose los ojos.
—Eso es también lo que pensaron los conquistadores españoles. Le llamaron el Cañón del Vidrio, que luego se fue deformando hasta quedar en inglés como Bitter Canyon. Lo que es una pena, ¿no les parece? Porque, además de ser un nombre mucho más bonito, el Glass Canyon de los españoles sería mucho más descriptivo de la realidad del lago.
—Vidrio —dijo Milo.
—Claro —dijo el guarda forestal—. El Cañón de Vidrio, o de Cristal, como prefieran.